Capítulo 22 La Llave que Siempre Estuvo Allí
El cambio comenzó durante la madrugada. No fue la lluvia.
La lluvia llevaba meses acompañándolos. Tampoco el viento.
En Yorkshire el viento parecía existir incluso cuando nadie lo escuchaba.
Fue otra cosa. Una sensación. Una tensión difícil de explicar.
Como si la propia atmósfera estuviera esperando algo.
Arthur la percibió al despertar. Las ventanas vibraban suavemente.
Las nubes avanzaban más rápido de lo habitual.
Y el cielo poseía un tono gris oscuro que rara vez había visto desde su llegada a Inglaterra.
Durante el desayuno descubrió que no era el único.
Barnes observaba constantemente por las ventanas.
Los criados hablaban en voz baja. Y Lady Eleanor parecía más inquieta de lo habitual.
Fue Ashcroft quien finalmente explicó la situación.
El abogado llegó al comedor con un periódico doblado bajo el brazo.
Lo dejó sobre la mesa. Y señaló una pequeña columna.
—Los pescadores de Whitby han regresado antes de tiempo —dijo—. Eso nunca es buena señal.
Arthur leyó rápidamente el artículo. Hablaba de un frente procedente del Mar del Norte. Vientos fuertes. Lluvias intensas. Posibles inundaciones. Nada extraordinario por sí mismo. Pero sí suficiente para preocupar a quienes vivían en la costa.
—¿Una tormenta? —preguntó Florence.
—Algo más serio —respondió Ashcroft—. Probablemente dentro de dos o tres días.
La niña pareció más intrigada que asustada. Arthur no se sorprendió. Florence encontraba fascinante casi cualquier cosa. Incluso los peligros. Especialmente los peligros.
—¿Tan grave será? —preguntó Diana.
Barnes intervino antes que nadie.
—Los viejos del pueblo ya están reforzando ventanas.
Eso bastó. Porque Barnes no era un hombre dado a exagerar.
La conversación terminó poco después. Pero el tema permaneció en el ambiente.
Incluso mientras los cuatro caminaban hacia la biblioteca.
El cielo parecía oscurecerse un poco más con cada hora.
Las ramas de los árboles se agitaban constantemente.
Y por primera vez en mucho tiempo Blackwood Hall parecía prepararse para algo.
Arthur abrió la puerta de la biblioteca. El olor familiar de papel antiguo los recibió. Aquella habitación había sido escenario de casi todos sus descubrimientos. Y probablemente estaba a punto de entregar el último.
—La frase —dijo Edith—. Empecemos por la frase.
Arthur asintió. Durante el camino de regreso desde la isla ninguno había conseguido dejar de pensar en ella.
Las cosas más valiosas rara vez permanecen ocultas.
Somos nosotros quienes dejamos de mirarlas.
No parecía una pista. Pero tampoco parecía casual.
Su padre había elegido aquellas palabras deliberadamente. Y eso significaba algo.
—¿Qué era lo más importante para él? —preguntó Diana.
—Las plantas —respondió Florence.
—La biblioteca —dijo Arthur.
—Edith —añadió la propia Edith.
Nadie discutió aquella respuesta. Porque probablemente era la correcta.
La búsqueda comenzó de nuevo. Pero esta vez de una forma diferente.
Ya no revisaban documentos. Ni mapas. Ni diarios.
Ahora observaban la habitación. Las paredes.
Los muebles. Las estanterías. Todo aquello que llevaban meses viendo sin mirar realmente.
Varias veces Arthur creyó encontrar algo.
Siempre terminaba siendo una falsa alarma.
Mientras tanto el viento aumentaba. A través de los ventanales podían verse las copas de los árboles agitándose con fuerza creciente.
El temporal se acercaba. Y por alguna razón aquello parecía añadir urgencia a la investigación.
Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado. Un destello iluminó brevemente toda la biblioteca. Blanco. Intenso. Instantáneo. Seguido varios segundos después por un trueno lejano. Florence corrió inmediatamente hacia la ventana.
—¡Lo habéis visto! —exclamó.
Arthur sonrió.
—Solo fue un rayo.
Pero Edith no respondió. La muchacha permanecía inmóvil. Observando el exterior. O intentando observarlo. Otro relámpago cruzó el horizonte. Mucho más lejano. Más tenue. Reflejado entre las nubes. Y por un instante una expresión extraña apareció en su rostro.
—Lo recuerdo —murmuró.
Arthur giró inmediatamente.
—¿Qué cosa?
Edith continuó mirando hacia la ventana.
—Los rayos.
Durante varios segundos nadie habló. La muchacha sonrió. Y aquella sonrisa contenía algo profundamente triste.
—Había olvidado lo hermosos que eran.
El silencio que siguió resultó más poderoso que cualquier respuesta. Porque todos comprendieron lo que realmente quería decir. No había olvidado los rayos. Había olvidado el mundo. Y poco a poco estaba recuperándolo.
Mientras el viento golpeaba los cristales y las primeras señales del temporal comenzaban a aparecer sobre Yorkshire, los cuatro continuaron buscando. Sin saber que la respuesta llevaba años observándolos desde la misma habitación. Y que estaban a punto de encontrar la última llave.
La búsqueda continuó durante casi una hora.
Y cuanto más tiempo pasaba, más frustrado comenzaba a sentirse Arthur.
Habían revisado escritorios, cajones, estanterías, mapas, globos terráqueos y vitrinas.
Nada. Absolutamente nada. La frase seguía allí.
Persistente. Molesta. Como una respuesta escondida detrás de un cristal empañado.
Las cosas más valiosas rara vez permanecen ocultas.
Somos nosotros quienes dejamos de mirarlas.
—Quizá estamos pensando demasiado —murmuró Diana.
—Eso suele ocurrir.
Arthur estaba a punto de responder cuando Florence emitió un pequeño sonido de sorpresa. No un grito. Ni una exclamación. Algo más parecido a una duda.
—¿Arthur?
Todos giraron. La niña permanecía junto a una de las estanterías más antiguas. Una que habían utilizado decenas de veces.
—¿Qué ocurre? —preguntó Edith.
Florence pasó la mano sobre varios lomos de libros.
—No sé. Esto me parece extraño.
Arthur se acercó.
—¿Qué cosa?
Florence señaló una fila concreta.
—Estos libros. No están colocados igual.
Arthur observó. Al principio no vio nada.
Después lo comprendió. Todos los volúmenes de aquella sección estaban orientados en la misma dirección.
Excepto cuatro. Cuatro libros colocados al revés.
Como si alguien hubiera querido que destacaran.
Y al mismo tiempo hubiera esperado que nadie los notara.
—Llevan aquí todo este tiempo —murmuró Arthur.
Diana tomó uno de ellos. No encontró nada especial.
Después otro. Tampoco. Pero cuando retiraron el cuarto apareció algo detrás.
Un espacio. Pequeño. Oculto. Excavado directamente en la madera de la estantería.
Durante unos segundos ninguno habló. Porque todos comprendieron lo mismo. Habían encontrado algo.
Dentro del compartimento descansaban únicamente tres objetos. Nada más. Una llave. Un sobre. Y una pequeña caja de cuero. Arthur observó la llave. Era distinta a las otras. Más fina. Más elegante. Fabricada en plata oscurecida por el tiempo. Nadie necesitó preguntar qué abría. Todos lo sabían.
Edith fue quien tomó el sobre. Sus dedos temblaron ligeramente.
En el exterior había una única inscripción. Con una letra ya familiar para ella.
Permaneció inmóvil durante varios segundos.
No rompió el sello de inmediato.
Sus dedos recorrieron lentamente la tinta, como si al hacerlo pudiera reconocer nuevamente la mano que la había escrito.
Nadie habló.
Incluso el viento pareció contenerse al otro lado de los ventanales.
Solo entonces abrió cuidadosamente el sobre.
Respiró hondo.
Y comenzó a leer.
Al principio en silencio.
Después en voz alta.
—"Si has encontrado esta carta, significa que llegaste mucho más lejos de lo que jamás imaginé."
Arthur reconoció inmediatamente el tono. No era un mensaje solemne. No parecía una despedida. Parecía una conversación. Como si el padre estuviera sentado frente a ellos.
—"No sé cuántos años tendrás cuando leas esto. Tampoco sé qué cosas habrás perdido o encontrado para entonces." —Edith hizo una pausa. Respiró profundamente. Y continuó—. "Pero sí sé algo. La curiosidad siempre fue más fuerte en ti que el miedo. Espero que siga siendo así."
Florence sonrió.
—Eso suena a ti.
Edith no respondió. Porque tenía los ojos llenos de lágrimas. No de tristeza. De reconocimiento. Como si por primera vez en años volviera a escuchar una voz familiar.
Cuando terminó la carta, Arthur abrió la pequeña caja de cuero.
Su contenido resultó inesperado. No había documentos.
Ni mapas. Ni joyas. Solo varias fotografías antiguas.
Y un cuaderno de viaje. Muy gastado. Muy utilizado.
El primer retrato mostraba a un hombre joven.
Mucho más joven que el del cuadro encontrado en el estudio.
El padre de Edith. Sin duda. Pero no estaba solo.
A su lado aparecía una mujer. Cabello oscuro.
Vestido sencillo. Expresión serena. Y una sonrisa sorprendentemente cálida.
Arthur tardó varios segundos en comprender quién era. Edith fue la primera.
—Lady Eleanor —susurró.
Nadie respondió. Porque todos estaban igual de sorprendidos.
Aquella mujer no se parecía a la Lady Eleanor que conocían.
No había dureza. No había distancia. No había frialdad.
Parecía feliz. Genuinamente feliz. Diana tomó otra fotografía.
Después una tercera. Y la conclusión fue siempre la misma.
El padre de Edith y Eleanor aparecían juntos.
Viajando. Trabajando. Explorando. Como viejos amigos. O algo incluso más cercano.
—No lo entiendo —murmuró Florence.
—Yo tampoco —respondió Arthur.
Pero por primera vez comenzaron a sospechar que la historia era mucho más compleja de lo que habían imaginado.