El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo dos
3%

Capítulo dos

L a nieve caía lentamente sobre la estatua, un hecho placentero pero inesperado, pensó la estatua.

Los copos se posaban sobre su nariz y le caían sobre los ojos abiertos —que no podía cerrar—, y se preguntó por qué no se encontraba en el nicho de la Sala de Lectura Norte, sobre el pedestal de siempre.

Está claro que he pasado por alto algo importante , caviló.

Antes, solía ver las estanterías que se extendían desde el suelo hasta el techo abovedado, atestadas de libros y rollos de pergamino (llenos de polvo) de un valor incalculable. Ahora tenía enfrente un pinar, cuyos árboles estaban cubiertos de nieve y cargados de piñas.

Sabía que había estado perdiendo la conciencia a ratos desde la transformación, pero esa vez debía de haber estado ausente un buen tiempo, y haber dormido muy profundamente, para no advertir que la trasladaban de la Gran Biblioteca a…

donde fuera que estuviera. ¿Cuánto tiempo habré estado dormida?

, se preguntó. ¿Cuántas cosas habrán pasado de las que no me he percatado?

¿Dónde estoy? Entre dos de los pinos, vislumbró un destello de luz, pero no pudo identificar qué…

De repente, tembló y un escalofrío le recorrió las piernas de madera.

Dado que era un objeto inanimado, no debería poder temblar, así que ¿cómo era posible que…? El temblor aumentó de intensidad, se convirtió en una violenta sacudida y oyó un crujido que sonó como el chasquido del tronco de un árbol al partirse. Ay, no, ¿ha sido dentro de mi cuerpo?

Y acto seguido: crac, crac, crac. Sintió unas burbujas que le subían desde los pies hasta las rodillas y avanzaban por sus muslos hasta su torso, donde se arremolinaron y giraron cada vez más deprisa.

Durante un tiempo indecible no había sentido nada. Y, de repente, lo podía sentir todo.

Sintió que se quemaba. Que se congelaba.

Que le dolía todo. Sintió como si la despedazaran, y entonces la sensación cambió y fue como si se elevara hasta las nubes mientras la cabeza le daba vueltas y se le llenaba de miles de colores.

Era una estrella que estallaba, implosionando con un dolor indescriptible y una alegría incandescente.

Y entonces, Terlu Perna, la que había sido la cuarta bibliotecaria de la segunda planta, ala este, de la Gran Biblioteca de Alyssium (joya del imperio de las Islas Crecientes) y, mucho más recientemente, una estatua hecha de madera expuesta en la Sala de Lectura Norte, condenada por quebrantar la ley imperial relativa al uso no autorizado de los hechizos…

Se desplomó hecha un ovillo sobre el suelo nevado del bosque.

Volvía a estar hecha de carne y huesos.

Terlu notó cómo la humedad de la nieve se le filtraba por la fina tela de su túnica de bibliotecaria.

Eran como unas agujas que se le clavaban en el muslo y cadera izquierdos al mismo tiempo que la brisa le producía escalofríos en la piel expuesta de los brazos.

Inhaló y sintió que el frío le quemaba la garganta. Entonces exhaló en una risotada.

¡Ay, podía volver a sentir! ¡Podía respirar! ¡Podía moverse! ¡Podía hablar!

—¡La la la! —cantó a pleno pulmón. La voz se le rasgó, tenía la garganta seca de no usarla. Un pájaro echó el vuelo asustado desde un pino cercano—. ¡Lo siento! —le dijo mientras este se alejaba batiendo las alas rojas brillantes, que se recortaban contra el cielo blanquecino.

Aspiró tan profundamente como pudo otra vez e inhaló el aroma a pino y el vigorizante sabor del invierno, tan intenso y puro que le dolieron hasta los pulmones.

De hecho, ahora que se daba cuenta, le dolía todo: cada articulación y músculo le molestaban tanto que le temblaban, pero no podía dejar de sonreír. ¡Volvía a estar viva!

Durante un instante, la realidad le resultó abrumadora. Prácticamente había perdido toda esperanza. Después de todo, no le quedaba ningún motivo racional para tenerla, salvo por el simple hecho de que había seguido con vida.

Terlu empujó el suelo para levantarse.

Y se cayó al instante.

—¡Au!

La nieve le empapó más tela de la túnica. Apoyándose en ambas manos, se balanceó hacia delante hasta ponerse de rodillas.

—Con cuidado —se dijo—. Puedes hacerlo, Terlu. —Su voz era más firme, solo le temblaba un poco. Se puso de pie lentamente. Le temblaron las piernas y tuvo que asirse a la rama de uno de los árboles cercanos. La corteza se le clavó en la palma, pero no se cayó.

Se echó a tiritar a medida que el frío le calaba en la piel. ¿No sería un desastre si cuando al fin recuperara la humanidad moría congelada al instante? Sí, lo sería sin duda. Quienquiera que haya deshecho el hechizo no puede haber tenido la intención de que me congele.

Quienquiera que…

¡Pues claro! No podía andar muy lejos el hechicero que había conjurado el hechizo que la había liberado.

Probablemente no sabía que el sortilegio ya había surtido efecto.

En cuanto lo supiera, aparecería con mantas, abrigos, chocolate deshecho caliente y una explicación la mar de excelente que diera respuesta a dónde estaba y por qué, y podría agradecérselo desde lo más profundo de su corazón.

—¡Hola! —gritó Terlu—. Estoy… —¿Cuál era la palabra adecuada? ¿Despierta? ¿Viva? ¿Carnosa? No quería proclamar que estaba carnosa—. ¡Estoy aquí! ¡Aquí! ¿Hola?

Esperó a que alguien le contestara, pero en balde.

La nieve caía suave como un susurro, y el viento mecía las ramas, produciendo un sonido como un rumor.

Parecía que ella fuera el único ser vivo que había en el bosque, pero no podía ser.

Alguien debía haber formulado el hechizo que la había revivido, así que ¿dónde estaba esa persona?

—¡Lo has logrado! —gritó—. ¡Me has salvado! ¡Hurra! ¿Puedes salir para que te pueda dar las gracias? ¡De veras, te estoy muy agradecida! ¡Y también tengo mucho frío!

Ni por esas respondió nadie.

Terlu se rodeó el cuerpo con los brazos, pero le sirvió más bien de poco.

Intentó avanzar con un paso tambaleante.

Las piernas le temblaron como las de un ciervo recién nacido, pero se mantuvo en pie.

Dio otro paso, seguido de otro más. Más adelante atisbaba el destello que había visto entre los pinos.

Se dispuso a avanzar hacia él, puesto que en cualquier otra dirección su vista se topaba únicamente con árboles y nieve.

¿Para qué se iba alguien a molestar en deshacer el hechizo y no esperar allí para ver si funcionaba?

Hechicería irresponsable, eso es lo que era.

Como mínimo, el hechicero podría haberle dejado una nota en la que pusiera: «Me he tenido que escapar un momento para picar algo de comer.

Vuelvo en un periquete». O podría haberle dejado un cartel en el que indicara qué dirección debía tomar.

O una flecha. No le habría sido tan difícil formar una flecha con piedras o piñas caídas: ¡Por aquí para ir a un lugar calentito y comida!

¿A menos que esa persona no quisiera que encontrara refugio?

¿Y si se trataba de alguna extraña parte de su castigo de la que no la habían informado?

El veredicto la había dejado conmocionada.

Bueno, no, el veredicto no. Era culpable al cien por cien.

Sin embargo, no esperaba que fueran a imputarle un castigo tan severo.

Nadie, de hecho. Terlu rememoró el instante en el que Rijes Velk arguyó a favor de un indulto…

Pero habían querido que ella sirviera de ejemplo.

Caso cerrado. La habían enmaderado. ¿O debería decir solidificado?

¿ Enestatuado ? No había un verbo adecuado para esa acción, algo que a Terlu le resultaba de lo más fastidioso…

si le ibas a hacer algo a alguien, debería existir un verbo para ello, de lo contrario, deberías replanteártelo.

Los copos de nieve que caían del cielo empezaron a engordarse.

Giraban a su alrededor y se cubrió el rostro con el brazo para evitar que le entraran en los ojos.

El manto blanco que cubría el suelo entre los árboles le llegaba hasta los tobillos y debía avanzar a trompicones, levantando mucho las rodillas para progresar.

La espesura de los pinos y sus ramas le arañaban la piel cada vez que rozaba una.

Al pasar por debajo de una rama algo más gruesa, la golpeó con la espalda y le cayó en la nuca un cúmulo de nieve.

Profirió un chillido y saltó hacia delante.

Acababa de renacer, y su cuerpo no estaba preparado para reaccionar así de rápido; cayó de rodillas.

Se le escapó el aire de los pulmones por la sacudida y el dolor se extendió por sus piernas.

Las lágrimas le escocieron en los ojos.

—¿Hola? ¿Hay alguien? ¡Por favor! ¡Necesito ayuda!

La nieve siguió cayendo inclemente.

Terlu apretó los dientes y se levantó y siguió trastabillando hacia delante. Apartó otra rama, esa vez con más cuidado para que la nieve no se le volviera a volcar encima, y salió del bosque para adentrarse en un claro.

Por delante de ella se alzaba una ventana.

Muchas ventanas. Una pared de ventanas, enmarcadas con un hierro negro que se curvaba delicadamente alrededor de los paneles, siguiendo patrones que se asemejaban a ramas.

La estructura era enorme, como mínimo se alzaba diez metros y era tan ancha que no alcanzaba a ver sus esquinas.

Terlu echó la cabeza atrás, y resiguió la imponente edificación hasta que sus ojos se posaron en la cúpula de cristal que la coronaba. La nieve caía sobre ella.

Avanzó tambaleándose y llegó a la pared de cristal.

Apoyó las manos en ella y echó un vistazo dentro.

Estaba fría, pero no helada, y se fijó en que los paneles no tenían ni rastro de escarcha.

En su lugar, el cristal estaba empañado, como si un aire cálido en el interior lo hubiese opacado.

Hace calor dentro , se percató. ¡Un calor glorioso!

Lo único que atinaba a discernir a través del cristal empañado era una maraña de sombras.

Y algo… ¿verde? Estaba lleno de plantas.