El invernadero de cristal Capítulo 23 El Invernadero de Cristal
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Capítulo 23 El Invernadero de Cristal

La tormenta llegó antes del amanecer. No como una lluvia.

No como un frente pasajero. Llegó como una presencia.

El viento golpeó Blackwood Hall durante toda la noche.

Las ventanas vibraron. Las chimeneas gemían.

Y varias veces Arthur despertó convencido de haber escuchado ramas partirse en los jardines.

Cuando bajó al comedor encontró a Barnes asegurando postigos junto a dos criados.

El ambiente en la mansión era extraño. Nadie hablaba demasiado.

Todos parecían ocupados preparándose para algo.

El periódico de la víspera había tenido razón.

El temporal finalmente había alcanzado Yorkshire.

—Esto es una locura —declaró Pembroke. Era la tercera vez que lo decía aquella mañana.

—Probablemente —respondió Arthur.

—Entonces no vayáis.

—No podemos esperar.

El médico observó a Edith. Después la llave plateada. Y finalmente la lluvia golpeando las ventanas. Sabía que estaba perdiendo aquella discusión.

—Al menos regresad antes de que oscurezca.

Nadie prometió nada.

Lady Eleanor no apareció durante el desayuno.

Tampoco cuando partieron. Pero mientras atravesaban el vestíbulo principal, Edith levantó accidentalmente la vista hacia una de las ventanas superiores.

Y la vio. La mujer permanecía inmóvil. Observándolos.

Sin intentar detenerlos. Sin llamar a nadie.

Sin pronunciar una sola palabra. Durante unos segundos ambas se miraron.

Después Edith continuó caminando. No volvió la cabeza.

Pero algo en aquella mirada permaneció con ella durante todo el trayecto.

El camino hasta la laguna resultó mucho más difícil que en ocasiones anteriores. El viento empujaba constantemente. La lluvia aparecía por ráfagas. Y varios sectores del sendero se habían convertido en pequeños arroyos de barro. Incluso Diana parecía sorprendida por la violencia del clima.

—Nunca había visto algo así tan temprano —murmuró.

Arthur observó las copas de los árboles agitándose furiosamente. Y comprendió que Ashcroft no había exagerado. Aquello apenas comenzaba.

Al llegar a la laguna encontraron un paisaje distinto.

El agua había subido. Las pequeñas playas de tierra desaparecían bajo la superficie.

Y el viento levantaba oleajes cortos que golpeaban continuamente la orilla.

La isla seguía allí. Pero parecía más lejana.

Más aislada. Más inaccesible. Como si intentara defenderse.

—Todavía podemos cruzar —dijo Diana.

—Por ahora.

Nadie necesitó preguntar qué significaba aquella última frase.

El antiguo paso natural continuaba visible.

Aunque varias secciones se encontraban cubiertas por agua.

Arthur avanzó primero. Después ayudó a Edith.

Florence cruzó prácticamente sola. Y Diana cerró la marcha.

Varias veces el agua alcanzó sus tobillos.

Una vez casi llegó a las rodillas. Pero finalmente consiguieron alcanzar la isla.

Empapados. Cansados. Y absolutamente convencidos de haber tomado la decisión correcta. Porque el contraste fue inmediato.

El sendero interior estaba protegido por los árboles.

El viento disminuyó. La lluvia apenas conseguía atravesar las ramas superiores.

Y por primera vez desde que abandonaron Blackwood Hall pudieron escuchar algo diferente al temporal.

El sonido de las hojas. El goteo del agua.

El canto distante de algún ave oculta. La isla parecía poseer su propio clima.

Su propio ritmo. Su propio tiempo. Y cuanto más avanzaban, más evidente resultaba.

Entonces apareció. El Invernadero. No entre la niebla.

No a la distancia. No reflejado por el agua.

Frente a ellos. Completo. Real. Inmenso.

Los grandes arcos de hierro emergían entre los árboles como los restos de una catedral olvidada.

Algunos paneles de cristal permanecían intactos.

Otros habían desaparecido. En varios sectores la hiedra cubría completamente la estructura.

En otros, el hierro aparecía desnudo y oxidado.

Y sin embargo seguía siendo hermoso. Extraordinariamente hermoso.

No parecía una ruina. Parecía algo más triste.

Algo que luchaba por continuar existiendo.

Edith permaneció inmóvil. Observándolo. Respirando lentamente. Arthur comprendió que estaba intentando recordar. No pensar. Recordar. La muchacha cerró los ojos. Y sonrió.

—Lo conozco —susurró.

Nadie habló. Porque todos entendieron la importancia de aquellas palabras. Durante meses habían perseguido un misterio. Pero para Edith aquello no era un descubrimiento. Era un regreso.

Llegaron finalmente a la puerta principal.

La misma que habían contemplado el día anterior.

La misma inscripción. El mismo hierro ennegrecido.

La misma cerradura. Pero esta vez algo era diferente.

Edith sostenía la llave. La última. La llave que siempre había estado allí.

La observó unos segundos. Después levantó la vista hacia la enorme estructura de cristal.

Y por primera vez desde el comienzo de la historia, Arthur tuvo la sensación de que la casa, las llaves, la biblioteca y la isla habían sido únicamente un camino para conducirlos hasta este instante.

Edith introdujo la llave en la cerradura.

El mecanismo permaneció inmóvil unos segundos.

Como si estuviera despertando. Después comenzó a girar.

Lentamente. Muy lentamente. Y el sonido del metal resonó bajo la cúpula vacía como una voz que regresaba después de muchos años de silencio.

La puerta cedió con lentitud. No porque estuviera bloqueada.

Ni porque el óxido hubiera vencido al mecanismo.

Parecía simplemente resistirse a abandonar el silencio.

El sonido de los goznes resonó bajo la estructura de hierro.

Largo. Grave. Casi solemne. Y entonces el Invernadero volvió a abrirse. Por primera vez en muchos años.

Nadie cruzó inmediatamente. Los cuatro permanecieron inmóviles.

Observando. Respirando. Escuchando. Porque algo inesperado ocurrió en cuanto la puerta se abrió.

El viento desapareció. No por completo. Pero sí de forma abrupta.

Como si acabaran de atravesar una frontera invisible.

Afuera continuaba el temporal. La lluvia golpeaba el cristal.

Las ramas se agitaban violentamente. Pero dentro reinaba una calma extraña.

Una calma viva. Natural. Protegida. Arthur dio el primer paso.

Y sintió inmediatamente el cambio. El aire era más cálido.

No mucho. Solo lo suficiente para resultar evidente.

Después entró Edith. Luego Florence. Finalmente Diana.

Y la puerta comenzó a cerrarse lentamente detrás de ellos.

Durante algunos segundos nadie habló. Porque el lugar superaba cualquier expectativa.

No parecía una habitación. No parecía una construcción.

Parecía un mundo. La gran cúpula central se elevaba muy por encima de sus cabezas.

Decenas de metros. Quizá más. Los arcos de hierro se cruzaban formando una inmensa red metálica cubierta parcialmente por plantas trepadoras.

La luz gris del exterior atravesaba los paneles de cristal creando reflejos suaves y cambiantes.

Y por todas partes crecía vida. Vida auténtica. Abundante. Improbable.

El primer sector era húmedo. Extraordinariamente húmedo.

Grandes helechos cubrían el suelo. Musgo.

Lianas. Pequeños cursos de agua. La condensación descendía lentamente por los cristales superiores.

Las gotas caían desde alturas imposibles.

Y el aire olía a tierra fértil. A hojas.

A crecimiento. Florence giró sobre sí misma. Incapaz de contener la sonrisa.

—Esto no puede estar en Yorkshire —dijo.

Diana parecía igual de sorprendida.

—No debería existir —respondió—. Y sin embargo existe.

Continuaron avanzando. Y entonces descubrieron algo todavía más extraño.

El clima cambiaba. Gradualmente. Pero cambiaba.

Los senderos interiores conducían hacia distintas zonas separadas por antiguos muros vegetales y estructuras de hierro.

En algunos sectores la humedad aumentaba.

En otros desaparecía. Como si cada parte del Invernadero perteneciera a una región distinta del mundo.

Arthur comenzó a comprender. Los mapas. Las expediciones.

Las semillas. Los viajes. Todo aquello terminaba allí.

Llegaron a una zona completamente diferente. Más luminosa. Más seca. La vegetación cambiaba radicalmente. Arbustos aromáticos. Lavanda. Romero. Pequeños olivos. Piedra clara. Incluso la temperatura parecía distinta. Como si acabaran de recorrer cientos de kilómetros en apenas unos minutos.

—Es imposible —murmuró Diana por segunda vez. Y nuevamente nadie pudo contradecirla.

Más adelante encontraron el origen de muchas preguntas antiguas. La planta. Aquella especie imposible que Diana había descubierto semanas atrás cerca de Blackwood Hall. Allí crecían decenas. Quizá cientos. Protegidas bajo el cristal. Sanas. Floreciendo. Edith se arrodilló junto a una de ellas.

—Entonces era verdad —susurró.

Arthur comprendió inmediatamente. La semilla no había llegado desde otro continente. No directamente. Había escapado. Había abandonado accidentalmente aquel lugar años atrás. Y eso significaba que el Invernadero llevaba mucho más tiempo vivo del que cualquiera imaginaba.