Capítulo dos #3
Terlu se levantó del suelo. Algunas piedrecillas de la grava se quedaron adheridas a la tela húmeda de su túnica y a su piel empapada.
Se las sacudió de encima y volvió a mirarse las manos.
Su tez lavanda se había enrojecido por el frío, pero no tenía ninguna mancha blanca.
El dolor prácticamente había remitido del todo.
Movió los dedos de los pies para probar, y los sintió mucho mejor. No me he congelado, ¡viva!
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? —preguntó en voz alta.
El verdor que la rodeaba engulló sus palabras.
Enfiló un caminito de grava que se abría entre las plantas.
Jamás había estado ante una vegetación tan exuberante en su vida: las enredaderas trepaban por los pilares hasta el techo del invernadero, unos frondosos setos con enormes hojas del tamaño de una oreja de elefante flanqueaban el camino y unos árboles de troncos larguiruchos coronados con copas de hojas parecidas a helechos se alzaban por encima de su cabeza.
Entre las plantas, atisbó algunas flores: pimpollos de un rojo brillante con radiantes estambres amarillos, ramilletes de pequeños pétalos blancos y lirios a rayas amarillas y naranjas.
El espacio estaba tan abarrotado que Terlu no tardó en perder de vista las paredes de cristal.
La única evidencia que tenía del mundo exterior estaba justo encima de ella, a través de las ventanas de la cúpula, donde el paisaje era simplemente blanco, por la nieve o por el cielo, no sabía decir cuál de las dos.
El único sonido perceptible era el crujido de sus zapatos sobre la gravilla y el chapoteo de la nieve derretida entre los dedos de los pies.
La piel que tenía en contacto con la túnica húmeda le producía escalofríos, pero dentro del invernadero se estaba infinitamente mejor.
Esperaba que la ropa no tardara en secarse.
A medida que se acercaba al corazón del invernadero, la temperatura subía, y no tardó en descubrir el motivo: una estufa de cerámica blanca con la forma de una caracola espiralada.
Irradiaba calor y hacía que el aire de su alrededor se agitara.
Un banco de azulejos azules la circundaba.
Terlu apartó algunas hojas secas que habían caído encima y se sentó.
Suspiró alegre y se acomodó junto a la estufa.
No vio ninguna puerta para meter la leña y tampoco olía a humo. Era una estufa mágica. Inusual, pero no imposible. Bueno, claramente no era imposible, porque la tenía delante de las narices.
Pues podía aovillarse y quedarse dormida allí mismo, vaya que sí.
Sin duda al banco le irían de fábula unos cuantos cojines y una buena mano de limpieza.
Dudaba de que alguien se hubiera sentado allí desde hacía una eternidad, a juzgar por el grosor de la capa de polvo que lo cubría y el número de hojas secas que tenía encima y alrededor.
Mientras contemplaba las plantas que llenaban el vasto espacio, se preguntó si alguien habría puesto un pie en aquel invernadero desde hacía años.
Empezó a inquietarse un poco.
No podía estar sola en aquel inmenso sitio, ¿verdad?
Aunque Terlu no era ninguna experta, incluso ella podía apreciar que habían permitido que las plantas crecieran descontroladas.
Se enrollaban las unas con las otras formando apretadas trenzas y marañas, y llenaban hasta el último centímetro de espacio disponible.
¿Y si no hay nadie aquí? ¿Y si estoy sola?
Sintió que el pánico le burbujeaba en el fondo de la garganta.
El corazón se le aceleró y tragó saliva con dificultad.
Tras tanto tiempo sin poder hablar, sin poder mantener una simple conversación, sin poder tocar a nadie ni que la tocaran…
No puedo estar aquí sola . Tal vez aquel invernadero estuviera abandonado, pero alguien no muy lejos había conjurado…
—¿Rrr-miau?
Un gato alado se paseó alrededor de la estufa sobre el banco de baldosas azules. Tenía el pelaje gris, los ojos ambarinos y unas brillantes alas esmeralda cruzadas sobre el lomo. Cuando estuvo cerca de Terlu, se detuvo y levantó la cabeza hacia ella.
—¡Hola! —lo saludó la bibliotecaria—. Qué precioso eres.
Como si estuviera dándole la razón, sin dejar rastro de duda, el gato alado avanzó hacia ella y se subió a su regazo de un salto.
Le masajeó los muslos por encima de la túnica con las patitas, se dio la vuelta y se acurrucó encima de ella.
Sus plumas verdes esmeralda se erizaron cuando encogió el lomo para adoptar una postura más cómoda.
—Ah, vale, bienvenido —dijo Terlu, encantada por aquella muestra inesperada de simpatía felina.
Le rascó entre las orejas con suavidad y el miedo que le vibraba en la garganta retrocedió mientras acariciaba al gato alado.
Lentamente, los latidos de su corazón se fueron tranquilizando, y pudo volver a respirar sin la sensación de estar a punto de derrumbarse.
El pelaje del animal era tan suave como el terciopelo.
Sonrió cuando el gato ladeó la cabeza para que pudiera acariciarle las mejillas y el cuello.
—Cómo me alegra que me hayas encontrado. Empezaba a pensar que estaba sola.
El animal respondió con un maullido.