El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

L a rosa entró en la casita dando brincos, usando las hojas para impulsarse hacia delante. Cuando llegó al felpudo, se sacudió como un perro y esparció pequeños cúmulos de nieve que se derritieron formando pequeños charcos.

—Ah… —es lo único a lo que atinó decir Yarrow, con los ojos fijos en ella.

—Me. Has. ¡Abandonado! —Lotti tenía una voz de lo más atronadora para una planta que no abultaba más que un puño.

Terlu deseó que se la tragara la tierra.

—Lo siento. Entré en pánico. Tenía pensado volver.

—Cada palabra que pronunció le pareció patética al oírla.

Agachó la cabeza. Por el rabillo del ojo, vio que el gato alado miraba la pequeña rosa con interés y meneaba la cola de un lado a otro.

Terlu se puso delante del gato para bloquearle la vista.

—Emeral, ni se te ocurra —lo advirtió.

La boca de Yarrow se abrió, se cerró, y se volvió a abrir.

—¿Cómo has…? ¿Quién es…?

La plantita se irguió cuan alta era, hasta el último de los diez imponentes centímetros de su tallo, y abrió todo lo que pudo sus pétalos morados.

—Soy Lotti, la rosa reviviscente, y exijo ver a Laiken, el maestro hechicero y creador del glorioso y espléndido invernadero de Belde.

El gato extendió las alas y empezó a mecerse adelante y atrás sobre sus patas traseras.

Yarrow negó con la cabeza y lo intentó de nuevo.

—¿Qué has querido decir con que te ha abandonado? ¿De dónde has salido? ¿Cómo has…?

—Yo no la he creado —se apresuró a intervenir Terlu—.

Sé que no me vas a creer, pero lo único que he hecho ha sido…

—Antes de que pudiera terminar de justificarse a Lotti o a Yarrow, Emeral se abalanzó desde la cama con las alas desplegadas.

Terlu intentó apresarlo, pero el gato le pasó volando por encima de la cabeza y sus dedos apenas rozaron las puntas de sus alas.

En el suelo, Lotti profirió un chillido agudo.

Terlu se dio la vuelta con la idea de echarse sobre ella con la esperanza de alcanzarla antes de que…

Pero calculó mal y chocó contra el canto de la mesa.

El jarrón con lilas se tumbó y el agua se vertió por encima de la mesa y el suelo.

Al aterrizar sobre el agua, el gato resbaló, despatarrado.

Batió las alas frenéticamente y golpeó el escritorio, haciendo que cayera el fajo de papeles, mientras Lotti intentaba escapar a toda prisa de todo el jaleo.

Tras recuperar el equilibrio, Terlu alzó a Lotti en brazos. La plantita estaba empapada por completo, de un humor espinoso y claramente disgustada.

—¿Me despiertas, me abandonas y luego permites que me ataque un monstruo? ¿Qué tipo de persona eres? —Lotti estaba tan enfurecida que su pequeño cuerpo vibraba. También se estaba expandiendo, sus hojas eran más anchas que antes. Terlu reparó en que el agua le estaba sentando bien.

—No es un monstruo —la contradijo Terlu—. Es un gato.

Yarrow tenía la mirada fija en ella, en la rosa reviviscente, el gato alado (que se estaba lamiendo las plumas al lado del hogar), el charco que se había formado sobre la mesa y el suelo, y el revoltijo de papeles que había quedado sobre su escritorio.

Terlu sintió que el pánico le formaba un nudo en la garganta. No debería haber dejado sola a Lotti. Debería habérselo explicado a Yarrow al instante. Quizá la habría creído si se hubiese arriesgado y hubiese confiado en él.

—Te lo puedo explicar.

—Exijo que me llevéis ante Laiken ahora mismo —repitió Lotti—. Está claro que no tenéis ni idea de cómo cuidar de una planta. —Se zafó de las manos de Terlu y aterrizó sobre la mesa.

Terlu se encogió y se sintió como si le acabaran de propinar un bofetón.

La imagen de Caz, su planta cinta, se proyectó en su mente.

Tampoco había sido capaz de protegerlo a él.

Se lo habían arrebatado en cuanto salió a la luz lo que había hecho.

Lo había visto una vez durante el juicio, cuando lo habían presentado como prueba, pero no le habían permitido hablar con él, ni siquiera despedirse.

Me habría gustado poder decirle adiós . Le había suplicado a la directora de la biblioteca que se asegurara de que estaba bien, que tuviera gente que se cerciorara de que no estaba solo y que dispusiera del sustrato adecuado, que se regara a menudo, pero no demasiado…

Rijes Velk le había prometido que así sería, pero ¿cómo podía saber si había cumplido su palabra?

¿Estaba a salvo Caz? ¿Era feliz? ¿La echaba de menos? Yo lo echo de menos .

—Tienes razón —admitió Terlu con un hilo de voz.

Ignorando el charco, Yarrow se arrodilló al lado de la mesa para estar a la altura de los ojos de Lotti.

—Eres… Por todos los mares —se le escapó—. Eres una de las creaciones del hechicero Laiken. Creía que todas habían… —Sus palabras murieron—. ¿Necesitas algo? ¿Tierra nueva? ¿Más nutrientes?

Usando un paño de cocina, Terlu empezó a secar el charco alrededor del jarrón. Entonces interceptó a Emeral cuando este se disponía a avanzar a hurtadillas hacia la mesa. Lo alzó en brazos, lo acunó y le acarició la mejilla. Al gato le gustó, por lo que plegó las alas y se echó a ronronear.

—Estoy bien así —contestó Lotti, cuya furia parecía haberse apaciguado—. No soy una planta que necesite muchos cuidados. Puedo cuidar de mí misma, ahora que he despertado. Si tengo acceso a una fuente de agua. Y si no me parte en dos un malvado felino.

Yarrow levantó los ojos y miró a Terlu.

—¡Sabía que tenías que ser una hechicera!

Su rostro irradiaba tanta esperanza que Terlu quiso decirle que así era solo para que no dejara de mirarla como si fuera la primera estrella del cielo, pero ese no era un asunto con el que se pudiera mentir.

Una cosa era decirle a alguno de los usuarios de la biblioteca que les quedaba bien un peinado cuando en realidad era una ofensa a la vista, pero otra muy distinta era afirmar que eras una persona completamente diferente.

—No lo soy —rebatió—. Y no he infringido ninguna ley. No he conjurado ningún hechizo. Lo único que he hecho es darle algo de agua. Entonces cobró vida por sí misma. Debía de estar en un estado latente.

Se le desencajó el gesto y ella se sintió como si acabara de decepcionar a un cachorrito.

Emeral se revolvió en sus brazos.

—Por favor, ¿puedes controlar a tu monstruo? —le pidió Lotti.

Yarrow abrió uno de los cajones de la cocina y sacó un rollo de cinta roja. Lo desenrolló y lo meneó al aire. Al verlo, Emeral se abalanzó hacia él, saltando de los brazos de Terlu. Yarrow lo soltó y el gato voló hacia los travesaños con su premio.

—Bien jugado —dijo Terlu.

Lotti golpeó la mesa con una de sus hojas.

—¿Podemos volver a centrar la atención en mí? ¿Qué estabas a punto de decir sobre las creaciones de Laiken? ¿Creías que todas eran qué? Tienes que terminar esa frase. No, da igual. Simplemente llévame ante Laiken. Él lo explicará todo.

Terlu miró a Yarrow a los ojos. Había pronunciado ese nombre antes. Laiken era el hechicero que había creado aquellos invernaderos, el que había despachado a la familia de Yarrow, el que había muerto y había dejado que su creación se deteriorara y fallara.

—No puedo… No está… —Yarrow se pasó una mano por el pelo.

No va a ser capaz de encontrar las palabras. Terlu le concedió unos segundos más de gracia, pero el jardinero seguía con una expresión que gritaba a los cuatro vientos que deseaba desaparecer por la puerta y desvanecerse en la nieve.

—Murió —intervino Terlu con voz amable.

—Él… ¿Cuándo? ¿Cómo? —preguntó Lotti con voz estridente—. No, no puede ser verdad. Bueno… Claro que es verdad. Su taller… está lleno de polvo y telarañas. Debería haberlo sabido en cuanto lo he visto. ¡Ay, mi Laiken! —Los pétalos de la rosa se cerraron, formando un capullo de nuevo.

Yarrow miró a Terlu como si esperara que ella supiera qué decir.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Terlu con voz vacilante.

Lotti abrió los pétalos y gritó:

—¡No! ¡No quiero hablar de ello! Quiero conocer al hechicero que esté al mando. A quienquiera que heredara el invernadero de Laiken. ¡Llevadme ante él!

—No ha habido otro hechicero desde la muerte de Laiken —la informó Yarrow tras aclararse la garganta—. Nunca tuvo un aprendiz, ni compañero ni nombró sucesor. No permitía que nadie nuevo viniera a la isla. No confiaba en nadie más, para que no destruyeran lo que había construido aquí.

—Entonces empeoró —aclaró Lotti con los pétalos gachos.

Terlu se sentó en una silla a su lado.

—¿A qué te refieres?

La rosa profirió un sonoro suspiro que le hizo temblar las hojas.

—Ojalá hubiese estado allí, al final. Puede que a mí me hubiese hecho caso. Ay, ¡deberíais haberlo visto cuando era joven! Solo estar cerca de él hacía que el día fuera radiante. Construyó este lugar como un obsequio para el mundo.

—Yo no lo conocí de joven —dijo Yarrow—. Ya tenía más de cien años cuando nací yo. Durante todo el tiempo que lo conocí, no escuchaba a nadie.

—Solo quería protegernos —lo defendió Lotti—. A todos nosotros y todo esto.

Terlu sabía que algunos hechiceros tenían vidas longevas, pero, aunque Laiken hubiese pensado que no moriría nunca, seguía siendo un hecho imperdonable que hubiese dejado a Yarrow allí solo para que se encargara del cuidado de un descomunal invernadero.

Podría haber entrenado a un aprendiz o haber dejado las cosas atadas para que otro hechicero se ocupara de los encantamientos de la isla, o simplemente contratar a más jardineros.

Era demasiado trabajo para una persona sola, con o sin magia, y a nadie se le debería pedir que cargara a solas un peso así de grande sobre los hombros.

Era demasiada responsabilidad. Un trabajo interminable que no aflojaba nunca.

—Debo de haber estado dormida durante mucho tiempo —suspiró Lotti con tristeza—. No os conozco, a ninguno de los dos, lo que significa que debió de dejarme en estado latente… durante mucho tiempo.

Yarrow asintió.

—Yo acabo de llegar —intervino Terlu—. A mí es normal que no me conozcas.

Lotti meneó las raíces para girar su flor hacia Terlu.