Capítulo trece
T erlu tuvo que emplear otros tres días y muchas tartas de miel para descifrar el código.
Durante la mañana del tercer día, Yarrow se unió a Lotti y a ella en el taller y dejó una taza al lado de Terlu. La chica aspiró el aroma chocolateado, que era tan profundo que todos los demás pensamientos se fueron volando por la ventana.
—¿Lo has preparado tú?
Él asintió.
—El truco está en saber cuándo cosechar las vainas de cacao.
Rodeó la taza con ambas manos y el calor se filtró en sus palmas. Inhaló el vapor chocolateado y pensó que jamás había olido algo tan maravilloso. Yarrow le había echado unos cachitos de nuez por encima y, ¡ay!, ¿aquello era un chorrito de caramelo? Sí, vaya que sí.
—Luego se tienen que fermentar las vainas —continuó él—. Yo las envuelvo en piel de plátano y dejo que fermenten. Luego las tuesto, les quito la cáscara, puesto que solo se necesitan los granos, y los muelo.
Terlu le dio un sorbo.
Era como beberse el crepúsculo, cuando el sol tiñe las nubes del tono rosa más intenso y vivo. Los rayos de sol derretidos se deslizaban por su garganta.
—El dulzor lo aporta el sirope de caña de azúcar —le informó—. Tienes que hervirlas, sacar las fibras, y seguir hirviendo un poco más hasta que está a punto de caramelizar, pero sin pasarse. Hice un montón de tandas el invierno pasado.
—¿También cultivas las cañas de azúcar? —Le dio otro sorbo, cerró los ojos, y dejó que el chocolate caliente se extendiera por su cuerpo. Sentía como si el cacao le hubiese reemplazado la sangre.
—Mmm… —musitó y abrió los ojos para encontrarse con los de Yarrow fijos en ella, calibrando su reacción.
—Todas las plantas que existen en las Islas Crecientes se encuentran aquí. —De súbito, su sonrisa desfalleció y se le hundieron los hombros antes de añadir—: O así solía ser, antes de que los invernaderos empezaran a fallar.
Terlu deseaba con todas sus fuerzas poder decirle que sabía cómo arreglarlo todo, que todo iría bien, y que poseía el hechizo mágico adecuado que seguro que funcionaría para resolver todos sus problemas y hacer que el dolor en su voz desapareciera, pero arreglar unos invernaderos que habían estado plagados de encantamientos…
Se trataba de una magia tan fuera de su alcance que ni siquiera entraba en el ámbito de lo posible.
Solo tenía un objetivo: despertar a las plantas sintientes, y en eso había hecho progresos.
—Creo que sé cómo…
—¿Sabes cómo revivir a mis amigos? —la interrumpió Lotti.
—Puede ser. —Dejó el chocolate deshecho a un lado a regañadientes y levantó un cuaderno para mostrarles la página que había estado estudiando—.
Este escrito es más o menos de la época en la que Lotti se quedó dormida.
No es que el hechizo que las creó se tenga que volver a conjurar; siguen siendo sintientes.
Simplemente están dormidas, como dijo Lotti.
Me preocupaba que estuviera empleando un eufemismo, pero es literalmente la verdad.
—¡Lo sabía! —exclamó Lotti—. Siguen siendo ellos.
—Según parece, después de dejar que te quedaras dormida, Laiken empezó a buscar maneras de alentar a las demás plantas sintientes a que hicieran lo mismo.
—Mantuvo el tono desenfadado, pero eligió las palabras con sumo cuidado.
Después de reconstruir los hechos de los diarios de Laiken que albergaban sus anotaciones sobre las plantas sintientes, a Terlu no le cabía duda de que la interpretación que había obtenido de ellas era correcta: el hechicero había dejado que se marchitaran adrede.
—Espera, un momento, no. —Lotti saltó por la mesa hasta el diario—. No dejó que me quedara dormida. Fue un accidente. Se olvidó de regarme. No necesito demasiada agua, y perdió la noción del paso de los días. Por aquel entonces empezaba a estar más aturdido.
No era eso lo que decía el diario. Había guardado anotaciones meticulosas escritas en código: había registrado el tiempo que la pequeña rosa podía pasar entre un riego y el siguiente. Su objetivo había sido que se quedara latente.
—Pero tú eres la única de las plantas sintientes que podía quedarse en estado latente de manera natural —insistió Terlu—.
Si dejaba de regar las demás plantas, estas habrían muerto, y no era eso lo que él quería.
Así que experimentó con ellas, tras asegurarse de que sobrevivirías a la hibernación indemne.
Por lo que sé, empezó los experimentos hará unos cincuenta años…
—Desvió la mirada hacia Yarrow, que asintió con la cabeza.
La rosa se estremeció y juntó los pétalos formando un capullo tembloroso.
—No. Te equivocas. Laiken me quería. ¡Nos quería a todas!
Quizá sí que la quería, a su propia manera.
—Creo que quería protegerte. Creía que, si estabas dormida, estarías a salvo.
Si todas estabais dormidas… —Era la explicación más benévola de por qué Laiken había permitido que Lotti se marchitara hasta caer en lo que básicamente era un estado comatoso, cuando simplemente podría haberla cuidado.
Las demás explicaciones eran mucho más crueles—.
¿Qué recuerdas de esa época, de antes de quedarte dormida? —preguntó Terlu con voz suave.
—Estaba mucho tiempo ausente —respondió Lotti, con el capullo todavía cerrado—. Ocupado. En los invernaderos.
—Ya había empezado a despachar a los jardineros por aquel entonces —intervino Yarrow—.
Mi padre me contó que Belde iba camino de convertirse en una pequeña aldea hace unos cincuenta años, pero a Laiken eso no le hacía ni pizca de gracia.
Se negó a permitir que viniera nueva gente a instalarse aquí y empezó a exigir a sus jardineros que se marcharan si querían casarse, en vez de permitir que sus esposas y esposos se mudaran aquí.
Fue un cambio radical a los años anteriores, c uando mi padre era un niño.
Con el paso del tiempo, el hechicero se fue aislando más en sí mismo y se volvió más reservado.
—Se olvidó de mí —insistió Lotti—. No fue un acto deliberado. Me niego a creerlo.
—En tu caso podría haber sido un accidente —convino Terlu.
¿Quién era ella para decir lo contrario?
No estaba presente cuando ocurrió. La única información que tenía era la que había dejado el hechicero por escrito.
Que la rosa siguiera idealizando a su creador, si quería.
No hacía falta que se enfrentara a su pasado ni a la verdad ni nada de eso, si lo único que iba a conseguir era hacerle daño; de nada servía pasar por una angustia innecesaria.
Ninguno de ellos podía cambiar lo que había ocurrido.
Lo único que podían hacer era moldear lo que sucedería a continuación. Terlu señaló con el dedo un hechizo.
—En todo caso, así es como hizo que las demás se durmieran. Tardó varios años en perfeccionarlo, pero al final lo consiguió.
Yarrow se inclinó por encima de ella para echarle un vistazo a la página. Terlu notó su aliento cálido en la mejilla. Olía a chocolate azucarado.
—¿Entonces están bajo el influjo de un hechizo que las hace dormir?
—En resumen, sí —contestó Terlu—. He identificado el hechizo que usó, y, creo, también el contrahechizo, aunque jamás lo probó, así que no sé si…
Lotti meneó las hojas, alarmada.
—¿Cómo que crees? ¿Cómo que no lo sabes? ¿Y qué quieres decir con que «jamás lo probó»? ¿Significa que vas a usar un hechizo nuevo sin resultados comprobados en mis amigos? ¿Y si lo empeoras?
Terlu había estado pensando en eso.
—No hay nada peor que el estado comatoso en el que están.
—¿Cómo vas a saber tú lo que es estar…? Ay. —Lotti cerró los pétalos para volver a formar un botón, pero esa vez por vergüenza—. Lo siento. Se me olvidó lo de tu fase de estatua… Es que… ¿Y si el hechizo sale mal?
«Lo de tu fase de estatua». Menuda manera de describir los años de su vida que había perdido.
—Es un riesgo —confesó Terlu. Miró a Yarrow, a sus ojos profundos como el mar.
Lo tenía tan cerca que sintió que podía ver todas las emociones que bullían en su interior: esperanza, miedo, compasión, dolor, pena…
Pero la que predominaba era la esperanza—.
Puede ser que lo intente y las plantas mueran.
O se transformen. Hay mil maneras en las que un hechizo puede salir mal.
Por eso el emperador declaró ilegal que nadie, salvo un hechicero con la debida formación y autorización, usara la magia.
Pero he estado estudiando este hechizo. Comprendo la función de las palabras.
—Todo se basaba en el lenguaje; las sílabas expresaban la intención y las frases ejecutaban la orden.
Eso era la magia: palabras que hacían que los pensamientos cobraran vida.
Y a Terlu se le daban de fábula las palabras, o al menos, las palabras como aquellas.
No podía garantizar que las palabras adecuadas fueran a salir de su boca en una conversación cualquiera, pero con el hechizo…
Con el hechizo se sentía segura. Mayormente. ¿Bastante?
—Confío en ti —afirmó Yarrow.
Era la frase más bonita que Terlu había oído jamás que pronunciaran sobre ella.
Terlu giró hacia la página su cara encendida de color magenta.
—Requiere unos ingredientes en concreto.
—Le mostró la lista que había elaborado: el capullo de una flor de manzano, una bellota que no hubiese germinado, polen de narciso, además de otra media docena de elementos basados en plantas que solo estaba medio segura de saber qué eran, pero que sabía a ciencia cierta que Yarrow conocía.
—Yo me ocupo.