Capítulo once #2
Si hay ratones foliáceos, ¿por qué no puede haber dragoncitos?
No tenía ni idea de qué tipo de maravillas se escondían en el invernadero de Belde, ya fueran atraídas por los encantamientos o creadas allí.
Tal vez, cuando hubiese conjurado el hechizo, tendría la oportunidad de explorar y descubrirlas.
Quizá, y solo era una posibilidad remota, Yarrow querría mostrárselas.
—¿También te encargas de las criaturas aparte de las plantas? —preguntó Terlu. Pensó en las mariposas que cambiaban de color y en las libélulas diamantinas.
—Mayormente se cuidan solas —respondió Yarrow—. Laiken las conjuró así. Incluso las que no creó están encantadas para que vivan en armonía aquí.
Terlu miró cómo los ratoncitos foliáceos jugaban y pensó en el naranjal.
—¿Habrá naranjas maduras a tiempo para el festival de invierno de este año? —inquirió.
—¿Quieres celebrar el festival de invierno?
—¿No lo celebras? —Supuso que no tenía mucho sentido celebrarlo él solo.
Las celebraciones del solsticio se basaban en reunirse con tus seres queridos y regocijarse bajo la luz todos juntos.
También se servía una cantidad abismal de comida—.
La Gran Biblioteca cierra para las celebraciones de los solsticios, tanto el de verano como el de invierno, pero el festival de invierno siempre ha sido mi favorito.
Para ese festival, se invita a todos los bibliotecarios al despacho de la directora.
Vive en la cima de la torre más alta. Había ochenta y seis escalones desde la última planta de estanterías hasta su despacho, y en cada uno de ellos ponía una bandeja llena de diferentes exquisiteces.
Cada una de las recetas procedía de una isla diferente del imperio de las Islas Crecientes, y la seleccionaba el bibliotecario que se encargaba de la sección de historia gastronómica de la Gran Biblioteca.
Podías saborear hojaldres de cangrejo de Dault, hijos rellenos de Tirza, pinchos de ternera marinada con cebollas perla de Blaye.
Tomabas todo lo que te apeteciera y, cuando llegabas al despacho de la directora, te deseaba que hallaras la luz en la oscuridad.
—Debía de reunirse un buen gentío —apuntó Lotti.
—Ah, no, esa era la mejor parte. —Terlu sonrió al recordarlo—.
Cada uno de los bibliotecarios se marchaba del despacho a través de una ventana y bajaba en una barquilla iluminada con luces parpadeantes, luces mágicas, hasta los canales.
Entonces podías disfrutar del banquete con los demás al lado del agua, si querías.
Algunos se quedaban, y hablaban y reían hasta altas horas de la noche, cuando las luces del solsticio se atenuaban y eran reemplazadas por las estrellas en el cielo. Era su noche favorita de todo el año.
—¿Ochenta y seis recetas? —dijo Yarrow.
—La parte complicada era que no se te cayera el plato mientras bajabas en la barquilla.
—Mmm —gruñó. Acto seguido añadió—: Deberías ponerte el abrigo.
Debían cruzar dos invernaderos muertos antes de llegar a la puerta del laberinto. No había ni rastro de plantas, ni vivas ni muertas, y Terlu se preguntó si Yarrow había podido rescatarla antes de que se desplomara la temperatura. Esperaba que así fuera.
Al final del segundo invernadero se alzaba una puerta que no se parecía a ninguna de las demás que había visto.
No estaba adornada con delicados motivos en hierro forjado.
En cambio, estaba hecha de placas entrelazadas.
Yarrow se detuvo delante de ella, se la quedó mirando y volvió a gruñir, aunque esa vez era un sonido menos feliz.
—¿No la vas a abrir? —preguntó Lotti.
Terlu reparó en que no tenía ni maneta ni pomo.
—Es un rompecabezas.
—No me necesitas para esto —dijo Yarrow—. Soy más útil cuidando de los jardines que jugando con los acertijos de Laiken.
—Pero sabes abrirla, ¿no?
—Tienes que alinear las piezas.
—¿Cómo? —quiso saber Lotti.
—Con cuidado —respondió Yarrow.
Si la rosa hubiese tenido ojos, los habría puesto en blanco.
—No lo sabes, ¿verdad? —lo acusó Lotti—. Creía que ya habías estado aquí antes.
—Hace tiempo que no —repuso Yarrow—. Es un ecosistema autosostenible. No me necesita, pero hay muchas otras salas que sí. Dame un momento… Me acordaré. —Se cruzó de brazos con la mirada fija en la puerta.
Terlu observó las placas con detenimiento. Algunas eran plateadas y otras de bronce, pero todas con forma oval. Le recordó a las escamas de un pez.
—¿No será que tienen que apuntar todas en la misma dirección? —Empezó a rotarlas—. O las plateadas en una dirección y las de bronce en la otra… No, demasiado simple.
—¡Ah!, quizá sean pétalos —aportó la rosa—. ¡Ponlas formando flores!
—Un crisantemo —dijo Yarrow de improviso y señaló el centro de la puerta—.
Todos los pétalos se extienden desde el centro de la flor.
Técnicamente, los crisantemos son un compuesto formado por muchas flores, flósculos en forma de disco en el centro de la flor y flósculos en forma alargada en el perímetro, pero el efecto es el de una enorme floración con círculos concéntricos de pétalos. ¿Lo ves? Sabía que me acordaría.
—Porque te lo he recordado yo —dijo Lotti—. Está claro que soy la mente pensante de esta misión.
Terlu se aguantó la risa y no remarcó que Yarrow había estado a punto de marcharse.
Rotó los «pétalos», empezando por el centro con un círculo que se extendía hacia fuera y continuó.
Mientras maniobraba las placas, el gato alado saltó de sus hombros y echó a volar hasta posarse en las vigas y empezó a acicalarse.
—Con los crisantemos blancos y amarillos se puede preparar un té excepcional —dijo Yarrow—. Como mejor sale es usando los capullos cerrados y añadirle un poco de miel.
—Uno de mis amigos es un crisantemo —replicó Lotti con voz lúgubre.
—Puedes recoger las flores sin dañar la planta.
Tres círculos hechos. Terlu inició el cuarto. Algunos de los pétalos giraban con facilidad y otros estaban tan sueltos que enseguida apuntaban hacia abajo. Arregló los que se habían caído y terminó el cuarto círculo.
—Espero que primero pidas permiso —le largó Lotti.
—Eso siempre —le aseguró él.
A Terlu le encantó que lo dijera con total sinceridad. Probablemente lo preguntara de verdad. Mientras ella se ponía de cuclillas para terminar los pétalos de la parte de debajo de la puerta él se encargó de alinear los de arriba.
Cuando giró el último pétalo, oyó un chasquido metálico, seguido de otro, y otro. Uno a uno, empezando por el centro, todos los pétalos se levantaron hasta que de verdad parecían una flor.
Los tres (cuatro si incluían al gato alado) se quedaron mirando la puerta, esperando a que se abriera. Pero se quedó quieta, como un mero adorno.
—Mmm, pues vaya chasco —sentenció Lotti.
Terlu empujó la puerta por el centro y esta se abrió de par en par.
Dentro aguardaba lo que parecía otro mundo.
Arriba, el cielo estaba teñido de ámbar con vetas verdes, como la aurora del lejano norte, y al fondo se extendía un bosque de pinos…
no, más bien un muro formado de verde. No había agujeros entre los árboles.
Las agujas se entrelazaban configurando una alfombra espesa que no permitía que pasara ni un atisbo de luz.
Terlu se asomó y se maravilló con las vistas.
El paisaje se alargaba hasta el horizonte en todas direcciones.
—¿Cómo va a ser esto un laberinto? —preguntó Lotti.
Yarrow gruñó.
—Ya verás.
Terlu y la rosa caminaron (o brincaron) para cruzar el umbral. Yarrow se dispuso a cerrar la puerta detrás de ellos… y el gato alado se coló dentro.
—¡Atrapadlo! —gritó.
Pero Emeral ya estaba volando hacia el cielo ambarino y verde.
—Ahora sí que la hemos hecho buena —comentó Yarrow.