El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo trece #2
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Capítulo trece #2

Para cualquier otra persona, en cualquier otro lugar, habría sido una hazaña imposible, sobre todo en invierno, pero para Yarrow y allí donde estaban…

Terlu se preguntó si por eso el hechicero había erigido el invernadero, para tener acceso a cualquier cosa que necesitara para sus hechizos.

Lo dudo mucho . Por lo que había leído en sus anotaciones, no parecía haber estado amasando poder por otra razón más allá del cuidado de las plantas, pero si lo hubiese querido…

Quizá por eso se había vuelto tan paranoico, al saber lo que otros hechiceros podrían llegar a hacer con aquellos recursos si hubiesen tenido acceso a ellos.

Se preguntó si el emperador sabía la joya que se ocultaba allí.

¿Había sido consciente Rijes Velk del valor de aquel lugar cuando había decidido responder a la carta de Yarrow?

¿O simplemente había visto un problema que precisaba una solución?

Había una cantidad abismal de hechizos que podían conjurarse con las plantas de aquella isla. ¿Alguna vez había considerado Laiken todas las cosas buenas que podría haber originado la apertura de sus invernaderos al mundo, en vez de intentar aislarlos con tanto ahínco?

Supuso que esa era la pregunta: ¿cuánto confiabas en que las personas hicieran lo correcto?

Yarrow confía en mí .

No lo iba a decepcionar.

—Habré reunido todos estos elementos en una hora —le prometió Yarrow mientras se agenciaba la lista de ingredientes. Señaló con la cabeza la taza de chocolate—. Bébetelo antes de que se enfríe.

Menos de una hora después, los tres se encontraron delante de las estanterías con las plantas durmientes.

Dormidas por encantamiento. Suena mejor que «enestatuadas»…

Pero ¿lo es en realidad? Pensó Terlu. Lo dudaba.

Se preguntó si soñaban y, de ser así, qué aparecía en los sueños de las plantas.

Solo recordaba fragmentos de sus sueños, cada uno plagado de las cosas que había perdido.

Yarrow dejó un cesto y Lotti se metió de un salto. Empezó a arrojar los ingredientes por encima de los bordes, hacia el camino.

—Necesitaremos suficiente para arreglarlas a todas —declaró la plantita.

Terlu se sentó con las piernas cruzadas al lado del cesto y revisó los ingredientes.

—Sí, pero creo que deberíamos empezar solo por una. Por si no funciona.

—Funcionará —aseveró Yarrow.

Terlu alzó una rama con bayas y la examinó. El hechizo no especificaba cuántas bayas nubeníveas, pero les servirían aquellas.

—Gracias por el voto de confianza, pero no soy hechicera y estamos hablando de un hechizo que no se ha probado. Por lo que sé, podría transformar las plantas en patos.

—¿¡Qué!? —exclamó Lotti—. Nada de patos. —Se estremeció y le vibraron todos los pétalos—. Una vez tuve una mala experiencia con un pato de collar —añadió con voz lúgubre.

—Sí eres hechicera —le dijo Yarrow a Terlu.

Ella negó con la cabeza. Ya lo habían hablado, y creía haberlo dejado muy claro: no era la persona que él se esperaba que fuera. Terlu intentó no sentirse herida porque Yarrow deseara que fuera otra persona.

—Una hechicera autodidacta —lo arregló él—.

Aprendiste la lengua. Estudiaste los textos.

Es verdad que lo hiciste sin una formación oficial como hechicera, pero solo porque no fuera nada formal no significa que no aprendieras.

Dime una cosa, cuando conjuraste el hechizo que creó a tu amiga planta cinta, ¿funcionó?

Sí que había funcionado. A la primera.

—Solo porque lo había preparado todo… Está bien, lo capto, pero sigo pensando que es más sensato empezar por una sola planta, aunque solo sea para que podamos darles la bienvenida de vuelta a la vida y aclimatarlas una a una.

No daremos abasto si las despertamos todas a la vez.

—Recordaba a la perfección lo desorientada que había estado cuando la habían revivido—.

No quiero perturbarlas más de lo necesario.

Yarrow se encogió de hombros.

—Es que creo que no deberías infravalorarte, nada más.

Terlu abrió y cerró la boca.

—Gracias. —El jardinero no hablaba demasiado, pero cuando lo hacía, sus palabras le golpeaban en el centro del corazón.

Lotti les meneó las hojas delante de la cara.

—¡Basta ya de cursiladas! ¡Tenemos unas plantas que salvar!

Terlu sintió que le subían los colores.

Yarrow agachó la cabeza para evitar la mirada de ella y se arrodilló a su lado para organizar los ingredientes en montones, divididos por tipo.

Lotti salió del cesto y trepó por la estantería de las plantas en tiestos.

—Mmm… ¿Quién primero…?

—Elige a una que sea amiga tuya —le sugirió Terlu.

Lotti avanzó bamboleándose por delante de otro tiesto.

—Entonces tú no —le dijo a una sardonia.

Yarrow organizó las montañas de ingredientes.

Alineó los tallos y las ramas y ordenó en hileras perfectas las bayas y los frutos secos.

A Terlu le recordó a los rituales que se llevaban a cabo en el Templo de las Estrellas, cuyos acólitos creían que si no posicionaban las piedras sagradas formando unos patrones perfectos, las estrellas dejarían de brillar y los marineros se perderían.

Había leído sobre sus mitos, llenos de historias sobre viajeros y sueños olvidados, salvados por la precisión meticulosa de los que permanecían en tierra.

—¿Cómo aprendiste a ser jardinero? —le preguntó Terlu a Yarrow—. ¿Estudiaste en algún lugar o fuiste autodidacta?

—No había escuela como tal, si te refieres a eso, pero conté con un sinfín de profesores. Mi padre. Mi abuelo y mi abuela, antes de que fallecieran. Tíos y Tías. Un montón de primos. Todos dominaban una especialidad.

Los echa de menos . Podía percibirlo en su voz. Se preguntó si echaban de menos aquel lugar, si alguna vez se habían sentido tentados de volver, si solo estaban esperando una invitación.

—Deberías invitarlos para el Festival de Invierno.

Él alzó las cejas.

—Es demasiado viaje para una comida.

—No es solo una comida.

Se encogió de hombros.

—No estás teniendo en cuenta las tartas.

Yarrow sonrió.

—Tartas de miel.

—Y tarta de arándanos. De limón. Bizcocho marmolado de vainilla.

También naranjas confitadas. ¿Has probado alguna vez la naranja confitada recubierta de chocolate?

Es una fantasía. Mi abuelo confitaba las rodajas de naranja él mismo.

Usaba una receta secreta. Jamás se la contó a nadie.

Por lo que sé, no la dejó por escrito, ni siquiera en código.

Sabes… para mí no tiene ningún sentido que Laiken no tuviera presente a alguien para que refrescara los hechizos de los invernaderos, teniendo en cuenta lo mucho que se preocupaba por proteger sus plantas.

—Pensó que siempre estaría aquí —dijo Yarrow.

Lotti se detuvo al lado de una orquídea y preguntó con voz desolada:

—¿Cómo murió?

—Fue un accidente —respondió Yarrow—. Se cayó por las escaleras.

Un gran hechicero, quizá el hechicero más importante de su generación, pero aun así se rompió el cuello.

Mi padre fue quien lo encontró cuando no vino a ver cómo estaban las orquídeas.

Solía regarlas el mismo a diario. No dejaba que nadie más las tocara.

Después de su muerte, mi padre me dijo que el espíritu de Laiken permaneció durante tres horas para explicarle cómo debía cuidar de las orquídeas, antes de sumirse al fin en el silencio.

—Las orquídeas son muy quisquillosas —apuntó Lotti y desestimó la que tenía al lado.

Siguió hacia la venus atrapamoscas—. Laiken, serás tonto…

Debería de haberme mantenido despierta. Quizá no podría haber evitado que se cayera por las escaleras, pero al menos no habría muerto solo.

—Le tembló la voz en las últimas palabras.

Terlu se imaginó cómo debía sentirse la rosa, tanto enfadada como triste, y luego enfadada porque estaba triste y triste porque estaba enfadada.

Saber que no tenías el control de tu destino provocaba una horrible sensación de impotencia.

Lotti no había podido salvarse a sí misma, y no había estado presente para salvar al hechicero.

—Te regaré a menudo —le prometió Yarrow.

—Me enseñarás a regarme yo sola —dijo Lotti, y añadió con tristeza—: ¿Por favor?

Quiero aprender a usar la bomba de agua.

No quiero tener que depender de nadie nunca más.

—Terlu oyó el nudo de emociones que irradiaba la voz de Lotti.

Puso su confianza en Laiken, y este la decepcionó .

A Terlu la plantita le rompió el alma. Sus historias no se parecían, pero sabía lo que era sentirse impotente contra tu propio destino, que te apartaran a un lado y te olvidaran.

—No sé si…

—Si atas una cuerda a la maneta de la bomba, podrá usarla para tirar de ella —intervino Terlu—. Quizá incluso podrías ponerle algún peso. No tendrá que volver a temer porque la vuelvan a abandonar. —Nadie debería tener miedo de algo así.

Yarrow lo meditó unos segundos y asintió.

—Encontraremos la manera.