Capítulo dos #2
Cayó en la cuenta de que lo que tenía delante era un invernadero. Un invernadero enorme en mitad del bosque . Tenía que pertenecerle a alguien, aunque dentro estuviera a oscuras. Si era capaz de encontrar al propietario, quizá cabía la posibilidad de que diera también con quien la había salvado…
No se podía decir que fuera muy buen salvador, tras haberla dejado desamparada en el frío. Se lo perdonaría, no obstante, si la dejaba entrar. Lo perdonaría sin pensarlo dos veces . Esa persona le había devuelto su cuerpo.
—¡Hola! ¡Estoy aquí fuera! ¡Por favor, déjame entrar! —gritó después de darle unos golpecitos al cristal.
Resiguió la pared de cristal y fue dándole golpecitos mientras avanzaba.
Tenía que haber una puerta en algún lado, ¿no?
O alguna ventana que se pudiera abrir. Supongo que podría romper uno de los cristales .
Pero la apertura dejaría que aparte de ella se colara también el frío, y al dueño seguro que eso no le hacía ni pizca de gracia…
Si no la hubiesen dejado desprotegida en el frío, no se vería en la necesidad de romper una ventana.
Con todo, prefería no hacerlo. No sería la mejor manera de presentarse. Aparte de que no las tenía todas consigo de ser capaz. Era un cristal grueso, y le temblaban los brazos con tanta violencia que no estaba segura de que le quedara ni un ápice de fuerza en ellos.
Solo como último recurso .
La pared parecía extenderse hasta el infinito, mientras el manto de nieve iba subiendo a sus pies.
Se le estaban empezando a entumecer los dedos de las manos y de los pies.
Se preguntó si se le estarían congelando.
Jamás había pasado tanto frío. Se había criado en una isla bañada por el sol llamada Eano, donde corrías mucho más peligro de llevarte una insolación que de congelarte.
Solía caminar descalza por la arena y notar cómo esta le hacía cosquillas en los pies cuando iba a visitar a sus primos, y nadaba cada atardecer en el agua caliente por el sol hasta que sus padres la llamaban para ir a cenar.
En el momento más tórrido del verano, podías cocinar mejillones y almejas solo con dejarlos sobre las rocas, y tenías que beber zumos de frutas para mantenerte hidratada o te arriesgabas a enfrentarte a la ira de los grupitos de abuelos que repartían jarras con jugo de guayaba y licuados de bayas dulces en cada esquina.
Al recordarlo, Terlu casi podía saborear las bayas dulces.
Era el sabor del solsticio de verano, cuando toda la isla se engalanaba con flores y olía a chocolate, canela y cítricos, puesto que todos los pasteleros y confiteros en ciernes competían por elaborar los dulces más exquisitos que se servían durante el festival de verano…
Por fin llegó a la esquina del invernadero y la dobló… para encontrarse con más cristal.
Tengo que romperlo. Si me quedo más rato aquí fuera, seré una estatua de hielo en vez de una de madera . No terminaba de decidir si le resultaba irónico o simplemente patético. Se echó a reír, con un deje de histeria.
Terlu exploró el terreno en busca de una piedra o una rama recia.
Aunque la nieve lo cubría todo, localizó una rama de tamaño mediano que se había caído de uno de los pinos.
La recogió y la savia le dejó las manos pegajosas.
Regresó a la pared de ventanas y escrutó el cristal.
El punto más frágil debía de ser en el centro, así que apuntaría allí.
—Lo siento —le dijo a su anfitrión desconocido—. Lo siento muchísimo. Recogeré las esquirlas, lo prometo.
Golpeó el cristal con la rama.
Chocó de lleno. El impacto le sacudió lo brazos, pero el cristal no se rompió. Bajó la rama para descansar un segundo y recobrar el aliento. Le parecía que no hubiese usado los músculos desde hacía meses, lo cual era completamente cierto. Alzó la rama de nuevo y volvió a intentarlo.
Ni una marca. Ni un simple arañazo.
Lo golpeó una y otra vez. Tras el quinto intento, se detuvo, resollando.
O bien no tenía la suficiente fuerza o el cristal no era cristal, en realidad.
O le habían lanzado un hechizo para hacerlo indestructible.
Sabía que las ventanas del palacio contaban con la protección de esos conjuros.
Se decía que cuando el emperador visitaba los canales inferiores de las partes pobres de la ciudad, lo hacía en un carruaje hecho completamente de un cristal encantado para ser irrompible.
Cabía la posibilidad de aquel invernadero estuviera protegido por el mismo hechizo.
En cuyo caso… Esto no va a funcionar en la vida .
Soltó la rama y se apoyó contra la pared de cristal. La única opción que le quedaba era encontrar una puerta, pero, para eso, debía seguir avanzando. Quizá después de un breve descanso…
No. Sigue moviéndote.
Ya no tenía tanto frío. Tal vez porque sentía gran parte del cuerpo entumecido. Se obligó a avanzar y caminar pesadamente siguiendo el cristal. Apoyó la mano sobre él para sostenerse… y ese fue el único motivo por el que reparó en la puerta.
Estaba situada en la mitad de la pared de ventanas. Sus dedos rozaron el cerrojo antes de que sus ojos lo reconocieran. Se detuvo y lo miró fijamente.
Al fin, su cerebro procesó lo que notaban sus dedos y veían sus ojos.
¡Una puerta!
¡Era una puerta real!
—Por favor, que no esté cerrada —le suplicó mientras giraba la maneta.
La puerta se abrió con facilidad y Terlu entró bamboleándose.
Lo único que acaparaba su visión era el color verde y la golpeó una oleada de calor.
Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella.
El cambio abrupto, a un ambiente cálido, provocó que los dedos de las manos y los pies le hormiguearan primero y luego le ardieran.
Se sentó sobre la grava caliente mientras el viento de invierno aullaba fuera, detrás de ella, y se echó el aliento en los dedos y se los frotó hasta que remitió el dolor.
Tras ocuparse de sus dedos, se maravilló con la exuberancia de plantas veraniegas que tenía delante.
—Vaya… —exclamó con un susurro.
El invernadero olía a tierra húmeda y mil flores, el perfume de una noche de verano perfecta, cuando el canto de tenor de las cigarras acompaña al bajo de los sapos y la luna está henchida con la promesa de una cosecha otoñal.
Solo que no había luna y el único sonido era el frufrú de la nieve que caía sobre el alto techo de cristal, así que la analogía era en cierta medida imprecisa.
A pesar de todo, pensó que olía de maravilla.