Capítulo 21 Los Jardines de Invierno
La isla permaneció en la mente de todos durante los días siguientes.
Incluso cuando no hablaban de ella. Incluso cuando intentaban concentrarse en otras cosas.
Siempre terminaban regresando al mismo punto.
La laguna. Los reflejos. La estructura de cristal oculta entre los árboles.
Y la certeza de que habían llegado demasiado lejos para detenerse ahora.
La lluvia también regresó. No con la violencia de las grandes tormentas anteriores.
Sino en breves ráfagas. Chaparrones repentinos que aparecían y desaparecían a lo largo del día.
Yorkshire parecía incapaz de decidir entre el otoño y la primavera.
Arthur comenzaba a sospechar que aquello era completamente normal.
Una tarde encontró a Edith observando por una ventana. La muchacha permanecía inmóvil. Con las manos apoyadas sobre el cristal. Mirando hacia la distancia.
—¿Pensando en la isla? —preguntó.
Edith tardó unos segundos en responder.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Algunas veces no sé si recuerdo cosas o simplemente las imagino.
Arthur permaneció junto a ella. Sin interrumpir. Aquello también se había vuelto habitual.
—Recuerdo agua —dijo finalmente Edith—. Y flores. Pero no sé si pertenecen al mismo recuerdo.
—Quizá lo descubriremos.
La muchacha sonrió débilmente.
—Eso espero.
No añadió nada más. Pero Arthur comprendió algo. Por primera vez Edith parecía tener miedo. No del encierro. No de Lady Eleanor. No de la oscuridad. Sino de descubrir que sus recuerdos estaban equivocados.
Dos días después decidieron regresar. El clima no era ideal. Pero tampoco parecía dispuesto a mejorar. Diana fue quien terminó de convencerlos.
—Si esperamos a que Yorkshire tenga un día perfecto, nunca volveremos.
La lógica resultó difícil de discutir. Partieron poco después del desayuno.
Arthur llevaba el mapa del padre. Florence cargaba una pequeña mochila con comida.
Diana avanzaba delante. Y Edith caminaba entre Arthur y Florence.
El gato negro los observó desde una de las escaleras interiores.
Sin seguirlos. Como si comprendiera que aquella parte del viaje no le pertenecía.
El trayecto resultó más sencillo que la primera vez.
Ahora conocían el camino. Reconocían los senderos.
Las ruinas. Los árboles. Los viejos muros cubiertos de musgo.
Y aun así la distancia seguía pareciendo enorme.
Blackwood Hall desapareció gradualmente detrás de ellos.
Hasta convertirse en una sombra gris entre la niebla.
Cuando alcanzaron nuevamente la elevación desde donde habían visto la laguna, todos se detuvieron.
La isla seguía allí. Oscura. Silenciosa.
Esperando. Y esta vez podían verla mejor.
El Invernadero también. La vegetación continuaba ocultando gran parte de la estructura.
Pero ahora distinguían claramente la cúpula central, los arcos de hierro y varios paneles de cristal todavía intactos.
Era mucho más grande de lo que habían imaginado. Mucho más.
—Papá nunca construyó algo así —murmuró Edith.
Arthur la observó.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya estaba aquí.
Todos comprendieron inmediatamente. Aquella construcción pertenecía a una generación anterior. Quizá varias. El padre de Edith la había protegido. Estudiado. Conservado. Pero no creado. El descubrimiento hizo que el lugar pareciera aún más antiguo. Más misterioso. Más importante.
Diana fue la primera en reanudar la marcha.
—Si existe una isla, existió un acceso —dijo—. Nadie construye un lugar así para llegar nadando.
La observación parecía obvia. Pero nadie la había formulado hasta entonces.
Comenzaron a descender hacia la orilla. El terreno se volvió más irregular. Más húmedo. Más difícil. En algunos sectores la vegetación casi ocultaba el suelo. Y varias veces tuvieron que detenerse para comprobar el mapa. Fue Florence quien encontró la primera evidencia.
—¡Aquí!
La niña apartó varias ramas. Todos acudieron inmediatamente. Debajo de la maleza aparecía piedra. No una roca natural. Una superficie trabajada. Parte de una estructura. Diana se arrodilló. Limpió el musgo con la mano. Y sonrió.
—Lo sabía.
Arthur observó con atención. Era la base de un antiguo pilar.
Y no estaba sola. Al levantar la vista descubrieron otra.
Y otra más. Emergiendo parcialmente del agua.
Alineadas. Como una fila de gigantes hundidos.
Los restos de un puente. Uno mucho más grande de lo que imaginaban.
Mucho más antiguo. Y completamente destruido.
Durante varios minutos recorrieron la orilla siguiendo los vestigios.
La estructura había desaparecido. Pero los soportes continuaban allí. Silenciosos. Resistiendo al tiempo.
Y entonces Florence señaló algo. Al otro lado de los pilares.
Muy cerca del borde del agua. Una figura rojiza acababa de aparecer entre los arbustos.
El zorro. Los observó unos segundos. Inmóvil.
Atento. Como si evaluara su presencia. Después giró.
Y desapareció entre la vegetación. No hacia el bosque.
No hacia la mansión. Sino siguiendo la orilla de la laguna.
En dirección a un lugar que el antiguo puente no parecía alcanzar.
Diana observó el recorrido. Después miró el mapa. Y finalmente volvió a observar los arbustos.
—No está siguiendo el puente —murmuró—. Está siguiendo otra ruta.
Y por primera vez tuvieron la sensación de que estaban a punto de descubrir algo que había permanecido oculto incluso para quienes construyeron el lugar.
Durante varios minutos permanecieron observando el lugar donde había desaparecido el zorro. Nadie habló. La laguna parecía absorber todos los sonidos. Incluso el viento. Incluso la lluvia. Era como si aquella parte de la propiedad perteneciera a otro mundo. No uno fantástico. Simplemente olvidado.
Diana fue la primera en avanzar. Siguió la dirección tomada por el animal.
Paralela a la orilla. Sin alejarse demasiado del agua.
Arthur la siguió. Después Florence. Finalmente Edith.
El terreno resultó cada vez más difícil.
Las raíces sobresalían del suelo. Los arbustos crecían sin control.
Y en algunos sectores la vegetación ocultaba completamente el sendero.
Sin embargo existía. Eso era evidente. No aparecía en los mapas.
Pero existía. Un paso estrecho. Natural.
Utilizado durante años. Quizá décadas. Quizá más.
Varias veces encontraron huellas. No humanas.
Animales. Pequeños rastros que confirmaban que aquel camino seguía siendo utilizado.
—Diana tenía razón —murmuró Arthur—. Los animales nunca olvidaron.
La muchacha sonrió.
—Normalmente somos nosotros quienes complicamos las cosas.
Continuaron avanzando. La laguna permanecía siempre a su izquierda.
Oscura. Inmóvil. Y poco a poco la isla comenzó a parecer más cercana.
Más grande. Más real. Ya podían distinguir árboles individuales.
Senderos. Algunas estructuras cubiertas de hiedra.
Y fragmentos de hierro emergiendo entre la vegetación. Fue Edith quien se detuvo primero.
—Esperad.
Todos giraron. La muchacha observaba algo al otro lado del agua.
O más bien intentaba observarlo. Arthur siguió la dirección de su mirada.
Entre los árboles aparecía una forma extraña.
Recta. Geométrica. Demasiado perfecta para ser natural.
Un arco. Después otro. Y otro más. Hierro.
Cubierto por décadas de plantas trepadoras.
Parte del esqueleto exterior del Invernadero.
Por primera vez distinguían claramente su tamaño.
Y era inmenso. Mucho más grande que cualquier construcción similar que Arthur hubiera imaginado.
—Dios mío —susurró Florence.
Nadie la contradijo. Porque todos estaban pensando exactamente lo mismo.
Media hora después encontraron el acceso.
No un puente. No completamente. Al menos ya no.
Quizá décadas atrás lo había sido. Ahora apenas quedaban restos.
Una estrecha lengua de tierra. Rocas. Troncos antiguos.
Y varias secciones construidas por el hombre que permitían cruzar una zona poco profunda de la laguna.
El camino era inseguro. Pero practicable.
El zorro había desaparecido por allí. Y ellos también podían hacerlo.
Arthur cruzó primero. Después ayudó a Edith.
Florence y Diana los siguieron. Al alcanzar la isla nadie dijo una palabra.
Porque todos sintieron lo mismo. Habían llegado. Por fin.
Los árboles eran distintos allí. Más antiguos.
Más altos. Más protegidos del viento. La vegetación parecía crecer con una intensidad extraña.
Como si el lugar hubiera desarrollado su propio clima.
Mientras avanzaban descubrieron senderos cubiertos de musgo.
Bancos derruidos. Faroles oxidados. Y los restos de antiguos jardines ornamentales.
Algunas flores seguían floreciendo. Contra toda lógica.
Contra todo abandono. Edith se agachó junto a una de ellas. Rozó suavemente los pétalos. Y sonrió.
—Papá hablaba de estas flores —murmuró.
Era la primera vez que reconocía algo con absoluta certeza. Aquello produjo un silencio respetuoso. Porque todos comprendieron que ya no estaban siguiendo únicamente un mapa. Estaban siguiendo una memoria. Y esa memoria los estaba conduciendo directamente al corazón de Blackwood.
Al final del sendero principal apareció finalmente la entrada.
La puerta del Invernadero. Enorme. Cubierta de hiedra.
Protegida por hierro ennegrecido. Todavía cerrada.
Todavía intacta. Como si hubiera estado esperando durante años.
Y justo a un lado de la entrada, tallada en una piedra cubierta parcialmente por musgo, descubrieron una inscripción.
Arthur limpió cuidadosamente la superficie. Y leyó en voz alta: