El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

E l gato maulló desde el techo y Terlu salió del estado de conmoción con un respingo. Se apresuró a seguir al jardinero.

—¡Espera, por favor! No comprendo… —Dobló la esquina y vio que el camino se ramificaba en cinco veredas distintas, y cada una desaparecía bajo un dosel de rosas.

¿De verdad se había marchado sin más? ¿Quién hacía algo así?

Le había dicho que podía descansar en su casa, un gesto adorable por su parte, pero Terlu no sabía cómo encontrarla. Ni quién era él.

—¡Vuelve, por favor! Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Eligió uno de los caminos al azar y echó a andar por él.

Pasados unos metros, decidió que no podía haberse marchado en aquella dirección; había demasiados rosales que se entrecruzaban en el camino como para que el hombre hubiese accedido por allí.

Dio la vuelta y regresó a toda prisa a la intersección—.

Puedes trabajar mientras hablamos. O te puedo ayudar.

Sé cómo ser de utilidad. Te cuento la historia favorita de mi familia: un día, se acercaba una tormenta y nadie me había encomendado ninguna tarea, así que decidí meter dentro de casa hasta la última gallina.

Tenía tres años y estaba decidida a ayudar y, aunque las gallinas eran puro nervio, conseguí resguardarlas todas antes de que azotara el viento.

Mis padres rememoraban la hazaña cada vez que había tormenta, decían que era la visión más graciosa que habían presenciado nunca: yo con tres añitos andando a trompicones con determinación y los brazos llenos de aves alteradas.

¡Oye, no puedes devolverle la vida a alguien y desaparecer así por las buenas!

Solo que eso era precisamente lo que había hecho.

Había huido, como si él fuera un criminal y ella una inspectora imperial.

Se afanó por el segundo camino, que terminaba en un cenador del que desbordaban copiosos tallos con rosas.

Una cascada de rosas blancas como la nieve se veía por encima de las oscuras hojas verdes.

Era una estampa arrebatadora, pero del todo inútil.

Le he perdido la pista . Le dieron ganas de llorar, algo muy poco habitual en ella.

Era una persona que se decantaba más por dibujarse una sonrisa y echar adelante, aunque metiera la pata, que irse a llorar a una esquina, al menos en circunstancias más normales.

Pero hacía ya un tiempo que no estaba en «circunstancias normales» y en aquel instante estaba hambrienta, dolorida y hecha polvo.

Deseaba estar de vuelta en la biblioteca, por más silenciosa y desierta que fuera, al lado de uno de los enormes hogares con una taza de chocolate en las manos.

—Espabila, Terlu —dijo en voz alta—. Al menos sabes que hay alguien aquí.

No la consolaba demasiado, si tenía en cuenta que prácticamente había huido de ella, pero su situación había mejorado ahora que sabía que había alguien más en aquella isla, ¿no?

El silencio empezaba a ser ensordecedor. Le vino a la mente el almacén y se abrazó el cuerpo. Se tranquilizó al notar la carne y no el duro tacto de la madera lustrada. Ya no estoy allí. Vuelvo a estar viva. Y no estoy sola.

Regresó al corazón de la sala de las rosas y levantó la mirada hacia las vigas.

—¿Gatito? ¿Quieres venir conmigo? —Entrevió una mancha de pelo gris y un destello de plumas verdes, pero el felino no bajó de las alturas.

Por supuesto, no esperaba que el gato alado acudiera a ella si lo llamaba.

Por más amigable que fuera, no dejaba de ser un gato.

Aunque la consolaba que no la hubiese abandonado del todo—. ¿Qué crees que debería hacer?

No le respondió, pero no importó, porque ya había tomado la decisión de seguir el tercer camino. Si no la conducía a ningún lado, enfilaría el cuarto y después el quinto. El descanso y la comida podían esperar. No me pienso rendir. Lo encontraré y responderá a mis preguntas .

O eso espero.

Además de las rosas que trepaban por las celosías que se alzaban por encima de su cabeza, aquel camino también contaba con rosales de pitiminí que lo bordeaban por ambos lados, cargados de flores con pequeños pétalos superpuestos de un tono rosa pálido.

Los pétalos caídos se desperdigaban por encima de los adoquines, como si el camino fuera el pasillo por donde tenía que pasar la novia.

Por suerte, aquel sendero terminaba en una puerta.

Al abrirla, el gato se precipitó desde el techo y le sobrevoló la cabeza para cruzarla.

Lo siguió y se encontró con un despliegue de flores más variado de lo que podría haberse llegado a imaginar.

Mientras que el primer y el segundo invernadero habían estado saturados de verde y la sala de las rosas estaba llena de delicados y elegantes tonos pastel, aquella parecía que la hubiesen empapado en un arcoíris.

—Hala —exclamó, boquiabierta, mientras contemplaba aquel espectáculo.

Los lirios se abrían exhibiendo miles de tonalidades distintas de amarillo, rojo, naranja y blanco, con líneas y topos.

Unas flores con forma de campana de colores rosa y azul crecían en los setos formando racimos.

En otras plantas, enormes bolas parecidas a fuegos artificiales compuestas por brillantes flores blancas estallaban.

Entre ellas volaban unas mariposas distintas a todas las que había visto en su vida: sus alas cambiaban de color con cada aleteo, y pasaban del rojo al azul, al amarillo, negro, plateado y morado. La dejó maravillada el reflejo del arcoíris mientras revoloteaban de flor en flor.

—¿Hola? —preguntó, más por educación que por creer que el jardinero fuera a responder.

Avanzó por el espacio y se cuestionó: ¿qué era aquel lugar?

¿De dónde procedían todas aquellas plantas?

¿Y el pájaro floral, las libélulas bailarinas y las mariposas que cambiaban de color?

¿Qué hacían aquellos extraordinarios invernaderos allí?

Se inclinó hacia delante e inhaló el aroma de un grupo de flores moradas que despuntaban en un seto.

¿Era un lilo? Jamás había visto un lilo con unas flores tan grandes, pero olía como uno, embriagador y dulce.

—Prrr-iau.

El gato le pasó volando por al lado y sus plumas le rozaron la mejilla.

—¿Mmm? ¿Sabes a dónde ha ido?

Lo supiera o no, seguir al gato alado le pareció mucho mejor idea que deambular sin rumbo fijo con la esperanza de toparse con el hombre que le había dejado muy claro que no tenía nada más que decirle.

No perdió al gato de vista mientras serpenteaba por entre aquellos maravillosos parterres de flores.

Se fijó en que no había malas hierbas en ninguno de ellos, a pesar de la explosión colorida.

Los que contenían lirios, solo tenían lirios, y los arbustos de lilos estaban enraizados en la tierra limpia.

Había una carretilla apartada a un lado del camino, llena hasta arriba de desechos de plantas.

Estaba claro que aquellos invernaderos no estaban abandonados, como había pensado en un primer momento.

Una mariposa se posó sobre un lirio y plegó las alas.

Los colores brillaban en ellas formando ondas, del rojo al morado, pasando del azul al verde y del verde al dorado.

Podría haber más de un jardinero . Había cruzado más invernaderos descomunales de los que podía atender una sola persona, y no parecía que se fueran a terminar.

Le gustaba la idea de encontrar a un jardinero distinto, que fuera más simpático.

Terlu aceleró los pasos y siguió al gato alado hasta otra puerta y la abrió. Fue recibida por una ráfaga de viento invernal y un remolino de nieve. Cerró la puerta.

—Por aquí no.

El felino aterrizó en el suelo, rascó la puerta con la pata y maulló.

—No quieres salir fuera. Hace frío.

No había nada al otro lado de la puerta, aparte de nieve y árboles… ¿O sí? El jardinero le había dicho que su casa estaba al salir del invernadero, cerca. ¿Podía ser eso lo que le estaba pidiendo el gato? ¿O simplemente quería salir a perseguir pájaros?

El gato se restregó contra sus tobillos y le dio un cabezazo a la puerta. Terlu se dio cuenta de que había un colgador cerca del que pendía un pesado abrigo beis y una gruesa bufanda roja.

—¿Qué hay fuera? —le preguntó al gato.

El animal volvió a maullar. Tomó el abrigo del colgador y se envolvió con él, y añadió la bufanda por si acaso.

Estaba tejida con una lana suave y desprendía un leve olor a pino, clavo y nuez moscada.

El enorme abrigo la engulló por completo, pero no le importó, puesto que así seguro que no pasaría frío.

—Está bien, pero como te pongas a perseguir gorriones vuelvo a entrar sin pensármelo.

Con la ropa adecuada, abrió la puerta y salió hacia el paisaje nevado.

El manto de nieve le llegaba hasta los tobillos y se había acumulado aún más contra los laterales del invernadero.

Y seguía cayendo, con gruesos copos que se aglomeraban y se posaban sobre las mangas del abrigo y las puntas de la bufanda.

El gato batió las alas y salió volando del invernadero hacia el bosque.

—Espérame —le suplicó Terlu.

Tras comprobar la maneta para asegurarse de que podría volver a abrir la puerta, la cerró y avanzó a trompicones por la nieve. Después de haber estado rodeada de todas aquellas flores, el aire invernal le supo a menta fresca, limpio y pungente en la lengua.

Por delante se alzaban los pinos, con las ramas pintadas por la nieve, y entre ellos…

¿Era una casa? ¡Sí! Con el gato alado volando a su lado, se dirigió hacia allí.

Vio unas volutas de humo que se elevaban de la chimenea y el aire iba cargado del olor acre de la leña quemada.

La nieve cubría el tejado de la casita y unos carámbanos colgaban por delante de las ventanas. Parecía estar ensamblada con glasa.