Capítulo cuatro #2
Cuando se acercó un poco más, vio que tenía las tejas grises, los postigos verdes y la puerta igualmente verde, del mismo tono que las alas del gato.
A ambos lados de la puerta se abrían dos ventanas con sendas jardineras llenas de nieve y el camino que daba a la entrada estaba despejado hasta cierto punto; la nieve tenía la mitad de profundidad que en el resto del terreno.
Alguien debía haberla barrido antes de que volviera a nevar.
¿El jardinero? ¿Era aquella su casa? Le había dicho que la encontraría nada más salir del invernadero, pero ¿cómo podía estar segura de que había usado la puerta correcta para salir de aquella vasta estructura?
Sin duda, en la que se encontraba tenía que haber más habitantes en otras casas.
Bueno, he dicho que quería buscar a otro jardinero…
El gato planeó hasta la puerta y aterrizó en los escalones de la entrada.
Le dio unos golpecitos a la puerta con la pata y Terlu lo imitó, llamando con los nudillos helados.
Se metió las manos en los bolsillos del abrigo y se dispuso a esperar a que le abriera quienquiera que viviera en aquella casa.
Tras unos segundos sin que respondiera nadie, volvió a llamar y se asomó por la ventana.
Solo podía ver una pequeña parte del interior, porque un armario le bloqueaba la vista, pero atisbó la esquina de una mesa de madera y un hogar detrás de ella.
En su interior, unas llamas ambarinas danzaban alegres.
Le había dicho que podía descansar en su casa, así que en realidad no estaba cometiendo ningún allanamiento de morada, ¿verdad? A no ser, claro, que no fuera la casa del jardinero.
Terlu probó la maneta, que giró con facilidad. Empujó la puerta y la abrió un palmo, antes de gritar:
—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? ¿Puedo pasar, por favor?
Impulsándose con las alas, el gato pasó como una exhalación por entre sus tobillos y se metió por la puerta entreabierta.
Dio por sentado que allí debía de ser donde vivía su nuevo amiguito peludo.
No es un gato callejero . Se decepcionó un poco.
Había empezado a pensar, para sus adentros, por supuesto, que el gato de pelaje gris y alas verdes podía llegar a ser suyo.
Entró en la casa y cerró la puerta tras de sí.
Dentro, hacía un calor sofocante. Era un lugar pequeño.
Y perfecto. Mientras la nieve goteaba en el felpudo, miró a su alrededor y se quedó prendada de hasta el último recoveco.
Bajo una ventana a su derecha, había una cama en la que se alzaba una tentadora montaña de cojines y mantas.
Al lado había un escritorio estrecho sobre el cual estaban dispuestos meticulosamente un fajo de papeles y unos sobres.
A su izquierda estaba la cocina con un fregadero y unos armarios, todo muy ordenado y limpio, con platos y cuencos apilados detrás de unas tazas.
Enfrente de la puerta se alzaba el hogar, con un mullido sillón que parecía perfecto para acurrucarse en él con un libro, y en el centro de la habitación había una mesa con un jarrón lleno de lilos.
Una puertecita de madera al lado del fregadero seguramente conducía al cuarto de baño.
De las vigas colgaban hierbas secas y flores, y todo olía a…
—Sopa —suspiró la palabra como si fuera una bendición.
No solo era el aroma a las hierbas secas lo que percibía; también era el rico e intenso aroma del caldo de…
de lo que fuera que se estaba cocinando en el fuego.
No le importaban los ingredientes. ¡Era una sopa maravillosa y exquisita!
Se acercó al hogar antes de que se le pasara por la cabeza que era de mala educación servirse cuando no había manera de cerciorarse de si se encontraba en la casa del jardinero.
El juez que la había condenado no la miraría con muy buenos ojos si la primera acción que cometía después de recobrar su cuerpo era violar una propiedad privada y robar.
Por otro lado, el juez no estaba allí, pero la sopa sí.
Se dijo a sí misma que tenía que ser la casa del jardinero.
Titubeó al lado de la puerta durante unos segundos, mientras el gato alado se aovillaba sobre el cómodo sillón y extendía las plumas para que se secaran con el calor de las cálidas llamas.
Ganó el hambre, impulsada por el increíble aroma de la sopa.
Solo me serviré un poco .
Tras quitarse el abrigo que había tomado prestado y la bufanda y colgarlos de un gancho que había al lado de la puerta, sacó un cuenco del armario de la cocina, se acercó al fuego y se sirvió dos cucharones de caldo con verduras cortadas.
No vaciló cuando se sentó a la mesa y se llevó al instante la cuchara a la boca.
En la Gran Biblioteca de Alyssium, todas las comidas de los bibliotecarios las preparaban unos cocineros a los que no veía nadie, en una cocina situada en una planta desprovista de libros.
Varios de sus cocineros eran chefs de altos vuelos, cuya experiencia incluía haber trabajado en varias casas nobles y a menudo incluso en los fogones del palacio imperial.
Se esperaba de ellos que proporcionaran la comida de los hechiceros que acudían a la biblioteca y, por ende, a menudo elaboraban manjares entre los que se contaban carnes asadas a la perfección, pastas especiadas de sabor delicado y postres rellenos de crema que parecían estar hechos de oro líquido y que te hacían la boca agua.
Terlu había pedido en varias ocasiones solo postres para comer, sobre todo hacia el final, cuando sentía que necesitaba cada vez más comida reconfortante.
En una ocasión, le habían enviado una exquisita pasta de hojaldre con forma de cisne.
Eran las sobras de una fiesta imperial que se había celebrado en uno de los salones de la biblioteca.
Esa debilidad por los dulces daba explicación, en parte, a por qué un amante la había descrito en su día como «agradablemente achuchable», una manera de referirse a ella como la que no tenía problema alguno si con ello tenía la oportunidad de comer pastitas con forma de cisne.
Había disfrutado también de algunos platos increíbles en su isla natal de Eano: un curri de coco que preparaba una de sus tías, famoso por haber hecho llorar a moco tendido a hombres y mujeres adultos, un pato asado al fuego, marinado con una salsa especial secreta, y gelatina de pitaya sobre un dónut caliente y mantecoso…
Pero Terlu pensó que jamás había probado nada tan bueno como aquella sopa.
¿La habrá preparado él?
Contenía hierbas que no sabía identificar, pero las sintió como si le dieran un abrazo.
Era un caldo caliente, con un toque a frutos secos, y las verduras —que tampoco sabía identificar— a veces eran dulces, otras agrias, y siempre perfectas.
El líquido le calentó la garganta, le bajó directamente al estómago y Terlu notó cómo su calor se extendía por el resto de su cuerpo.
Le resultaba imposible pensar en otra cosa mientras comía, así que se limitó a ingerir y a saborear los matices dulces, picantes y avellanados, y a disfrutar del calor, mientras el sonido de los ronroneos del gato alado subía de volumen al lado del fuego crepitante.
Tras asegurarse de que quedaba de sobra en la olla para el jardinero, se sirvió un segundo cuenco y al fin, por primera vez desde que había recuperado la humanidad, se sintió como ella misma. Le sonrió al gato, a la casita y al cuenco de sopa vacío. Y retomó los pensamientos.
No cabía duda de que estaba en la casa del jardinero, y con la misma claridad, sabía que tenía planeado regresar pronto.
Había dejado la sopa en el fuego, así que, aunque no esperaba darle de comer, al menos tenía la intención de regresar para cenar cuando hubiese terminado con el trabajo.
Si simplemente lo esperaba allí, él volvería a casa, y entonces Terlu podría mantener la conversación que había querido entablar en el invernadero.
Respondería a sus preguntas y descubriría por qué estaba allí, si el objetivo era obsequiarla o castigarla, y qué se suponía que debía hacer a continuación.
Mientras esperaba, limpió y secó el cuenco y la cuchara, así como los pequeños charcos de agua que había dejado la nieve que llevaba encima al entrar.
Solo tardó unos pocos minutos. Después de eso, miró la nieve por la ventana, que había empezado a caer en copos pequeños, y el invernadero.
No se había dado cuenta antes, pero, mientras comía, el sol se había puesto, y en el exterior se empezaban a extender unas sombras imprecisas. Pronto volverá .
Cuando ese «pronto» no le pareció lo bastante presuroso, tomó un libro que había sobre el escritorio, El cuidado de las orquídeas , de Evena Therro, y se sentó a los pies de la cama a leer.
El gato alado se había adueñado de la única silla que no estaba hecha de madera, y los cojines eran tan mullidos…
Tenían el tacto que debería tener la nieve recién caída.
Abrió el libro y empezó a leer.
Su intención no era quedarse dormida, pero con la luz menguante del exterior, el agradable susurro de la nieve en la ventana, el calor del fuego y la suavidad de los cojines… se sumió en el sueño antes de llegar al final del tercer capítulo.