Capítulo cinco #3
Vale, bien, pues no era un hechicero desconocido que la pudiera ayudar.
—Hola, Emeral. Me llamo Terlu Perna. —Levantó la mirada hacia el jardinero y esperó que se presentara. Tras unos segundos de silencio, preguntó—: ¿Cómo te llamas?
Pareció sorprenderle que la muchacha quisiera saberlo.
—Yarrow. Yarrow Verdane.
Le pareció un avance, aunque fuera mínimo.
—Encantada de conocerte, Yarrow. Gracias por salvarme la vida. También por la sopa, la tarta de miel, la ropa y la cama que usé anoche.
Yarrow se encogió de hombros. Recogió una bolsa de tela llena de herramientas de jardinería… pensaba volver a fugarse, pero esa vez no la iba a tomar por sorpresa. Se puso a su lado y le siguió el ritmo.
—¿Qué les ha pasado a esos invernaderos? —preguntó.
—La magia falló.
—¿Por qué?
—Simplemente falló.
—¿Qué se ha hecho para intentar ponerle solución?
Yarrow detuvo sus pasos.
—Tú. Se suponía que tú ibas a ponerle solución.
Ella también frenó en seco.
—¿Yo? —Eso no tenía ningún sentido. No sabía nada sobre arreglar invernaderos. Creía que nunca había estado en uno hasta ese momento, a menos que contara una floristería, pero lo dudaba mucho, o al menos no era a la misma escala—. ¿Por qué yo?
Yarrow volvió a encoger los hombros.
—Envié una petición a la capital… les pedí que enviaran a un hechicero para que me ayudara a restaurar el poder de los hechizos de los invernaderos.
Estuve esperando respuesta durante casi un año.
Y entonces… te enviaron a ti. Pero parece haber sido algún tipo de error, porque dices que no eres hechicera.
«Error». La palabra le escoció. La rechazaban, otra vez.
Pensó en el día en el que tomó la decisión de irse de casa, en cómo se había sentido cuando se había dado cuenta de que ya no había lugar allí para ella, ningún futuro que quisiera y ningún futuro en el que tuviera cabida…
La situación en la que estaba no era lo mismo, por supuesto, y sabía que era una tontería sentirse de aquella manera…
No estaba diciendo nada sobre ella a nivel personal, solo que necesitaba a un hechicero que arreglara el conjuro que mantenía intactos los invernaderos, calientes y acogedores.
Supuso que era algo coherente. Toda su vida había sido una serie de errores, uno detrás del otro: el error de marcharse de Eano para perseguir el sueño borroso de un futuro con propósito, el error de pensar que podría seguir adelante en la Gran Biblioteca, el error de crear a Caz.
El error no fue la magia. El error fue que me atraparan .
Respiró hondo y formuló la pregunta que debería haber hecho en cuanto se había despertado, cuya respuesta sabía que no le iba a gustar ni un pelo:
—¿Me podrías decir…? A ver, necesito saber… ¿En qué año estamos?
Yarrow le dedicó una mirada cargada de curiosidad.
—En el año imperial 857.
Se lo olía. Todo el tiempo que había pasado sobre aquel pedestal… Todos los días que se sucedían de más días, la oscuridad que se derretía en la siguiente noche… Sabía que había transcurrido más de un año. Sospechaba que habrían sido unos tres, cuatro como mucho.
Sin embargo, seis… Seis era un golpe difícil de asimilar.
Terlu sintió que el cuerpo le empezaba a temblar.
Seis años . Supuso que no había envejecido el tiempo que su cuerpo había estado hecho de madera.
Pero su familia… Todos a los que conocía…
Muchas cosas podían ocurrir en seis años.
¿Seguía siendo Rijes Velk la directora de la biblioteca?
¿Seguía alguno de los bibliotecarios a los que conocía todavía trabajando allí?
¿Qué había cambiado en el mundo durante el transcurso de su ausencia?
¿Estaba bien su familia? ¿Qué se había perdido?
—¿Estás bien? —preguntó Yarrow, por primera vez con voz amable.
No te desmorones . Apretó las manos con fuerza hasta que notó que se le clavaban las uñas en las palmas y se obligó a sonreír.
—Sí, claro.
Se la quedó mirando fijamente, como si no la creyera.
Terlu cambió de tema tan drásticamente como pudo.
—¿Qué le pasó al hechicero que creó todo esto? —extendió los brazos para abarcar todo el complejo de los invernaderos y Emeral se quejó con un maullido agudo. Ella le rascó la mejilla y el animal se inclinó hacia sus dedos y volvió a acomodarse. Sus plumas le hacían cosquillas en el cuello.
—Murió —respondió Yarrow.
—Lo siento mucho.
Él se encogió de hombros.
El jardinero se arrodilló al lado de uno de los parterres de cactus y metió un dedo en la arena. Lo sacó e hizo lo mismo en otra zona. Al darse cuenta tardíamente de que ella lo estaba mirando con toda su atención, le explicó:
—Estoy comprobando los niveles de humedad. Está bien.
—Ah. Todas las plantas de los invernaderos muertos…
—Fue algo demasiado repentino y de mucho alcance. Se congelaron en un visto y no visto… —Terlu oyó el deje dolorido que emanaba su voz—. Salvé todas las que pude. Pero no fue suficiente. En absoluto…
La bibliotecaria sabía lo que era experimentar eso, el fracaso. Intentó pensar en algo que preguntar o decir, pero lo único que le vino a la mente fue repetir:
—Lo siento mucho. —Esperaba que su voz transmitiera lo mucho que lo decía en serio.
Esa vez, Yarrow levantó la mirada hacia ella.
—Gracias.
También la apenaba no saber cómo ayudar. Ojalá fuera una hechicera, o al menos supiera algo sobre jardinería aparte de los conocimientos básicos.
—¿Cuántas…?
—La mitad. Un poco más. De trescientos sesenta y cinco invernaderos, ciento noventa y uno se han perdido.
Pude salvar las plantas de algunos de ellos antes de que colapsaran.
Pero con la mayoría… Necesito a un hechicero para que refuerce los hechizos que mantienen los invernaderos protegidos y una pieza. No lo puedo hacer yo.
Terlu oía en el tono de su voz lo mucho que deseaba poder hacerlo, y quiso acercarse a él y tomar sus manos entre las suyas, pero no lo conocía lo bastante bien para hacer algo así.
Solo sabía su nombre. Y tampoco tenía claro si lo iba a consolar el contacto físico.
Algunas personas lo necesitaban, otras se cerraban en banda si lo hacías.
—Si hay algo que yo…
—Eras mi esperanza —la interrumpió.
Sintió que la apuñalaban en el corazón.
—Ya…
Yarrow sostuvo una mano en el aire.
—No es culpa tuya.
Emeral se arrimó a su mejilla y ronroneó con más fuerza, como si hubiese percibido su tristeza. Terlu respiró hondo. Sabía que no era culpa suya… los invernaderos no habían fallado por algo que hubiese hecho ella, ni en ningún momento había asegurado ser una hechicera, pero aun así…
—No hay barcos que vengan a Belde —dijo Yarrow—, pero si izo una bandera, hay una marinera que pilota un barco de suministros que atracará. Le pagaré el viaje, lo suficiente para que te lleve a casa o a donde quieras ir.
Terlu no supo qué contestar a eso. Si alguien le hubiese ofrecido algo así el día que la habían sentenciado, lo habría aceptado sin pensarlo.
Se habría marchado encantada a cualquier parte con tal de escapar a su destino, sobre todo si se hubiese podido llevar a Caz con ella.
Pero ahora que era libre… Seis años , pensó.
—No tengo ningún lugar al que ir —dijo con un hilo de voz.