El invernadero encantado (Spellshop 2)
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Capítulo uno
L a planta era inocente.
Todos concordaban en eso. Aun así, cuando el juez lo sentenció con su voz atiplada para el registro oficial, a Terlu casi se le escapa un grito del alivio.
Desde que la habían arrestado, su mayor preocupación había sido que culparan a la planta.
Él no tenía culpa alguna. Todo había sido obra suya y había intentado por activa y por pasiva dejarlo bien claro.
Estiró el cuello desde la silla para observar mejor cómo los alguaciles escoltaban a la planta cinta y se la llevaban. Este levantó un estolón hacia ella, y Terlu se llevó los dedos a los labios y los extendió en dirección a la recién creada planta sintiente.
No pienso llorar . Se negaba a llorar cuando no había hecho nada malo.
Del todo ilegal, sí, pero no «malo». No había derramado ni una sola lágrima, al menos no en público, pero en aquel instante, lo único que impedía que diera rienda suelta a los sollozos era el ceño fruncido en la cara del fiscal mientras le dedicaba una mirada cargada de furia, así como la mano la directora de la biblioteca que tenía sobre el brazo, la única muestra de amabilidad en toda la sala de justicia, tanto literal como figurativamente.
—Me aseguraré de que esté a salvo y de que lo cuiden bien. Siempre tendrá un hogar entre nosotros —le susurró la directora de la biblioteca, Rijes Velk, tras inclinarse hacia ella.
Terlu tragó saliva con dificultad.
No voy a llorar .
Le asintió a Rijes Velk con una inclinación de cabeza rígida, llena de agradecimiento, y desvió la atención al juez.
Este iba ataviado con una toga bordada que lo transformaba de un hombre enjuto de brazos esqueléticos a una voluminosa seta con volantes de seda.
A Terlu le recordaba a un cangrejo ermitaño, como los que solían plagar las playas de su isla natal, cuyos raquíticos cuerpos se resguardaban dentro de sus ornamentados caparazones y solo dejaban al descubierto las tenazas.
Terlu tenía que levantar los ojos para mirarlo, sentado en el estrado, para alzarse por encima de los acusados. Por encima de mí , pensó con aflicción.
Estaba rodeado por unas ventanas con vitrales en los que se plasmaba un mapa estilizado del imperio de las Islas Crecientes.
En ellos, cada porción de tierra se representaba mediante joyas, que despuntaban sobre el cristal de color azul zafiro.
En vez de proyectar la luz cálida y ambarina del sol, los vitrales teñían toda la sala de un tono azulado, lo que les confería a todos los rostros pintados que la miraban con expresión severa desde las galerías a ambos lados del estrado un aspecto todavía más frío y hostil.
Todo estaba dispuesto para intimidar y abrumar y, en la opinión de Terlu, resultaba bastante efectivo.
Si el juez era un cangrejo ermitaño, entonces ella era una ostra, una a la que habían extirpado de su caparazón, habían abierto de par en par, y habían dejado expuesta a los elementos.
Jugueteaba con las mangas de la túnica que le habían proporcionado.
De algodón gris y raída, le iba varias tallas grande, y se preguntó cuántos delincuentes (mucho más altos) se la habían puesto antes que ella.
Sabía el aspecto que tenía con esa prenda: como el de una niña que juega a los disfraces, más que el de una mujer de veintipico años.
O, para ser más exactos, parezco una ardilla .
Era bajita y agradablemente rechoncha, con unos ojos grandes que hacían que pareciera estar siempre un poco sorprendida, mejillas redondeadas y arrugas en la comisura de los labios de sonreír.
Estaba segura de que se parecía más a una ardilla que a una delincuente, si las ardillas fueran de color lavanda y gris.
Su madre tenía la tez morada, mientras que su padre tiraba a un tono más rosado, y Terlu había terminado con un agradable color lavanda, que combinaba de maravilla con el algodón gris.
Pero por más encantador e inofensivo que fuera su aspecto, no parecía estar influyendo lo más mínimo en cómo se estaba desarrollando el litigio.
Incluso había intentado domar sus rizos para el juicio, como si un pelo bien peinado le fuera a dar un aspecto menos culpable.
El problema radicaba en que sí que era culpable: había conjurado un hechizo.
Había reunido los ingredientes, investigado las palabras, rumiado si era un plan sensato, decidido que no lo era en absoluto, y lo había hecho de todos modos.
Había creado a Caz, una planta cinta sintiente, para que le hiciera compañía en las solitarias estanterías de la Gran Biblioteca de Alyssium.
Había conjurado a un amigo porque no podía soportar ni un día más de soledad, de estar tan lejos de su familia, de vivir recluida en su rincón silencioso y vacío de la biblioteca donde la única opción que le quedaba era hallar la manera de soportar el aislamiento o admitir que había fracasado en el empeño por encontrar su lugar, que había sido un error marcharse de casa y que su familia y sus amigos tenían razón cuando le decían que jamás sería capaz de apañárselas sola en el mundo.
La verdad es que Terlu pensó que a nadie le importaría.
No le había hecho daño a ninguna persona.
Ni siquiera le había causado molestias a nadie.
Además, Caz estaba encantado con estar vivo y entusiasmado con ser su compañero.
El usuario de la biblioteca que se había percatado de la presencia de Caz, sin embargo, no se había mostrado ni encantado ni entusiasmado.
El empleo de la magia solo les estaba permitido a los hechiceros más selectos.
Los libros de hechizos que atestaban la Gran Biblioteca eran para su uso exclusivo, por decreto imperial.
El inspector imperial que se había hecho cargo del caso no iba a permitir que una bibliotecaria de tres al cuarto fuera la excepción de la regla.
En su papel de fiscal, había abogado con elocuencia a favor de su culpabilidad.
Sinceramente, Terlu no veía necesario que esgrimiera tantos argumentos en su contra. Estaba claro que había quebrantado la ley; una planta cinta parlanchina y capaz de moverse era una prueba bastante difícil de ignorar.
Por ende, a Terlu no le sorprendió lo más mínimo cuando el juez declaró:
—Terlu Perna, cuarta bibliotecaria de la segunda planta, ala este, de la Gran Biblioteca de Alyssium, se te acusa de uso ilegal de la magia. La sentencia tendrá lugar ahora mismo.
A su lado, Rijes Velk se levantó.
—Solicito un indulto.
Al igual que el juez, la directora de la biblioteca también iba ataviada con sedas bordadas, pero a diferencia de él, su apariencia casaba a la perfección con el atuendo refinado.
Era una mujer elegante de pelo gris plateado, que llevaba trenzado siguiendo el patrón del enrejado de la gran puerta de la Sala Kinney.
Sus mejillas de color ébano estaban pintadas con símbolos dorados que indicaban los votos que había tomado de honrar la historia, la sabiduría y el conocimiento de las Islas Crecientes.
Si Terlu no hubiese sabido que Rijes era lo bastante mayor como para ser su abuela, habría dado por sentado que la mujer simplemente era atemporal.
Terlu se sentía tanto honrada como asombrada de que una persona de su elegancia e importancia hubiese elegido hablar en su representación en el juicio, sobre todo teniendo en cuenta las pruebas flagrantes que la inculpaban.
—La bibliotecaria Terlu Perna no tenía intención de hacerle daño a nadie —dijo Rijes Velk.
Su voz resonó por la enorme sala del tribunal y subió hasta la cúpula espiralada que se alzaba sobre sus cabezas—.
Es más, no ha causado ningún daño. Ni un solo ciudadano ha sufrido por su culpa.
Ninguna propiedad se ha visto afectada. Nada se ha roto, robado o perdido.
Su error de juicio no ha originado ningún tipo de efecto negativo.
Por ende, solicito, imploro, que este tribunal se muestre clemente.
Este es su primer delito, y ha aprendido de su error.
No volverá a usar la magia. Me encargaré de ello personalmente.
A Terlu se le escapó un leve jadeo de sorpresa.
No era cuestión baladí que la directora de la biblioteca abogara por su buen comportamiento.
Oyó cómo se movían en sus palcos y se susurraban los unos a los otros los hechiceros que habían acudido a presenciar el juicio, claramente sorprendidos por aquella muestra de apoyo.
El fiscal se puso en pie y su toga escarlata ondeó al moverse.
—Lo que prometa carece de valía. No importa cuáles fueran las intenciones de la culpable, ni qué pretende hacer a partir de ahora.
Lo que importa es cómo van a reaccionar los demás ante este caso.
Si el castigo que se le imponga no es severo, entonces les garantizo que el uso ilegal de la magia campará a sus anchas por el imperio, con consecuencias desastrosas.
Les imploro que envíen un mensaje a todos aquellos que contemplen usar la magia sin la debida licencia para que tengan bien presente que la ley es la ley, y que la voluntad del emperador no es débil.
—La clemencia no es una muestra de debilidad —arguyó Rijes Velk.
—Señoría, la representante de la defensa está proponiendo que alimente el creciente malestar…
Rijes lo interrumpió:
—El caso de Terlu Perna no tiene nada que ver con…
Discutieron acaloradamente hasta que el juez levantó una de sus nudosas manos.
—He tomado mi decisión. Terlu Perna nos servirá para dar ejemplo, por la prosperidad y la seguridad del imperio.
A Terlu se le secó la saliva de la boca. Apretó las manos que tenía sobre el regazo, estrujando la tela de su túnica. ¿Dar ejemplo? ¿Qué significa eso? ¿Qué me van a hacer?
—Será transformada en estatua y se exhibirá en la Gran Biblioteca, para que sirva como aviso a todos los bibliotecarios, académicos y demás usuarios que pudieran verse tentados de desafiar las leyes.
Se extendió un silencio preñado de asombro.