Capítulo seis
C on el gato alado por bufanda, Terlu siguió a Yarrow por los invernaderos.
No habló con ella mientras marcaba la ruta.
Se limitó a decirle «sígueme» en tono brusco y profirió algunos «mmm» y gruñidos cuando se detuvo para examinar algunas plantas y flores por el camino.
Tomó una ruta diferente a la que había seguido ella antes.
En la sala de las rosas, enfiló el sendero de la izquierda en vez de seguir recto, y Terlu alargó el cuello para curiosear los nuevos invernaderos.
Había uno consagrado a los árboles en miniatura. Debajo de sus ramas, atisbó pequeñas criaturas del bosque: ciervos de diez centímetros de alto, conejitos minúsculos y ardillitas diminutas.
Otro de los invernaderos albergaba únicamente musgo y estaba lleno de mariposas iridiscentes.
Un tercero estaba lleno de hortalizas: tomates a los que habían convencido para que crecieran y se hicieran tan grandes como árboles, pepinos y calabazas que colgaban suspendidos de unos enrejados cerca del techo y huertos de zanahorias y lechugas organizados en hileras bien ordenadas.
Desprendía la misma pulcritud y precisión que había visto en la casita de Yarrow, y a Terlu no le cupo duda de que él era quien había diseñado y plantado todo lo que se cultivaba allí.
Quiso preguntarle por eso, así como por los diminutos animales del bosque, pero ya había cruzado a la siguiente sala.
La esperó al lado de una puerta que daba al exterior.
No era la misma que daba a la casita, por supuesto, pero tenía un aspecto similar y también contaba con varios colgadores cerca.
Yarrow le pasó un abrigo rojo. Él llevaba puesto uno de color beis, y Terlu no pudo evitar fijarse de nuevo en lo guapo que era, de una manera totalmente inconsciente de su propia belleza.
No se trataba del atractivo clásico de un noble, todo emperifollado y repeinado como un pavo real resplandeciente; era el tipo de belleza de un árbol de simetría perfecta.
Terlu se imaginó diciéndole que era tan hermoso como un árbol —¿un árbol con la corteza dorada, hojas negras y áureas y…
flores verde esmeralda?— y decidió que jamás debería dedicarse a la poesía.
Aceptó el abrigo y Emeral saltó de sus hombros mientras se lo ponía.
Agradeció que le quedara mejor que el otro y se preguntó si Yarrow lo había elegido expresamente para ella o si se trataba de una mera casualidad.
Debe de ser una casualidad . ¿Para qué iba a perder el tiempo pensando en su talla de abrigo?
Con todo, no era una prenda que le fuera a ir bien, dados sus anchos hombros.
Se sorprendió con la mirada fija en los hombros de él, se ruborizó, y decidió levantar los ojos hacia Emeral.
El gato alado se había acomodado sobre una de las vigas y se lamía la pata trasera.
—¿Te quedas aquí? —le preguntó al gato.
—Va y viene cuando le apetece —añadió Yarrow.
Por supuesto —por más alas con plumas que luciera, seguía siendo un gato—. Aun así, prefería que los acompañara. Sin embargo, lo dejó tranquilo y siguió a Yarrow.
Fuera, el sol se había elevado hasta tocar las puntas de las copas de los pinos.
Su aliento formó vaho al instante delante de ella y la nieve crujió bajo sus pies.
El exterior olía a algo dulce, a una fría mezcla de sal marina y pino.
Yarrow la guio por entre dos pinos hasta lo que podría haber sido un camino, si no hubiese estado sepultado bajo la nieve y fuera completamente intransitable para cualquiera que fuera a pie, en trineo o con esquís.
El ancho sendero cruzaba el bosque mediante serpenteos.
Sus huellas eran las primeras en romper la lisa superficie blanca.
—Mi casa es la última al este, pero hay más junto al camino al oeste, en dirección al puerto. —Señaló hacia allí mientras hablaba—. Puedes elegir la que quieras, y es tuya, pero tendrás que arreglarla tú misma. Yo no puedo separarme de las plantas.
—Pero…
—Te puedo dejar cualquier suministro que necesites.
Terlu miró por entre los árboles hacia la primera casa. Desde donde estaba podía ver que el techo había cedido.
—Mi hermana Cerri puede arreglar cualquier cosa.
Una vez, la bomba de agua del fregadero de la cocina dejó de funcionar y ella se encargó de desmontar todas las cañerías.
Para cuando hubo terminado, no solo teníamos un fregadero funcional, sino que había construido una ducha, que incluía un aparato que llenabas con ascuas del fuego que calentaba el agua antes de lavarte.
Desgraciadamente yo no poseo ese tipo de habilidades.
Y se encogió de hombros.
—Pues elige una casa que tenga las cañerías en buen estado.
Terlu tampoco sabía cómo arreglar tejados, ventanas o chimeneas.
—Pero yo no…
—Las herramientas están guardadas en el cobertizo detrás de mi casa. Devuélvelas allí cuando hayas terminado.
Sin darle tiempo a responder, Yarrow se alejó con paso firme por la nieve, de regreso al invernadero. Seguía dejándola sin palabras, y no en el buen sentido. Revivió la conversación mentalmente y se preguntó si había dicho algo equivocado o había hablado demasiado.
Al menos no me ha dicho que tenga que marcharme cuanto antes .
Podía quedarse allí hasta que… Terlu no supo cómo terminar ese pensamiento.
¿Hasta que estuviera lista? ¿Hasta que trazara un plan para su vida?
¿Hasta quedarse más tiempo del que debería?
En vez de mortificarse por estas cábalas, redirigió la atención hacia asuntos más prácticos.
¿Cualquier casita que quisiera? Vale, la que no tenía tejado quedaba completamente descartada.
Podía buscar alguna que no se hubiese derrumbado todavía.
Se visualizó acurrucada en una casa derruida al lado de un oso hibernando y se reprendió por no intentar pensar de una manera más positiva.
Alguna de las casas podría estar en perfectas condiciones.
Se arrebujó el abrigo y avanzó por la nieve con paso decidido siguiendo el camino, en dirección al oeste. El sol se filtraba por entre los pinos y se extendía por la nieve, arrancándole destellos. El cielo se expandía sobre su cabeza, de un azul tan puro que parecía que lo habían pintado.
La siguiente casa presentaba un tejado abombado que sobresalía por encima de unas anchas ventanas.
Todo tenía forma redondeada, desde la puerta hasta las ventanas y la chimenea, lo que le confería el aspecto de una seta venenosa, sobre todo con la pintura roja y las molduras blancas.
Tenía un aspecto encantador, pero más importante, su estructura parecía estar intacta.
Podría vivir aquí, ¿no?
¿Yo sola?
¿Sin nadie más?
Se estremeció, pero acto seguido se dijo con firmeza que no fuera ridícula.
Mucha gente vivía sola y le iba la mar de bien.
Avanzó a trompicones por la nieve hasta la puerta de entrada.
Con la esperanza de que no estuviera cerrada con llave, giró de la maneta y empujó.
Se abrió con un crujido y asomó la cabeza dentro; los ojos brillantes adormilados de un sinfín de grifos la miraron pestañeando.
Todos tenían el tamaño de un mapache grande, con la cabeza y las alas de un águila y el cuerpo de un puma.
Por el estado del interior de la casa y el montón de huesos de roedor que había esparcidos por el suelo, estaba claro que se trataba de una bandada salvaje.
Se preguntó si tenían alguna relación con el grifo que había visto en la sala de los cactus.
Uno de los grifos le bufó.
Terlu cerró la puerta y retrocedió con pasos ligeros.
Quizá no esté sola .
A por la siguiente casa, pues.
Se apresuró por el camino nevado. La que seguía se anclaba entre dos pinos cuyas ramas resguardaban su tejado de la nieve.
Entre los montones de nieve, atisbó unas baldosas color rosa coral.
Baja y achaparrada, habían pintado aquella casita con los colores del amanecer: tonalidades pastel de amarillos y rosa.
La pintura estaba descascarillada y se estaba desconchando, pero aun así ofrecía un aspecto alegre.
Tenía una ventana en la parte delantera rota, pero por lo demás parecía intacta.
Muy bien, segundo intento . Esa vez abrió la puerta amarillo limón con más cautela y se asomó dentro.
No se encontró con ninguna familia de grifos ni vio a ningún oso hibernando.
Terlu se atrevió a aventurarse dentro. La luz del sol se filtraba a través de las ventanas, así que no había ningún rincón a oscuras, solo una gradación de grises.
En una esquina había una cama con el centro hundido, donde se había desgastado el somier.
En otra esquina se alzaba una mesa cubierta de polvo.
Pasó una manga por uno de los cantos y reveló unas flores pintadas.
La chimenea estaba llena de desechos, hojas y ramitas.
Tendría que limpiarla a conciencia antes de poder encender un fuego, y esa no era una tarea sencilla. Parecía estar muy obstruida.
Se preguntó si la bomba del fregadero de la cocina todavía funcionaba. Se acercó a ella y la probó. Iba dura, pero consiguió levantarla. Sin embargo, no salió ni una gota de agua.
La chimenea podía arreglarla, supuestamente —al menos era obvio cómo se podía solucionar; solo tenía que limpiarla— pero ¿una bomba de agua?
Como le había dicho a Yarrow, no tenía la habilidad de su hermana con la fontanería.
O en cualquier otra cosa, en realidad, como a su hermana le encantaba señalar.
Aun así… Ojalá Cerri estuviera aquí ahora .
Sería capaz de arreglar una de aquellas casas en una sola tarde.
Al segundo día, la habría transformado en un palacio.
Terlu, sin embargo, no poseía ninguna de esas habilidades.