Capítulo siete #2
Yarrow no volvió a entrar en la torre del hechicero.
En su lugar, se limitó a cerrar la puerta con llave y la colgó de nuevo del gancho.
Eso hizo que Terlu rumiara para qué la cerraba, ¿quizá la puerta no ajustaba del todo bien sin pasar el resbalón?
O es para evitar que entren personas como yo .
Avanzó a paso alegre por el camino hacia ella, lejos de la rosa reviviscente, y Terlu sintió que podía volver a respirar.
Le dedicó una sonrisa forzada y empezó a parlotear sobre las diferentes casas que había inspeccionado: cuáles le habían gustado, cuál albergaba una bandada de grifos salvajes, y qué trabajo debería llevar a cabo para que una de ellas fuera habitable.
—Tengo un deshollinador —añadió él—. Y una escalera.
—¡Genial! —Se apresuró hacia la casita azul—. Es esta. ¿Qué te parece? —Terlu desvió la mirada hacia él a tiempo de ver cómo mudaba el gesto. Se recuperó rápidamente y volvió a adoptar el rostro estoico e indescifrable que solía lucir tan a menudo—. ¿No te gusta?
—Está bien —dijo él—. Es perfecta.
—Puedo elegir otra.
—Es tuya. —Se dio la vuelta y empezó a alejarse. Esa vez, iba permitir que se largara. Tenía que regresar con Lotti, así como trabajar en la casa.
Terlu levantó la vista al cielo. El sol se había hundido por detrás de las copas de los pinos y sobre la nieve se proyectaban diferentes capas de sombras.
No cabía ninguna posibilidad de que pudiera limpiar la chimenea a tiempo y preparar el hogar para hacer fuego antes de que cayera la noche. Debería pedirle a Yarrow una lámpara.
—Yarrow…
—¿No vienes?
—Eh… ¿Qué? ¿A dónde?
¿No se estaba largando otra vez sin más?
—No puedes quedarte aquí esta noche —contestó Yarrow por encima del hombro—. Te harán falta algunos días de trabajo para que este sitio sea habitable. Quizá incluso semanas, si el techo tiene goteras, a menos que se te dé bien arreglar tejados…
No había arreglado un tejado en su vida.
—Lo puedo intentar —le dijo tras alcanzarlo.
Le respondió con un gruñido.
Terlu se dio cuenta tras unos pocos minutos de caminar en silencio que se estaban dirigiendo a la casa de él. Hizo un repaso a las preguntas que le bullían en la cabeza y se decidió por formular la última que se le había ocurrido:
—¿De quién era esa casa, la azul?
—De mi hermana —respondió Yarrow.
—Ay. Está…
—Se fue.
—Lo siento mucho.
Negó con la cabeza.
—No está… Quiero decir que se marchó, junto con los demás. Solía enviarme cartas… Está bien. —Llegó a su casa, abrió la puerta y la aguantó para dejar pasar a Terlu.
Ella se detuvo en seco nada más cruzar el umbral con los ojos como platos.
Se veía de primeras lo que había cambiado.
El hombre había colocado una segunda cama, encajonada entre su cama y el escritorio, y había amontonado en ella mantas y cojines.
Acurrucado en el centro de la nueva cama estaba el gato alado, con las alas verde esmeralda arropándole el cuerpo.
Abrió un ojo cuando entraron y se aovilló un poco más y se tapó el morro con la patita.
Detrás de ella, Yarrow cerró la puerta y colgó el abrigo del gancho.
—Sé que no es nada del otro mundo, pero las sábanas están limpias. O lo estaban, antes de que Emeral las llenara de pelo y plumas.
Yarrow parecía avergonzado, pero Terlu estaba encantada.
A pesar de habérsela quitado de encima antes, se había tomado la molestia de ir a buscar una cama nueva y la había preparado con tanto mimo que Emeral ya se había adueñado de ella.
Creía que Yarrow solo quería que se largara de la isla para que no le pudiera tocar ni un pelo de esa formidable cabellera con reflejos dorados, o al menos que se alejara de él lo máximo posible, pero aquello…
Aquello era una muestra de amabilidad. Tragó con dificultad.
Reparó en que había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien había sido amable con ella, incluso antes del desastre de la estatua.
Había puesto todo su empeño durante tanto tiempo para ser agradable, para hacer nuevos amigos, para sentirse útil, para complacer…
Pero le habían dicho un sinfín de veces: «Deja de esmerarte tanto.
Pareces desesperada. Simplemente… relájate.
Sé tú misma». Era un consejo que jamás fue capaz de seguir.
Más recientemente, o recientemente seis años atrás, había una bibliotecaria, una mujer más o menos de su edad en la tercera planta, que accedió a tomar el té con ella un día.
Eilia. Tenía el pelo blanco y morado y sentía especial debilidad por las galletas de jengibre.
Pero Terlu había presionado demasiado para que fueran amigas y al final lo que había logrado fue que ella se distanciara.
«Eres demasiado intensa», le había dicho Eilia, después de proponerle que se volvieran a ver por tercera vez en la misma semana y haber horneado una bandeja entera de galletas de jengibre con raspadura de naranja.
«No es nada personal», le había dicho Eilia, «pero en este momento de mi vida, no tengo ni el tiempo ni la energía para ese nivel de intensidad».
A Terlu le había parecido que era bastante personal.
Poco después, se había encontrado por casualidad el hechizo para crear una planta viva y consciente…
Al caso, lo que acababan de hacer por ella era un gesto de lo más considerado.
—Gracias.
Él se encogió de hombros y apartó la mirada.
—Si no te sientes cómoda, puedo quedarme en el invernadero. No sería la primera vez. No me supone ningún problema.
—¡Ay, no! Jamás te echaría de tu casa.
—Sé que soy un desconocido.
—Un desconocido no es más que un amigo al que todavía no conoces —dijo ella con voz alegre. —Acto seguido puso una mueca. ¿De verdad habían salido esas palabras de su boca? Era el tipo de expresión que se le decía a un niño de cuatro años, no a un hombre adulto que ibas a tener durmiendo al lado.
Espera. ¿Durmiendo al lado?
Con la disposición de las camas, estaría durmiendo a escasos centímetros de él. Notó que un rubor le subía a las mejillas.
—En invierno, cuando era pequeña, todos los niños de mi pueblo natal solíamos dormir juntos en la misma habitación alrededor de la estufa.
Creía que era para que pudiéramos estar juntos, pero, en retrospectiva, creo que era para que los adultos solo tuvieran que alimentar algunos fuegos en vez de tener que calentar un montón de casas por separado.
Esas noches son algunos de los mejores recuerdos que tengo.
—Mmm —repuso él con un murmullo evasivo, aunque era mejor eso que el silencio.
Envalentonada, Terlu preguntó:
—¿Me has dicho que tienes una hermana? —Podía intentar pensar en ella como una hermana, a menos que no se llevara bien con ella. ¿Guardaba recuerdos agradables de ella?
—Mmm. —Yarrow se acercó a la cocina—. ¿Te gusta el calabacín?
—¿Qué?
—El calabacín. —La miró por encima del hombro esperanzado—. También le llaman zuquini o calabacita. Es un tipo de calabaza de verano comestible si la cosechas cuando las semillas no están maduras. A mí me gustan asados con pimienta negra.
Jamás había probado el calabacín. Jamás se había topado nunca con un cambio de tema así de descarado. Pero si no quería hablar de su hermana, no pasaba nada. No iba a insistir.
—Seguro que está de rechupete. ¿Se pueden obtener hortalizas durante todo el año aquí?
El rostro se le iluminó al oír la pregunta.
—Hay cuatro invernaderos dedicados a las plantas comestibles, y cada uno está establecido en una estación distinta para que siempre haya alguno listo para cosechar.
—Hablaba mientras cortaba en rodajas el calabacín, que a ella le parecían unos pepinos de color verde mate—.
También hay un invernadero en el que se cultivan nada más que tomates, que técnicamente se clasifican como frutas, a pesar de cómo los denominan en las recetas.
—¿Un invernadero entero solo para tomates?
—No era de lo que ella quería hablar, pero le alegraba que Yarrow se fuera soltando.
Cuando hablaba de su jardín, se mostraba el doble de entusiasmado y su voz que habitualmente era grave y ronca adquiría un tono animado.
Siendo sincera, a Terlu le parecía adorable.
—¡Eso es! Están divididos según la forma: redondo, corazón de buey, cherry, uva o pera, así como en si son tomates de arbusto o tomates de rama.
Tenemos todas las variedades del imperio de las Islas Crecientes, que llegan a un total de tres mil setecientas seis.
Uno de mis primos sabía identificar la variedad exacta de tomate solo por el sabor.
Tenía la voz más suave que Terlu le había oído hasta el momento.
Combinado con el suave crepitar del fuego y el calor que empezaba a calar en ella, sintió que todos los músculos que se le habían agarrotado se le empezaban a aflojar.
Tuvo que recordarse que todavía albergaba una plétora de preguntas para las que necesitaba respuesta.
De lo contrario, Terlu podría haber escuchado cómo hablaba de tomates durante horas.
—¿Ese primo también vivía en una de las casas?
—La redondeada con forma de seta. Con sus padres. —Se quedó callado. Siguió cortando el calabacín, luego dispuso las rodajas en un plato y le echó un chorrito de aceite. En la cama, Emeral se estiró, empujando los cojines con las patas y arqueando la espalda.
Terlu esperó para ver si Yarrow añadía algo más.
Guardó silencio.