El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo nueve
23%

Capítulo nueve

E ra la única explicación que tenía sentido.

Yarrow se la quedó mirando fijamente.

—¿Qué quieres decir?

—¡Despierta, despierta, despierta! —gritó Lotti mientras usaba las hojas para zarandear uno de los tiestos.

Terlu se abrazó el cuerpo, pero no la ayudó a sentirse más segura o menos expuesta.

No sabía cómo lo había hecho Rijes Velk para sacar su estatua de la Gran Biblioteca y llevarla hasta la isla de Belde, pero dudaba mucho de que tuviera autorización para hacer algo así.

Si la tuviera delante, Terlu le preguntaría cómo lo había hecho.

No te llevabas así como así una estatua humana de tamaño real de la biblioteca sin que nadie se percatara, sobre todo de un lugar tan importante y bien custodiado como la Sala de Lectura Norte.

No se podía ni imaginar cómo la directora lo había logrado.

Esperaba que Rijes no se hubiese puesto en peligro al cometer esa proeza, pero, independientemente de cómo…

Le parecía claro que independientemente de cómo lo hubiese conseguido, aquellas plantas eran el motivo.

De lo contrario, habría sido demasiada coincidencia.

La habían declarado culpable de uso de magia botánica y, de repente, allí estaba, en un invernadero encantado que necesitaba precisamente ayuda mágica.

—Rijes Velk cree que puedo ayudar —declaró Terlu.

—¿Puedes? —preguntó Yarrow.

Notó un nudo en la garganta. Incapaz de formar las palabras, se limitó a negar con la cabeza. No podía volver a usar la magia. No quiero volver a ese pedestal. Si Yarrow supiera lo que había hecho, si supiera que era una delincuente convicta, él…

La estaba mirando con los ojos verdes muy abiertos, indescifrables.

Él no haría nada, se dio cuenta con un respingo. Porque a él también lo arrestarían.

No era un hechicero, y aun así había conjurado un hechizo para devolverle el cuerpo. Si la denunciaba, tendría que admitir de dónde venía ella y lo que él había hecho. Se expondría a tanto peligro como Terlu.

Puedo confiar en él.

Terlu confiaba en la directora, y Rijes Velk la había enviado a Yarrow.

—Entonces ¿por qué dijiste…? —empezó a decir Yarrow.

—Porque lo hice. O al menos hice algo relacionado.

Conjuré… Conjuré un hechizo. —Terlu tuvo que apartar la mirada, asustada por lo que pudiera ver en los ojos de él: desaprobación, decepción, lástima—.

No lo tenía planeado. Descubrí el hechizo mientras catalogaba los diarios de la colección de un hechicero difunto…

—No fue hasta que se topó con uno de los inusuales ingredientes en una tienda que vendía accesorios de segunda mano en buen estado cuando empezó a soñar despierta con ello—.

Al principio me tomé como un juego ver si podía encontrar los ingredientes.

No, un juego no. Un ejercicio intelectual.

Me dije que quizá escribiría un artículo sobre la dificultad de conjurar un hechizo complejo.

Tampoco es que nadie fuera a publicarlo.

No soy hechicera ni investigadora. Pero era un reto que me resultaba fascinante…

el hechizo presenta una estructura gramatical complicada, con palabras desconocidas que te aseguro que no quieres pronunciar mal.

—Le habían contado un sinfín de cuentos con moraleja sobre hechicería que habían tenido resultados funestos.

Los presentaban como prueba para justificar que las estrictas leyes en contra del uso de la magia eran necesarias.

En una ocasión, un hechicero estaba intentando encender una fogata y terminó con el cuerpo cubierto de llamas.

En otra, una joven hechicera intentó invocar un caballo de agua para cruzar las olas al trote, sin embargo, acabó por atraer a toda una caballada que destruyó su aldea.

Y en otra ocasión una joven experimentó con un hechizo y terminó perdiendo diez años de su vida antes de que la descubrieran: se había transformado en una roca.

El musgo la recubría para cuando s u familia al fin la localizó—.

Pero me convencí de que podía hacerlo. Investigué la historia de cada una de las palabras del hechizo y estudié su etimología hasta que estuve segura de todas.

Durante el transcurso de varios meses, localicé todos los ingredientes.

Lotti había dejado de sacudir los tiestos y estaba escuchando a Terlu con atención. Saltó y se colocó cerca de Yarrow, que no había dicho ni mu. Terlu percibió el peso de su silencio, grueso y ponderoso como un manto de nieve. Se abrazó el pecho, apretando con fuerza la carta de Rijes Velk.

No era una historia que hubiese querido contar a nadie. Lo había hecho una vez, y jamás iba a olvidar la repulsa que irradiaban los ojos del juez o el aire despiadado de victoria que desprendían los del inspector imperial. Pero había empezado, y debía terminar.

—Se llamaba Caz y era una planta cinta. Era amable, listo y divertido, y lo separaron de mí en cuanto lo encontraron. —Se arriesgó a mirar a Yarrow.

No se movía ni un centímetro y la miraba como si fuera un pajarillo que fuera a asustarse y salir volando. Terlu no sabía decir qué estaba pensando, pero no veía reprobación ni lástima en sus rasgos. En todo caso, habría dicho que lo que sus ojos destilaban era esperanza.

—Querían hacer de mí un ejemplo —continuó Terlu—.

Así que me sentenciaron a ser transformada en estatua.

No hubo ninguna clase de indulto. —En los espacios entre las palabras, todavía podía oír el redoble de tambores que sonó después de que se anunciara su sentencia.

Supuso que los seguiría oyendo resonar en su cabeza lo que le quedaba de vida.

—Pero me enviaron el hechizo para revivirte —terció Yarrow.

—Por suerte, no todo el mundo estuvo de acuerdo con mi sentencia.

—Sostuvo la carta en alto y le mostró el sello y la firma.

Lotti se acercó dando saltitos—. Está firmada por la directora de la Gran Biblioteca de Alyssium, la mujer que me defendió durante el juicio.

No sé cómo, pero de algún modo recibió tu carta y pensó que yo…

—«Espero proveer una solución a varios problemas a la vez» —leyó Yarrow.

Lotti emitió un chillido agudo.

—¡Conoces el hechizo para despertarlos!

Terlu negó con la cabeza.

—No lo conozco. —Había preparado un hechizo para crear a una planta sintiente, no para despertarla—. Y aunque lo conociera, no puedo conjurarlo. No puedo… No puedo volver a pasar por eso. No sabes cómo fue. El silencio. La impotencia. La soledad.

Por favor, no me pidas que lo haga . Solo que ya se lo había pedido, al menos indirectamente, la única mujer que le había mostrado amabilidad durante la pesadilla que había sido su juicio; la mujer que la había salvado.

—No te vamos a pedir algo que no quieras hacer —intervino Yarrow.

—Tú no se lo pedirías —le espetó Lotti con un gruñido—. Yo sí.

El mero acto de contarles lo que había hecho y lo que era capaz de hacer casi podía interpretarse como que se estaba ofreciendo como voluntaria, pero aun así…

Sentía que tenía un nudo en la garganta del tamaño de un puño.

Le costaba tragar y respirar. El estruendo de los tambores que oía en su mente redoblaba como nunca.

—Podrías conjurarlo, pero no lo harás. Eres una cobarde. Estas plantas son inocentes —le largó la rosa.

Terlu puso una mueca. No era que no quisiera ayudar, pero…

—Si me atrapan… —Cerró los ojos. Le resultaba demasiado fácil recordar lo que había sentido sin respirar, sin que le latiera el corazón, sin hablar. Una solución a varios problemas a la vez . Las palabras resonaron en su cabeza.

—No te atraparán —le aseguró Yarrow.

—Eso no lo sabes. —Terlu abrió los ojos.

El hombre se había movido y se había detenido a escasos centímetros de ella.

Tuvo que inclinar la cabeza atrás para mirarlo a la cara.

Sus ojos eran serios y sus labios suaves.

Desentrañó en su expresión solidaridad, comprensión, quizá determinación, pero no lástima. Tiene una cara agradable , pensó ella.

—Lo sé —la contradijo Yarrow. Se retorcía las manos como si quisiera tocarla, pero no lo hizo. Mantuvo los brazos a los costados—. No hay nadie aquí. Solo yo. Y Lotti. No hay nadie más aparte de nosotros en todo Belde. Estás a salvo.

—¡Jamás de los jamases te traicionaríamos si lo haces!

—gritó Lotti—. ¡Tendrían que sonsacármelo con una pala para que se los contara!

No, ¡con unas tijeras de podar! Por favor, Terlu Perna.

Sin Laiken… —Se le rompió la voz—. Por favor, estas plantas son la única familia que me queda. Por favor, despiértalas.

—Pero… —Miró a Lotti, a Yarrow, y a la carta de Rijes Velk, la mujer en la que más confiaba y a la que más admiraba en todo el imperio de las Islas Crecientes. Estaba claro lo que querían que hiciera. Las palabras de la carta resonaban a más volumen que el redoble de tambores que recordaba.

—Por favor, Terlu —le suplicó Lotti—. Sin ellas, estoy sola.

Terlu levantó los ojos para mirar las plantas —dormidas, silenciosas y vagando por la nada, como había estado ella—. Sabía lo que se sentía al ser prisionera de tu propio cuerpo, viva pero incapaz de vivir.

—No sé el hechizo concreto. Despertar a una planta sintiente no es lo mismo que crear una, pero lo reconocería si lo viera, digamos, por ejemplo, en el taller de un hechicero.

—¿Y si lo encuentras? —preguntó Yarrow.

Lo miró a los ojos verdes que rebosaban esperanza.

—Cuando tenga las palabras… puedo conjurarlo.

El sol prácticamente se había puesto para cuando llegaron a la torre del difunto hechicero.

El interior estaba envuelto en las sombras hasta que Yarrow encendió las lámparas que colgaban de unos ganchos en la pared.

Colocó algunas encima de la mesa de trabajo también.

Una cálida luz ambarina no tardó en extenderse por la mesa, el escritorio y las estanterías.

Todavía hacía frío, pero las sombras habían reculado.

—¿Por dónde quieres empezar? —preguntó Yarrow.