El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

T erlu se despertó con los rayos del sol y el aroma de tarta de miel.

La claridad del día se filtraba por las ventanas e iluminaba la nieve del exterior, que brillaba y centellaba con miles de destellos coloridos.

Tras incorporarse, miró fijamente por la ventana los pinos, la nieve recién caída y el invernadero, mientras su cerebro terminaba de despertarse, y recordó dónde estaba y que volvía a estar hecha de carne y hueso.

Miró a su alrededor y vio que la casita no estaba en el mismo estado en el que la había dejado: la olla de sopa no colgaba sobre el fuego, habían puesto en su sitio el cuenco y los cubiertos que había usado y limpiado y vio un plato con una generosa porción de tarta de miel sobre la mesa, al lado de un tenedor y una servilleta doblada con cuidado.

¡Qué detalle!

Ay, espera… qué desastre.

El jardinero había vuelto a casa. Y ella no se había despertado.

De hecho, había transcurrido toda la noche y parte de la mañana, y había dormido durante todo ese tiempo.

Dirigió la mirada hacia la silla, y comprobó que el gato alado tampoco estaba.

¿Qué debía haber pensado el jardinero cuando la había encontrado dormida en su cama?

Le había dicho que descansara, pero ¿toda la noche?

¿En su propia cama? Aun así, no la había despertado.

¿Dónde había dormido él? ¿Había dormido?

Había hecho un montón de tareas en la casa.

Entre las que se incluyen prepararme el desayuno .

Al menos dio por hecho que era para ella; no había ninguna manera de saberlo, a menos que le hubiese dejado una nota, pero no parecía ser el caso.

Se imaginó lo que podría poner en dicha nota: «Querida desconocida que ocupa mi cama».

O «Querida intrusa». O «Me gustabas más cuando eras una estatua».

Salió de la cama y se pasó la lengua por los dientes.

Notaba la boca pastosa y le habría gustado tener su cepillo de dientes y dentífrico. Además de una letrina.

—Esto… ¿Hola? Estoy despierta. ¿Sigues en casa?

Comprobó la estrecha puerta que había al lado del fregadero de la cocina y, afortunadamente, encontró el cuarto de baño.

La estancia estaba equipada con una pila, un inodoro (¡con cadena para tirar el agua!) y todas las comodidades.

Había una jofaina honda con agua fresca al lado de una esponja y una toalla que olía a romero.

¿Lo había dejado para ella, así como la tarta de miel?

Ojalá hubiese esperado a que despertara para que se lo pudiera preguntar.

La culpa se arremolinaba en su interior, acompañada del hambre.

Le encantaba la tarta de miel, pero se había comido su sopa y había dormido en su cama toda la noche, y dar por hecho que no le importaría que abusara un poco más de su hospitalidad…

Soy la peor huésped de la historia . Podía prepararle una tarta de arándanos para darle las gracias.

A todo el mundo le gustaba la tarta. Lógicamente, tendría que echar mano de sus ingredientes, lo cual resultaría un agradecimiento un tanto cuestionable.

Levantó la toalla y se fijó en que debajo había ropa —pantalones de la lana más suave que había tocado nunca y un jersey de punto, además de calcetines limpios y ropa interior, la cual parecía de su talla— y eso la terminó de decidir.

Todo aquello se lo había dejado para que lo usara, y había pensado hasta en el último detalle.

Había una pastilla de jabón, así como un tarro con pasta de dientes.

Terlu se lavó, se cambió y cuando salió del cuarto de baño una parte de ella esperaba encontrar al jardinero esperándola en la casa, pero no fue así.

Estaba vacía. La recorrió un pequeño escalofrío.

Solo es una casita. No es un almacén . Y no estaba sobre un pedestal; podía salir al exterior siempre que quisiera.

Miró el sillón y deseó que el gato estuviera allí.

El lugar estaba en silencio, con excepción del crepitar del fuego en el hogar. Las llamas ardían bajas, y se preguntó si debía añadir otro leño o si lo prefería así. Lo dejó como estaba y se sentó a la mesa para comer la tarta de miel en silencio.

Le había dejado un sirope para la tarta, que echó por encima y el bizcocho húmedo se empapó de él.

Le dio un bocado… era pura perfección: vainilla, miel y esponjosidad.

Sabía a amanecer, y de repente no le importó estar sola.

De hecho, había dejado de sentirse sola.

Se sirvió un vaso de agua de una jarra de al lado del fregadero y descubrió que sabía a fresas y menta, unos sabores inusuales en invierno.

Se maravilló. Quizá había otro invernadero lleno de hierbas aromáticas y fresas, que maduraban milagrosamente en el corazón del invierno.

Terlu limpió cuando hubo terminado e intentó pensar en la manera de darle las gracias, pero no tenía nada y no quería usar ninguno de los papeles de la casa sin preguntar antes; ya se había comido su comida, había dormido en su cama y había usado su pasta de dientes.

Voy a tener que ir en su busca , decidió finalmente.

El abrigo y la bufanda estaban donde los había dejado y se los puso.

Le complació descubrir que tras haber dormido toda la noche se había curado de los dolores que la achacaban tras recuperar su cuerpo.

Esperaba que el tiempo que había pasado transformada en estatua no le hubiese dejado ningún efecto duradero.

Eso estaría muy bien. Se preguntó si se habría hecho algún estudio sobre los efectos a largo plazo de los hechizos de transformación.

Si tuviera acceso a la Gran Biblioteca, iría a consultarlo, pero tenía la sensación de que estaba muy lejos de las estanterías que tanto conocía.

Se cuestionó a cuánta distancia estaría de Alyssium.

¿Cómo había llegado hasta allí? ¿La habían cargado en un barco como si fuera un trozo de madera?

¿La habían transportado junto con otras provisiones?

¿O la habían tratado como si fuera una persona, durante el trayecto?

¿Sabía, quienquiera que la hubiera transportado, que en su día había sido una persona?

¿Por qué la habían trasladado a otro lugar?

La habían colocado en el pedestal por un motivo.

Los nuevos bibliotecarios recibían la formación en la Sala de Lectura Norte, así que a todos les habían contado su historia, ya fuera a modo de cotilleo o de advertencia.

Habían leído la placa que tenía a los pies y se habían preguntado: ¿por qué lo había hecho?

¿Por qué se había arriesgado tanto? ¿Por qué lo había sacrificado todo?

No había sido por el bien del imperio, y no había sido por aumentar su propia riqueza ni ningún otro beneficio personal.

¿Para qué iba a querer alguien conjurar un hechizo con el fin de crear una planta sintiente?

Se preguntó si alguien sabía la infame verdad: lo había hecho porque no se veía capaz de aguantar ni una sola hora más entre las estanterías sin alguien con quien hablar.

No quería dimitir y no quería marcharse.

Le encantaba la biblioteca, y creía que su trabajo se le podía dar muy bien, solo si terminaba de solventar aquel pequeño problema.

Lo que era más, no quería volver a casa con la cabeza gacha y tener que admitir que había fracasado en el empeño de vivir en la capital.

Su familia no había querido que se marchara, y no comprendieron por qué estaba tan desesperada por hallar un lugar donde sintiera que su vida tenía un propósito.

Quizá había sido fruto del orgullo o de alguna otra flaqueza de carácter lo que la había empujado a conjurar el hechizo que había creado a Caz, pero había creído, con total sinceridad, que como no estaba haciendo ningún daño, como había señalado Rijes Velk, a nadie le importaría o ni siquiera se darían cuenta.

Se había equivocado de cabo a rabo.

En retrospectiva, supuso que la aparición repentina de una planta parlante había sido un hecho difícil de pasar por alto.

De todos modos, todo aquello formaba parte del pasado y, por suerte, contaba con un inesperado presente al que enfrentarse.

Estaba claro lo que tenía que hacer: encontrar al jardinero, darle las gracias y disculparse.

Y luego bombardearlo con tantas preguntas como pudiera responderle antes de que volviera a desaparecer, entre las que incluía cuánto tiempo había pasado desde su juicio.

No podía seguir esquivando esa pregunta, solo porque temía cuál podía ser la respuesta.

Fuera, el día era frío pero precioso. Aspiró profundamente.

Por encima de su cabeza, los pájaros se cantaban los unos a los otros, encadenando trinos desde las altas ramas.

Vislumbró un cardenal rojo. Su plumaje rojo brillante se recortaba contra el blanco de la nieve, el verde de los pinos y el azul del cielo, mientras volaba por encima de los invernaderos.

La nieve crujía bajo sus pies hasta que entró y colgó el abrigo y la bufanda.

—¿Jardinero? ¿Gatito? ¡Buenos días!

El silencio la saludó.

—Buenos días, flores —les dijo a las plantas.

Tampoco ninguna de ellas le respondió.

Avanzó por entre los lirios y los lilos, al tiempo que aspiraba su perfume embriagador y aguzaba el oído por si captaba algún sonido que le indicara en qué dirección ir. Creyó oír un murmullo a su izquierda, así que siguió ese camino.

Abrió la puerta del siguiente invernadero y el sonido de un canto le dio la bienvenida a la sala.

Aquel invernadero, más pequeño que las salas anteriores, estaba formado por un octágono lleno de flores tanto en tiestos como plantadas en el suelo, todas completamente abiertas: tulipanes, narcisos, lirios, rosas y orquídeas, además de tulíperos, magnolios y cornejos.

Hasta la última flor de cada planta y árbol tarareaba en perfecta armonía.