Capítulo once #3
Terlu viró a su izquierda e intentó ver si había alguna apertura en el muro verde.
Parecía infinito, pero a lo lejos, en la distancia, le pareció ver a dos figuras, una alta con el pelo negro surcado de mechones dorados y una bajita y rechoncha con una mata de pelo castaño rizado. Las señaló con el dedo.
—¿Somos nosotros?
—Son espejos —contestó Yarrow—. Reemplazó las ventanas por espejos y eso —señaló el techo— es una ilusión. Todavía estamos dentro de un invernadero. Solo que uno muy grande.
—Pero ¿cómo entramos en el laberinto? ¿Es a la derecha o a la izquierda?
—Ninguna de las dos. Justo enfrente. —Alzó la rosa en brazos y avanzó en línea recta hacia los pinos. Lotti profirió un gritito y los árboles se apartaron cuando Yarrow llegó a ellos, levantando sus raíces del suelo para retirarse.
Lotti alargó una hoja y tocó una de las ramas. El árbol no reaccionó. Terlu los siguió a través del hueco entre los pinos.
Delante de ellos se extendía un laberinto de girasoles.
Sus tallos verdes se alzaban uno junto al otro, formando las paredes, mientras que sus enormes flores colgaban, con las caras marrones rodeadas de radiantes pétalos amarillos.
El entorno desprendía un olor ligeramente terroso, no un fuerte aroma floral, mezclado con toques de pino.
—¡Ja! ¡Qué fácil! —exclamó Lotti mientras se deslizaba por el torso de Yarrow, bajaba por sus piernas y llegaba al suelo—. Solo necesitabas a alguien pequeña como yo para solucionarlo. —Se dirigió al espacio que había entre los tallos.
Rápidamente, Yarrow la detuvo rodeándola con las manos.
—No quieras hacer eso.
—¡Oye! ¿Por qué…?
Un dragoncito, aproximadamente del tamaño de una taza, salió disparado de entre los girasoles. Expulsó hacia Lotti una llamarada del tamaño de una vela y alzó el vuelo. Batió las alitas delante de Terlu, a escasos centímetros de su cara.
Era una criatura exquisita: una miniatura exacta de los grandes dragones de Ilreka. Cada una de sus escamas era una pequeña joya, y sus alas eran tan delicadas como las de una mariposa. Parecían estar hechas de cristal soplado.
—Vaya… —dijo con un suspiro—. Creía que estabas de broma. —Los ratones foliáceos le habían parecido fascinantes, pero aquello… aquello era algo extraordinario.
—Jamás bromeo con los polinizadores —replicó Yarrow.
—Espera, ¿polinizadores? —preguntó Terlu—.
¿Actúan como abejas? Fascinante… —Giró sobre sí misma mientras contemplaba el conjunto de girasoles.
Se extendían hasta donde le alcanzaba la vista.
Los pequeños dragones revoloteaban de un girasol a otro y aterrizaban sobre los corazones marrones de las flores.
—¿Sabéis por qué se casó la abeja? —preguntó Lotti
Terlu miró a la pequeña rosa con las cejas arqueadas.
—Porque quería su luna de miel.
—No… —dijo Yarrow.
Entraron en el laberinto de girasoles y al instante el camino se bifurcó.
—Mantened una pared a vuestra izquierda en todo momento —les sugirió Terlu—. No será rápido, pero si no nos despegamos de la pared, al final nos llevará al centro.
—¿Cuál es la hortaliza favorita de las abejas? —preguntó Lotti—. La col-mena.
Terlu extendió los dedos para acariciar las hojas del girasol que le quedaba a la izquierda mientras caminaba. Solo avanzaron unos pocos metros antes de toparse con un callejón sin salida, pero no frenó los pasos, mantuvo los dedos estirados y siguió tocando las hojas mientras proseguían.
En cada cruce, elegía la izquierda.
—¿Por qué las abejas son tan eruditas?
—Por favor, no me digas que es por la api-cultura —gruñó Yarrow.
—Uy, qué «avispado» —se rio Lotti—. A ver este… ¿Qué le dice una abeja a…?
Terlu sostuvo una mano al aire. ¿Qué era aquel sonido? Levantó la mirada y vio una bandada… ¿un banco?, ¿un rebaño?, ¿una manada? De dragones en miniatura. Volaban formando una espiral en el aire entre siseos. Sus alas brillaban bajo la luz sobrenatural del falso cielo ambarino y verde.
—¡Emeral, no! —gritó Yarrow.
En lo alto del cielo, el gato alado se precipitó hacia ellos e hizo que se dispersaran. Con un aleteo, cambió de dirección y voló tras la bandada.
—Ah, justo la distracción que necesitaba —dijo Lotti. Se deslizó a toda prisa por la pierna de Yarrow y desapareció por entre los tallos de los girasoles antes de que Yarrow o Terlu pudieran detenerla. Al cabo de pocos segundos, la perdieron de vista.
—Vuelve, ¡tenemos que mantenernos unidos!
Uno de los dragones, una preciosidad de un tono rojo rubí, giró en mitad del aire y voló hacia el laberinto hasta desaparecer detrás de las cabezas de los girasoles. Terlu apartó los tallos para apresurarse a buscar a Lotti.
La bandada de dragones se congregó por encima de ella, ignorando al gato, y se lanzó en picado.
Yarrow tiró de ella para apartarla de los girasoles justo cuando Emeral se abalanzó sobre los dragones desde lo alto.
Viraron para apartarse de sus garras y Terlu sintió cómo las diminutas garras de un dragón dorado le arañaban el pelo.
Yarrow la abrazó contra su pecho, con los brazos a su alrededor para protegerla y Terlu apoyó la cara contra el cuerpo de él. El aleteo alzó una ráfaga de viento a su alrededor. Un instante después, se esparció. Terlu echó un vistazo.
—¿Lotti?
La pequeña rosa no respondió.