Capítulo 22 La Llave que Siempre Estuvo Allí #2
El viento golpeó entonces los ventanales con una violencia que hizo vibrar toda la biblioteca.
Esta vez nadie lo ignoró. Porque el temporal ya había llegado.
Y Blackwood Hall parecía saberlo. Mientras la lluvia comenzaba a golpear los cristales, Edith observó nuevamente la fotografía.
La sostuvo durante varios segundos. Y finalmente pronunció unas palabras que ninguno esperaba.
—Creo que alguna vez fue feliz.
No hablaba de su padre. Hablaba de Eleanor.
Y por primera vez desde el inicio de la novela, nadie pudo contradecirla.
Durante varios minutos nadie volvió a hablar.
La lluvia golpeaba las ventanas. El viento recorría los viejos corredores de Blackwood Hall.
Y en medio de aquella creciente oscuridad, los cuatro permanecían alrededor de la mesa observando las fotografías.
Edith sostenía una de ellas entre las manos.
La misma. La que mostraba a su padre junto a Eleanor.
Finalmente Arthur abrió el cuaderno de viaje.
El cuero estaba desgastado. Las esquinas redondeadas por el uso.
Y varias páginas mostraban manchas de humedad y tierra.
Era evidente que aquel diario había acompañado a su propietario durante años.
Las primeras anotaciones hablaban de plantas.
De expediciones. De lugares remotos. Pero pronto comenzaron a aparecer referencias más personales.
Una de ellas llamó inmediatamente la atención de Diana. Arthur leyó en voz alta.
—"La señorita Eleanor Ashford insiste en corregir mis notas botánicas. Lo irritante es que normalmente tiene razón."
Florence soltó una carcajada. Incluso Edith sonrió. Arthur continuó leyendo.
—"Hoy discutimos durante dos horas acerca de una variedad de orquídea. Sospecho que disfruta contradiciéndome."
Más adelante aparecían nuevas menciones. Más frecuentes. Más cercanas. Ya no hablaban de una acompañante ocasional. Ni de una colaboradora. Hablaban de una amistad. Una amistad profunda. Construida durante años.
—No era una desconocida —murmuró Edith.
—No —respondió Arthur—. Claramente no.
Siguieron avanzando. Las páginas cambiaban gradualmente.
El tono también. Las expediciones desaparecían.
Los viajes se reducían. Las referencias a Blackwood Hall aumentaban.
Y poco a poco apareció una sombra sobre aquellas anotaciones.
La enfermedad de la madre de Edith. Aunque nunca era nombrada directamente.
Siempre mediante rodeos. Silencios. Ausencias.
Y finalmente una frase. Breve. Terrible.
—"Hoy Eleanor permaneció junto a Edith toda la tarde. No sé cómo agradecerle lo que hace por nosotros."
Nadie habló. Porque aquella línea alteraba muchas cosas. Por primera vez aparecía una Eleanor distinta. No la mujer severa. No la figura autoritaria. Sino alguien que había estado allí cuando la familia comenzó a desmoronarse.
El viento golpeó nuevamente la mansión. Esta vez con una violencia que hizo temblar los cristales.
Un trueno resonó mucho más cerca. Y por un instante toda la biblioteca quedó iluminada por un resplandor blanco.
Edith volvió la cabeza hacia la ventana.
Todavía observaba cada relámpago. Como si temiera olvidarlos nuevamente.
—La tormenta ya está aquí —murmuró Diana.
Y tenía razón. El temporal finalmente había alcanzado Yorkshire.
Arthur cerró cuidadosamente el cuaderno. Ya no necesitaban más respuestas. Al menos no allí. Sobre la mesa descansaban la llave final, la carta, las fotografías y el diario. Todo aquello que habían venido a buscar. Y algo más. Una nueva comprensión de Eleanor. No una absolución. Pero sí humanidad.
Entonces ocurrió. Al principio fue apenas un crujido. Leve. Distante. Casi imperceptible. Barnes fue el primero en levantar la vista.
—¿Han oído eso? —preguntó.
Nadie tuvo tiempo de responder. Otro crujido resonó desde el extremo occidental de la biblioteca.
Más fuerte. Más largo. Y después llegó el estruendo.
Una de las estanterías más antiguas comenzó a inclinarse.
Lentamente. Durante una fracción de segundo pareció detenerse.
Luego cayó. El impacto hizo temblar el suelo.
Miles de páginas se dispersaron por todas partes.
El ruido provocó que otra estantería cediera.
Y después una tercera. Una reacción en cadena. Madera. Polvo. Libros. Ruido. Caos.
Arthur tomó a Edith del brazo. Florence retrocedió.
Diana la sujetó. Barnes los apartó inmediatamente de la zona de peligro.
Cuando el estruendo terminó, la biblioteca quedó sumida en un silencio irreal.
Solo permanecía el sonido de la lluvia. Y del viento.
Todos observaron los daños. El sector más antiguo había desaparecido bajo una montaña de madera y papel.
Varias vigas habían cedido. Parte del techo mostraba grietas nuevas.
Y el acceso al compartimento oculto había quedado completamente bloqueado.
Barnes examinó la escena durante unos segundos. Después negó lentamente con la cabeza.
—No volveremos a entrar ahí durante mucho tiempo.
Nadie discutió. Porque era evidente. La biblioteca había entregado su último secreto. Y ahora parecía cerrarse sobre sí misma. Como un libro que finalmente alcanza la última página.
Cuando abandonaron la habitación, Arthur fue el último en cruzar la puerta.
Se volvió una vez más. Observó las estanterías.
Los ventanales. Los rincones donde habían encontrado pistas durante tantos meses.
Y comprendió algo. Blackwood Hall ya no tenía más respuestas para ofrecerles.
Todas las respuestas que quedaban se encontraban al otro lado de la laguna.
Esperando. Tras una puerta de cristal. Mientras descendían por el corredor principal, un relámpago iluminó nuevamente la mansión.
La llave plateada brilló brevemente en la mano de Edith.
Y por primera vez desde que llegaron a Yorkshire, ninguno tuvo dudas sobre el camino que debían seguir.
Mañana regresarían a la isla. Y esta vez entrarían en el Invernadero de Cristal.