El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo seis #3
17%

Capítulo seis #3

Sí, eso es lo que es esto: una segunda oportunidad. Y quizá la soledad me ayude a encajar todas las piezas. Incluso podría ser esencial .

O echaría tanto de menos el sonido de las voces que empezaría a hablarles a los árboles.

Le dio la espalda al mar y reparó en un edificio que no había explorado.

Alejado de la costa, se parecía más a una torre achaparrada que a una casa.

Estaba construido en piedra, con dos plantas de altura y un tejado cónico que estaba cubierto de nieve.

¿Sería un faro? Pero no tenía ninguna luz en la cima.

¿Un silo? Caminó arduamente en dirección a la torre.

Una llave colgaba de un gancho al lado de la puerta. La sacó y la metió en la cerradura. Esta se abrió con facilidad y asomó la cabeza al interior.

—¿Hola?

Se estaba empezando a cansar un poco de ir saludando por ahí, sobre todo teniendo en cuenta las pocas veces que le devolvían el saludo, pero aun así no pensaba irrumpir sin avisar en un lugar cerrado con llave, fuera lo que fuese aquella construcción.

¿Qué era ese sitio?

La luz del sol se colaba por las ventanas mugrientas e iluminaba el polvo que flotaba en el aire.

Centelleaba como motitas de oro por encima de una recia mesa de trabajo que se alargaba de punta a punta de la habitación.

Terlu se adentró. Todas las paredes estaban atestadas de estanterías cargadas hasta los topes de libros, diarios y papeles que formaban montones desiguales, para desazón de su corazón de bibliotecaria.

En una esquina se amontonaban unos tiestos de varios tamaños y unos guantes de jardinería.

Un escritorio del que se alzaba una precaria pila de papeles estaba debajo de una de las sucias ventanas, desde la que se veía el muelle y el mar que se extendía en el horizonte.

Era lo opuesto a la acogedora y limpia casita de Yarrow.

Se asemejaba más a un laboratorio. ¿O a algún tipo de taller?

Definitivamente no a un lugar donde vivir.

En una esquina vio unas escaleras estrechas…

¿Quizá conducían a la habitación del dueño?

Dudaba de que alguien todavía viviera allí.

Estaba cubierto por ese tipo de polvo intacto que solo se acumula cuando no hay nadie.

Una estufa fría ocupaba una de las esquinas de la habitación.

Las telarañas se habían adueñado de ella y Terlu se estremeció.

Estaba claro que hacía años que nadie usaba aquel lugar.

Tocó uno de los papeles de la estantería que le quedaba más cerca.

Estaba rígido, pero no quebradizo hasta el punto de desintegrarse en polvo.

Definitivamente esto era un taller , decidió.

Todas aquellas anotaciones, las herramientas sueltas de jardinería que parecían más bien experimentos inconclusos y el escritorio desbordado…

Terlu le echó un vistazo al escritorio. En el centro de todos los papeles se alzaba un tiesto con una bola de hojas secas.

Las hojas se habían curvado sobre sí mismas como si abrazaran su núcleo de tierra seca.

Levantó el tiesto.

—Ay, pobrecito.

Se lo metió bajo el brazo y deambuló por el resto del taller, examinándolo todo como si fuera una detective en busca de pruebas. Un montón de papeles prácticamente quemados se alzaba al lado de la estufa. Se arrodilló para echarles un vistazo.

¿Por qué quemaría un académico su trabajo?

Tras leer las pocas palabras que todavía se podían descifrar, se dio cuenta de que las reconocía: estaba escrito en la Primera Lengua, el idioma extinto de los hechiceros… el idioma de los hechizos.

Ah, es el taller de un hechicero .

Podía tratarse de la sala de trabajo del hechicero que había erigido el invernadero. Parecía probable. Se preguntó si habría alguna pista en aquella torre que le revelara quién era ese hechicero y por qué había hecho todo aquello.

—O quizá estoy sacando conclusiones apresuradas —le dijo a la planta muerta del tiesto.

Deseó que Yarrow no desapareciera siempre con tanta rapidez. Todavía tenía cientos de preguntas que le bullían en el interior, y cada minuto que pasaba en aquella isla parecía generarle más.

¿Qué le había ocurrido al hechicero? ¿Por qué estaba abandonado aquel sitio?

¿Por qué se había marchado la gente y había abandonado sus casas?

¿Por qué se había quedado Yarrow? ¿Por qué no había acudido nadie a arreglar los invernaderos?

¿Y por qué la habían enviado a ella, cuando por fin le habían dado respuesta a la petición de Yarrow?

Tras despejar la superficie, Terlu dejó el tiesto sobre la mesa de trabajo y la miró con detenimiento.

Los vestigios marchitos de aquella planta tenían que tener algo especial para que fuera la única que había sobre el escritorio del hechicero.

¿Sería su último experimento? ¿Su legado?

Se preguntó si podría determinar qué tipo de planta había sido.

Quizá eso le develaría más información sobre aquel lugar y su hechicero.

Alargó una mano hacia el tiesto y tocó una de las hojas marrones enroscadas.

Era seca al tacto, como una hoja en otoño.

Parecía ser algún tipo de helecho, y las hojas tenían un aspecto quebradizo, pero costaba saberlo con lo marchita que estaba.

Si le echaba algo de agua, ¿la reanimaría un poco?

De ser así, le sería más fácil verle la forma.

—¿Qué eres? —le susurró—. Revélame tus secretos.

Se acercó al fregadero y subió y bajó el mango de la bomba de agua unas cuantas veces hasta que el agua salió a borbotones por el caño.

Encontró un vaso, lo lavó y lo llenó de agua.

Supuso que era una idea absurda. Aunque el agua hiciera que las hojas se soltaran lo suficiente como para que pudiera examinar la planta, las probabilidades de que fuera capaz de identificarla eran prácticamente escasas.

No era una experta en plantas. Aun así… podía ser otra pregunta que hacerle al jardinero la próxima vez que apareciera.

Probablemente fuera más locuaz respondiendo a una pregunta botánica que a una consulta existencial sobre qué hacía allí y cuál era el propósito de su vida.

Terlu vertió el agua sobre el amasijo de planta marchita. Esperó un minuto para que la humedad penetrara en las hojas y entonces las tocó suavemente con el dedo para ver si se habían ablandado lo suficiente para desplegarlas.

La planta bostezó y estiró las hojas para revelar un capullo de un tono morado intenso.

—¡Oh! —exclamó.

El botón se desplegó para revelar un conjunto de pétalos morados. Se parecía a una rosa. La examinó a conciencia antes de acercar la mano para tocar uno de los pétalos.

Y entonces la flor habló:

—Habrase visto, ¿qué te crees que estás haciendo?

Terlu se quedó boquiabierta, sin palabras, mientras no despegaba los ojos de aquella rosa imposible.