Capítulo doce
D urante un instante, envuelta por los brazos de Yarrow, Terlu se sintió más segura que nunca, como si el mal del mundo hubiese desaparecido y todo fuera a ir bien. Pero entonces la soltó.
—Tenemos que salvar a Lotti —dijo él.
A Terlu le gustó el uso del plural. Hacía mucho tiempo que no formaba parte de ningún equipo, quizá desde que estaba en Eano con su hermana y sus primos.
En la ciudad, y sobre todo en la Gran Biblioteca, había sentido que todo el mundo iba por la suya, incluso antes de que cada uno encontrara su camino en la vida antes que ella.
Pero por más agradable que fuera aquella sensación de equipo, Terlu le agarró la manga cuando Yarrow se giró para salir disparado.
—Mantén el muro de girasoles a tu izquierda.
Yarrow negó con la cabeza.
—No tenemos tiempo para resolver el laberinto.
—No tenemos tiempo para perdernos —repuso Terlu con firmeza—. Si actuamos con meticulosidad, daremos con ella. De lo contrario, correremos en círculos. —Sabía sin lugar a duda que tenía razón y se preparó para que él se lo rebatiera… pero no lo hizo.
Le dedicó un asentimiento seco de la cabeza.
—Te sigo.
Terlu echó a andar y él la siguió.
—¡Lotti! —La fueron llamando por turnos—. ¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¡Ya venimos!
Sobre sus cabezas, la falsa aurora ondeó y los girasoles volvieron sus cabezas hacia ella.
Si no hubiese estado tan preocupada, a Terlu le habría fascinado aquel espectáculo de luces.
Nunca había oído hablar de un hechizo capaz de crear aquel efecto, pero tampoco es que supiera todo lo que había que saber sobre la magia.
En la biblioteca, se había ocupado de las tareas que el bibliotecario de la segunda planta, ala este le había encargado, entre las cuales a menudo se incluía reencuadernar textos antiguos y clasificar el material que donaban los hechiceros que se retiraban.
Algunos documentos eran interesantes e importantes, y otros claramente lo contrario, aunque estaba segura de que el hechicero que había catalogado las varias maneras de hechizar unos calcetines para que no se le hicieran agujeros era del parecer que su ámbito de estudio resultaba de lo más interesante.
A ella le había llamado más el interés por qué aquel hechicero desaparecido hacía tiempo se había centrado precisamente en los calcetines.
¿Qué llevaba a una persona a dedicar la vida a los calcetines encantados?
De manera parecida, ¿qué había llevado a Laiken a dedicar su vida a crear un invernadero?
Y por qué había creado aquel laberinto con un cielo falso, dragones en miniatura y girasoles que…
Más adelante, la hilera de girasoles sacó las raíces de la tierra y se desplazó de puntillas a una nueva posición antes de enraizarse de nuevo.
Terlu jadeó.
—Se mueve…
Yarrow pasó junto a ella a paso ligero.
—Las plantas de aquí pueden hacer eso.
—Sí, pero… —Sabía que los árboles de la entrada se habían movido, pero había pensado que el laberinto en sí se quedaría inmóvil, aunque supuso que no había ningún motivo de que fuera así, salvo por el hecho de que las plantas normalmente no se desenraizaban y deambulaban por ahí.
Le siguió el ritmo a Yarrow, con las flores a su izquierda, pero el esfuerzo le parecía fútil.
Un laberinto que cambiaba continuamente era prácticamente imbatible—. Está haciendo trampas.
—Jamás llegué al centro, ¿te acuerdas? Este es el motivo.
—No se puede resolver si cambia de forma.
—Si las paredes se iban moviendo sin cesar era una proeza imposible.
Los girasoles podían seguir poniéndoles callejones sin salida delante de las narices hasta que estuvieran demasiado cansados para continuar—.
Podríamos estar así años. —Podían morir de viejos antes de que el laberinto los dejara pasar.
Podía ocultarles a Lotti durante una cantidad de tiempo infinito—. Lo siento. Esto no va a funcionar.
Yarrow se detuvo y se quedó mirando los tallos.
—Podríamos cruzar a través.
—Pero los dragones… —Le vino un calambre y tuvo que apoyar las manos sobre las rodillas mientras resollaba.
—Si vamos rápido… —Yarrow sacó unas tijeras del interior de su abrigo—.
Odio tener que hacer esto. No es culpa de las plantas que las hayan encantado para que se comporten así.
—Con la mano libre, tocó una de las hojas de los girasoles, como si se estuviera disculpando—. Pero no podemos abandonar a Lotti.
Terlu vio en los ojos de él lo mucho que no quería hacer aquello.
—Tiene que haber otra manera.
—¿Alguna idea?
—Si va cambiando sin parar, Laiken tendría que haberlo resuelto cada vez que quisiera visitar su tesoro —apuntó Terlu—. Creo que lo más probable es que tuviera un camino secreto que cruzara el laberinto. —Al hechicero le gustaban tanto los rompecabezas como los secretos.
Oyó un aullido en el cielo y entonces vio a Emeral pasar como una exhalación, perseguido por una bandada de dragones. Volaban como un enjambre de abejas, apiñados, y sus alas producían un sonoro zumbido.
La clave no está en los girasoles, sino en los dragones.
Tal vez pudieran amansarlos.
—¿Llevas algo de comer encima? —preguntó Terlu.
Yarrow gruñó.
—Creo que ahora no es un buen momento para…
—No es para mí. ¿Tienes algo que le pueda gustar a un dragón?
Se le iluminó el rostro.
—¡Ah! —Rápidamente, empezó a sacar cosas de los bolsillos: un huevo de cascarón azul, un pedazo de queso envuelto en una servilleta de papel, un puñado de nueces guardadas en una bolsita, semillas secas y trocitos de panal—.
Esto —le dijo mientras le mostraba el panal—.
Los dragoncitos son polinizadores, quizá se sientan atraídos por la miel…
A Terlu le bullían las preguntas sobre cómo había conseguido todos aquellos elementos.
Las nueces y las semillas tenían sentido, teniendo en cuenta la variedad de plantas que albergaba el invernadero, pero ¿el queso?
¿De dónde había salido? La asaltaban preguntas similares sobre la harina que había usado para preparar la tarta de miel.
¿Conseguía los ingredientes comerciando?
De ser así, ¿con quién comerciaba? ¿Era la marinera a la que se podía llamar izando una bandera?
¿Había sido esa misma marinera la que había llevado a Terlu convertida en estatua hasta la isla o había sido otra persona?
¿Qué habían pensado de un envío como aquel?
¿Sabían que Yarrow tenía pensado revivirla?
¿Cuántas personas sabían que Terlu estaba allí?
¿Lo sabía alguien más aparte de Rijes Velk y el repartidor?
Eran tantas preguntas… pero no era el momento de formular ninguna de ellas.
Lotti estaba en algún lugar del corazón del laberinto, probablemente asustada, segura de que la habían vuelto a abandonar.
Terlu se preguntó si era posible superar algo así…
¿En algún punto dejabas de temer a quedarte sola de nuevo?
—Muy bien, ¿cómo llamamos su atención para que se fijen en el panal?
Yarrow se dirigió con paso decidido hacia los girasoles. Abrió las tijeras y colocó las hojas alrededor de uno de los tallos, tocando ligeramente la superficie verde… y esperó.
Sobre sus cabezas, los dragones rugieron.
Cesaron la persecución del gato alado y giraron en medio del aire.
En formación de flecha, descendieron en picado hacia Yarrow y Terlu.
El jardinero bajó las tijeras y sostuvo en alto el panal en la palma de la mano.
Terlu se tensó. No sabía qué haría si los dragones lo atacaban.
¿Apartarlo hacia un lugar seguro? ¿Intentar ahuyentarlos y rezar para que no le lanzaran una llama? ¿Arrojarles el huevo y el queso?
La primera dragona, una belleza dorada, descendió y rompió con cuidado un pedazo del panal con las garras. Otro, uno de escamas verdes y negras, agarró otro pedazo. Los siguieron un tercero. Un cuarto. Hasta que el panal desapareció.
—Polinizadores —dijo Yarrow.
Los demás dragones alzaron el vuelo hacia el cielo, en busca del gato, pero la media docena que se había agenciado el preciado tesoro echó a volar por entre los girasoles con determinación.
—Vamos —apresuró Terlu a Yarrow. Corrió detrás de las criaturas y el hombre trotó detrás de ella.
Delante de los dragones, los girasoles se apartaban de en medio, formando un camino recto. Terlu y Yarrow siguieron a los dragoncitos que portaban los pedazos de panal hasta el centro del laberinto.
En la cima de un montón formado por regaderas, guantes, sombreros, piñas y varias rocas relucientes —el tesoro de los dragones— se alzaba la pequeña rosa reviviscente.
—Ya era hora —se quejó Lotti.
Mientras los dragones mascaban los pedazos de panal, Terlu y Yarrow revisaron los elementos de aquel tesoro.
Estaba compuesto por una diversidad de objetos de lo más inusual: un rubí en bruto del tamaño del puño de Terlu, un guante izquierdo de jardinería, un palo con forma de corazón, un lingote de oro macizo…
—No me han hecho daño —les explicó Lotti—. Simplemente me recogieron y me trajeron aquí.
—Cada vez que Laiken venía para acceder al corazón del laberinto, debía de llevarles un tesoro —apuntó Yarrow—. Seguramente han pensado que tú también eras un bien valioso.
—Es que soy un tesoro —convino Lotti.
Arrodillada al lado del montón, Terlu apartó a un lado un diamante. Yarrow lo recogió y soltó un silbido.
—No sé mucho sobre gemas, pero esta debe de valer como toda la isla.
Lotti desenrolló sus hojas.
—Ay, déjamelo ver.
Yarrow se lo pasó y ella se lo colocó en el centro de la flor.
—Te queda bien —le dijo—. Pero yo no le tomaría demasiado cariño. Forma parte del tesoro de los dragones.
Con un suspiro, Lotti dejó el diamante a un lado.