Capítulo diez
F ue Yarrow quien exigió que paráramos.
—No has comido y tienes que dormir —le dijo.
Lotti asomó los pétalos de debajo de una montaña de papeles.
—Yo he dormido lo suficiente como para seis vidas. ¿Me puedes traer un vaso de agua?
—Terlu y yo necesitamos dormir, aunque tú estés fresca como una margarita —le dijo a la rosa mientras llenaba un vaso y lo dejaba sobre la mesa a una distancia prudencial de los papeles.
—¡Ja! Ya les gustaría a las margaritas lucir así de frescas. Solo necesito un trago rápido y estaré como nueva. —Se aupó al borde del cristal, se hundió en el líquido y soltó un suspiro.
No le falta razón , pensó Terlu. Notaba los ojos resecos y le dolía el cuello de haberse pasado horas en la misma postura. Todavía no había descifrado el código, pero sentía que le faltaba poco. Era escurridizo… cada vez que creía haber descubierto el patrón, se le escapaba de las manos.
—Mmm… ¿alguien me echa una manita? —dijo Lotti meneando las hojas al aire.
Yarrow la pescó del vaso y la puso sobre un paño. Desvió la mirada hacia la ventana, donde se reflejaban las lámparas como si fueran estrellas ambarinas.
—Debe de ser pasada la medianoche. Volvamos a mi casa, calentaré algo de sopa y luego podemos dormir un poco.
La sopa sonaba de maravilla. Su estómago respondió por ella con un magnífico rugido. Se dio una palmadita para consolarlo. Primero comer y luego dormir , le prometió.
—Solía pasarme la noche estudiando cuando iba a la universidad, hasta que un día me presenté a un examen tan cansada que escribí cada respuesta en un idioma distinto y ninguno era del que me estaba examinando.
Lotti se estremeció.
—Vale, que sí, que los humanos necesitan dormir. Nada de conjurar hechizos sin haber dormido. Sobre todo, nada de conjurar hechizos sobre mis amigos sin haber dormido.
Terlu se bajó del taburete y estiró los brazos por delante del pecho primero y después por encima de la cabeza. Distaba mucho de poder conjurar un hechizo, pero la rosa tenía razón. Les sería del todo inútil si no podía pensar con claridad.
Lotti les hizo un gesto hacia la puerta con un meneo de sus hojas.
—Yo me quedaré en remojo y seguiré clasificando hasta que volváis.
—Puedes venir con nosotros —le ofreció Terlu. No quería abandonar a la rosa por segunda vez. Yarrow convino con un gruñido, que viniendo de su parte se podía interpretar como una invitación entusiasta.
—Esta es mi casa, o al menos solía serlo —dijo Lotti—. Aquí es donde están mis recuerdos. De Laiken. Él era… No estoy lista para… Prefiero quedarme con cualquier reminiscencia que quede de él. Pero gracias —añadió al final.
Terlu se arrebujó el abrigo mientras Yarrow se ponía el suyo y abrió la puerta.
Echó la vista atrás y vio a Lotti bajo el brillo de las lámparas, saltando por entre los fajos de papeles.
Estará bien . A fin de cuentas, estaba, como había dicho ella misma, en casa. Necesita tiempo para pasar el duelo .
Al salir, Terlu sintió cómo el cortante frío le calaba en el cuello, los pulmones y los huesos.
Sobre su cabeza, el cielo era de un tono negro azulado, salpicado de estrellas que parecían diamantes esparcidos.
La luna plateada brillaba por encima de las siluetas de los pinos.
Era una noche preciosa. Muy tarde. Había perdido la noción del tiempo.
La nieve crujía bajo sus zapatos mientras caminaban siguiendo el camino hacia la casa de Yarrow.
Se había arrebujado la capucha, así que lo único que apreciaba era la sombra de su figura.
Se preguntó en qué debía estar pensando.
¿Estaba preocupado por el riesgo que estaban asumiendo?
¿O quizá estaba pensando en su familia? ¿O en el hechicero?
¿Su responsabilidad con los invernaderos?
¿Lo maravilloso que era la existencia de las plantas sintientes?
¿El misterio de la magia, del cielo nocturno o de que tres desconocidos aúnen esfuerzos por un mismo propósito encantado?
—Este año la cosecha de ajo ha sido estupenda —dijo Yarrow—. ¿Te gusta el ajo?
—Eh… ¿Sí? —En realidad, el ajo le pirraba—. Sobre todo el ajo asado.
—Le voy a añadir un poco más a la sopa.
No añadió nada más. A su alrededor, el bosque estaba en silencio.
—Nunca he visto cómo germina el ajo —se arriesgó ella—. Solo cuando ya está pelado y cocinado.
—Es un bulbo —dijo Yarrow—. Su escapo puede crecer hasta los ciento veinte centímetros. El «escapo» es como se le llama al tallo verde. También es comestible, pero puedes cortarlo para que la planta concentre su energía en el bulbo. Hace que el bulbo sea más grande.
He dado con su secreto . Cada vez que hablaba de plantas, se le iluminaba el rostro. Las adoraba. Lo bastante como para haber recurrido a unos desconocidos en la lejana tierra de la ciudad imperial en busca de ayuda, cuando estaba claro que no era alguien a quien le gustara las personas.
—Se tiene que plantar a buena profundidad en tierra seca y suelta —continuó—. Lo ideal es un lugar soleado, así que están en uno de los invernaderos que disponen de un sol falso.
Terlu recordó el orbe reluciente de la sala pantanosa. Estaría bien ver un sol falso en una sala en la que no hiciera tanto calor.
—¿Supongo que el sol falso es producto de un hechizo?
—Sí.
—¿Algún día me enseñarás el invernadero de los ajos?
—En cuanto las palabras abandonaron sus labios, se preguntó si no le estaba pidiendo demasiado.
Seguramente solo hablaba con ella por cortesía.
Solo que a Terlu no le parecía que fuera el tipo de persona a la que le molestaran los silencios, algo que, sinceramente, le resultaba tan agradable como alguien proclive a hablar a todas horas.
Yarrow giró la cabeza y le sonrió.
—Me encantaría.
Tal vez no deba preocuparme tanto por lo que está pensando, si su mente solo la ocupan las plantas y no desea que yo fuera alguien mucho más útil y mucho menos… ilegal . Ese era un pensamiento agradable. Se aferró a él mientras caminaban en silencio de vuelta a la casa de Yarrow.
Dentro el espacio era encantador, calentito y perfecto.
Solo había pasado una noche allí, pero entrar en la casita de Yarrow le seguía pareciendo como un abrazo familiar.
Pensó en la casa azul destartalada. Por más mona que pudiera quedar después de un montón de trabajo, no estaba segura de que pudiera lograr que fuera tan maravillosa y acogedora como el hogar de él.
En secreto, estaba contenta de que todavía no fuera habitable.
Yarrow se quitó el abrigo y se puso en marcha al instante: avivó el fuego mortecino, le puso una sartén encima para que se calentara y se dispuso a pelar unos dientes de ajo.
—¿Te puedo ayudar en algo? —se ofreció Terlu.
—Puedes acariciar al gato —respondió él sin darse la vuelta.
Terlu sonrió. Eso no podía considerarse una tarea, pero era algo que podía hacer encantada. Emeral seguía holgazaneando en la cama nueva. Cuando se sentó a su lado, el felino se estiró y extendió las pezuñas y las plumas.
—¿Qué tal tu día, Emeral? —le preguntó mientras le acariciaba el lomo por debajo de las alas. El felino empezó a ronronear.
Yarrow echó el ajo en la sartén, donde empezó a chisporrotear.
—¿Hay algún otro gato alado en la isla? —quiso saber Terlu—. ¿De dónde salió él?
—Se lo dejaron —contestó Yarrow—. Cuando mi hermana se fue a vivir con nuestros tíos…
Tenía una gata que acababa de tener crías, y las recogieron a todas menos a una.
Fue incapaz de encontrar a la última. Buscaron por todas partes, pero el barco no podía esperarse más.
Le prometí que se la enviaría cuando la encontrara.
—Pero ¿no lo hiciste? —Aunque era una afirmación, hizo que sonara como una pregunta para que siguiera hablando. Sin dejar de ronronear, Emeral apretó la cabeza contra la mano de Terlu para que le rascara el cuello y el mentón. Ella cedió a sus exigencias.
Yarrow se encogió de hombros.
—No quería marcharse.
Por fin, era un tipo de encogimiento de hombros algo más amable. Antes, cuando Terlu le había preguntado por su familia, había sentido como si tuviera que arrancarle las palabras. Pero ahora… no actuaba como si tuviera ganas de desaparecer.
—Se le da muy bien dejar claro lo que quiere —dijo Yarrow con una voz teñida de diversión—. Puedes darle de comer, si quieres. Te ganarás su amor incondicional si lo haces. Hay un conducto que conecta directamente su estómago con su corazón.
Terlu saltó de la cama. Bueno, no saltó como tal, sino que se incorporó con entusiasmo.
Tras estar encorvada sobre la mesa, sentada en el taburete, durante un sinfín de horas, tenía el cuerpo demasiado agarrotado para llevar a cabo movimientos rápidos como un salto.
Se preguntó si había envejecido mientras estaba convertida en estatua y decidió que igualmente no importaba.
Le gustaba notarse dolorida, significaba que era capaz de sentir.
—¿Qué le gusta comer?
—Hay algún pedazo de urogallo en el armarito frío.
—Señaló con la cabeza hacia un armario cerrado cerca del fregadero.
Terlu se percató de que tenía una puerta más gruesa que los demás.
No había husmeado en los armarios para ver qué había dentro de ellos—.
No puedo obtener carne en los invernaderos, así que coloqué algunas trampas en el bosque, mayormente para alimentar a Emeral.
Terlu cruzó la casa, abrió el «armarito frío» y sintió un soplo de aire frío. De ahí el nombre. Tiene sentido.
—¿Es otro hechizo?
—Solo un buen montón de hielo. De eso no falta en esta época del año. —Terlu supuso que no todo lo que había en aquella isla tenía que estar necesariamente encantado—. En verano, hay hielo encantado.