El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

Cómo no . Como el resto de la casa, el armarito frío estaba perfectamente organizado y encontró el urogallo al instante.

Estaba al lado del calabacín que había cortado antes.

Las verduras estaban empapadas en algún tipo de marinado.

Notó que algo chocaba contra su codo y bajó la mirada para descubrir que el gato alado la había seguido.

Cerró el armarito frío, le ofreció a Emeral un pedazo de urogallo con los dedos y el animal lo mordió con cuidado. Dejó otro pedazo en uno de los platitos y guardó el resto de nuevo en el armario antes de limpiarse la grasa de los dedos.

—En verano se harta a base de roedores y pájaros —dijo Yarrow—.

En invierno le echo una mano. Sería más sencillo si le gustaran las frutas y las verduras, pero…

bueno, es carnívoro. —Se encogió de hombros.

Añadió el ajo tostado a la sopa y la removió.

El olor empezaba a esparcirse por toda la casa y a Terlu se le hizo la boca agua.

Colocó unos cuencos sobre la mesa y llenó los vasos con agua.

También llenó un bol con agua para Emeral, que lamió ruidosamente entre bocado y bocado.

—Entonces ¿habéis estado solos Emeral y tú? ¿Durante dos años?

Otro encogimiento de hombros.

Terlu se preguntó si Yarrow echaba de menos a su familia. ¿Alguna vez se había propuesto pedirles que volvieran o ir tras ellos a dondequiera que se hubiesen ido? No lo preguntó en voz alta. No quería presionarlo, no cuando al fin podían hablar con naturalidad.

—La sopa huele que alimenta.

Yarrow llevó la olla a la mesa y sirvió la sopa en los dos cuencos. Luego la dejó sobre los ladrillos del hogar para que se enfriara.

—Solo estamos Emeral y yo desde que se fue mi padre. Las plantas, las que son como Lotti… enmudecieron mucho antes de eso, antes de que muriera Laiken. Jamás supe por qué. Siempre he deseado que volvieran a despertar.

—Lotti no te ha reconocido, pero llevas viviendo aquí toda la vida.

—O Laiken la mantuvo apartada de los jardineros, que es una posibilidad, o se quedó en estado latente antes de que yo naciera. También es posible. Las plantas de Laiken tienen vidas largas, él mismo tuvo como mínimo una vida el doble de longeva que lo normal.

Terlu le dio un sorbo a la sopa. El sabor cálido del ajo le llenó la boca, la nariz y las fosas nasales y se sintió como si estuviera catando una sopa de la mismísima mesa del emperador.

Yarrow le había añadido hierbas que ella no reconocía y que le aportaban un sabor tan dulce como una fruta a finales de verano, sin perder el toque a tierra de las patatas.

—Eres un cocinero excelente.

Se encogió de hombros por tercera (o cuarta, o quinta…) vez.

—Dispongo de los ingredientes adecuados.

—No solo es eso. Con un plato así… Podrías hacer que a la familia imperial le saltaran las lágrimas.

—Mi abuelo me enseñó a cocinar —dijo Yarrow—. Podía mirar una planta y decirte seis maneras distintas para cocinarla. Tenía una receta de tarta de melocotón que jamás he sido capaz de reproducir. Con solo probarla podías soñar con el verano durante una semana.

Se comieron la sopa mientras ella intentaba imaginarse qué sabor podía tener una tarta así.

Pensó en el verano en su isla natal, los pies en la arena y el sol tan implacable sobre su piel que parecía que se le iba a filtrar hasta los huesos.

El verano para ella tenía sabor de coco y piña, y olía a la loción con la que sus padres siempre insistían en que se embadurnada antes de salir fuera.

Sabía a cangrejo cocinado y a los caramelos dulces que se te pegaban a los dedos por más que los chuparas.

—¿Alguna vez has salido de la isla?

—Nunca he querido —contestó Yarrow—. Todas las maravillas del mundo se encuentran aquí, entre esas paredes de cristal.

—Señaló hacia la ventana con la cuchara y ella miró por encima del hombro.

Fuera solo se extendía la oscuridad. No podía ver nada aparte del reflejo del fuego del hogar—. Si soy capaz de mantenerlas vivas.

La conversación era fluida, mucho más fluida que antes, y Terlu sabía el motivo: ahora trabajaban juntos. Prácticamente somos compañeros de equipo . Unidos por salvar las plantas sintientes. Era un cambio agradable, y mantenía a raya el recuerdo del redoble de tambor. No me traicionará .

Tras terminar, Terlu ayudó a limpiar los cuencos y guardó la sopa que no se habían comido.

—¿Sabes por qué Laiken permitió que las plantas parlantes se durmieran?

Yarrow negó con la cabeza mientras frotaba la olla.

Las burbujas de espuma le rodeaban la muñeca como joyas efímeras.

El jabón olía a lavanda y a Terlu le hubiese gustado saber si fabricaba su propio jabón como todo lo demás en Belde.

Laiken fue un necio al despachar a sus jardineros , pensó ella.

Si todos eran como Yarrow, se trataba de personas extraordinarias.

—No lo sé —contestó él—. Eran sus confidentes y compañeras. Las adoraba.

Inducir un estado latente era algo cruel que hacerle a un amigo.

O incluso a un desconocido. Pero sobre todo a un ser al que supuestamente quieres.

Pensó en el juez de su juicio y la alegría despiadada del fiscal.

Había valorado el castigo de Terlu como una victoria moral.

Se preguntó si las plantas sabían lo que les iba a ocurrir.

¿Eran conscientes de que las iba a dejar en un estado de hibernación perenne? ¿Esperaban despertarse algún día?

Tengo que ayudarlas. No las puedo dejar así .

—Puedes usar el cuarto de baño tú primera, si quieres —le ofreció Yarrow.

Terlu le dio las gracias. Mientras seguía pensando en las plantas sintientes, se lavó y descubrió que el jardinero le había preparado un suave camisón para dormir.

Otra prenda que había dejado atrás un familiar que lo había abandonado, supuso ella.

Se lavó los dientes, se cepilló los bucles de su pelo y salió.

Él se ruborizó y apartó la mirada rápidamente.

Balbuceó algo y se apresuró hacia el cuarto de baño.

Terlu bajó la mirada a su cuerpo y se dio cuenta de que el camisón le abrazaba el cuerpo y el escote se le bajaba.

La antigua propietaria de la prenda era más pequeña.

Nunca nadie había tachado a Terlu de delgada.

Había nacido rechonchita, y nada en su vida había cambiado ese hecho, ni siquiera que la convirtieran en estatua.

El hechizo que la había transformado había preservado todas sus curvas y protuberancias, a pesar de no haber comido durante seis años, y se alegraba de ello.

No se habría reconocido sin la suave plenitud de su cuerpo.

Con todo, hacía que el camisón se aferrara a sus curvas.

Si le incomoda, pues que no mire.

Y si no le incomodaba… Bueno, a Terlu no le importaba que la mirara. Sobre todo si tenía aquella mano para la cocina.

Se metió en la cama y sintió que todos sus músculos se hundían en el colchón.

Mientras estaba comiendo la sopa, se había olvidado durante un instante de lo cansada que estaba, pero en cuanto se tumbó en la cama, se sintió como si un edificio se le hubiese echado encima, solo que era un edificio cómodo y suave hecho de almohadas.

Desde la otra punta de la habitación, el gato alado surcó el aire hasta su cama. Se acomodó a los pies de Terlu. No había terminado de ponerse en una posición cómoda cuando el animal aterrizó. Con cuidado, intentó girarse de lado. Emeral aleteó a modo de protesta. Ella se quedó quieta. Estaba bien.

Se quedó tumbada bajo la colcha y el gato alado hasta que oyó cómo Yarrow se metía en la cama a su lado. Había apagado las luces de las lámparas de camino y había dejado el fuego encendido para que proyectara su luz danzante ambarina por toda la casita.

—Creo que a Laiken le asustaba su propia mortalidad —dijo Yarrow de súbito—. Sabía que se iba a morir algún día, aunque quizá no tan pronto, pero por eso las adormeció. Seguramente temía que una vez que no estuviera en este mundo, nadie las querría ni comprendería como él.

Si estaba en lo cierto, lo que decía era a la par triste y aterrador.

—¿Alguna vez te propuso que cuidaras de ellas?

—Terlu sabía la respuesta. El hechicero no lo había hecho.

Laiken había escrito sus anotaciones y hechizos empleando un código, jamás había aceptado a un aprendiz y había despachado a todos sus jardineros menos a un padre y su hijo.

Qué triste y difícil debía haber sido eso…

ver a la persona en quien se suponía que confiabas consumido cada vez más por la paranoia.

Si Laiken hubiese pedido ayuda, ¿qué habría ido diferente?

—Le habría dicho que sí —aseveró Yarrow—. Las habría cuidado hasta mi último aliento, y me habría asegurado de que alguien velara por ellas después de eso.

—Las despertaré —aseguró Terlu. Vio la silueta del jardinero bajo la colcha.

Muy cerca. Le dieron ganas de alargar la mano y tocar la del hombre, de mostrarle que lo decía en serio; solo estaba a escasos centímetros de distancia.

Sería tan fácil… Pero no estaba segura de cómo iba a reaccionar.

No le había gustado que lo abrazara y seguía siendo casi un completo desconocido, así que permaneció quieta—. Te lo prometo.