Capítulo once
T erlu no sabía cómo iba a poder mantener su palabra. Pasados tres días de pelearse con los textos codificados, no había hecho ningún avance significativo para descifrarlos. Suspiró, se masajeó el cuello y estiró los brazos.
En la otra punta del taller, Lotti musitaba para sí misma mientras hojeaba uno de los diarios de Laiken, usando una hoja como si fuera un pulgar y dedos para pasar las páginas.
Había escrito muchos. Ocupaban una buena tercera parte de las estanterías y Yarrow había encontrado más en un arcón debajo de las escaleras.
El problema radicaba en que Laiken no había pensado anotar nada para que lo leyera otra persona, especialmente en los escritos más recientes.
En los primeros diarios, de antes de que creara el invernadero, empleaba una versión ligeramente arcaica del idioma estándar de la isla, pero a medida que se había ido haciendo mayor, su paranoia había aumentado, y en los diarios más tardíos, que, por lo visto, eran los que albergaban la mayoría de sus hechizos, empleaba no solo el sistema de código que Terlu estaba cada vez más segura de que debía de basarse en un libro de código, sino que también usaba escritura especular o escritura al revés o, en el peor de los casos, ambas a la vez.
Y también estaban las páginas que había destruido: arrancadas y supuestamente calcinadas.
Yarrow había encontrado más retazos medio quemados debajo de la estufa.
Terlu no tenía ni idea de qué se había perdido o de si el hechizo que necesitaba todavía existía.
Lotti se dejó caer hacia atrás y meneó los pétalos al aire.
—¡Bah! ¡Esto es imposible! —gritó hacia el techo como si el hechicero estuviera en la planta superior y pudiera oírla—. ¡Laiken, eres lo peor!
—¿De cuándo es ese diario? —preguntó Terlu.
—De la era en la que Laiken decidió que torturaría a sus futuros lectores experimentando con sus bocetos.
Un hombre brillante. Un hechicero formidable.
Un artista pésimo. ¡Mira esto! —Se puso detrás del libro y lo levantó para que Terlu pudiera verlo—.
¿Es un conejo? ¿Es un gato? ¿Es un pez? ¿Es un hígado humano con ojos? ¿Quién sabe?
Terlu sonrió.
—Creo que es un pájaro.
Lotti rodeó el diario dando brincos hasta ponerse delante de él.
—Le faltan las alas.
—La palabra que hay escrita al lado es «gorrión» en giniano.
—¿Giniano?
—Era una lengua que se hablaba en la isla de Ginia antes de que el cuarto emperador de las Islas Crecientes la eliminara, hará unos tres siglos.
Lotti profirió un jadeo.
—¿El imperio eliminó una isla entera?
—No a su gente, pero ellos, como muchos pueblos conquistados por el imperio, perdieron su idioma y muchos aspectos de su cultura.
Ginia fue una de las islas que mostró resistencia a unirse al imperio, pero no lo hicieron con buques y ejércitos.
En su lugar, convirtieron toda la isla en un laberinto para engañar y atrapar a los soldados imperiales.
Todos los edificios que se veían desde el océano eran solo una fachada, y tenías que resolver un rompecabezas para acceder a los hogares de verdad, anclados en el interior de las montañas.
Tuvo que pasar una década entera antes de que los conquistaran y, cuando finalmente sucumbieron, el emperador tomó la firme resolución de evitar que algo parecido pudiera volver a ocurrir nunca.
Todos los profesores, todos los ancianos, todos los custodios de la sabiduría…
A todos ellos los obligaron a marcharse y a instalarse en otras islas, separados los unos de los otros, y envió profesores imperiales para asegurarse de que la siguiente generación no se rebelaría.
—Ay, se me parte el tallo.
—Los imperios no son…
Terlu dejó la frase a medias antes de decir algo que pudiera considerarse una gran traición.
A los bibliotecarios de Alyssium los formaban para que fueran imparciales, pero ¿cómo podía alguien que hubiese estudiado historia mostrarse ecuánime ante algo así?
Era algo que jamás había llegado a comprender.
La historia estaba llena de gente, personas que tenían vidas y sueños que se habían visto afectados por las leyes despiadadas y las acciones militares que llenaban los libros de texto de la universidad.
Al emperador Mevorin le gustaba recalcar que todas las acciones que tomaba el imperio eran por el bien de su pueblo, pero había demasiadas acciones a lo largo de la historia que se habían llevado a cabo por el bien del imperio, que no era —por más que el emperador se empecinara en aseverar lo contrario— lo mismo.
Un imperio desenfrenado era una bestia egoísta con un hambre insaciable.
Terlu respiró hondo y procuró esbozar una sonrisa.
—Sin embargo, no se perdió todo —continuó ella—. ¿Has oído mencionar los laberintos de setos? ¿Unos jardines con las plantas en forma de laberinto? Los inventaron los ginianos, así que su legado todavía perdura.
—Laiken construyó un laberinto magnífico —dijo Lotti—. Ocupa un enorme invernadero. O quizá ocupaba. Quién sabe si habrá sobrevivido.
—De momento, sigue en pie —intervino Yarrow desde la otra punta del taller.
—Mmm. —Terlu se acercó a Lotti para examinar el diario con el gorrión dibujado con poca maña.
—Según las leyendas, los ginianos guardaban sus tesoros más preciados en el corazón de sus laberintos.
Siglos después, los cazatesoros todavía desembarcan en la isla, pensándose que van a encontrar oro y joyas.
—Con aire meditabundo, miró la fecha del diario—.
¿Sabes cuándo exactamente construyó Laiken ese laberinto?
—Aquel diario era del período cuando justo empezaba a escribir empleando el código. Le mostró la fecha a Lotti.
—No lo sé —respondió la rosa.
—¿Podría haber sido más o menos por esta época?
—Sí. Claro. Soy una planta. No tengo un calendario. Sé que tardó algunas estaciones antes de estar terminado a su gusto. No me dejó ayudarlo nunca, por supuesto.
Terlu caviló…
—¿Qué guardaban los ginianos en el corazón de sus laberintos si no era ni oro ni joyas? —preguntó Lotti tras regresar a los papeles con un par de botes.
Terlu, la antigua cuarta bibliotecaria de la segunda planta, ala este, le sonrió a la pequeña rosa.
—Libros, por supuesto, el tesoro más codiciado. Todas sus historias. Y su conocimiento.
—Ah, y supongo que el emperador los destruyó.
Terlu negó con la cabeza.
—Ni siquiera él fue capaz de hacer algo así.
Lo robó. Estaba guardado en la sección de la biblioteca que estaba a mi cargo…
por eso lo sé, aunque la rebelión giniana fue escindida de los libros de historia oficiales, por lo mucho que se avergonzaba el emperador de ello.
—Cuanto más cavilaba sobre el laberinto de Laiken, más se preguntaba…
Tenía una corazonada sobre lo que un hechicero podía considerar un tesoro.
—Laiken nunca me dijo que hubiera dejado un tesoro en el corazón de su laberinto —terció Lotti.
Daba golpecitos con los pétalos en el cuaderno que la había estado sacando de quicio—.
Antes has dicho que quizá usaba un libro de código, y yo te he dicho que jamás vi uno, pero eso no significa que no usara uno.
No estaba con él a todas horas, y sé… sé que no me acuerdo de todo. ¿Crees que…?
—Sí, eso es exactamente lo que creo. —Terlu se puso en pie de un salto. Un libro de código daría explicación a por qué no estaba haciendo ningún avance—. O al menos creo que deberíamos ir a mirarlo. ¿Yarrow?
El hombre gruñó, pero parecía un sonido afirmativo.
El laberinto, según les dijo Yarrow, era el invernadero que menos le gustaba.
—¿Por qué? —le preguntó Lotti mientras se contoneaba a su lado.
Terlu cargaba con el gato alado, que volvía a estar tumbado sobre sus hombros.
Enumeró una a una las razones con sus dedos dorados.
—No tiene lógica. No tiene propósito. Las plantas no son únicas y no ayudan al cometido del invernadero. Y me pierdo. —El último motivo lo dijo con un balbuceo.
—¿No lo has resuelto? —preguntó Terlu. Contaba con eso.
Yarrow se encogió de hombros.
—Nunca lo he necesitado. Laiken puso sus hechizos más elaborados en ese invernadero.
Las plantas están encantadas para que crezcan en caminos concretos para que no se las tenga que podar nunca.
Las ventanas mágicas, la estufa y los ventiladores regulan la temperatura sin que se tenga que intervenir.
Un riachuelo encantado mantiene las plantas regadas y los dragones polinizan las flores.
Terlu frenó en seco y se lo quedó mirando boquiabierta.
—Los… ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué? —Visualizó los dragones de Ilreka, con sus escamas enjoyadas, colas llenas de pinchos y alas que abarcaban veinte metros. Solo el viento que producían al aletear haría añicos el cristal de un invernadero. ¿Cómo podía ser que…?
—Son dragones chiquititos.
Ella negó con la cabeza.
—Esos no existen.
Se volvió a encoger de hombros.
—No dejes que Emeral los persiga.
Había una buena caminata hasta el laberinto, cruzando un manzanal, un naranjal (¡con naranjas de Eano!) y un invernadero lleno de vides que se movían: mientras las observaba, se trenzaban las unas con las otras hasta formar elaboradas trenzas.
La mitad del invernadero se había entrelazado hasta convertirse en una manta viviente, y el resto se había trenzado hasta componer gruesas cuerdas.
Unos ratones verdes con hojas por pelo treparon rápidamente hacia la parte superior de las cuerdas.
Los ratoncitos foliáceos se intercambiaron chillidos mientras Terlu y Yarrow pasaban por debajo.
Uno de ellos dejó caer una fruta de color rosa, que se espachurró sobre las losas del camino.