Capítulo 21 Los Jardines de Invierno #2
—"Las cosas más valiosas rara vez permanecen ocultas. Somos nosotros quienes dejamos de mirarlas."
Nadie habló inmediatamente. Porque no parecía una advertencia.
Ni una instrucción. Ni un acertijo. Parecía algo mucho más personal.
Una idea. Una convicción. Una forma de entender el mundo.
Y mientras observaban aquella frase, ninguno advirtió que la verdadera respuesta que buscaban ya había sido mencionada mucho antes. En la biblioteca.
Durante varios minutos permanecieron frente a la puerta.
La contemplaron. La tocaron. La rodearon.
Pero ninguna de las llaves funcionó. Ni la de hierro.
Ni la entregada por Ashcroft. Arthur intentó varias veces.
Siempre con el mismo resultado. La cerradura ni siquiera giraba.
Como si estuviera esperando algo completamente distinto.
Finalmente tuvieron que aceptar la evidencia.
Habían llegado. Pero aún no podían entrar.
La decepción fue silenciosa. Más profunda en Arthur que en los demás.
Después de tantos meses de búsqueda esperaba algún tipo de recompensa inmediata.
Sin embargo Edith parecía extrañamente tranquila.
—Sabía que no sería tan fácil —dijo.
—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Florence.
La muchacha observó el enorme edificio oculto tras los árboles.
—Porque era importante para él.
Nadie necesitó preguntar quién era "él".
Decidieron entonces explorar los alrededores.
Y fue una decisión afortunada. Porque los jardines exteriores conservaban muchas más cosas de las que cualquiera habría imaginado.
Senderos circulares. Antiguos canteros. Pequeñas fuentes cubiertas de musgo.
Incluso los restos de un pabellón de descanso parcialmente derrumbado.
Todo hablaba de una época distinta. Una época en la que aquel lugar había estado lleno de vida.
Mientras examinaban una vieja glorieta, Diana encontró algo. No era una llave. Ni un documento. Era una placa. Pequeña. De bronce. Casi completamente cubierta por líquenes. Arthur la limpió cuidadosamente. La inscripción apenas seguía siendo legible. Pero podían leerla.
—El Jardín de Eleanor Ashford.
Los cuatro intercambiaron miradas.
—No es Lady Eleanor —dijo Florence.
—No —respondió Edith—. Nunca escuché ese nombre.
Arthur continuó limpiando. Y descubrió otra línea más abajo. Mucho más deteriorada.
—"Plantado en memoria de..."
El resto había desaparecido. Pero bastaba. Aquella mujer había sido importante. Lo suficiente para tener un jardín propio. Lo suficiente para que alguien quisiera recordarla. Y era la primera vez que encontraban un nombre completamente nuevo asociado al lugar.
La tarde comenzaba a oscurecer cuando llegaron a la parte posterior del Invernadero. Allí la vegetación era más densa. Más salvaje. Como si nadie hubiera pasado por ese sector durante décadas. Fue Florence quien encontró el detalle.
—Arthur. Ven a ver esto.
La niña estaba junto a un muro de piedra cubierto de hiedra.
Arthur se acercó. Y tardó unos segundos en comprender lo que observaba.
Había marcas. Antiguas. Profundas. Talladas cuidadosamente en la piedra.
No eran nombres completos. No eran fechas.
Parecían iniciales. Símbolos. Pequeños dibujos.
Edith pasó lentamente los dedos sobre ellos. Y se quedó inmóvil.
—Esto no está aquí por casualidad —susurró.
Arthur observó una de las marcas. Después otra.
Y otra más. Entonces reconoció algo. Uno de los dibujos.
Una flor. La misma flor que había aparecido repetidamente en varios cuadernos del padre.
La misma. Exactamente la misma. La sensación fue extraña.
Como si todos aquellos hallazgos dispersos comenzaran finalmente a formar una única historia.
El regreso fue mucho más silencioso. La luz desaparecía rápidamente.
Y la lluvia amenazaba con volver. Cuando abandonaban la isla, Arthur se volvió una última vez.
El Invernadero permanecía inmóvil entre los árboles.
Oscuro. Silencioso. Inalcanzable. Y aun así algo había cambiado.
Ya no era una leyenda. Ya no era un recuerdo.
Ya no era una obsesión. Ahora era una realidad. Una realidad cerrada. Pero real.
Mientras caminaban de regreso hacia Blackwood Hall, Edith fue la única que habló.
—La frase —murmuró.
—¿Cuál? —preguntó Diana.
—La de la entrada. Las cosas más valiosas rara vez permanecen ocultas. Somos nosotros quienes dejamos de mirarlas.
Nadie respondió. Porque todos seguían pensando en ella. Especialmente Arthur. Algo le resultaba familiar. Terriblemente familiar. Como una idea que hubiera escuchado antes. O visto antes. Pero no lograba recordar dónde.
La respuesta llegó cuando Blackwood Hall apareció nuevamente entre la niebla. Cuando las ventanas de la biblioteca se hicieron visibles. Cuando observó las altas estanterías detrás de los cristales. Entonces se detuvo. Tan bruscamente que Florence casi chocó contra él.
—Arthur. ¿Qué ocurre?
El muchacho no respondió de inmediato. Porque acababa de comprender algo. No una solución completa. Solo una posibilidad. Pero era suficiente. Miró a Edith. Después a Diana. Y finalmente a Florence.
—No creo que la frase hablara del Invernadero —dijo—. Creo que hablaba de la biblioteca.
El silencio que siguió fue absoluto. Y por primera vez desde que encontraron la isla, todos tuvieron exactamente la misma sospecha. La última llave había estado mucho más cerca de ellos de lo que jamás imaginaron.