El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo siete #3
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Capítulo siete #3

Decidió insistir un poco más.

—¿Cuándo se marchó? ¿Tu familia?

—Yo era pequeño cuando el hechicero despachó a la familia de mi primo —respondió Yarrow.

Vale, así que hacía ya tiempo.

—¿Y a dónde fueron cuando se marcharon?

—Me dijeron que se asentaron en Alyssium al final, y mi tía Rin abrió una floristería que proveía a los nobles. Mi tía le escribió a mi padre unas cuantas veces. —No la miró mientras hablaba. Se centró exclusivamente en la comida mientras cortaba unos tomates para ponerlos encima del calabacín.

—Qué bonita, una floristería.

Gruñó y desvió la mirada hacia ella. Sus ojos, se fijó, eran tan verdes como el calabacín.

Y se había afeitado, lo que les daba a sus mejillas un aspecto suave.

Llevaba el pelo negro y dorado recogido con un lazo dorado y a Terlu se le pasó por la cabeza que quizá se había esforzado en su aspecto por ella.

No , pensó, simplemente es una persona limpia y pulcra .

—¿Y los demás? —preguntó ella—. ¿Los de las otras casas?

Volvió a centrarse en los tomates antes de responder.

—Una estación después, Laiken despachó a mi tío Rorick, Finnel y Percik, y se marcharon con la familia de mi tía Rin en Alyssium.

Laiken… ese era el nombre del hechicero a quien estaba buscando la rosa. No debería haberla dejado sola .

—¿Por qué lo hizo? —quiso saber Terlu—. Me refiero al hechicero.

¿Por qué despachó a tu familia? —Mantenía la voz suave y dulce, para no asustarlo y que volviera a encerrarse en su silencio.

Se sentía como si estuviera intentando atraer a un gato salvaje con la mano.

Daba las gracias por cada pizca de sí mismo que compartía con ella.

Metió el plato de calabacín en el horno de leña.

—Dijo que no necesitaba a tantos jardineros dando vueltas por aquí. Para cuando murió, solo quedábamos mi padre y yo.

Terlu no había visto a su padre ni ningún indicio de que siguiera allí. ¿También había muerto? ¿Cómo le podía preguntar algo así? ¿Cuánto tiempo hacía?

—Tu padre…

—Él también se marchó. —Regresó a la encimera de la cocina y empezó a cortar una cabeza de lechuga y echar las hojas en un cuenco para preparar una ensalada.

Al menos su padre no había muerto. Respiró más tranquila. Aun así…

—¿Te dejó aquí solo? ¿Cuándo? ¿Por qué? —Sabía que estaba siendo demasiado cotilla. En cualquier momento el jardinero iba a cerrar el pico y dejaría de responder. Pero quería saber más sobre él, sobre su salvador.

—Estaba enfermo. —Yarrow se encogió de hombros. Añadió un puñado de bayas rojas a la ensalada, seguido de un puñado de pipas de girasol—. No hay médicos aquí.

Eso debió de ser increíblemente duro, tanto para Yarrow como para su padre. Procuró hacerse a la idea de cómo sería decirle adiós a tu padre enfermo sin saber si se va a recuperar y quedarte en una isla abandonada sin saber si vas a sobrevivir. ¿Cuánto tiempo hacía que Yarrow estaba solo?

—¿Cuánto hace de eso?

Se quedó callado unos segundos, y Terlu no tenía claro si le iba a responder. Mientras se alargaba el silencio, Yarrow mezcló unas hierbas aromáticas con aceite antes de usar el aliño para condimentar la ensalada.

—Hará unos dos años.

Era demasiado tiempo para vivir solo. Aunque tuviera la compañía de un gato alado. Sintió un arrebato de compasión por él, y le dieron ganas de acercarse y abrazarlo.

—¿Nadie regresó para ver cómo estabas? ¿O solo para hacer una visita?

Se encogió de hombros y dejó la ensalada sobre la mesa. Lo hizo todo con tal fluidez que hasta que no la tuvo delante de los ojos, Terlu no se dio cuenta de que era la ensalada más fresca y apetecible que le hubiesen servido jamás.

—Pero no puedes ocuparte de tantos invernaderos tú solo. —No le hacía falta poseer unos amplios conocimientos de jardinería para saber que era demasiado trabajo para una sola persona, sobre todo si la magia que mantenía los invernaderos intactos estaba fallando—. ¿Les has dicho…?

—¿Podríamos… —Agachó la cabeza para no mirarla a los ojos— dejar de hablar?

Terlu notó que se le encendía la cara. No debería haber insistido. No era asunto suyo y, además, apenas lo conocía.

—Lo… —empezó a disculparse, pero se oyó un golpe en la puerta. El gato alzó las orejas, pero por lo demás, permaneció inmóvil—. ¿Qué ha sido eso

Se encogió de hombros. Hace ese gesto muy a menudo, pensó ella.

Los encogimientos de hombro y los gruñidos parecían ser su forma favorita de comunicación.

Era una especie de milagro que hubiese conseguido sonsacarle tantas palabras.

Un milagro no. Un error. Debería haber esperado hasta que él estuviera listo para abrirse a ella.

Su curiosidad no podía pasar por delante de la comodidad de él. Tenía que ser más paciente, y no…

Se oyó otro golpe.

—Será la nieve que se cae del tejado —apuntó Yarrow.

—¡Dejadme entrar! —chilló una voz fuera.

¿Quién estaba…? Ay .

—Te lo puedo explicar —se apresuró a decir Terlu mientras él abría la puerta.

Sobre el escalón de la entrada, rodeada de nieve, estaba la rosa reviviscente tiritando.

—¡Ya era hora!