El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo tres #3
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Capítulo tres #3

Ella notó que se sonrojaba, y saber que sus mejillas lavanda se estaban oscureciendo hasta adoptar un tono magenta vivo, hizo que se ruborizara todavía más.

Jamás la habían mirado de aquella manera.

Tenía los ojos fijos en ella, como si fuera un deseo que le hubiesen concedido, mirándola con aquellos preciosos ojos verdes profundos como el mar.

—¿Eres tú quien me ha restaurado? Muchas gracias. Pues… Gracias. De verdad, te estoy muy agradecida.

Se sentiría incluso más agradecida si le señalara dónde podía picar algo.

O, mejor aún, dónde había comida abundante con al menos media hogaza de pan.

¿Sería de mala educación pedir comida cuando había pasado tan poco tiempo desde que había recobrado su cuerpo?

No tenía claros cuáles eran los protocolos que se debían seguir en ese tipo de situaciones.

Algunos hechiceros eran famosos por ser muy quisquillosos con esos asuntos.

—Creía que la transformación sería permanente.

No esperaba volver a ser humana. Respirar, oler, hablar…

¡No te haces una idea de lo bien que sienta poder llenar los pulmones de nuevo después de tanto tiempo!

—Se mordió la lengua antes de irse por las ramas y divagar sobre la alegría que conllevaba tener pulmones, corazón y nariz.

Solo poder notar la piel otra vez era una maravilla.

El hombre echó a andar a su alrededor, como si estuviera comprobando si alguna parte de ella todavía estaba hecha de madera.

—¿Cuánto…? —Terlu tragó con dificultad. Tenía que preguntar cuánto tiempo había pasado, en qué fecha estaban, pero era incapaz de que la pregunta le saliera de la garganta.

No estaba preparada para oír la respuesta.

Sabía, en lo profundo de su ser, que no le iba a gustar.

Así que en su lugar preguntó—: ¿Por qué me has salvado?

—Porque eres hechicera.

—No soy hechicera —repuso ella—. Tú sí.

Su sonrisa se desvaneció.

—No soy hechicero.

—Pero me has devuelto el cuerpo. Para eso se necesita un hechizo.

Tienes que ser un hechicero. —Era ilegal el uso de la magia para todos los demás ciudadanos.

Si su juicio y castigo habían dejado algo claro, era precisamente eso.

No importaba el tipo de encantamiento, las intenciones del hechicero ni los resultados; el emperador se negaba a permitir que nadie que no contara con la formación adecuada intentara lanzar ningún tipo de hechizo.

—Me enviaron el hechizo, junto con la estatua.

Me refiero a ti. Porque tú eras la estatua, ¿verdad?

¿No estarás intentando engañarme? —Frunció el ceño, con las cejas juntas y la frente arrugada.

A pesar de la mala cara, sus ojos seguían siendo de un verde precioso, y Terlu se reprendió con firmeza por estar fijándose en eso, sobre todo cuando la estaba acusando de haberlo engañado.

¿Qué tipo de truco podría estar…? Daba igual. Carecía de importancia. Tenía muchas otras preguntas que hacerle.

—Sí, yo era la estatua —le aseveró—. Pero ¿quién me ha enviado aquí?

¿Quién eres? Y ¿dónde estamos? Esto no es Alyssium.

Si hubiese un invernadero así de descomunal en la capital estaría al corriente.

¿En qué isla estamos y qué hago aquí? —Había dejado de mirarla como si fuera el sol y la luna, y Terlu lo echaba de menos.

De hecho, se parecía un poco a un oso salvaje cuando fruncía el ceño.

Seguía siendo un oso dorado bellísimo, pero uno con malas pulgas—. Si no te importa que pregunte —añadió.

—Se suponía que tenías que ser una hechicera —dijo el jardinero.

—Lo siento, pero no.

—Entonces ¿qué eres?

—Soy bibliotecaria.

—Ah.

Se la quedó mirando, y ella a él. Suelo desenvolverme mejor en situaciones como esta , pensó.

Había arruinado la conversación desde un inicio.

No debería haberlo abrazado . Respiró hondo y puso en orden sus pensamientos para empezar de nuevo.

Iniciaría la conversación de cero, se presentaría, haría las preguntas de una en una y entonces…

Con un gruñido hastiado, el apuesto jardinero parecido a un oso dorado recogió su cesta y su bolsa de herramientas.

—Deberías descansar. No sé quién eres ni por qué estás aquí, pero has pasado por un buen calvario. Descansa y come algo.

Eso le pareció una idea excelente, y era verdad que las había pasado canutas, pero…

—Mi casa está justo al salir del invernadero. Puedes quedarte allí hasta que, mmm… te marches. —Como si eso lo resolviera todo, empezó a alejarse.

—Espera, ¿a dónde vas?

¿Se supone que debo marcharme? ¿Marcharme e irme a dónde? ¿Por qué se estaba alejando de ella?

—Tengo… Tengo que pensar… —Aceleró los pasos—. Es que… Tengo que irme. Tengo… ¿trabajo que hacer?

Si Terlu no fuera completamente consciente de que era la persona menos intimidante de todo el imperio de las Islas Crecientes habría pensado que el jardinero estaba huyendo de ella.

Eso es imposible . La estaba despachando porque no era una hechicera y, por ende, no quería perder el tiempo con ella.

Una vez más, como en casa, como en la biblioteca, se encontraba en algún lugar donde no la querían y al que no pertenecía.

Solo que en aquella ocasión era peor, porque no sabía ni cómo había llegado hasta allí.

—Por favor —le dijo a la espalda del hombre—. Todavía no entiendo por qué estoy aquí, ni quién me ha enviado, ni dónde diantres estamos ni nada.

—Yo tampoco —replicó el jardinero por encima del hombro. Entonces dobló una esquina y la dejó contemplando las rosas.