El invernadero de cristal Capítulo 19 Las Instrucciones del Ausente
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Capítulo 19 Las Instrucciones del Ausente

La lluvia persistió durante casi toda la semana.

No caía con violencia. Tampoco parecía tener intención de detenerse.

Simplemente permanecía allí. Suspendida sobre Blackwood Hall.

Sobre los jardines. Sobre los páramos. Como si el cielo hubiera olvidado cómo despejarse.

Los caminos exteriores se habían convertido en senderos de barro oscuro.

Los árboles goteaban constantemente. Y las ventanas de la mansión permanecían cubiertas por una fina capa de humedad.

Aun así, algo había cambiado. Por primera vez desde su llegada a Yorkshire, Arthur sentía que avanzaban.

No rápidamente. No con claridad. Pero avanzaban.

La llegada del señor Ashcroft había alterado el equilibrio de la casa.

Incluso los criados parecían conscientes de ello.

Las conversaciones se detenían cuando alguien entraba en una habitación.

Las puertas permanecían cerradas más tiempo del habitual.

Y Barnes parecía recorrer los corredores con una preocupación creciente.

Como si esperara que algo sucediera. O temiera que finalmente sucediera.

Aquella mañana Edith apareció en la biblioteca acompañada por Florence. Arthur ya estaba allí. Revisando nuevamente algunos de los documentos encontrados semanas atrás. Diana llegó pocos minutos después. Empapada por una breve salida al exterior.

—Sigue lloviendo —anunció.

—Gracias por el informe meteorológico —respondió Arthur.

—De nada.

Florence soltó una carcajada. Incluso Edith sonrió.

Aquellas pequeñas escenas comenzaban a volverse habituales.

Y eso era extraño. Porque hacía apenas unos días la existencia misma de Edith era un secreto.

Ahora ocupaba una silla junto a ellos. Participaba en las conversaciones. Y comenzaba a dirigirlas.

—Ashcroft quiere vernos después del almuerzo —dijo finalmente.

Arthur levantó la vista.

—¿A todos?

—Eso dijo Barnes.

—¿Y qué quiere? —preguntó Florence.

Edith negó lentamente.

—No lo sé. Pero creo que tiene algo para nosotros.

La respuesta bastó para mantener la expectativa durante toda la mañana.

Cuando finalmente llegó la hora acordada, los cuatro fueron conducidos al antiguo salón azul.

Una habitación poco utilizada situada en el ala occidental.

La lluvia golpeaba los ventanales. El fuego ardía débilmente en la chimenea.

Y el señor Ashcroft los esperaba junto a una mesa cubierta de documentos.

No estaba solo. Lady Eleanor también se encontraba allí.

Sentada. Rígida. Silenciosa. Su expresión bastaba para comprender que aquella reunión no era de su agrado.

Ashcroft los saludó con una inclinación de cabeza.

—Gracias por venir.

Los cuatro tomaron asiento. Durante unos segundos nadie habló. El abogado parecía buscar cuidadosamente las palabras adecuadas. Finalmente colocó una pequeña caja de madera sobre la mesa. Era oscura. Antigua. Y mostraba señales evidentes de uso. Edith la reconoció inmediatamente. Arthur lo notó.

—¿La conoces? —preguntó.

La muchacha asintió.

—Creo que sí. —Su voz sonó más baja de lo habitual—. Estaba en el escritorio de mi padre.

Lady Eleanor permaneció inmóvil. Pero Arthur percibió una tensión inmediata en sus hombros. Como si aquella simple frase hubiera abierto una herida antigua. Ashcroft apoyó ambas manos sobre la caja.

—Antes de morir, tu padre dejó varias instrucciones —dijo—. Algunas debían cumplirse inmediatamente. Otras años después. Y algunas solamente si determinadas circunstancias llegaban a producirse.

La lluvia repiqueteó contra los cristales. Nadie interrumpió.

—Durante mucho tiempo consideré que esas circunstancias no se habían cumplido —continuó el abogado—. Pero ahora creo que sí.

Arthur observó a Edith. La muchacha parecía contener la respiración.

—¿Qué circunstancias? —preguntó Florence.

Ashcroft miró a los cuatro. Después respondió:

—Que Edith no estuviera sola.

La respuesta cayó sobre la habitación como una piedra.

Incluso Lady Eleanor levantó la vista. Durante un instante pareció querer decir algo.

Pero no lo hizo. El abogado abrió lentamente la caja.

En su interior descansaba un único objeto.

Una llave. No era grande. Ni especialmente ornamentada.

Pero resultaba evidente que tenía cierta antigüedad.

El metal había adquirido un tono oscuro con los años.

Y el mango estaba decorado con pequeñas hojas grabadas.

Edith permaneció observándola. Inmóvil. Como si acabara de reconocer a un viejo conocido.

—La recuerdo —susurró.

Ashcroft asintió.

—Eso esperaba.

Arthur sintió cómo la tensión aumentaba. Porque todos comprendían lo mismo. Aquella llave no era una pista. No era un símbolo. Era una respuesta. La respuesta a una puerta que llevaban meses intentando abrir. Lady Eleanor se puso de pie. La silla produjo un leve chirrido.

—Esto es un error —dijo. Por primera vez en mucho tiempo había emoción en su voz. No ira. No frialdad. Algo mucho más complejo.

—Quizá —respondió Ashcroft—. Pero ya no me corresponde decidirlo.

La mujer observó la llave durante varios segundos.

Después a Edith. Y finalmente abandonó la habitación sin decir una palabra más.

La puerta se cerró tras ella. El sonido resonó por toda la estancia.

Y entonces Ashcroft tomó la llave. La depositó frente a Edith.

Y pronunció unas palabras que ninguno olvidaría.

—Tu padre creía que algún día regresarías allí.

La lluvia continuó cayendo sobre Blackwood Hall.

Y por primera vez desde que comenzó la historia, la famosa segunda puerta parecía estar realmente al alcance de la mano.

Durante algunos segundos nadie se movió.

La llave permanecía sobre la mesa. Pequeña.

Oscura. Silenciosa. Y aun así parecía dominar toda la habitación.

Arthur fue el primero en romper el silencio.

—Entonces era para esa puerta.

Ashcroft asintió lentamente.

—Siempre lo fue.

—¿Y usted lo sabía? —preguntó Diana.

El abogado tardó unos instantes en responder.

—Sabía que existía. No sabía cuándo debía entregarla. Hay una diferencia.

Aquella respuesta parecía sincera. Pero también incompleta. Como casi todo lo relacionado con Blackwood Hall. Finalmente Edith tomó la llave. La sostuvo entre ambas manos. Y durante unos segundos permaneció observándola. O intentando observarla. Como si buscara en ella algún recuerdo.

—Creo que la vi una vez —murmuró—. Hace mucho tiempo.

Ashcroft sonrió débilmente.

—Probablemente. Tu padre la llevaba consigo casi siempre.

Aquella frase bastó. La decisión fue inmediata. No hubo discusión. No hubo debate. Ni siquiera Lady Eleanor estaba presente para impedirlo. La segunda puerta llevaba demasiado tiempo esperando. Y todos lo sabían.

Media hora después atravesaban nuevamente los viejos corredores.

La lluvia golpeaba los ventanales del ala norte.

La luz gris del exterior apenas conseguía penetrar en los pasillos.

El grupo avanzaba en silencio. Arthur delante.

Edith junto a Florence. Diana observándolo todo.

Y Barnes algunos pasos más atrás. El viejo criado había insistido en acompañarlos.

Aunque nadie comprendía exactamente por qué.

Finalmente llegaron. La puerta seguía allí.

Tan inmóvil. Tan oscura. Tan extraña como la primera vez.

Durante meses había sido una promesa. Ahora era una prueba.

Arthur observó a Edith. La muchacha asintió.

Y le entregó la llave. Arthur la introdujo en la cerradura.

Durante un instante temió escuchar el mismo sonido de fracaso que había acompañado a la llave de hierro.

Pero no ocurrió. La cerradura giró. Suavemente.

Como si hubiera estado esperando. Un clic.

Después otro. Y finalmente un tercer sonido más profundo. El mecanismo cedió.

Nadie habló. Arthur empujó lentamente la puerta.

Las bisagras protestaron. La oscuridad apareció al otro lado.

Y una corriente de aire inmóvil escapó desde el interior.

No olía a humedad. Ni a encierro. Olía a papel.

A cuero. A polvo antiguo. A tiempo detenido.

Arthur avanzó primero. Después los demás.

Y comprendieron inmediatamente lo que estaban viendo.

No era un almacén. Ni una habitación de servicio.

Ni un pasadizo secreto. Era un estudio. Un estudio privado.

Una vida completa conservada tras una puerta.

Las paredes estaban cubiertas por estanterías.

Mapas. Libros. Instrumentos. Cuadernos. Dibujos.

Había un escritorio enorme junto a una ventana cubierta por años de suciedad.

Y sobre la pared principal colgaban varios retratos.

Uno de ellos llamó inmediatamente la atención de Edith.

La muchacha avanzó lentamente. Como atraída por una fuerza invisible.

—Papá —susurró.

Nadie dijo nada.

El hombre del retrato tenía una expresión serena.

Cabello oscuro. Ojos atentos. Y una leve sonrisa que Arthur reconoció inmediatamente.

Porque era la misma sonrisa de Edith. La misma que aparecía cuando recordaba algo feliz.

O cuando intentaba ocultar una preocupación.

Barnes se quitó discretamente las gafas.

Y durante unos segundos observó el retrato.

—Han pasado muchos años —murmuró.

Nadie respondió. Porque no era necesario.

La habitación hablaba por sí sola. Había flores prensadas entre las páginas de algunos libros.

Muestras botánicas cuidadosamente etiquetadas.

Cuadernos de viaje procedentes de lugares remotos.

Semillas guardadas en pequeños recipientes de cristal.

Planos. Esquemas. Anotaciones. Toda una existencia dedicada a observar y conservar.

—Ahora entiendo —dijo Diana.

Arthur levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—El zorro.

—¿El zorro?

Diana señaló varios dibujos apoyados sobre una mesa lateral. Representaban animales. Plantas. Árboles. Y también zorros. Muchísimos zorros. Observados durante años. Desde distintos ángulos. En distintas estaciones.

—Los estudiaba —dijo—. Como estudiaba las plantas.

Arthur comprendió entonces que el zorro llevaba formando parte de la historia mucho antes de que ellos llegaran. Mucho antes incluso del encierro de Edith. Mientras tanto, Florence había descubierto otra cosa.

—Arthur.

La voz de la niña resonó desde el fondo de la habitación.

Todos se acercaron. Allí. Junto a una de las paredes.

Había un mueble antiguo. Más pequeño que un armario.

Más grande que una cómoda. Fabricado en madera oscura.

Y completamente cerrado. Arthur observó la cerradura.

Después se quedó inmóvil. Porque la reconoció inmediatamente.

Edith también. Y Diana. Y Florence. Todos.

La forma. El tamaño. La antigüedad. Encajaban perfectamente.

Arthur metió la mano en el bolsillo. Y extrajo la primera llave.

La llave de hierro. La llave que durante meses no había servido para nada.

La misma que había fracasado frente a la segunda puerta.

La sostuvo unos segundos. Y por primera vez sintió que comprendía el plan del padre de Edith.

Una puerta. Después otra. Después una respuesta.

Introdujo lentamente la llave en la cerradura. Encajó a la perfección.

El silencio se volvió absoluto. Y cuando Arthur comenzó a girarla, todos comprendieron que estaban a punto de descubrir algo que había permanecido oculto durante años.

Algo que ni siquiera Lady Eleanor había conseguido borrar.

Algo que el padre de Edith había decidido dejar esperando. Precisamente para ellos.