Capítulo nueve #3
—Sí, con fluidez. Y esto no es. ¿Cuántos años tenía Laiken?
—preguntó Terlu. ¿A lo mejor lo había escrito en una lengua muerta?
¿Una que compartía algunos de sus marcadores lingüísticos con la Primera Lengua?
No sabía todas las lenguas muertas que había, aunque sí había leído sobre muchas durante sus estudios.
Cuando las Islas Crecientes se unieron bajo el mandato de su primer emperador, hubo un esfuerzo conjunto por estandarizar la lengua de las islas, un beneficio práctico que en su aplicación a menudo despiadada, había conllevado una terrible pérdida de muchas lenguas y dialectos preciosos.
Se apenaba por la extinción de todos esos idiomas.
—Nunca me lo dijo —contestó Yarrow antes de unirse a ellas en la mesa—. Aunque era anciano. Vivió mucho más que la esperanza de vida habitual. ¿En qué os puedo ayudar?
—¿Se te dan bien los idiomas? —preguntó Terlu.
—Para nada. Pero puedo limpiar la mesa.
Empezó a despejar la mesa de trabajo. Primero llevó cualquier objeto hecho de cristal o cerámica —vasos de precipitación, tubos, tarros, tazas, vasos, platos, platillos y cuencos— al amplio fregadero que había en un lateral.
Lo llenó de agua con jabón y lo metió todo dentro.
Terlu lo observó un instante y devolvió la atención a los textos del hechicero.
Lotti se deslizó hacia delante hasta quedar directamente en frente de Terlu.
—¡Quiero ayudar! ¡Te exijo que me dejes ayudar! —Tenía los pétalos enrollados como si fueran pequeños puños.
—Sí, claro —dijo Terlu distraídamente. Siguió con la mirada fija en las palabras que, aunque le resultaban vagamente familiares no acababa de desentrañar.
Dejó aquel pedazo de papel y tomó otro. El segundo estaba escrito en el idioma estándar de la isla.
Con la misma letra. Era una lista de provisiones para el invernadero—.
Debemos identificar qué papeles son importantes y cuáles minucias cotidianas.
Creo que los textos de menor importancia estarán escritos en la lengua estándar de las Islas Crecientes, mientras que los hechizos los encontraremos en la Primera Lengua.
Podemos formar una tercera pila para la lengua desconocida e intentar hallar su significado después.
—Leyó en diagonal la siguiente página. Era una receta de sopa de patata, en la que se empleaban doce variedades de patatas y una abundante cantidad de ajo asado—.
Lotti, ¿qué te parece si tú te encargas de la primera criba y me pasas los que te parezcan interesantes?
—Volvió a levantar el papel escrito con el idioma desconocido.
La inquietaba que no reconociera en el escrito ninguna de las lenguas que había estudiado.
El patrón de las palabras le resultaba familiar, pero las letras…
No deberían estar combinadas de aquella manera.
Demasiado tarde, se dio cuenta de que Lotti no se había movido ni un estambre—.
Lo siento. No lo hagas, si no quieres. ¿Prefieres encargarte de otra cosa?
—No era su intención darle órdenes a la plantita.
—Quieres… Quieres que yo…
Terlu miró a Yarrow. No sabía qué había dicho para molestar a la pequeña rosa.
—Confías en que yo… —Lotti sorbió—. No creía que fueras a decir que sí.
Él nunca me dejaba ayudarlo, por más ganas que tuviera.
Me decía que era demasiado pequeña, que mi cometido era estar preciosa, no…
—La rosa parecía estar llorando, aunque no tenía ojos ni conductos lacrimales.
El agua se acumuló en las puntas de sus pétalos morados—.
Siempre se lo pedía y siempre me decía que no.
Yarrow le secó los pétalos con un paño.
—Gracias —dijo la planta entre hipidos.
—Cuando era pequeño, quería ayudar a uno de mis tíos a cortar leña para el fuego.
Se encargaba de eso cada invierno, y yo sabía que era una tarea importante, necesitábamos los troncos cortados para sobrevivir.
Pero mi padre me decía que era demasiado pequeño.
Que no iba a poder levantar el hacha y que me haría daño.
No sabéis lo que odiaba oírle decir eso.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Lotti—. ¿Lo hiciste de todos modos?
Él se encogió de hombros.
—Mi tío me enseñó a apilar la leña como es debido para que no se pudriera, y me dediqué a hacer eso. —Sin añadir nada más, regresó a lavar los vasos y los cuencos.
—Ha sido una historia terriblemente insatisfactoria —se quejó Lotti.
Se volvió hacia Terlu—. ¿Quería decir algo con eso?
Creo que sí. —Se dirigió a Yarrow y levantó la voz—: Oye, jardinero, ¿eso que has dicho era una moraleja?
¿Debo apilar madera? Espera, no, da igual.
No me importa. Lo que quería decir es que a mí no me dejó ayudar nunca. Para él solo era un objeto decorativo.
Es algo horrible decirle eso a alguien.
—Eres más que un objeto decorativo —le aseguró Terlu. La decisión de ayudar a la pequeña rosa se hizo más firme. Merecía estar rodeada de amigos que la apoyaran, sobre todo mientras lloraba la muerte del hechicero.