Capítulo uno #2
Era un castigo mucho más severo que cualquiera que se hubiera imaginado… Mucho, mucho más severo. Se echó a temblar. El corazón le latía con el mismo frenesí que el aleteo de un colibrí.
Empezaron a sonar unos tambores, la señal de que se había dictado sentencia, con un redoble grave, profundo y reverberante. Lo sintió en los huesos, cada golpe le reverberaba por todo el cuerpo.
A su alrededor, la sala estalló en una algarabía de gritos. Rijes Velk se abalanzó hacia el estrado, mientras que Terlu se hundió en la silla y se rodeó el cuerpo con los brazos. No fue hasta que el juez exigió silencio cuando se dio cuenta de que estaba chillando como un conejito acorralado.
Después de eso, todo ocurrió en un visto y no visto.
A Terlu la escoltaron fuera de la sala dos alguaciles. Avanzaba a trompicones, incapaz de recordar cómo colocar un pie delante del otro. El griterío se había desvanecido, como si le hubiesen metido la cabeza debajo del agua, ahogada por el remolino de sus propios pensamientos.
Una estatua.
Ella, transformada en estatua.
¿Me dolerá?
¿Seguiré con vida?
¿Me volverán a transformar en humana algún día ?
El juez no había hecho ninguna mención a la duración de la sentencia.
¿Será para siempre? No, no podía ser. ¿O sí?
Sería demasiado cruel. Pero, de lo contrario, ¿el juez no habría establecido una duración?
Jamás había oído que impusieran un castigo así, pero claro, tampoco había oído que ningún otro bibliotecario hubiese infringido la prohibición del uso de la magia por parte de personas que no fueran hechiceras.
Dada la cantidad ingente de libros de hechizos que albergaba la Gran Biblioteca, no podía concebir que algún bibliotecario no se hubiese visto tentado nunca, pero a lo mejor ella era la primera a la que atrapaban.
Ojalá hubiese actuado con más cuidado. Ojalá hubiese sido más lista.
Pero no se arrepentía de haberlo hecho. Si no hubiese conjurado el hechizo, entonces Caz no habría existido nunca, y la planta no cabía en sí de felicidad por estar vivo.
Jamás desearía revertir eso. Esperaba que Rijes Velk mantuviera su promesa, que velaría porque su amigo planta cinta estuviera a salvo y feliz.
Los alguaciles la llevaron hasta una habitación hecha de piedra negra con forma octagonal.
No contaba con ventanas ni luz, a excepción de un candelabro solitario en el centro de la estancia en el que había encendidas una docena de velas blancas y olía a sebo y a hierbas quemadas.
Un hombre barbudo con las mejillas chupadas esperaba al lado del candelero.
Sostenía un cuenco en sus manos pálidas.
Terlu reconoció al instante lo que veían sus ojos: un hechicero con los ingredientes de un encantamiento.
Con la misma rapidez se dio cuenta de lo que aquello significaba: no habría ningún indulto. Ninguna muestra de clemencia de última hora. El castigo se había decidido mucho antes de que el juez dictara sentencia.
Se quedó mirando al hechicero.
Se sentía demasiado vacía para gritar o llorar. Ojalá hubiese tenido la oportunidad de darle las gracias a Rijes Velk por haberlo intentado. Terlu agradecía de corazón su amabilidad.
—Cámbiate —le ordenó el hombre.
Vio una túnica doblada, un uniforme de bibliotecaria, que descansaba sobre una silla.
Vaciló solo un instante antes de quitarse la ropa gris y vestirse con el tono azul familiar de una cuarta bibliotecaria.
Al menos no se enfrentaría a su destino vestida como una delincuente.
Se preguntó si aquello también era fruto de la amabilidad de Rijes Velk, o si simplemente querían que llevara el uniforme de bibliotecaria para dar ejemplo.
El hechicero le dedicó una mirada apática, y Terlu se preguntó qué haría si intentaba huir.
Sabía que no llegaría demasiado lejos —no le cabía duda de que al otro lado de la puerta había guardias apostados—, y no quería que conjurara el hechizo mientras escapaba.
Si la iban a transformar en una estatua, no deseaba que su rostro quedara congelado esbozando una mueca de terror.
Quería, por lo menos, mostrar un mínimo de valentía.
—¿Seguiré viva? —preguntó Terlu.
El hechicero vaciló antes de responder.
—Sí. —Y entonces empezó el hechizo.
A medida que se le ralentizaba y endurecía su torrente sanguíneo, mientras el aliento se le quedaba atascado en la garganta, sus ojos se paralizaban y su carne se convertía en madera pulida, se le ocurrió que quizá aquella no había sido la pregunta más acertada.
Pero no se le había ocurrido ninguna mejor.
Si sigo viva, puedo tener esperanza.
Oscuridad.
Quietud.
No sabía cuál era peor —si la oscuridad o la quietud—, pero ambas la estaban asfixiando. No podía abrir los ojos. No, no podía cerrar los ojos.
¿Dónde estoy?
Prestó atención. No había nada. Ni respiración, ni latidos.
Un crujido, seguido de un rayo de luz, y pudo ver formas y sombras: estanterías, un arcón y un carrito. Oyó voces amortiguadas detrás de ella que discutían sobre dónde poner una pila de sillas.
Se encontraba en un almacén.
Quiso decirles algo a las voces incorpóreas, pedirles que hablaran con ella… No, suplicárselo. Quería que la movieran a donde pudiera verlos. Necesitaba ver una cara, mirar los ojos de otra persona, ver una sonrisa. Quería decirles que estaba despierta, viva, consciente.
¡Estoy aquí!
La puerta se cerró.
A veces soñaba, o algo parecido, puesto que no era capaz de dormir como tal.
Las estatuas no duermen. En su sueño favorito, la luz del sol la bañaba mientras escuchaba música.
¡Ay, la música! Y estaba saboreando un bollito.
O un beso. Y estaba rodeada de personas, voces y risas que conformaban la más bonita de las melodías. Todo a su alrededor olía a rosas.
Pero el sueño era efímero y, pasado ese instante, volvía a sumirse en la sempiterna nada.
Había dejado de tener miedo.
No estaba enfadada.
Ni triste.
Pero echaba de menos tantas cosas… La luz del sol. Respirar. Una voz amable. Así que soñaba despierta y recordaba, y así pasaba los días, mientras perdía la noción del tiempo y de sí misma.
Sumida en el silencio y la oscuridad, la estatua resistía.
Cuando, por fin, fueron a buscarla para colocarla en el pedestal que habían instalado en la Sala de Lectura Norte de la Gran Biblioteca de Alyssium, quiso darles las gracias.
Al menos ya no estaría sola.