El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo cinco #2
13%

Capítulo cinco #2

Nadie había escrito aquella música. Fluía y evolucionaba.

Las notas se sucedían unas a otras y después se unían formando acordes más por casualidad que por intención.

Las armonías se fundían, se separaban y fluían a su alrededor, bañándola con la misma suavidad con la que un arroyo acaricia las piedras.

Terlu se quedó paralizada en el camino y notó que las lágrimas se le derramaban por las mejillas.

No estaba segura del motivo de su llanto.

Estoy viva, he dormido, me he lavado y he comido .

No tenía ningún motivo para llorar. Basta , se reprendió a sí misma, pero no tuvo ningún efecto.

Si no hubiese estado pensando en Caz, tal vez no le habría afectado tanto, pero estaba pensando en él en el momento de entrar en el invernadero de las flores cantarinas, en el amigo al que había creado y había perdido.

Lloró por la vida que había perdido junto a su nuevo amigo.

Aunque no le gustaba particularmente esa vida, era la suya.

Se había ganado el puesto en la biblioteca, aunque no había sido como lo había soñado.

Lloró también por Caz. ¿Estaba feliz? Esperaba que sí.

¿Estaba a salvo? Ojalá hubiese alguna manera de saberlo.

¿Sabía lo que le había ocurrido a ella? ¿Se lamentó cuando la convirtieron en estatua?

¿Sabía que la habían salvado? ¿Lo sabía alguien?

Pensó en su familia en Eano, en sus padres, su hermana y sus tías, tíos y primos, y deseó que estuvieran allí con ella o ella en su isla natal con ellos.

Si pudiera hallar la manera de escribirles…

pero ¿qué les diría? ¿Cómo se lo explicaría?

Ni siquiera sabía si estaban al corriente de lo que le había sucedido, cómo había metido la pata hasta el fondo. Era mejor que no lo supieran.

En lugar de sufrir por la delincuente que era, prefería que lamentaran la muerte de la mujer en la que creían que se iba a convertir.

La música floral fluía a su alrededor, y la calmó y consoló hasta que al fin sus lágrimas se detuvieron. Respiró entrecortadamente y no estuvo segura de si se sentía mejor o más mustia.

—Es una melodía preciosa —dijo en voz alta. Se preguntó si alguna de las flores podía oírla y, de ser así, ¿podían entenderla? ¿Sería alguna de ellas como Caz, con conciencia y raciocinio?—. ¿Hola? Me llamo Terlu. ¿Alguna de vosotras puede hablar?

Las flores no dejaron de cantar.

Pues no son como Caz .

Terlu caminó por el invernadero y contó las plantas y árboles cantarines.

Sesenta y tres… no, espera, había una pequeña campanilla en un tiesto rosa brillante que estaba cantando en un tono soprano alto, por debajo de un cornejo que canturreaba en barítono.

Sesenta y cuatro, un número extraordinario.

Se arrodilló al lado de la campanilla y admiró cómo sus pétalos se ensanchaban con cada nota impecable.

Estaba rodeada de un coro que sería la envidia de todo emperador.

¿Quién las había encantado para que cantaran de aquella manera?

Una gesta así requería un montón de hechicería de un nivel muy avanzado.

¿Podía haber sido el jardinero? Le había devuelto la humanidad, pero también le había asegurado que no era un hechicero.

¿Le había mentido? ¿Por qué iba a mentir?

No era ilegal que los hechiceros conjuraran encantamientos.

Si era un hechicero, sería más seguro para él decirle la verdad.

Así que supuso que no era obra de aquel hombre, pero si él no era el responsable de la creación de aquel coro, entonces ¿quién había sido? ¿Quién más había allí?

Salió del invernadero musical a través de una puerta decorada con notas de música.

Otro de los milagros de aquel sitio, además de la riqueza de plantas y la armonía de las flores, era la manera en la que las puertas separaban estancamente cada sala.

El calor, la humedad, el frío… ninguno de ellos se filtraba hacia el invernadero aledaño, ni cuando la puerta estaba abierta.

Tiene que ser un hechizo, uno muy complejo y avanzado .

Igual que con las flores cantarinas, pero más práctico.

Terlu cruzó el umbral y notó que, una vez más, el clima era completamente distinto al de la sala anterior.

Había accedido a un ambiente caluroso, seco y mucho más tranquilo, con caminos y parterres llenos de arena, donde crecían cactus: unos altos con brazos que se alargaban hacia el techo, así como unas pequeñas protuberancias achatadas llenas de espinas que emergían del suelo.

Unos pocos tenían flores en forma de estrella de color amarillo agrupadas entre las hojas y uno lucía una cascada de flores con forma de trompeta de una tonalidad rosa.

Atisbó un grifo del tamaño de un conejo en la cima de uno de los cactus más grandes, que le profirió un pequeño rugido leonino antes de echar el vuelo hacia las vigas.

Se preguntó si sería amigo del gato alado.

No tardó en acceder al siguiente invernadero y se encontró en una sala de temperatura agradable llena de árboles en tiestos.

¿Eran árboles frutales? Ay, ¿no habría algún naranjo?

¡Imagínate tomarte un zumo de naranja natural a escasas semanas del solsticio de invierno!

En su isla natal abundaban unas fantásticas arboledas de naranjos que eran motivo de orgullo, pero nunca estaban maduras en invierno.

Su dulce favorito de la Fiesta Invernal era la naranja confitada recubierta de chocolate.

El primer solsticio de invierno que había pasado en Alyssium había visitado todas las confiterías de la ciudad en busca de una que las vendiera.

Encontró una que vendía bombones de chocolate rellenos de licor de chocolate, pero no era lo mismo.

Terlu abrió la siguiente puerta, mientras se preguntaba con qué maravillas se encontraría esa vez.

Pero en vez de descubrir una exuberante estampa llena de plantas verdes, o un sol falso, o un coro inesperado o un grifo fortuito, se adentró en un cementerio de plantas.

Fue un contraste tan impactante que se le escapó un grito ahogado.

Su aliento formó una voluta de vaho en el aire y se abrazó el cuerpo mientras se internaba en la sala.

En el techo el cristal estaba agrietado y había algunos paneles que estaban hechos completamente añicos.

La nieve había caído dentro y cubría los parterres en los que se veían plantas marchitas y mustias y esquirlas de cristal.

Los esqueletos marrones de las enredaderas secas se aferraban a las columnas, y los vestigios de los brotes yacían enrollados en tiestos de tierra seca.

¿Qué diantres había pasado allí?

Todas las otras salas en las que había estado estaban rebosantes de vida, pero en aquel invernadero reinaba el silencio y el frío.

Oyó el crujido de sus pasos mientras se dirigía hacia la puerta que se alzaba al otro lado.

Se apresuró a cruzarla para encontrarse con otra sala llena de plantas disecadas, cuya temperatura rozaba la congelación.

¿Por qué había ocurrido aquello? ¿Cómo había permitido el jardinero que sucediera algo así?

Continuó cruzando un invernadero muerto tras otro, tiritando, hasta que al fin tuvo suficiente y desanduvo sus pasos. De haber sabido la cantidad de espacios que estaban abandonados, se habría vuelto a poner el abrigo.

Sus zapatos crujieron sobre la gravilla, el único sonido apreciable mientras caminaba de vuelta por los silenciosos invernaderos.

Estaban envueltos en su quietud. Había visto un total de cinco salas abandonadas, pero ¿quién sabía cuántas más podía haber?

Anduvo con presteza, no solo por el frío; le daba la sensación de haberse infiltrado en un cementerio.

No pertenecía allí, como ser vivo que era.

Notó que se le aceleraba el corazón y que le faltaba el aire.

Había avanzado hasta la mitad del primer invernadero muerto, ya casi estaba de regreso con los vivos, cuando vio que el jardinero se apresuraba hacia ella.

Terlu esbozó una sonrisa aliviada y abrió la boca para saludarlo.

—No deberías estar aquí —le espetó él.

Tan simpático como siempre . Había albergado la esperanza de que la tarta de miel y la ropa fueran una ofrenda de paz, una disculpa por haberla revivido en el frío y haberla despachado el día anterior, pero supuso que no.

—Lo siento. No sabía…

—Ven a resguardarte. —La acompañó hasta la puerta de vuelta a la sala del desierto con los cactus y el aire que sintió tan caliente como un jersey. Notó cómo el calor le penetraba en la piel mientras el gato alado se frotaba contra sus tobillos.

Se arrodilló para acariciarlo.

—Ha estado maullando al lado de la puerta hasta que he venido —la informó el jardinero.

—¿Eso has hecho? —le preguntó Terlu al gato—. Gracias por preocuparte por mí. Aunque no hacía falta. Ya estaba volviendo. —El gato alado extendió las alas para mantener el equilibrio y trepó por su falda. Ella lo acunó en los brazos mientras se levantaba.

—No deberías adentrarte ahí —le dijo el jardinero—. La estructura de esas salas no es segura. En algunos de los invernaderos perdidos, los techos han cedido. —Desvió la mirada hacia la puerta con el ceño fruncido, como si tuviera la culpa de haberla dejado pasar.

Terlu se estremeció al pensar en el techo de cristal derrumbándose encima de ella. El gato alado se escabulló de sus brazos, trepó hasta sus hombros y se tumbó alrededor de su cuello.

—Deberías poner un cartel. O mantener la puerta cerrada con llave.

—Soy el único que vive aquí —dijo él, con un tácito «y sé lo que hago»—. Bueno, el único aparte de Emeral, pero él no sabe abrir puertas —añadió.

—¿Emeral? —Sabía que tenía que haber alguien más allí. ¿Cómo podía ser que aquellas flores cantaran, si no? Tenía la esperanza de que aquel tal Emeral pudiera darle una explicación sobre qué había ocurrido, por qué estaba allí y qué se suponía que debía hacer—. ¿Emeral es el hechicero?

—Emeral es el gato. —Señaló al gato alado, que ronroneó en el oído de Terlu.