Capítulo siete
C omo bibliotecaria que en su día le había dado vida a una planta cinta, Terlu sabía que sería la más adecuada para reaccionar de un modo racional ante una rosa parlante. Aun así, llegado el momento, se puso completamente nerviosa.
—¡Estás viva!
—Ah —se quejó la rosa—. Eres una de esas personas. —La flor meneó sus hojas parecidas a puntillas y puso una voz aguda—. ¡Oh, una flor que habla! ¿Cómo puede ser? No tiene garganta ni pulmones ni labios. ¿Cómo es posible que hable?
—Si me lo preguntas en serio, la capacidad de habla es el resultado de un complejo hechizo en el que intervienen diecisiete ingredientes y una pronunciación precisa de un texto de cinco líneas en la Primera Lengua —dijo Terlu—.
Pero lo que debería haber dicho es: ¿cómo es posible que estés viva después de vete a saber cuánto tiempo sin agua, tierra o luz solar?
La planta bajó las hojas con gesto avergonzado.
—Ah. Lo siento —se disculpó la rosa—. Creía que te referías a… Bueno, puedo quedarme en estado latente durante unos cuantos años. Soy lo que se conoce como una rosa reviviscente. Me llamo Lotti.
—Encantada de conocerte, Lotti. Yo soy Terlu.
—Intentó con todas sus fuerzas no mirar boquiabierta la rosa.
No esperaba encontrarse con una planta sintiente allí, habiendo transcurrido tan poco tiempo desde lo ocurrido con su planta cinta.
Por lo que sabía, eran creaciones muy poco comunes.
¿Se trataba del destino? ¿O es que el universo tenía un sentido del humor de lo más retorcido?
—Has dicho «vete a saber cuánto tiempo». ¿Cuánto hace que estoy dormida? ¿Años? ¿Cuántos años?
Era una muy buena pregunta, una que Terlu comprendía a la perfección.
Seis años resonó en su cabeza. A juzgar por el estado del taller y las capas de polvo, para Lotti podría haber transcurrido mucho más tiempo.
Ojalá el jardinero se mostrara más propenso a hablar.
La cantidad de preguntas que tenía no paraba de aumentar.
—No lo sé. Yo acabo de llegar aquí. De hecho, no estoy del todo segura de dónde estoy. —Sopesó cuánto de su propia historia debía contarle a la planta y decidió que no era ningún secreto—. Verás, a mí también me han revivido hace poco.
—No sé qué significa eso puesto que eres humana y yo, bueno, como yo, pero tampoco me importa lo bastante como para que te lo pregunte —le largó Lotti—. Vamos a buscar a Laiken. Estoy segura de que él nos podrá aclarar todo esto.
¿Laiken? Espera, ¿era ese el nombre del jardinero? No, le había dicho que se llamaba Yarrow. ¿Sabía él algo de Lotti? De ser así, ¿por qué había dejado que se marchitara en un taller abandonado?
—Sí, Laiken. Barba espesa. No se peina nunca. El hechicero poderoso que creó el maravilloso Invernadero Encantado de Belde.
No se trataba del jardinero, entonces, y no le sonaba a nadie que Terlu conociera y por descontado no era nadie que hubiese visto allí, pero si la rosa estaba hablando del hechicero que había creado todo aquello…
el que Yarrow le había dicho que había muerto…
No sabes si está hablando de la misma persona , se dijo para sus adentros.
No le podía decir que había muerto cuando no estaba del todo segura de si hablaban de la misma persona.
Lotti empezó a vibrar y, acto seguido, usó las hojas como si fueran piernas y saltó varios centímetros en dirección al borde del tiesto antes de caer con un golpe sordo.
—Uf. Otra vez. —Se agachó, apretó sus pétalos, y entonces saltó con los pétalos y las hojas extendidas. En el segundo intento, casi logra rebasar el canto del tiesto.
—¿Necesitas ayuda? —se ofreció Terlu.
—No, ya lo tengo. —En el tercer intento, Lotti enrolló sus hojas formando un círculo como si estuviera intentando ganar impulso. Solo llegó a la mitad del tiesto.
En el cuarto intento, intentó trepar, usando sus hojas como brazos.
—En serio, podría levantarte…
—Que no —resopló Lotti—. Si pudieras dejar de mirarme, por favor…
Terlu se volvió amablemente e intentó no preocuparse. Se alegraba de que el agua hubiese ayudado a Lotti, nadie debería tener que verse abocado a ese estado latente. Aun así…
Ojalá no la hubiese despertado yo .
Dado que la habían condenado por dar vida a una planta, a cualquier juez que viera a Lotti lo asaltarían las sospechas.
En esa ocasión, Terlu no había conjurado ni un hechizo, pero ¿acaso alguien la creería?
Parecía una coincidencia terriblemente sospechosa.
Desde fuera, parecería que la habían revivido única y exclusivamente para cometer el mismo error de nuevo.
La volverían a poner sin dilación en la Sala de Lectura Norte si alguien lo supiera.
«¡Ha sido un accidente!» no le sonaba demasiado verosímil cuando se trataba de un delito que ya había cometido con anterioridad. Incluso yo me declararía culpable .
Si el primer castigo había sido pasarse la eternidad transformada en estatua, no podía ni imaginarse qué destino les esperaba para los delincuentes reincidentes. Pensar en que la volvían a transformar, en que perdía aquella preciada segunda oportunidad antes de que pudiera empezar siquiera…
No puedo permitir que nadie lo descubra .
Por fortuna, no había nadie allí presente que…
La puerta se abrió de golpe de par en par y Yarrow apareció en el umbral.
—¿Siempre tienes que estar donde no debes? —le preguntó con voz exasperada.
Terlu chilló. Y entró en pánico. Su mente empezó a dar vueltas como un molinillo en una tormenta de viento: No puedo volver…
No puedo volver… No puedo… No puedo . Empezó a notar el nudo en la garganta que había sentido cuando le habían lanzado el hechizo, y recordó cómo sus piernas se habían agarrotado, cómo se le habían secado la boca y los ojos, cómo los latidos de su corazón se habían ido ralentizando mientras su mente se sumía en el pánico.
Oyó un golpe y un agudo chillido victorioso cuando la rosa logró saltar del tiesto a la mesa.
Sin dilación, Terlu agarró la rosa con suavidad y la devolvió al tiesto.
—No hagas ruido, por favor. Regresaré, te lo prometo —le susurró y se dio la vuelta para mirar a Yarrow, que no se había movido del umbral de la puerta.
Las palabras le salieron a borbotones de la boca, en un tono agudo y absurdo:
—Sí, claro, tienes razón, lo siento mucho, no debería estar aquí. Qué tonta. —Cruzó con pasos ligeros el taller, agarró a Yarrow del brazo y tiró de él lejos de la torre del hechicero, de vuelta a la luz del sol.
No puedo perder esto. No puedo. No puedo .
¿Qué podía decirle para distraerlo?
Podría besarlo .
Eso lo distraería seguro. Pero no, era una idea absurda. A duras penas lo conocía. Solo porque sus labios dorados la atrajeran… No . ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Qué se suponía que debía estar haciendo? ¡Mirando casas!
—Claro que esto no era una casa. No sé en qué estaba pensando. Aquí no me puedo quedar, por supuesto. Creo que he encontrado una casita que me irá de perlas.
—Bien. —Se quedó mirando la mano de ella sobre su brazo.
Ella también se fijó en su mano. Cayó de repente en que, hasta Yarrow, habían pasado seis años desde la última vez que había tocado a alguien.
Bajo el abrigo, notaba su brazo firme. Musculado.
Probablemente se pasaba mucho tiempo trabajando con la pala.
¿De veras se le había pasado por la cabeza la idea de besarlo?
Por todas las islas, ¿en qué estaba pensando?
Ha pasado incluso más tiempo desde que besé a alguien .
Transcurrieron algunos segundos en completo silencio.
Ninguno de los dos dijo ni mu.
Terlu retiró la mano.
—Te la mostraré. —Se apartó con la esperanza de que él no notara que le temblaba la voz. Se dirigió al camino.
Detrás de ella, Yarrow permaneció inmóvil.
Durante un instante pensó que había metido la pata hasta el fondo.
El jardinero iba a entrar en el taller y ver la planta sintiente, y entonces ella parecería completamente culpable tras haber salido de allí a toda prisa sin haber dado explicación alguna.
Ahora no se va a creer nada de lo que le diga .
No debería haber intentado ocultar la rosa.
¿Y qué iba a pensar Lotti de ella? Básicamente Terlu había hecho con la planta lo que Yarrow le había hecho a ella: largarse a toda prisa sin proporcionar ningún tipo de explicación. Esto lo he gestionado de la peor manera posible .
Pero no sabía cómo ponerle solución. Al menos no en aquel instante.
En cuanto Yarrow se marchara (algo que, si se basaba en sus conversaciones anteriores, debería ser en menos de tres minutos), podía regresar con Lotti y deshacerse en disculpas y darle una explicación.
Se lo contaría todo a la rosa con pelos y señales: lo que había hecho y lo que le habían hecho a ella. Quizá la rosa se mostrara comprensiva.
No mucha gente se había mostrado benevolente.
Durante el juicio, lo había visto en sus ojos: desaprobación, decepción, lástima.
Sobre todo, lástima de parte de los demás bibliotecarios.
Se preguntó si alguien le habría contado a su familia qué había sido de ella y cuál habría sido su reacción al respecto.
Les había escrito cada semana hasta que la arrestaron.
A veces solo unas pocas líneas: la descripción de un té cítrico que le recordaba a casa, una nota sobre una tienda en la que vendían herramientas que quizá le gustarían a Cerri, la petición de que le mandaran una receta o una anécdota sobre una artista callejera que bailaba con pañuelos de seda.
Se cuestionó qué debían haber pensado de su silencio después de eso.
¿Les había contado alguien el destino que había sufrido?
En parte esperaba que no, y que hubiesen pensado que su hija había muerto por causas naturales, una enfermedad o un accidente, en vez de que ella misma se había buscado la perdición.