Capítulo catorce #3
Al verla, se afianzó la idea de que debía intentarlo.
—Esta vez no prometo nada. No sé si será posible.
—No tenía ni idea de cómo de complejo podía llegar a ser el hechizo o de si Laiken guardaba unas anotaciones lo suficientemente detalladas como para que pudiera replicar su trabajo.
Podía terminar hundiendo la isla en el océano o crear por accidente un bosque carnívoro.
O tal vez pueda restaurar lo que Yarrow ha perdido.
Él asintió, con la misma expresión que si ella le acabara de ofrecer la luna.
—Lo comprendo. Cero expectativas. Pero yo empezaría por el filodendro, Dendy. Me parece que es el más sensato. Puede que sepa algo sobre lo que hizo el hechicero.
—Buena idea.
—Y Terlu… Gracias.
La chica sintió que un calor le aleteaba en el pecho.
Yarrow llenó los cuencos de sopa y ambos se sentaron a la mesa.
Terlu quería preguntarle cómo era aquel lugar cuando las plantas estaban despiertas y rebosaba de personas.
Él le había dicho que casi se había convertido en una aldea.
¿Había sido un lugar feliz? ¿Había tenido una buena infancia?
Si ese era el caso, ¿por qué le parecía bien haber estado allí solo durante tanto tiempo?
Quizá algún día pueda preguntarle todo lo que se me pase por la mente .
Sin embargo, sentía que la relación que tenían era muy frágil, como si fuera a desaparecer de nuevo si se pasaba con el número de preguntas o insistía demasiado.
Tras terminarse la sopa, Terlu lavó los platos mientras Yarrow usaba el cuarto de baño, luego él se encargó de guardar la sopa restante mientras ella se aseaba. Ambos terminaron a la vez y se metieron en las camas que prácticamente estaban juntas.
Para sorpresa de Terlu, fue él quien habló primero.
—Ojalá comprendiera por qué lo hizo. Se suponía que debía protegerlas. Confiaban en él. Lo adoraban.
—Tenía miedo de perderlas.
—Entonces él mismo fue el responsable de hacer que su propio miedo se materializara.
—Las personas no tienen por qué actuar de manera lógica. Sobre todo, si están atormentadas.
Yarrow se quedó callado. Fuera, la nieve caía y el suave repiqueteo de los copos sonaba en el tejado y en el mundo. El fuego crepitaba y chisporroteaba, y proyectaba sombras bailarinas por toda la casa. Terlu escuchó la respiración de Yarrow.
—No tiene ningún sentido —dijo él en la oscuridad.
—Creo… que no estaba bien. —Lo dijo con cuidado, pero no era una suposición.
Era la explicación más plausible que se le ocurría que diera explicación a por qué había despachado a la familia de Yarrow aunque se necesitaban sus manos desesperadamente, por qué había obligado a sus plantas a hibernar y por qué había codificado sus hechizos y anotaciones, y por qué no había trazado ningún plan de futuro para sus invernaderos tras su muerte.
Yarrow no respondió, pero Terlu sintió que le estaba dando vueltas.
Era una explicación más benévola que decir que el hechicero se había vuelto cruel de repente por ningún motivo aparente.
Laiken necesitaba a alguien que se preocupara por él e interviniera cuando el miedo empezó a consumirlo, pero quizá no había nadie con quien tuviera una relación lo bastante cercana como para darse cuenta.
O nadie que pudiera ayudarlo, por más que reparara en ello.
—Cuando era pequeña, tenía una amiga un par de años mayor que yo que tenía una habilidad innata para meterme en problemas —dijo Terlu en la oscuridad—.
Me aseguraba que le habían dado permiso para subir al cráter del volcán.
Por supuesto no había ningún problema en salir con la canoa hasta el arrecife.
Por supuesto a nadie le iba a importar que metiéramos una manta raya en la bañera de mi familia.
Sería mi mascota, y todos los niños merecen tener una mascota.
Acababa convenciéndome cada vez porque confiaba en ella, y creía que me quería tanto como yo la quería y admiraba a ella.
Era guapa y radiante, y yo quería ser como ella.
En una ocasión, nadamos hasta una de las campanas del puerto.
A mí me preocupaban las nubes que se congregaban en el cielo, pero ella me dijo que no pasaba nada…
—Dejó la frase en el aire, al tiempo que recordaba cómo Odile acababa por convencerla de que se embarcara en su siguiente aventura, la llamaba compañera y mejor amiga y le decía que era una chica valiente.
Junto a Odile, Terlu se había sentido valiente y, sí, radiante, como si esos atributos se le fueran a pegar solo por estar cerca de ella.
—Pero sí pasó —dijo Yarrow en voz baja.
—Exacto. —Se desató una tormenta, recordó.
Una devastadora—. Cuando el mar empezó a encresparse a nuestro alrededor…
Por lo visto su plan era que sus padres acudieran en su rescate.
Siempre estaban ocupados. Su madre era la curandera de la aldea y su padre trabajaba en el ayuntamiento.
Les encantaba ayudar a las demás personas, pero jamás parecían tener tiempo para Odile.
Por eso estaba siempre intentando llamar su atención.
—¿Qué ocurrió?
—Mi hermana nos salvó. Se dio cuenta de mi ausencia y fue en busca de mi tía, que era la mejor navegante de toda la ladea.
Salió hacia la tormenta y nos trajo a casa.
Odile había tragado un montón de agua y por poco no lo cuenta.
Y sus padres no se enteraron hasta el día siguiente.
Ambos estaban fuera en los terrenos de un vecino, ayudando a una vaca a dar a luz.
Después de eso, mis padres me prohibieron volver a salir con Odile, al menos no sin que alguien nos vigilara de cerca.
—Terlu recordaba lo que más le había dolido: que Odile no parecía echar de menos su compañía.
Se había juntado con otra niña a la que enredar en sus tejemanejes y al final sus padres se dieron cuenta de dónde estaba el problema, cuando se coló en la casa del jefe del consejo y robó una de las reliquias de la aldea, un tocado que llevó con descaro durante el festival del equinoccio de primavera.
La pusieron entre rejas por esa jugada y sus padres se vieron obligados a enfrentarse a su comportamiento—.
Me he olvidado de por qué te estaba contando todo esto.
—A veces la gente te decepciona —dijo Yarrow.
—Sí. Espera, no. A veces las personas están pasando por cosas que no puedes ver porque estás demasiado ocupada admirándolas. Creo que Laiken no era quien tú necesitabas que fuera para ti, y tampoco era como tú creías que era. Las decisiones que tomó no siempre fueron acertadas.
Yarrow guardó silencio.
—Como inducir la hibernación en las plantas.
Él gruñó en señal de asentimiento.
—Y como despachar a tu familia.
No hubo respuesta.
—Podrías decirles que volvieran, si quisieras —dijo Terlu con cautela. No quería insistir, pero… Los echa de menos. Yo echo de menos a mi familia . Escribiría a la suya, pero no lo hacía porque le daba miedo que pudiera ponerla en peligro… e incluso le daba más miedo cómo podía reaccionar.
Yarrow profirió un largo suspiro en la oscuridad.
—Ahora tienen sus propias vidas.
¿Cómo sabía que no querían volver? Quizá solo estaban esperando una invitación. Quizá echaban de menos los invernaderos. Quizá lo echaban de menos a él.
—Pero…
—Deberíamos dormir —la interrumpió—. Pronto clareará el sol y tenemos trabajo que hacer.
Terlu se quedó callada. Deseaba no haber dicho nada.
Él no necesitaba ninguna de sus teorías sobre un hombre al que no había visto nunca en persona, sobre todo uno que había tenido un papel tan importante en la vida de Yarrow.
Probablemente se esté arrepintiendo de no haberse quedado a dormir con las plantas.
—Gracias por todo lo que has hecho hoy —dijo Yarrow al fin.
—No ha ido precisamente de la manera que pensaba. Lo siento. —Todo aquel caos era culpa suya. Si las hubiese despertado de una en una, como tenía planeado, no habría sido una experiencia tan traumática para las plantas, ni para Lotti ni Yarrow.
—Las has despertado, como prometiste. —Yarrow se giró de lado para mirarla.
El resplandor del fuego titilaba en sus ojos y ella se sorprendió mirándolos fijamente.
Sus ojos eran tan verdes como los pinos del exterior, y cuando las llamas danzaban en ellos, brillaban con reflejos dorados, como el tono de su piel.
Terlu se preguntó cuál sería su reacción si se acercaba a él y lo tocaba.
Seguramente se apartaría . Mantuvo las manos remetidas bajo la colcha.
—Mañana me dedicaré a traducir más hechizos —dijo Terlu—. Si Dendy me puede ayudar, iré mucho más rápido. Quizá los demás te puedan ayudar con el trabajo en los invernaderos. No deberías hacerlo tú solo.
—Se acaban de despertar —se opuso Yarrow—. No puedo pedirles que trabajen.
—Tal vez les ayude sentir que tienen un propósito —argumentó Terlu—. Podrías proponérselo sin más, sin esperar nada. Dejarles claro que pueden negarse. Quizá te lleves una sorpresa.
—Ya me han sorprendido —dijo en voz suave. Terlu supuso que tenía razón—. Tú también.
Durante unos segundos, pensó que a lo mejor sería él quien se acercaría a ella, quien cruzaría el espacio insalvable que los separaba, pero no lo hizo, y ella no se atrevió.