Capítulo trece #3
—Bien —dijo Lotti—. Y gracias —añadió tras volverse hacia Terlu.
Siguió avanzando por la estantería de plantas durmientes, dejando atrás a varias de ellas, entre las que se incluían una espuela de caballero y un cardo—.
No despiertes a la orquídea primero. ¿Qué te parece el filodendro?
Era un tipo de fiar. Tranquilo y modesto, a pesar del tamaño de sus hojas.
Yarrow alzó el tiesto donde dormitaba el filodendro del estante y lo colocó sobre el caminito al lado de Terlu. Esta tomó cada uno de los ingredientes y los combinó. Finalmente, enrolló el conjunto con una hoja de hierba y le hizo un nudo como si fuera un lazo.
—¿Tienes una pala pequeña? —preguntó Terlu—.
Quiero enterrar los ingredientes entre las raíces.
Eso debería hacer que el hechizo se centre en su objetivo.
—O al menos esa era la teoría, como la había entendido ella.
Era muy consciente de su alta de formación reglada.
Lo normal es que pasaran años de estudio en la universidad antes de que a un hechicero imperial le permitieran experimentar con hechizos, e incluso entonces los supervisaban varios hechiceros experimentados para prevenir accidentes.
Lo que estaba haciendo era, como mínimo, una temeridad.
Pero no veía otra opción. No podía dejar a aquellas plantas atrapadas en un sueño fruto de un encantamiento, no cuando cabía la posibilidad de que pudiera despertarlas, como Yarrow había hecho por ella.
Sacó una pala de jardinería de uno de sus múltiples bolsillos, y cavó un pequeño agujero en la tierra, con cuidado de no romper ninguna de las raíces de la planta. Terlu le pasó el paquete de los ingredientes del hechizo y él lo metió en el agujero y lo cubrió de tierra.
—Listo —dijo Yarrow.
La chica supuso que era todo. Las preparaciones habían terminado.
Había repasado el hechizo una y otra vez para asegurarse de que cada una de las sílabas transmitiera el significado preciso que quería darle. Confiaba en las palabras.
Entonces ¿por qué estaba tan nerviosa? Porque estoy quebrantando la ley. Otra vez. Por voluntad propia .
La última vez que se había dicho que valía la pena hacerlo y que las consecuencias no serían extremas se había equivocado de cabo a rabo.
Esto es diferente .
No había nadie en la isla que fuera a delatarla.
Tanto Yarrow como Lotti querían —incluso necesitaban— que lo hiciera.
No estoy sola en esto. Esta vez no . Además, era lo correcto.
No podía dejar a aquellas plantas en un estado de animación suspendida.
Se suponía que debían estar despiertas y conscientes, y si tenía el poder de restaurarlas, entonces estaba obligada a hacerlo.
Ya había revisado todo aquello, las ventajas y los inconvenientes, las recompensas y los riesgos, y ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Lo había prometido, y no tenía la más mínima intención de faltar a su palabra, por nefastas que pudieran llegar a ser las consecuencias.
Terlu respiró hondo y exhaló lentamente.
Meneó las manos y procuró tranquilizarse.
Soy una hechicera autodidacta .
Y:
Ojos del emperador que no ven, corazón del emperador que no siente .
Terlu se colocó delante del filodendro y empezó:
—«Myrd vi se hwathan. Myrd dor a chasacan. Myrd rywy. Allecase-ansara…».
Pronunció cada sílaba de manera fluida, como si fuera una lengua que hubiese aprendido al nacer. Las palabras resonaban en su mente como un coro de pensamiento y habla, y centró todos sus pensamientos en el filodendro mientras oraba.
Despierta. Quiero conocerte. Ha llegado el momento de despertar.
Terminó la última palabra del hechizo.
El filodendro no se movió.
—¿Ha funcionado? —preguntó Lotti tras acercarse a la planta.
—No lo sé. —¿Quizá tenía que pasar un tiempo antes de que se pudieran apreciar los efectos?
No le había preguntado a Yarrow cuánto tiempo había transcurrido desde que había conjurado el hechizo sobre su estatua hasta que se había convertido en carne y hueso de nuevo.
Pero claro, se trataba de un hechizo que no tenía nada que ver.
A lo mejor en aquel había algún tipo de demora.
O quizá no había funcionado. Tal vez se había olvidado algún ingrediente.
O se había equivocado al traducir alguna palabra.
Es poco probable , pensó. Y los ingredientes no podían ser más frescos.
Quizá aquellas plantas no estaban dormidas, al menos ya no.
Quizá había transcurrido demasiado tiempo y habían pasado a ser plantas ordinarias.
Tal vez sus ancestros habían estado vivos y conscientes, pero esas cualidades no se habían transmitido a sus semillas.
No tenía ni idea de cómo funcionaba. Si a una planta se le caía una hoja, y le crecía otra nueva, ¿seguía siendo la misma planta?
¿Heredaban las semillas el conocimiento y la sabiduría de sus progenitores?
Si en realidad no eran plantas encantadas, sino simplemente sus hijas, quizá no fuera posible despertarlas…
En la otra punta del invernadero, la orquídea bostezó.