Capítulo 18 El Visitante de Londres
La lluvia continuó durante tres días. No fueron tormentas.
Ni vendavales. Ni aquellas largas noches de truenos que parecían sacudir los cimientos de Blackwood Hall.
Fue algo peor. Una lluvia persistente. Monótona.
Interminable. La clase de lluvia que convertía los senderos en barro y las ventanas en espejos grises.
La clase de lluvia que hacía parecer más lejanos los lugares que ya estaban lejos.
Arthur comenzaba a comprender por qué tantos habitantes de Yorkshire hablaban del clima como si fuera una persona.
Porque imponía condiciones. Y porque siempre terminaba ganando.
Los cuatro continuaron reuniéndose siempre que podían.
Algunas veces en la habitación de Edith.
Otras en la biblioteca. Y en ocasiones en pequeños rincones de la mansión donde los criados rara vez aparecían.
Los mapas ocupaban ahora gran parte de su tiempo.
Especialmente uno. El mapa donde figuraba la frase: "Donde termina el muro, comienza el cristal.
" Habían discutido su significado durante días.
Sin llegar a ninguna conclusión definitiva.
—Podría referirse a un muro real —decía Arthur.
—O a un límite —respondía Diana.
—O a una puerta —añadía Florence.
—O a ninguna de esas cosas —terminaba diciendo Edith.
Aquello se había convertido en una costumbre.
Por primera vez desde que llegaron a Blackwood Hall, los niños trabajaban como un verdadero equipo.
Y eso comenzaba a generar consecuencias.
Lady Eleanor observaba. No intervenía. No preguntaba.
Pero observaba. Durante las comidas. En los pasillos.
En los jardines. Su atención parecía dirigirse especialmente hacia Florence.
Porque Florence era incapaz de ocultar completamente la felicidad.
Y la felicidad suele ser sospechosa en una casa llena de secretos.
Aquella mañana el desayuno transcurría con aparente normalidad cuando Barnes apareció junto a la puerta principal del comedor. Su expresión era extraña. Más rígida de lo habitual.
—Lady Eleanor —dijo—. Ha llegado un visitante.
La mujer levantó la vista.
—¿Quién?
Barnes dudó. Solo un instante.
—El señor Ashcroft.
El nombre provocó una reacción inmediata. No visible para cualquiera. Pero Arthur la percibió. Lady Eleanor dejó lentamente la taza sobre el plato. Y por primera vez en mucho tiempo pareció verdaderamente incómoda.
—¿Sin previo aviso? —preguntó.
—Sí, señora.
La respuesta no pareció gustarle. En absoluto.
—Prepárenle una habitación —dijo finalmente—. Y avisen cuando esté instalado.
Barnes hizo una inclinación de cabeza. Y abandonó la sala. La conversación continuó. Pero ya no era la misma. Arthur observó discretamente a Florence. Después a Diana. Finalmente a Edith. La muchacha había permanecido inmóvil durante toda la escena. Mirando hacia la mesa. Pensativa.
—¿Quién es Ashcroft? —preguntó Arthur cuando Lady Eleanor se marchó.
Edith tardó algunos segundos en responder.
—Un abogado.
Aquella palabra bastó para captar toda la atención.
—¿Lo conoces? —preguntó Diana.
—Lo vi cuando era pequeña. Varias veces.
—¿Y qué hace aquí?
Edith negó lentamente.
—Nunca viene sin motivo.
La lluvia golpeó las ventanas. Más fuerte que antes. Y por alguna razón aquella frase resultó inquietante. Nunca viene sin motivo.
El resto de la mañana transcurrió bajo una tensión difícil de definir. Ni siquiera los criados parecían comportarse con normalidad. Había más movimiento. Más puertas abriéndose. Más pasos apresurados. Como si la llegada del visitante hubiera alterado un equilibrio antiguo.
Después del almuerzo ocurrió algo inesperado.
Arthur se encontraba en la biblioteca junto a Edith revisando documentos cuando escucharon voces en el corredor.
Dos hombres. Uno de ellos era Barnes. El otro poseía una voz desconocida.
Grave. Educada. Y extrañamente familiar.
La conversación se aproximó lentamente. Después se detuvo frente a la puerta.
—La biblioteca sigue exactamente igual —dijo el desconocido. Hubo una pausa—. Pensé que Eleanor habría cambiado algo.
Arthur observó a Edith. La muchacha también había reconocido la frase.
Porque aquella no era la voz de un visitante cualquiera.
Era la voz de alguien que había conocido Blackwood Hall mucho antes que ellos.
La puerta se abrió. Y apareció un hombre alto.
Quizá cercano a los sesenta años. Cabello gris.
Abrigo oscuro. Bastón de viaje. Y unos ojos atentos que parecían registrar cada detalle de la habitación.
Durante unos segundos nadie habló. Entonces el hombre vio a Edith.
Y se detuvo. Completamente. La expresión de su rostro cambió de inmediato.
Como si acabara de contemplar un recuerdo imposible.
—Dios mío —murmuró—. Edith.
La muchacha se puso de pie lentamente.
—Señor Ashcroft.
El hombre tardó varios segundos en responder. Porque continuaba observándola. Con sorpresa. Con alivio. Y con algo más. Algo parecido a la culpa.
—Creí que... —comenzó. Pero no terminó la frase.
La lluvia continuaba cayendo sobre Blackwood Hall.
Y por primera vez desde la llegada de Arthur a Yorkshire, alguien procedente del mundo exterior acababa de entrar directamente en el corazón del misterio.
Durante varios segundos nadie habló. La lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la biblioteca.
El sonido parecía más fuerte ahora. Como si la propia mansión estuviera escuchando.
El señor Ashcroft continuaba observando a Edith.
La sorpresa inicial había desaparecido. Pero aún permanecía algo más difícil de interpretar. Tristeza. Quizá. O arrepentimiento.
—Has crecido mucho —dijo finalmente.
Edith sonrió levemente.
—Eso suele ocurrir.
La respuesta arrancó una breve risa al abogado.
—Veo que conservas el carácter de tu padre.
Aquella frase llamó inmediatamente la atención de Arthur.
Y también la de Edith. Porque era la segunda vez en menos de dos días que alguien establecía aquella comparación.
Ashcroft recorrió lentamente la biblioteca con la mirada.
Las estanterías. Los ventanales. El escritorio.
Los libros. Como si estuviera visitando un lugar que alguna vez había conocido mejor que nadie.
—Hace años que no entraba aquí —murmuró—. Parece más pequeña.
—Todo parece más pequeño cuando uno envejece —respondió Edith.
El abogado volvió a sonreír.
—Definitivamente eres hija suya.
Aquella vez nadie interrumpió. Y quizá por eso el silencio se volvió más pesado. Ashcroft pareció comprenderlo. Se acercó lentamente a una de las estanterías. Tomó un volumen antiguo. Lo observó. Y volvió a dejarlo en su lugar.
—Tu padre adoraba esta habitación —dijo.
—Creo que lo sé —respondió Edith.
—No. No lo sabes.
La respuesta sorprendió incluso al propio abogado. Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo. Como si hubiera dicho más de lo que pretendía. Finalmente suspiró.
—Pasaba aquí más tiempo que en cualquier otra parte de Inglaterra.
Arthur intercambió una mirada con Florence. Aquella frase contenía algo importante. No en cualquier otra parte de Blackwood Hall. En cualquier otra parte de Inglaterra . Como si el hombre hubiera vivido una vida muy distinta a la que imaginaban.
Fue Edith quien formuló la pregunta.
—¿Por qué ha venido?
La sonrisa desapareció del rostro del abogado. Y por primera vez apareció el verdadero motivo de su visita.
—Porque han llegado noticias desde Londres.
La biblioteca quedó inmóvil.
—¿Qué clase de noticias? —preguntó Arthur.
Ashcroft lo observó. Y pareció recordar por primera vez quién era.
—Supongo que usted debe ser Arthur Sterling.
—Sí.
—Y Florence.
La niña hizo una leve inclinación de cabeza. El abogado asintió. Después regresó a Edith.
—Han solicitado una revisión de la tutela.
La frase tardó unos segundos en comprenderse.
—¿Nuestra tutela? —preguntó Arthur.
—Exactamente. —El abogado apoyó ambas manos sobre el bastón—. Algunas personas consideran que Blackwood Hall quizá no sea el lugar adecuado para dos menores procedentes de Hong Kong.
Arthur sintió un escalofrío. Porque aquello significaba algo muy concreto.
—¿Quieren enviarnos a otro lugar?
—Todavía no —respondió Ashcroft—. Pero existe la posibilidad.
La lluvia continuó cayendo. Florence bajó la vista. Y por primera vez desde su llegada a Inglaterra apareció una amenaza diferente. No una puerta. No un misterio. No una tormenta. La posibilidad de perder el único hogar que habían encontrado. Incluso con todos sus defectos.
—¿Y Lady Eleanor lo sabe? —preguntó Diana.
—Perfectamente —respondió el abogado—. Por eso estoy aquí.
La respuesta pareció preocupar a Edith mucho más que a los demás.
—Entonces habrá discusiones —murmuró.
Ashcroft no respondió. Lo cual era una respuesta en sí misma.
Durante varios minutos la conversación derivó hacia asuntos más prácticos. Londres. Tribunales. Correspondencia. Documentos. Pero Arthur apenas escuchaba. Porque una pregunta seguía girando en su cabeza. Y finalmente terminó formulándola.
—¿Conoció bien al padre de Edith?
La biblioteca volvió a quedar en silencio. Ashcroft observó lentamente las estanterías. Como si la respuesta estuviera escondida entre los libros.
—Sí —dijo finalmente—. Era mi mejor amigo.
Aquella confesión cambió algo. De inmediato. Porque convertía al abogado en mucho más que un visitante. Lo convertía en parte de la historia.
—Entonces sabe qué ocurrió —dijo Edith.
La pregunta no sonó acusatoria. Sonó cansada. Como una interrogante repetida durante años. Ashcroft permaneció inmóvil. La lluvia golpeó los cristales. Más fuerte. Más constante. Y durante unos segundos Arthur creyó que el hombre iba a responder. Pero no lo hizo.
—Sé algunas cosas —dijo finalmente—. Y otras no.
Edith apartó la mirada. Aquella respuesta claramente no era suficiente.
Pero tampoco parecía una mentira. Lo cual resultaba aún más frustrante.
Cuando la conversación terminó, el abogado se preparó para abandonar la biblioteca.
Sin embargo, antes de llegar a la puerta se detuvo. Se volvió. Y observó a Edith.
—Hay algo más.
La muchacha levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
Ashcroft dudó. Solo un instante.
—Tu padre dejó instrucciones.
La habitación quedó inmóvil.
—¿Instrucciones? —repitió Arthur.
El abogado asintió.
—Para ser abiertas cuando llegara el momento adecuado.
Nadie habló.
—¿Y llegó ese momento? —preguntó Florence.
Ashcroft observó brevemente la lluvia. Después a Edith. Y finalmente respondió:
—Creo que sí.
La puerta se cerró tras él. Y los cuatro permanecieron inmóviles durante varios segundos.
Afuera la lluvia seguía cayendo sobre los páramos.
Dentro de Blackwood Hall acababa de aparecer una nueva pieza del rompecabezas.
No una llave. No un mapa. No un dibujo. Algo mucho más importante.
La certeza de que el padre de Edith había esperado que algún día alguien siguiera sus pasos.
Y quizá había preparado el camino para que eso ocurriera.