El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

Dentro del taller, Terlu se quedó paralizada durante un instante. Era una pregunta simple, pero la había pronunciado con tal grado de confianza que, durante una fracción de segundo, se olvidó de respirar. Confía en mí .

—¿Qué os parece si empezamos con dejarme en el suelo de una vez? —les espetó Lotti, que sostenía Terlu.

—Ah, sí, claro. —Terlu dejó a Lotti sobre la mesa de trabajo.

La pequeña rosa se acercó contoneándose a uno de los tarros y examinó su reflejo.

—Vaya, vaya, estoy radiante y espinosa. —Se contorsionó para ver sus hojas desde otro ángulo.

—Estás perfecta —afirmó Terlu.

Lotti soltó un bufido.

—Pues claro.

El taller, por otro lado, distaba mucho de estar perfecto.

Terlu se desabrochó el abrigo y se estremeció al examinar la habitación con los brazos en jarras.

No hacía tanto frío como fuera, pero le faltaba poco.

A ver… ¿Por dónde podía empezar? ¿Por el escritorio?

¿Las estanterías? ¿A lo mejor era preferible que comenzara por la mesa de trabajo, puesto que en ella estaban los experimentos en curso del hechicero?

¿O quizá debía iniciar por el piso superior, en el dormitorio del hechicero?

O tal vez debería dejar las manos quietecitas. ¿Y si todo esto es una idea terrible?

—A ver… por última vez, antes de que empecemos esto… ¿No creéis que se trata de un error garrafal?

—¡Ay! ¿Cómo a ser un error salvar vidas? —se quejó Lotti mientras bamboleaba las hojas.

—No te van a… —Yarrow se quedó callado un instante— ¿ enestatuar ?, ¿ estatuificar ?

Yo tenía razón, no hay un verbo para eso .

—La otra vez tampoco pensé que terminaría convertida en estatua. No le hice daño a nadie. Creí que a nadie le importaría. ¿Qué va a ser diferente ahora?

—Esta vez no lo harás sola —respondió Yarrow llanamente.

No había palabras que pudieran ser más perfectas que las que acababa de decir.

Pero, aun así…

—Voy a mirar arriba primero. Puede que guardara los apuntes más importantes cerca de él. —Logró caminar por el taller sin que pareciera que se moría de ganas de salir corriendo de allí.

Lotti avanzó por la mesa dando brincos en dirección a la estufa apagada.

—¿En qué estado está la chimenea? ¿Podemos encender un fuego? Y por «podemos» en realidad quiero decir «puedes», maestro de los jardines, porque salta a la vista que a mí no se me va a dar bien. —Meneó sus hojas—. No quiero terminar chamuscada.

Yarrow metió la cabeza bajo la chimenea.

—Hay algunos nidos abandonados. Y algunas telarañas. Pero servirá para que succione el humo de la estufa. —Tras abrir la compuerta de la leña, añadió—: Puede que huela un poco.

Los dejó entretenidos con eso y Terlu subió las escaleras. Apoyó las manos en las paredes mientras los escalones crujían y gruñían. A medio camino, se detuvo en seco. Los tambores volvían a resonar retumbantes en sus recuerdos, o quizá solo se tratara de los latidos de su corazón.

Esta vez será distinto , se dijo para sus adentros.

En esa ocasión, no lo estaba haciendo para sí misma.

Lotti lo necesitaba, y también Yarrow. Y las plantas durmientes.

Con determinación, arrambló con todas sus dudas y miedos, los arrugó hasta formar una bola, y se deshizo de ella escaleras abajo.

Terminó de subir lo que le quedaba. Tengo que ayudarlos .

Decidida, respiró hondo el aire polvoriento y… tosió.

La planta superior era un ambiente triste, lúgubre y mayormente vacío.

En el centro de la habitación había una cama con sábanas llenas de polvo y unas mantas.

Un espejo lleno de suciedad colgaba de una de las paredes y las ventanas estaban tapadas por unas cortinas que mantenían toda la estancia en penumbra.

Ni rastro de escritorio. Ni estanterías.

Solo una mesita de noche sobre la que descansaba un cuaderno solitario.

Terlu lo recogió —sus dedos se llenaron de suciedad al instante— y quitó el polvo de la cubierta de cuero verde de un soplido.

Tras hojearla, descubrió que estaba escrito a mano hasta la mitad.

El resto estaba en blanco. ¿Quizá se trataba del cuaderno más reciente?

Si era así, no les iba a ser demasiado útil.

Terlu necesitaba los hechizos de sus primeros trabajos, de cuando había erigido el invernadero de Belde y había dado vida a las primeras plantas sintientes.

Al cerrar el cuaderno, pensó en qué le habría parecido al hechicero que estuviera buscando aquel encantamiento.

¿La habría apoyado o reprobado? A fin de cuentas, se trataba de sus plantas.

Quizá le daría el visto bueno a esta acción.

Por el rabillo del ojo, vio un espejo polvoriento en el que vislumbró su reflejo: rizos castaños rebeldes, rostro redondeado de tez lavanda y ojos morados un poco asustados. Y entonces una sombra cruzó el espejo.

Terlu miró detrás de sí, pero no había nadie.

Aun así, un escalofrío le recorrió la espalda. Había algo en aquella habitación abandonada que la inquietaba. Aunque hacía muchos años que el hechicero había fallecido, no podía evitar sentir como si las sombras la estuvieran observando. Era el tipo de lugar en el que podían morar los fantasmas.

—Lamento molestaros —dijo en voz alta.

Nadie le respondió.

No hay nadie aquí. Solo mi imaginación .

Jamás se había encontrado con un fantasma, pero había oído muchas historias.

Se decía que en la sexta planta de la Gran Biblioteca vagaba el fantasma de una bibliotecaria por entre las estanterías, renuente a descansar hasta no haber leído todos los libros de su sección.

El bibliotecario que la había sustituido dejaba un libro abierto cada semana y pasaba las páginas de vez en cuando.

A Terlu no le habría importado la compañía de un fantasma así, pero le faltaba experiencia para que le permitieran encargarse de la sexta planta.

De todas maneras, no había nada que pudiera serle útil en el dormitorio del difunto hechicero.

Se agenció el cuaderno de la tapa de cuero verde y bajó las escaleras.

—Por lo visto dejó todo su trabajo aquí abajo. —Dejó el cuaderno sobre la mesa y se quitó el abrigo y la bufanda. La temperatura del taller había aumentado con el fuego encendido—. Esto es lo único que he encontrado ahí arriba y es demasiado reciente para que nos pueda ser útil.

—No me sorprende —dijo Lotti—. Trabajaba aquí. Dormía arriba. Pero ha sido buena idea ir a comprobarlo.

—Lo único que hay arriba son los vestigios de su recuerdo —dijo Yarrow—. A menos que hayan regresado los murciélagos. Tuve que deshacerme de una plaga de murciélagos el primer invierno tras la muerte de Laiken. Los reubiqué en las cuevas de la isla. No has visto ningún murciélago, ¿verdad?

—Ninguno. Solo polvo y un montón de sombras escalofriantes.

—Limpiar edificios abandonados no estaba entre mis prioridades —soltó Yarrow a la defensiva.

—No era una crítica —se apresuró a aclarar ella—. Has hecho un trabajo increíble, sobre todo estando solo, con todos los invernaderos y tu casa y nadie más que…

Lotti golpeó la mesa con las hojas de modo impaciente.

—Que sí, que sí, que es un muchacho excelente, pero mis amigos están comatosos.

¿Podemos volver a centrarnos en eso? Ya sabes, antes de que te eches atrás y yo me tenga que enfrentar al hecho de que el hombre que era como un padre para mí ya no está y mis hermanos y amigos son, digamos, poco más que objetos inanimados.

—Lo siento. Sí, por supuesto. — No pienso echarme atrás.

Voy a llegar hasta el final . Terlu empezó a revisar los frágiles papeles.

Cientos de hojas estaban extendidas por toda la mesa, cubiertas por una capa de polvo—.

El primer paso es descubrir qué principio organizativo radica detrás de todas estas anotaciones.

Tras saltar sobre la cubierta de un grueso libro polvoriento, Lotti profirió un resoplido floral.

—Laiken era un hombre brillante. Una mente revolucionaria que rebosaba creatividad.

Era capaz de lograr hazañas que otros hechiceros solo conseguían en sus mejores sueños.

Pero lo del orden no era lo suyo. Cada dos por tres perdía algún calcetín…

—Se quedó callada y dejó escapar un leve sollozo—. Ay, mi Laiken…

—¿Cómo lo haces para estar perdiendo calcetines constantemente? —preguntó Terlu con voz contenida. Deseaba poder abrazar a la pequeña rosa—. ¿No los llevas en los pies?

—Le picaban los dedos de los pies —explicó Lotti.

Al lado de la estufa, Yarrow gruñó.

—Eso es exceso de información.

—Probablemente fueran hongos —añadió Lotti.

—Mucho exceso de información.

Terlu levantó un papel hacia la luz de la lámpara y frunció el ceño al ver las palabras.

—Esto no es… —Giró el papel de lado y luego le dio la vuelta—. Mmm… Qué raro.

—¿Qué pasa? —preguntó Yarrow con voz preocupada.

—No puedo leerlo —admitió ella.

—Déjame ver —intercedió la rosa—. Ah, está en la Primera Lengua. ¡Has encontrado un hechizo!

Terlu recuperó el papel y lo volvió a mirar con la frente arrugada.

—No lo es. Puedo leer la Primera Lengua, y esto…

—Era algo extremadamente inusual para ella encontrarse un idioma que no pudiera leer ni que fuera un poco.

Fascinante, de hecho. Debería ser capaz como mínimo de hallar la raíz de las palabras, aunque no fuera su significado concreto, pero la etimología de aquellas frases la eludía, como si ni siquiera fueran…

—¿Puedes leer la Primera Lengua? —preguntó Lotti, floriabierta.