Capítulo tres #2
El invernadero número tres estaba lleno de helechos.
Olía como un bosque en verano y el ambiente era mucho más fresco que el de la sala anterior, con ventiladores que giraban suspendidos del techo en vez de un sol en miniatura.
Los colores no eran tan estridentes: imperaba un verde suave, casi aterciopelado, en todas las direcciones.
—Mucho mejor —adujo Terlu y el gato alado, que había dejado de asarse, se desplomó alrededor de su cuello como si estuviera completamente de acuerdo.
Avanzó hacia el interior siguiendo un camino hecho de losas grises y azules de varios tonos.
Como en las salas anteriores, se ramificó en varios senderos que acababan engullidos por la vegetación.
En los flancos de cada uno de los caminos se alzaban un sinfín de helechos.
Jamás se había imaginado que en el mundo hubiera tantas variedades distintas de helechos: frondas afelpadas, frondas puntiagudas, frondas rojas, otras con manchas amarillas y…
Madre del amor hermoso, era un número excesivo de helechos.
Terlu intentó volver a gritar, por si acaso:
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?
No esperaba respuesta, y no obtuvo ninguna.
El silencio se le echó encima y notó que le faltaba el aire. No pasa nada, se dijo para intentar tranquilizarse. Encontrarás a alguien . Alargó la mano y le acarició el cuello al gatito. Tenía que haber alguien allí, al menos para darle de comer al gato.
Siguió el camino más ancho, con la esperanza de que la llevara a la salida. Por encima de ella, dos ventiladores zumbaban con suavidad y ahogaban el leve tamborileo de la nieve al caer sobre el cristal.
En efecto, Terlu encontró la siguiente puerta, enmarcada con el mismo hierro forjado ornamentado que las demás.
—¿Cuántos invernaderos hay? —preguntó mientras la abría.
Se sentía orgullosa de que su voz solo temblara levemente, aunque no llenara la cavernosa sala.
Habló en voz más alta—: ¿Y esto cuenta como varios invernaderos o es uno solo dividido en múltiples espacios?
¿Se puede decir entonces que es un invernadero múltiple?
O invernaderos encasillados dentro de otro invernadero…
—Había estudiado ampliamente lingüística, pero ninguno de los textos que había leído trataba aquel asunto en concreto.
El lenguaje estaba plagado de rarezas y precisamente esa era una de las cosas que le gustaban de esa disciplina.
El siguiente invernadero lo constituía un único espacio más pequeño lleno a rebosar de estantes con tiestos.
Dentro hacía la temperatura perfecta. A Terlu le recordó al primer día de primavera en Alyssium, cuando los ciudadanos llenaban las jardineras de las ventanas con plantones y aireaban las sábanas recién lavadas en los balcones.
Se adentró en la salita mientras el gato alado ronroneaba, enrollado en su cuello.
La gran mayoría de los tiestos solo contenían tierra, pero en algunos asomaba un tallo verde, despuntando como un diminuto puño levantado en un gesto de victoria.
Al lado de uno de ellos había una pala de jardinería.
Terlu se detuvo y se quedó mirando la herramienta. Sintió que le flaqueaban las rodillas, y sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Hay alguien aquí.
Un jardinero.
Alguien se había estado ocupando de aquellos tiestos, y había cultivado en ellos nuevos plantones, bulbos o lo que fuera que creciera en aquella tierra. Aquellas plantas no estaban descuidadas ni desatendidas; eran brotes nuevos, sin malas hierbas ni desechos.
—¿Hola? ¡Hola! —Echó a correr por entre las hileras de tiestos hasta el siguiente invernadero… y se adentró directamente en el paisaje más precioso que hubiese visto jamás.
Era una sala llena de rosas.
Mirara por donde mirara, las rosas se derramaban de los tiestos y trepaban por unas celosías, subían por las ventanas y llegaban hasta la cúpula; abarcaban una gama de todos los colores imaginables: rosa, amarillo, blanco, champán, azul cielo, morado, fucsia, coral, rosa empolvado, rosa salmón, rojo intenso y un rojo todavía más intenso, tan oscuro que parecía casi negro…
¡Y el aroma! Era embriagador. Terlu se llenó los pulmones de él.
Era un aroma tan rico y delicioso que la hizo sentir como si estuviera flotando sobre una nube durante una puesta de sol.
El gato estornudó.
—No seas así —lo reprendió—. Huele bien.
El felino desplegó las alas y alzó el vuelo hacia las vigas cubiertas de rosas.
Terlu notó de repente los hombros fríos sin él, y deseó que regresara.
Con los ojos alzados al techo, siguió al gato con la vista, mientras este sobrevolaba el invernadero con las plumas esmeralda extendidas.
Estaba tan ensimismada observando al animal que por poco no ve al hombre.
De rodillas, al lado de un rosal recargado de botones de un tono rosa claro, un jardinero estaba podando los tallos secos. Le daba la espalda, y al lado tenía un cesto lleno de ramitas y una bolsa de la que sobresalían unas tijeras, palas y otras herramientas.
—¡Ah! —gritó Terlu—. ¡Hola, hola!
Sobresaltado, se le cayeron las tijeras de las manos cuando se levantó de un brinco, que tintinearon sobre las baldosas del suelo, mientras se volvía rápidamente para mirarla.
Sin detenerse a pensar si debía o no, si era apropiado o no, si querría o no, Terlu se abalanzó hacia él y lo abrazó.
Lo rodeó con los brazos, sujetando los del hombre a los costados y lo apretó, con la mejilla apoyada contra su pecho.
Había pasado una eternidad desde la última vez que había tocado a alguien.
Aferrarse a él, conectarse a él, la hizo sentir que verdaderamente estaba allí y volvía a ser ella misma.
—¡Estoy viva, y eres real!
Un segundo después, se dio cuenta de que estaba abrazando a alguien a quien ni siquiera conocía y a quien tal vez no le hacía ni pizca de gracia que lo abrazaran, y se apartó de un salto… concluyendo así el instante de conexión.
—Ay, lo siento. No debería… Lo siento muchísimo. No lo volveré a hacer.
El hombre parecía sorprendido, como si le hubiese vertido un cubo de agua fría sobre la cabeza.
Era muy apuesto, aunque tenía una mancha de tierra en la mejilla de tez dorada que Terlu se moría de ganas de limpiarle. Sin embargo, se resistió al impulso, puesto que la estaba mirando con una expresión tan cargada de confusión y alarma que pensó que pondría pies en polvorosa si lo intentaba.
Ella sabía lo que el hombre estaba viendo al mirarla: una mujer bajita y rechoncha de piel color pastel que compartía el mismo aire lindo e inofensivo de un conejito.
Tenía una amplia sonrisa, grandes ojos morados y las mejillas redondeadas, además de unos rizos marrón ardilla que brincaban alrededor de su cara.
No tenía el aspecto del tipo de persona que se presentaba en algún lado de improviso o hacía algo completamente inesperado, lo que siempre significaba que la gente se sorprendía aún más cuando eso era precisamente lo que hacía.
—Lo siento —repitió—. Es que… Creía que este sitio estaba abandonado y no sabía si iba a encontrar a alguien.
Y no sabía qué iba a hacer si no conseguía encontrar a alguien.
Con la excepción del gato. Q ue es muy simpático.
Y suave. —Se dio cuenta de que estaba barbullando.
Cerró la boca e intentó esbozar una sonrisa amable.
—¿Quién eres? —preguntó él.
No debería haberlo abrazado. No ha sido un buen comportamiento . ¿Debería seguir disculpándose? Estaba desesperada por volver a tocarlo, por asegurarse de que no se trataba de un sueño.
—Me llamo Terlu Perna, soy la Cuarta Bibliotecaria de la segunda…
Antigua cuarta bibliotecaria…
—¿Cómo has entrado aquí?
Terlu señaló hacia el camino que había tomado.
—Abrí una puerta que tuve la buena fortuna de encontrar. Fuera hace un frío que pela, y no iba preparada para…
La expresión del hombre se iluminó.
—¡Ah! ¡Eres tú! ¡Ha funcionado!
Se lo quedó mirando pasmada. «Eres tú», le acababa de decir. Pero no lo había visto nunca antes y no tenía ni la más remota idea de quién era aquel hombre o cómo iba a saber quién era ella.
—¿Cómo dices?
Le estaba sonriendo, y la aturdía que le sonrieran después de todo lo que había pasado, todos aquellos gritos y acusaciones antes de que la transformaran…
Llamar antipáticos a los últimos hechiceros con los que se había cruzado era quedarse muy corta.
Había vistos muchos rostros con el ceño fruncido que la miraban desde los palcos de la sala de justicia.
Pero aquel hechicero parecía feliz de verla.
También era notablemente apuesto, una belleza que se acentuaba cuanto más rato fijaba los ojos en él.
Tenía un deslumbrante pelo dorado y negro —cabello azabache con reflejos dorados que combinaban a la perfección con el brillo dorado de su tez— y unos ojos tan verdes como las alas del gato.
Hacía días que no se afeitaba, y su barba salpicada de motitas doradas parecía lo bastante suave como para acariciarla.
—¿Nos conocemos? —preguntó ella—. ¿Sabes quién soy?
Sin perder la sonrisa, la señaló con un dedo.
—Eres la estatua. —Tenía las uñas cortas, con tierra bajo ellas.
Terlu no había visto nunca a un hechicero con las uñas sucias, pero debía serlo si había conjurado el hechizo que la había devuelto a su estado natural.
¿A menos que no hubiese sido él quien había lanzado el encantamiento?
No había encontrado a nadie más. Tenía que tratarse de él—. Te has despertado.
—Sí, eso es —repuso Terlu. ¿No era lo que se suponía que debía acontecer? A lo mejor se trataba de un error y por eso se había despertado sola y aterida.
Él la miró maravillado.
—No creía que fuera a funcionar.