El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo tres
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Capítulo tres

—¿T ienes nombre? —le preguntó Terlu al gato alado.

Este no respondió, por supuesto, y a la chica no le sorprendió.

Jamás había oído de un gato alado que hablara.

Había leído hacía tiempo un diario de viaje en el que se mencionaba una isla remota en la que, según los rumores, se criaban lagartos parlantes.

El explorador aseguraba que su verborrea era profética, pero también había dedicado un capítulo entero a ensalzar las cualidades de un tipo de seta alucinógena, así que se pusieron en tela de juicio sus demás afirmaciones.

—¿Hay alguien por aquí que te alimente? —preguntó—. No pareces salvaje.

El gato se estaba contorsionando para que Terlu pudiera acariciarlo debajo de las alas.

Por lo que sabía, los gatos callejeros nunca se mostraban así de amigables…

a menos que se hubiese criado entre humanos y luego lo hubieran abandonado…

De ser así, explicaría por qué estaba tan desesperado por unos arrumacos.

—Sé cómo te sientes —le dijo Terlu—. Yo estoy igual.

Ese era el motivo esencial por el que había conjurado el hechizo que había destruido su vida en primer lugar: se sentía sola.

Era así de simple. Y así de patético , pensó.

Había creído que un puesto en la biblioteca conllevaría ayudar a los investigadores a encontrar fragmentos ocultos de conocimiento, informar a los usuarios que mostraran curiosidad y hablar de sus libros favoritos con los compañeros de gustos afines.

Había solicitado y hecho la entrevista única y específicamente p ara un puesto de cara al público.

Para cuando hubo terminado la formación, sin embargo, las leyes imperiales en cuanto al uso de la magia se endurecieron todavía más y restringieron el acceso a la mayoría de los documentos contenidos en la Gran Biblioteca.

Solo se podía permitir el acceso a los libros de hechizos y demás materiales relacionados con los hechiceros más selectos, y Terlu no contaba con la suficiente experiencia como para que pudiera encargarse de atender a tales eminencias.

Después de que el atribulado bibliotecario al cargo de la segunda planta se deshiciera en disculpas, a Terlu la reasignaron a la zona de estanterías, donde con suerte veía a otra alma una vez por semana, y pasado un tiempo ni siquiera eso.

La biblioteca, por norma general, no atraía a seres sociales.

A Terlu se le daban bien muchas cosas: había destacado en todas sus asignaturas y había demostrado ser una investigadora organizada y eficiente; sus profesores le recomendaron unánimemente que persiguiera un futuro como bibliotecaria cuando les pidió consejo.

Dominaba nueve lenguas vivas y podía leer en seis lenguas muertas, incluida la Primera Lengua, un idioma complejo lleno de matices.

Además, hablaba con fluidez varios dialectos que empleaban exclusivamente los clanes marinos que habitaban en las islas del mar abierto.

También era capaz de elaborar una tarta de arándanos deliciosa (gracias a un libro de repostería que había encontrado en la biblioteca), sabía tocar la guitarra de ocho cuerdas (al menos algunos acordes básicos) y esbozar una réplica razonablemente decente de lo que fuera que le pusieran delante.

Pero no se le daba bien estar sola.

Le gustaba hablar y le gustaba escuchar, pero no le interesaba escucharse hablando consigo misma.

Era el tipo de persona que podía entrar en una tienda y enterarse de las historias de todos los presentes, desde los clientes hasta los dependientes, sin pasar por alto sus primos segundos, antes de salir por la puerta con una barra de mantequilla y media docena de huevos.

Sin embargo, esa era una habilidad inútil en las estanterías mudas y desiertas de la biblioteca, y tampoco le servía de nada dentro de un invernadero abandonado.

No estoy sola. El gato está conmigo.

—¿Qué te parece si echamos un vistazo por aquí y vemos si encontramos a alguien? —le preguntó Terlu al gato—. ¿Y ya de paso vemos si tiene algo para comer?

Ahora que había entrado en calor y estaba casi seca del todo, se dio cuenta del hambre que tenía. De hecho, «hambre» se quedaba corto. Cortísimo. Se le retorcía el estómago como si quisiera propinarles un puñetazo a todos los demás órganos. Acunó al gato en sus brazos y se levantó.

El gato se escabulló rápidamente, ahuecó las alas y se subió a su hombro.

Terlu se tensó y se encorvó, sin tener claro qué estaba haciendo el animal ni cómo iba a aguantar el equilibrio allí arriba.

Se estiró a lo largo de su nuca. Sus patas delanteras caían por encima de su hombro izquierdo y las traseras por encima del derecho.

Se rio mientras se enderezaba, con su nueva bufanda peluda ceñida alrededor del cuello.

—¿No se supone que los gatos son ariscos? —Le encantaba que él no fuera así.

El animal le bostezó al oído.

—¿Alguna idea de por dónde ir? —Varios caminos partían de la estufa blanca en forma de espiral y su acogedor banco azul, y serpenteaban por entre el follaje hasta desaparecer de la vista.

Uno regresaba a la puerta por la que había entrado, pero cualquiera de los otros senderos podía llevarla a alguien que la ayudara y (con un poco de suerte) a una explicación.

Tal vez el invernadero formara parte de los terrenos de una mansión.

O incluso de un pueblo. No lo sabría hasta que fuera a investigar, y no tenía ningún tipo de interés en quedarse de brazos cruzados, esperando que alguien viniera en su busca, sobre todo después de acabar de pasar por la experiencia de casi congelarse fuera, en el bosque nevado.

—¿Qué te parece por la izquierda?

Como si le estuviera respondiendo, el gato le acarició la cara con la cola. Terlu decidió tomárselo como un gesto afirmativo.

Enfiló el caminito de grava, flanqueado por plantas de hojas anchas.

Unas flores naranjas y azules crecían a ambas orillas del camino, cuyos pétalos tenían forma de alas de pájaro.

Otras plantas se inclinaban por encima del camino mientras este se curvaba y serpenteaba por entre sus tallos.

Tras avanzar por algunos recodos, sin embargo, el camino terminó en un círculo en cuyo centro se alzaba una jaula para pájaros vacía con la puerta abierta de par en par.

Decorada con adornos enjoyados, parecía lo bastante grande como para albergar un pavo real.

—¿No te lo habrás zampado? —le preguntó al gato.

Terlu oyó un aleteo por encima de su cabeza y levantó la mirada.

Posado en una de las vigas, había un pájaro al que le crecían flores por entre las plumas.

Unas rosas le caían de la cola, formando una guirnalda, un ramillete de lilas le brotaba de la cabeza y unos jacintos azules le cubrían las alas.

—Ese no nos lo vamos a comer ninguno de los dos —terció Terlu.

El pájaro floral abrió el pico y cantó con un trino como la aria de una soprano. Lo que todavía la sorprendió más fue que, acompañando la canción, le llegó el delicado aroma de una flor recién abierta.

—Es precioso —exclamó.

El gato alado le golpeó la mejilla con la cola, como si le ofendiera que estuviera admirando a otra criatura. Terlu sonrió y lo rascó por debajo de la cabeza.

Regresó a la estufa blanca y decidió probar con otra dirección. El camino que eligió para el segundo intento serpenteó durante más rato a través de la frondosa vegetación antes de terminar en una puerta de cristal con un ostentoso marco de hierro forjado.

—Lo ves, sabía que tenía que llevar a algún sitio.

Abrió el cerrojo y entró… a otro invernadero igual de grande.

En aquel segundo invernadero había tanta humedad en el ambiente que las paredes de cristal goteaban por la condensación. El sudor se acumuló en sus axilas y agradeció que la tela de su túnica fuera tan fina. Notaba el aire pesado y le costaba llenar los pulmones.

Levantó la vista y entornó los ojos para mirar a la parte superior del invernadero.

Protegido bajo su pico de cristal, había un orbe que parecía hecho de oro derretido.

Era una imitación del sol, que flotaba envuelto en destellos de todas las tonalidades de amarillo, desde el limón claro hasta un ambarino intenso.

Lo rodeaban libélulas resplandecientes con alas doradas, que bailaban juntas en parejas y tríos, siguiendo una danza sin música.

Debajo del falso sol y sus insectos bailarines, las plantas de aquella sala olían a guiso, en concreto uno con col que hubieran dejado hirviendo demasiadas horas.

Terlu arrugó la nariz y el gato estornudó.

Cambió de posición para sentarse erguido sobre su hombro izquierdo y le hizo cosquillas en el cuello con las plumas.

—Sí, yo también creo que apesta —le dijo.

Aun así, la floración era extraordinaria: flores que alcanzaban los dos metros de altura, de un color escarlata con una apariencia parecida a una trompeta, ramilletes de flores amarillas con forma de corazón y flores de un tono morado oscuro con espinas tan largas como su brazo.

La mayoría brotaban de unos parterres, pero algunas caían en cascada desde unos tiestos.

Ajenas al calor, más libélulas diamantinas aleteaban entre ellas, de una belleza exquisita, titilando mientras volaban atraídas por las vistosas flores.

Se tapó la nariz con la manga de la túnica y Terlu se apresuró a cruzar el cenagoso invernadero.

El musgo y las enredaderas asfixiaban hasta el último centímetro de parterre, y oyó el agua goteando y chorreando a su alrededor.

La grava estaba empapada bajo sus pies y a menudo tenía que saltar para esquivar los charcos.

Pero el camino era recto, y el gato y ella no tardaron en llegar a la puerta que había al otro lado, enmarcada por otras dos flores trompeta escarlata. La abrió y cruzó.