Capítulo ocho #2
—¿Y lo primero que haces es despertarme y abandonarme? No te creas que te lo he perdonado. No te vas a ir de rositas.
—Es que… —¿Cómo le podía explicar que el pánico la había embargado?
Eso no era excusa. Abandonar a Lotti de aquella manera había sido un acto cruel, sobre todo porque ella había experimentado en sus propias carnes lo que se sentía, recordaba vívidamente cómo se había sentido al despertarse sola, confundida y aterida en mitad del bosque—.
Lo siento. —Las palabras le parecieron insuficientes.
—Mmm —musitó Lotti contrariada.
Yarrow se puso el abrigo.
—Hay algo que debería enseñarte.
—¿A mí? —inquirió Terlu. Le sorprendía que él todavía quisiera dirigirle la palabra. Debía de pensar de ella que era lo peor. Era consciente de que había metido la pata hasta el fondo.
—A ella —la corrigió Yarrow señalando con la cabeza a la rosa reviviscente.
Notó que la sangre se le acumulaba en la cara.
Pues claro que no se refería a mí. Pensó en todas las veces en las que había saludado a alguien que agitaba el brazo en su dirección, solo para darse cuenta de que el gesto iba dirigido a alguien que tenía detrás.
En aquel instante se sintió igual, solo que con una vergüenza magnificada.
En ningún momento ha querido que yo esté aquí. Ella era un error.
—Tú también puedes venir. Si a Lotti le parece bien —añadió Yarrow, demasiado tarde.
La rosa alzó los pétalos al aire.
—Puedes venir si me llevas. Con cuidado.
Sintiéndose tan insignificante como un gusano, Terlu recogió la plantita del suelo, se la metió dentro del abrigo y siguió a Yarrow por la puerta, de regreso a la nieve.
El sol casi se había puesto y la luz mortecina hacía que las sombras de los árboles se proyectaran alargadas por encima de la nieve blanca.
Las llevó al invernadero.
Lotti soltó un leve jadeo.
—¡Cuánto ha crecido! ¡Ay, Laiken, ojalá estuvieras aquí! —Su voz se rompió por un sollozo.
Yarrow no medió palabra mientras las guiaba por los caminos. Ese parecía ser su carácter: alguien que no estaba acostumbrado a charlar. Terlu se preguntó si eso significaba que era el tipo de persona a la que le gustaba el silencio o si prefería que los demás se ocuparan de llenar ese silencio.
En cualquier caso, estaba muy segura de que a Yarrow no le caía demasiado bien.
Lotti tampoco estaba muy entusiasmada con ella.
Lo he fastidiado todo .
¿Cómo podía arreglar aquel entuerto? Siempre había una solución, a menos que te quedaras atrapada convertida en estatua, pero ni algo así suponía el final, como había descubierto. Encontraré la manera de compensárselo. De algún modo .
Terlu seguía cavilando qué hacer o decir cuando Yarrow las llevó a través de una puerta lateral que conducía a otro invernadero en el que ella no había estado aún. ¿Habría algún mapa de todas las salas en algún lugar? Si no, quizá podía esbozar uno.
Aquel invernadero era más pequeño, y en él solo había unas pocas plantas.
En las estanterías únicamente se veían algunos tiestos.
En algunos había flores, como una orquídea y una margarita.
Otro era un pequeño seto con ramilletes de hojas finas.
De otro salía una hiedra que caía del estante más alto hasta el suelo.
—¡Ah! —exclamó Lotti.
—¿Qué pasa? —preguntó Terlu.
—Conozco esta sala. Sí. Conozco estas estanterías, estos tiestos, este aire. ¡DESPERTAD! —gritó de improviso a pleno pulmón… si tuviera pulmones.
Se extendió el silencio. Solo se oía el zumbido de la estufa en el centro del invernadero y el crujido de la grava bajo los pies de Yarrow mientras avanzaba por el pasillo para examinar los tiestos.
Como en las otras salas, olía a tierra húmeda y aire limpio, pero al contener tan pocas plantas, el aroma a verde y a flores era muy sutil.
A Terlu le recordó a un hospital casi vacío: limpio, silencioso, expectante.
—Riégalas —ordenó Lotti.
—Las he regado —dijo Yarrow—. No ha cambiado nada.
—Inténtalo otra vez.
Cruzó el invernadero hasta una bomba de agua, llenó una regadera y regresó a donde estaban los tiestos.
Vertió agua en cada uno de ellos, comprobando la tierra para asegurarse de que tuviera el grado adecuado de humedad para el tipo de planta.
A algunas les echó solo unas pocas gotas; otras las llenó hasta que los tiestos gotearon.
Cuando terminó, dejó la regadera en el suelo y aguardó al lado de Terlu y Lotti.
—¿Por qué no se despiertan? —preguntó Lotti—.
¿Están…? No están muertas. Puedo verlo. —El temblor de su voz aumentaba con cada palabra que pronunciaba.
Saltó de las manos de Terlu y aterrizó al lado de uno de los tiestos—.
¡Venga, por favor, despierta! ¡No me dejes sola!
Laiken ya no está. ¡No te puedo perder a ti también!
Terlu paseó la mirada por la sala mientras poco a poco se daba cuenta de lo que aquellas plantas tenían en común o, más bien, lo que Lotti y Yarrow pensaban que tenían en común: se suponía que debían ser como Lotti. Como Caz.
Pero, por algún motivo, no lo eran.
Un pensamiento le restalló en la mente como un trueno:
No es una coincidencia que esté aquí .
Yarrow estaba hablando.
—Yo debía de tener… unos ocho o nueve años cuando dejaron de hablar. Fue el primer indicio que vimos de que algo andaba mal con la magia, aunque fue años antes de que ninguno de los invernaderos colapsara. Eso solo ocurrió tras la muerte de Laiken.
—Tenéis que despertar… —suplicó Lotti.
Mientras Lotti seguía rogándoles a las plantas que le contestaran, Terlu le daba vueltas una y otra vez a las mismas palabras en su mente: No es una coincidencia.
Hay un motivo por el que estoy aquí. Sentía que eran ciertas.
Verdaderas. Yarrow le había solicitado a la capital que le enviara a un hechicero para ayudar a sus plantas, entre las que se incluía un invernadero de plantas encantadas que supuestamente debían estar despiertas y conscientes, pero seguían dormidas, y, en respuesta, le habían enviado a Terlu Perna.
—¿Quién me envió aquí? —le preguntó Terlu a Yarrow mientras Lotti les seguía suplicando a las plantas inamovibles.
Él no despegaba los ojos de la pequeña rosa.
—Por favor —le suplicó Terlu—, necesito saberlo.
Levantó los ojos hacia ella, sacó una carta del bolsillo interior de su chaqueta y se la dio.
—La solicitud de ayuda que envié a la capital pasó por varias manos antes de que alguien le diera respuesta. Por muchas manos. —Devolvió la atención a Lotti, que le estaba implorando a un filodendro silencioso.
Terlu abrió el sobre y desdobló la carta.
El papel le resultaba muy familiar y estaba adornado con el sello de la Gran Biblioteca de Alyssium.
Notó la sedosa suavidad del papel y aspiró el rico aroma al polvo de las estanterías contenido dentro de las fibras.
Sentía un zumbido en la cabeza, y se vio obligada a sentarse con las piernas cruzadas sobre el camino de grava mientras leía las palabras.
Estaba escrita con una caligrafía elegante y la misiva era escueta.
Estaba dirigida al jardinero jefe de Belde, Yarrow Verdane y, en ella, el escritor decía que esperaba proveer una solución a varios problemas a la vez, y le indicaba a Yarrow cómo llevar a cabo el encantamiento que liberaría a Terlu.
La oración del hechizo aparecía escrita fonéticamente y la acompañaba una lista detallada de ingredientes.
No especificaba nada de quién era Terlu, ni por qué estaba transformada en estatua ni el motivo por el que la enviaban allí. Tampoco hacía mención alguna a algún tipo de indulto ni ningún registro oficial de fin de su condena.
Pero había una firma al final de la página, escrita con letras claras y elegantes:
Rijes Velk, directora de la Gran Biblioteca de Alyssium.
Había jurado ante el juez que Terlu no volvería a emplear la magia, se había jugado su reputación en ello. Con todo, había enviado a Terlu allí, con un hechizo para que lo conjuraran de manera ilegal… ¿Por qué?
Una solución para varios problemas, había escrito.
El corazón de Terlu se aceleró mientras rumiaba esas palabras.
Delante de ella, Lotti le gritaba al filodendro que se despertara y lloraba para que Laiken regresara, que no estuviera muerto, que no la dejara así.
Yarrow estaba intentando (y fracasando estrepitosamente) consolarla.
Tenía una expresión de puro pánico, como si fuera a echar a correr de un momento a otro.
Ya sé por qué me enviaron aquí .
—Mi misión es despertarlas —aseveró Terlu en voz alta.