Capítulo seis #2
Ojalá hubiese escrito a casa cuando las cosas se habían complicado en la biblioteca .
Pero no había querido que su familia intuyera que su vida era miserable.
Tampoco es que hubieran podido hacer nada, de todos modos, y lo único que habría conseguido es que todo el mundo se sintiera mal…
y su sensación de fracaso se habría acentuado más si cabe.
Con todo… deseaba haberse puesto en contacto con ellos.
De haberlo hecho quizá las cosas habrían ido de otra manera.
Terlu intentó la siguiente casa, que parecía un pastel cuyo relleno estaba hecho de madera tallada en vez de glaseado, pero tenía todas las ventanas agrietadas o directamente rotas y la nieve se extendía por el suelo.
Mientras avanzaba fatigosamente por la nieve hacia la casa que seguía, se preguntó a quién habían pertenecido.
Era evidente que cada uno de aquellos hogares había sido muy querido en su día.
En la siguiente, Terlu encontró los juguetes de un niño, un balancín de madera tallado imitando la forma de un oso y una muñeca a la que le faltaba un ojo.
Otra contenía el dibujo enmarcado de una pareja, con los brazos entrelazados, y ambos sonriéndole al artista.
¿Por qué se habían marchado los dueños? ¿Dónde estaban? Y ¿por qué Yarrow había permanecido en la isla? La hilera de casas abandonadas irradiaba un tipo de tristeza apacible, pero ninguna respuesta.
Después de la casa en la que había encontrado la ilustración, dio con una que parecía habitable, con una cantidad de trabajo más razonable: una cabaña azul, con las paredes pintadas del tono azul del cielo a mediodía y la puerta y los postigos del azul intenso del crepúsculo.
Las telarañas colgaban de las vigas, pero no vio otros inquilinos aparte de las arañas.
Contaba con una cama tipo hamaca que colgaba del techo, pero no tenía del todo claro si confiaba en ella —no sabía cuánto tiempo llevaba allí sin usarse— pero podía arrastrar una cama de alguna de las otras casas.
De hecho, podía agenciarse el mobiliario que le gustara de cada una de ellas y organizarlo en la suya.
Puede quedar bonito .
Encantador, incluso. Se imaginó el interior limpio, ordenado y lleno de flores. Esperaba que Yarrow le permitiera recoger flores para decorar su casa. Mi casa . Eso no sonaba tan mal, ¿verdad?
¿Verdad?
Ya no soy una niña. Puedo apañármelas viviendo sola . Había tenido su propio espacio en la biblioteca, y no había estado mal. Lo odiaba, pero siguió adelante. Más o menos. Durante un tiempo. Hasta que la convirtieron en estatua.
Vale, la había pifiado a más no poder.
—Puedes hacerlo —se dijo en voz alta.
Podía intentar convencer a Emeral para que se quedara con ella, así no tendría que soportar el silencio y la soledad. Su ronroneo era capaz de curar cualquier tipo de tristeza.
Se cruzó de brazos y procuró mirar la casa con una visión objetiva.
No era tan bonita, cuidada y acogedora como la de Yarrow.
Y la cantidad de trabajo que exigía para hacerla igual de hogareña…
era lo bastante abrumador como para que le dieran ganas de girar sobre los talones y echar a correr hacia la comodidad de la casa de él.
Tendría que limpiar la chimenea y, bueno, todo lo demás.
Además, había algunos agujeros por aquí y por allá a los que les vendría muy bien unos remiendos para que el viento no se colara los días de tormenta.
Quiso saber si el tejado tenía goteras. Supuso que lo descubriría el siguiente día de lluvia.
Echó la cabeza atrás y examinó el techo.
No vio que el agua hubiese dejado daños en el tejado por encima de las vigas, aunque había manchas en la pared por debajo de las ventanas.
Terlu probó la bomba del fregadero, y tras varios bombeos vigorosos, un agua marrón salió a chorros. Siguió bombeando hasta que el chorro salió limpio. Esto es otra cosa , pensó.
Ver el agua fresca y clara le subió los ánimos.
Vislumbraba un poco de futuro en aquel sitio, si ponía empeño, al menos un futuro inmediato, aunque no fuera un plan a largo término ni una vida llena de propósito.
La cantidad de trabajo no la amedrentaba, lo que era bueno teniendo en cuenta que para que la casa fuera habitable debería echarle un buen número de horas.
Pero ¿por dónde empezar?
Sin duda alguna, por la calefacción. Debía limpiar la chimenea. Necesitaría… No tenía del todo claro qué necesitaría. ¿Un cepillo? Con un mango largo y cerdas rígidas. Y una escoba para barrer el hollín cuando lo hubiese hecho caer. Quizá una escalera para poder subirse al tejado.
Ay, madre . No se había subido a un tejado en la vida.
Se preguntó lo resbaladizo que podía ser con toda aquella cantidad de nieve y hielo.
Se preguntó si Yarrow esperaba que ella misma se enmendara los huesos rotos con las herramientas del cobertizo que había detrás de su casa.
¿Y si no era capaz de hacerla lo suficientemente habitable antes de que cayera la noche?
¿Le dejaría volver a su casa? No volvería a meterse en su cama, por supuesto, pero se haría una bolita como Emeral al lado del hogar.
Seguramente le prestaría una manta. Al menos cerca del fuego no moriría congelada.
Tras tomar una nota mental con listas de cosas por hacer, Terlu salió de la casita azul.
Por hacer las cosas con la mayor meticulosidad posible, siguió por el camino, aunque pensó que la casita azul probablemente fuera la mejor con que se iba a encontrar.
Además, le encantaba que fuera azul, un hecho que sabía que era superficial por su parte, pero le recordaba al cielo en un día de verano en Eano cuando las olas jugueteaban a sus pies y los delfines nadaban a escasos metros de la orilla.
Le parecía que era un color que le daba buena suerte.
A lo mejor sí que podía establecer un hogar allí, al menos durante el tiempo que le permitieran quedarse.
O mientras quisiera quedarse, lo que ocurriera primero.
Terlu siguió el camino hasta el punto en el que moría, en el extremo oeste de…
¿Cómo le había dicho Yarrow que se llamaba aquel sitio?
La isla de Belde. Se detuvo, se arrebujó el abrigo y miró el mar.
En Alyssium, rara vez tenías la oportunidad de disfrutar de una vista del mar ininterrumpida; había otras islas y un montón de barcos, tanto veleros como buques de carga, que iban y venían constantemente.
En Eano, su isla natal, veías a los pescadores salir con sus canoas y a veces uno o dos delfines retozando en las olas.
Pero allí el horizonte lo ocupaba solo el mar azul.
No había ninguna playa arenosa, solo rocas, y las olas se estrellaban contra ellas, formando una espuma blanca en cada embate.
En la distancia, vio las sombras de lo que podían ser otras islas, manchas de un azul grisáceo, pero también podía tratarse de nubes.
Había un muelle que se adentraba en el agua, pero ningún bote amarrado a él.
Solo un muelle con un asta vacía en el extremo que tenía una caja vacía al lado, fijada a la plataforma.
Le vino a la cabeza la oferta de Yarrow de llamar a un barco para que se la llevara.
Podría hacerlo ahora mismo . Caminar hasta el final del muelle, izar la bandera, y llamar a la desconocida para que acudiera a buscarla y la llevara a donde quisiera ir, pero ¿qué lugar sería ese?
¿A casa? ¿Envuelta en desgracia? No le podía hacer eso a su familia.
No solo era que estarían decepcionados con ella o que le daría vergüenza admitir que había fracasado en su empeño de ganarse la vida en la capital.
Aunque todo eso fuera cierto, el motivo principal era que el hecho de que establecer contacto con ellos podía ponerlos en peligro.
Seguía siendo una delincuente convicta. Sus padres, su hermana…
Se moría de ganas de decirles que estaba viva, pero sin ningún medio para cerciorarse de si la habían indultado o no, ¿cómo iba a arriesgarse?
Todavía no tenía claro por qué estaba allí.
¿Por qué alguien la había enviado a ella en respuesta a la petición de Yarrow de que acudiera un hechicero?
La placa de su pedestal dejaba muy claro que era bibliotecaria.
Su traslado debía de ser fruto de un error.
Y, de ser así, en cuanto el funcionario responsable descubriera la verdad (al tiempo que se metía en un buen entuerto), la mandarían con el primer barco de vuelta a la Gran Biblioteca para reinstalarla en la Sala de Lectura Norte.
No, no le podía pedir a su familia que diera refugio a una delincuente convicta.
Era mejor que nadie supiera que estaba allí, y lo más inteligente era permanecer en aquella isla hasta que pudiera desentrañar quién había cometido el error y por qué —y qué quería hacer ella al respecto—.
Nunca había tenido una visión clara de lo que quería hacer con su vida.
Dedicar su vida profesional a ser bibliotecaria había sido una sugerencia de uno de sus profesores y, aunque era un puesto acorde a sus habilidades, jamás había sido su pasión, como lo era navegar para su prima Mer, o la talla para su tía Siva o arreglar cosas para su hermana Cerri.
Cuando había dejado atrás a su familia y su casa, lo había hecho con el propósito de encontrar algún objetivo vital.
Eso era lo que le faltaba en Eano: una pasión y un propósito.
Por eso había sentido que debía marcharse.
Sabía que no había ningún futuro para ella allí, y estaba cansada de ser la única miembro de la familia que todavía no había encontrado su camino en la vida.
El problema es que no estaba segura dónde aguardaba su futuro o cuál era su destino.
Pasar una temporada aquí puede venirme bien . Terlu tendría la oportunidad de pensar en qué quería y cómo debería ser su vida, ahora que le habían dado una segunda oportunidad.