Capítulo 20 La Isla del Cristal
La llave de hierro giró lentamente. Durante años había permanecido inútil.
Durante meses había sido un misterio. Ahora finalmente encontraba su lugar.
El mecanismo del viejo mueble cedió con un sonido seco.
Nadie habló. Arthur abrió ambas puertas con cuidado.
Y todos se inclinaron hacia adelante. Esperaban documentos.
Cartas. Quizá algún diario. Lo que encontraron fue mucho más extraño.
El interior estaba organizado con una precisión casi obsesiva.
Cada carpeta. Cada cuaderno. Cada mapa. Todo parecía dispuesto siguiendo algún orden que solo una persona comprendía completamente. El padre de Edith.
Durante varios segundos ninguno se atrevió a tocar nada. Fue Edith quien rompió el silencio.
—Siempre hacía esto —murmuró.
—¿Qué cosa? —preguntó Florence.
—Ordenarlo todo. Si encontraba una hoja fuera de lugar podía pasar una hora buscándola.
Aquella simple observación provocó una sonrisa involuntaria en Barnes.
—Es cierto —confirmó—. Una vez reorganizó media biblioteca porque alguien movió un libro.
Por primera vez desde que habían abierto la habitación, la tensión disminuyó ligeramente. Arthur tomó uno de los cuadernos. Estaba lleno de observaciones botánicas. Fechas. Temperaturas. Niveles de humedad. Especies. Algunas conocidas. Otras no. Diana examinó otro.
—No estudiaba plantas —dijo—. Las cuidaba.
Arthur comprendió inmediatamente la diferencia.
Aquellos registros no pertenecían a un coleccionista.
Pertenecían a alguien que intentaba conservar algo.
Protegerlo. Mantenerlo vivo. Sobre la mesa comenzaron a acumularse documentos.
Mapas. Bocetos. Anotaciones. Y lentamente empezó a surgir una imagen.
No de una persona. Sino de una obsesión.
Todo parecía conducir hacia un mismo lugar. Una misma idea. Un mismo proyecto.
Fue Florence quien encontró la primera pista importante.
—Arthur. —La niña levantó una carpeta de cuero desgastado—. Creo que esto es distinto.
Arthur la abrió. En su interior descansaban varios planos de gran tamaño. Mucho más elaborados que los que habían visto anteriormente. Al desplegarlos, la superficie de la mesa quedó completamente cubierta. Diana fue la primera en comprender lo que observaban.
—La finca —susurró.
Era Blackwood Hall. Pero no la Blackwood Hall actual.
Era una versión mucho más grande. Más viva.
Más compleja. Aparecían jardines desaparecidos, senderos olvidados, estanques, puentes, invernaderos menores y huertos.
Partes enteras de la propiedad que el tiempo parecía haber borrado.
Edith recorrió lentamente el papel con los dedos. Como quien intenta recordar un sueño.
—Había más caminos —dijo—. Muchos más.
Arthur siguió observando el mapa. Y entonces descubrió algo.
Una zona situada en el extremo occidental.
Muy lejos de la mansión. Más lejos de lo que cualquiera hubiera imaginado.
No estaba marcada con ningún nombre evidente.
Solo aparecía un pequeño dibujo. Una estructura circular.
Rodeada por agua. Diana se inclinó inmediatamente.
—¿Qué es eso?
Nadie respondió. Arthur observó el símbolo. Después revisó otros planos. Volvía a aparecer. Una y otra vez. Siempre en el mismo lugar. Siempre aislado. Siempre rodeado por una masa de agua. Como una isla.
Edith frunció ligeramente el ceño.
—No lo recuerdo —murmuró—. Pero sé que es importante.
Durante la siguiente hora revisaron documento tras documento.
Y cada nueva referencia parecía acercarlos a aquella zona de la finca.
No había explicaciones claras. No había instrucciones.
Solo rastros. Pequeñas señales dejadas por alguien que esperaba ser comprendido.
La tarde comenzaba a oscurecer cuando Diana encontró algo inesperado.
Una hoja doblada entre dos planos. La abrió cuidadosamente.
Era un dibujo. Muy simple. Casi infantil.
Representaba un sendero. Un grupo de árboles.
Y un zorro. Un zorro común. De pelaje rojizo. Observando hacia el oeste.
Arthur sintió un escalofrío. Porque reconoció inmediatamente el lugar.
Habían estado allí. Más de una vez. Y el animal también.
El mismo sendero. Los mismos árboles. Las mismas apariciones.
Durante todo ese tiempo el zorro había estado recorriendo exactamente el mismo camino.
Un camino que parecía conducir hacia aquella misteriosa isla.
Afuera la lluvia continuaba cayendo. Pero por primera vez desde la llegada a Blackwood Hall, los cuatro comprendieron que ya no estaban buscando una habitación.
Ni una llave. Ni siquiera una persona. Ahora perseguían un lugar. Y ese lugar existía realmente.
Durante el resto de la tarde nadie habló de otra cosa.
Los mapas permanecían desplegados sobre la mesa.
Las anotaciones del padre de Edith aparecían dispersas entre los documentos como fragmentos de una conversación interrumpida.
Y poco a poco comenzó a surgir una conclusión inevitable.
Aquella estructura existía. No era una leyenda.
No era una invención infantil. No era uno de los recuerdos confusos de Edith.
Estaba allí. En algún lugar del extremo occidental de la finca.
Esperándolos. La única pregunta era cuánto tardarían en llegar.
La oportunidad llegó dos días después. La lluvia disminuyó.
No desapareció. Simplemente cedió. Como si Yorkshire hubiera decidido concederles una tregua temporal.
El cielo seguía cubierto. La tierra seguía húmeda.
Pero por primera vez en semanas podían caminar largas distancias sin quedar completamente empapados.
Lady Eleanor apenas apareció durante el desayuno.
Y cuando lo hizo, parecía distraída. Preocupada.
Arthur sospechó que Ashcroft tenía mucho que ver con aquello.
El abogado llevaba dos días encerrado con documentos.
Correspondencia. Registros legales. Y conversaciones privadas que nadie conseguía escuchar.
Algo estaba ocurriendo. Pero aún no sabían qué.
Aquella mañana decidieron no esperar más.
Partieron poco después del mediodía. Arthur llevaba el mapa.
Diana dirigía la marcha. Florence caminaba de un lado a otro observándolo todo.
Y Edith avanzaba junto a ella. Más despacio.
Más cautelosa. Pero decidida. El gato negro los observó partir desde una ventana.
Y desapareció antes de que nadie pudiera acercarse.
Los jardines cercanos a Blackwood Hall quedaron atrás rápidamente.
Después llegaron zonas mucho menos familiares.
Senderos cubiertos por maleza. Antiguos caminos de piedra.
Pequeños muros derrumbados. Restos de glorietas.
Estatuas cubiertas de musgo. Era como caminar por una versión olvidada de la propiedad.
Una finca enterrada bajo otra. Varias veces Diana tuvo que detenerse para consultar el mapa.
Los caminos ya no coincidían completamente.
Algunos habían desaparecido. Otros se encontraban bloqueados por árboles caídos.
Pero la dirección general permanecía clara.
Siempre hacia el oeste. Siempre más lejos.
A media tarde encontraron la primera prueba definitiva. Los restos de un puente. No el gran puente del mapa. Otro más pequeño. Un puente de piedra derrumbado sobre un arroyo. Florence fue la primera en cruzarlo.
—¡Todavía aguanta! —anunció.
Arthur negó con la cabeza.
—Algún día vas a matarnos del susto.
—Algún día —respondió ella sonriendo.
La frase pareció insignificante. Una simple broma. Pero Edith la recordó. Mucho después.
Continuaron avanzando. El terreno comenzó a elevarse lentamente.
Los árboles se hicieron más densos. La vegetación más salvaje.
Y el viento más fuerte. Los cuervos reaparecieron.
Primero uno. Después dos. Luego varios más.
Observándolos desde las ramas superiores.
Sin acercarse. Sin marcharse. Como viejos guardianes silenciosos del lugar.
Cuando alcanzaron la cima de una pequeña elevación natural, Diana se detuvo de repente.
Nadie necesitó preguntar por qué. Todos lo comprendieron inmediatamente.
Frente a ellos. Más allá de una extensión de agua gris.
Apareció la laguna. Era mucho más grande de lo que sugerían los mapas.
Oscura. Inmóvil. Rodeada por árboles centenarios.
El viento levantaba pequeñas ondulaciones sobre la superficie.
Y en medio de aquella masa de agua surgía una isla.
Una isla auténtica. Natural. Cubierta por vegetación.
Durante varios segundos nadie habló. Porque la habían encontrado.
El lugar existía. Exactamente donde el padre de Edith había señalado.
Exactamente donde los mapas indicaban. Arthur recorrió lentamente la isla con la mirada.
Árboles. Matorrales. Hiedra. Sombras. Y entonces ocurrió.
Un rayo de sol atravesó brevemente las nubes.
Solo unos segundos. Lo suficiente. Muy al fondo.
Entre la vegetación. Algo reflejó la luz.
Una superficie. Después otra. Y otra más.
Fragmentos de cristal. Paneles. Estructuras geométricas.
Líneas imposibles en mitad de la naturaleza.
No era una ilusión. No era un error. Era un edificio.
Oculto. Cubierto. Casi absorbido por el paisaje.
Pero todavía allí. Edith avanzó un paso.
Después otro. Como si temiera que desapareciera.
Arthur observó su rostro. Y comprendió inmediatamente que algo había cambiado.
La muchacha no estaba mirando un descubrimiento.
Estaba mirando un recuerdo. Uno que creía perdido.
Florence fue la primera en romper el silencio. Su voz apenas fue un susurro.
—Ahí está.
Nadie respondió. Porque no hacía falta. Todos sabían lo que estaban viendo.
Todos sabían lo que significaba. Y todos comprendieron lo mismo cuando el sol desapareció y los reflejos se extinguieron nuevamente entre los árboles.
Habían encontrado el Invernadero de Cristal.
Pero todavía estaba lejos. Todavía estaba aislado. Y todavía ocultaba sus secretos.
Mientras iniciaban el regreso, una figura rojiza apareció brevemente entre los matorrales del sendero.
El zorro. Los observó unos segundos. Después desapareció siguiendo exactamente la dirección de la isla.
Como si hubiera recorrido aquel camino cientos de veces.
Como si lo conociera desde siempre. Y por primera vez Arthur comprendió que el animal nunca los había guiado.
Simplemente había estado regresando a casa.