El invernadero de cristal Capítulo 17 Los Mapas de Edith
59%

Capítulo 17 Los Mapas de Edith

La lluvia regresó durante la madrugada. No con fuerza.

No con violencia. Simplemente volvió. Una llovizna fina y persistente que parecía formar parte natural de Yorkshire.

Las gotas resbalaban por los cristales de Blackwood Hall mientras la niebla descendía lentamente desde los páramos.

Cuando Arthur despertó, tuvo la extraña sensación de que la mansión estaba observando.

Era una impresión absurda. Pero difícil de ignorar.

Quizá porque durante los últimos días todo había cambiado demasiado deprisa.

Había encontrado a Edith. Florence la conocía.

Y Diana estaba a punto de hacerlo. Los secretos ya no permanecían inmóviles.

Comenzaban a moverse. Y eso volvía peligrosa cualquier situación.

Durante el desayuno Lady Eleanor apareció brevemente.

Más silenciosa de lo habitual. Arthur notó que observaba a Florence varias veces.

No con dureza. Con atención. Como si intentara comprender algo.

Florence evitó su mirada. Y aquello resultó todavía más sospechoso.

Cuando la mujer abandonó el comedor, Arthur comprendió que Eleanor comenzaba a percibir cambios. Aún no sabía cuáles. Pero los percibía.

La mañana transcurrió lentamente. La lluvia disminuyó. Después regresó. Después volvió a desaparecer. El clima parecía incapaz de tomar una decisión. Finalmente Arthur y Florence acompañaron a Diana hasta el corredor oculto. La muchacha observó la puerta durante varios segundos.

—Pensé que exageraban —admitió.

—Nosotros también —respondió Arthur.

Florence sonrió.

—Hasta que dejó de ser una exageración.

Diana respiró profundamente. Y cruzó el umbral.

La habitación de Edith era exactamente igual a como Arthur la recordaba.

Pequeña. Ordenada. Llena de libros. Papeles.

Mapas. Y dibujos. Edith se encontraba junto a la ventana.

La luz gris del exterior iluminaba parcialmente el escritorio.

Al escuchar pasos levantó la cabeza. Primero sonrió a Florence.

Después dirigió la mirada hacia Diana. Tardó apenas un segundo más de lo normal en enfocar.

Pero Arthur ya comenzaba a reconocer aquellas pequeñas señales.

—Así que tú eres Diana Moore —dijo Edith.

Diana pareció sorprendida.

—¿Y tú cómo sabes quién soy?

—Arthur habla mucho.

—Eso es mentira —protestó Arthur.

Las tres muchachas se echaron a reír. Y para sorpresa de todos, incluida la propia Edith, la tensión desapareció inmediatamente.

Durante la hora siguiente hablaron de cosas que nada tenían que ver con misterios.

Caballos. Mercados. Pueblos. Animales. Tormentas.

Diana describió los páramos. Los brezos.

Las colinas. Las zonas donde crecían ciertas flores durante el verano.

Edith escuchaba con una atención casi absoluta.

Como si intentara memorizar cada palabra.

Como si estuviera reuniendo piezas de un mundo perdido.

—¿Y realmente se puede ver el mar desde algunos acantilados? —preguntó.

—En días despejados —respondió Diana.

—¿Y los páramos llegan hasta allí?

—Casi.

Edith sonrió. Aquella simple conversación parecía proporcionarle una felicidad que Arthur no le había visto antes. Porque Diana poseía algo que ninguno de los demás podía ofrecer. Experiencia. Había caminado por aquellos lugares. Los conocía. Los había visto.

Mientras la conversación continuaba, Arthur comenzó a examinar algunos de los papeles repartidos sobre la mesa. Había decenas. Tal vez cientos. Muchos eran dibujos. Otros parecían mapas. Tomó uno especialmente antiguo. Representaba parte de los jardines. Con notable precisión.

—Este es increíble —comentó.

Edith giró ligeramente la cabeza.

—Lo hice cuando tenía diez años.

—Es mejor que cualquiera de los que he encontrado.

—Lo sé —respondió ella. Sin orgullo. Sin tristeza. Simplemente como un hecho.

Arthur observó otro. Y otro. La diferencia era evidente. Los dibujos antiguos poseían detalles minúsculos. Sombras. Texturas. Perspectiva. Los recientes eran mucho más simples. Más inseguros. Más vacilantes. Diana también lo notó. Pero afortunadamente no dijo nada.

La lluvia golpeó nuevamente los cristales. Durante unos segundos nadie habló. Entonces Edith abrió un cajón. Y extrajo un paquete atado con una cinta descolorida.

—Esto es lo que quería mostrarles —dijo.

Colocó el paquete sobre la mesa. Arthur lo abrió cuidadosamente. Eran mapas. No uno. Muchos. Mapas de los jardines. De los senderos. De los bosques. De las construcciones secundarias. Algunos parecían extraordinariamente antiguos. Otros mucho más recientes.

—¿Los hiciste tú? —preguntó Diana.

Edith asintió.

—Intenté reconstruir todo lo que recordaba.

—¿Por qué? —preguntó Florence.

La muchacha permaneció unos segundos observando los papeles. O intentando observarlos.

—Porque temía olvidarlo —respondió finalmente.

Nadie encontró una respuesta adecuada. Y por primera vez aquella mañana el silencio se volvió importante.

Porque todos comprendieron que aquellos mapas no eran simples dibujos.

Eran una forma de resistencia. Una manera de impedir que el tiempo borrara los lugares que Edith todavía conservaba dentro de su memoria.

Y entre todos aquellos mapas apareció uno distinto.

Más viejo. Más gastado. Con anotaciones realizadas por dos manos diferentes.

Arthur lo tomó. Y algo llamó inmediatamente su atención.

En uno de los márgenes aparecía dibujado un árbol.

Un árbol cubierto por pequeñas marcas. Exactamente igual al árbol de los cuervos.

Arthur levantó la vista. Y Edith comprendió inmediatamente qué había encontrado.

—Ah —dijo suavemente—. Ese.

La lluvia continuó cayendo tras los cristales.

Y por primera vez desde que habían descubierto las marcas, alguien estaba a punto de explicar su verdadero origen.

Edith permaneció observando el mapa durante algunos segundos.

Después extendió la mano. Sus dedos encontraron el dibujo del árbol casi de memoria.

Como si conociera exactamente cada línea del papel.

—Mi padre lo dibujó primero —dijo—. Yo añadí algunas cosas después.

Arthur intercambió una rápida mirada con Florence. Era la primera vez que Edith hablaba de él tan directamente.

—¿Las marcas? —preguntó.

La muchacha asintió.

—Las primeras son suyas. Las otras son mías.

Diana se inclinó sobre el mapa.

—¿Qué significan?

Edith sonrió levemente.

—Nada importante.

Eso significaba exactamente lo contrario. Florence fue la primera en notarlo.

—Entonces son importantes.

Edith soltó una pequeña carcajada.

—Quizá.

Durante unos segundos pareció debatirse entre hablar o guardar silencio. Finalmente tomó el mapa. Lo acercó más al rostro.

—Papá decía que los árboles recuerdan mejor que las personas. —La habitación quedó en silencio—. Cuando algo era importante... —continuó— lo registraba allí. No en un diario. No en un libro. En el árbol.

Arthur recordó inmediatamente las extrañas marcas. Las iniciales. Los cortes. Las pequeñas líneas aparentemente aleatorias. De pronto todo adquiría sentido.

—¿Fechas? —preguntó.

—Algunas.

—¿Y las demás?

—Alturas. Cumpleaños. Llegadas. Despedidas. —Edith sonrió nuevamente. Esta vez con melancolía—. Una vez medimos cuánto había crecido el zorro.

Diana parpadeó.

—¿El zorro?

—Cuando era cachorro.

La sorpresa fue tan general que Edith terminó riendo.

—No se preocupen. Yo tampoco lo creería ahora.

Arthur observó nuevamente el dibujo. Cada vez aparecían más conexiones. El árbol. El zorro. El padre. La finca. Como si muchas piezas dispersas comenzaran lentamente a reunirse.

La conversación continuó durante casi una hora.

Y poco a poco el centro dejó de ser Arthur.

Sin que nadie pareciera advertirlo. Las preguntas comenzaron a dirigirse a Edith.

Los recuerdos provenían de Edith. Los mapas eran de Edith.

Incluso las hipótesis nacían de ella. Arthur lo notó.

Y curiosamente no le molestó. Porque era lógico.

Aquella era su historia. Su casa. Sus recuerdos.

Y por primera vez comprendió cuánto conocimiento había permanecido encerrado tras aquella puerta.

Fue entonces cuando alguien llamó suavemente. Tres golpes. Breves. Respetuosos. La habitación quedó inmóvil. Edith levantó la cabeza.

—Adelante.

La puerta se abrió. Y apareció Barnes. El viejo criado transportaba una bandeja con té. Pero al entrar quedó completamente inmóvil. Durante varios segundos ni siquiera pareció respirar. Sus ojos se fijaron en Edith. Después en Florence. Después en Arthur. Y finalmente regresaron a la muchacha.

—Señorita Edith... —murmuró.

Algo en su voz había cambiado. Arthur nunca lo había escuchado hablar así. Barnes dejó lentamente la bandeja sobre la mesa. Continuó observándola durante unos segundos, con una expresión en la que se mezclaban la sorpresa y una antigua melancolía.

—Hace muchos años que no veía esa expresión... —dijo finalmente, casi para sí mismo.

Edith levantó apenas la vista.

—¿Qué expresión? —preguntó Florence.

Barnes pareció regresar bruscamente al presente. Parpadeó un par de veces y desvió la mirada.

—Perdonen. No era el momento.

Edith le dedicó una sonrisa serena.

—No pasa nada.

El criado respiró profundamente.

—A su padre —respondió.

Nadie habló. Barnes hizo una breve inclinación de cabeza. Y abandonó la habitación. La puerta se cerró tras él. Arthur observó a Edith. La muchacha seguía mirando los mapas. Pero algo había cambiado en su expresión.

—¿Era un buen hombre? —preguntó Florence.

La pregunta surgió con tal naturalidad que nadie tuvo tiempo de detenerla. Edith tardó varios segundos en responder.

—Sí —dijo finalmente—. Creo que sí.

Aquella respuesta sorprendió incluso a Diana.

—¿Crees?

Edith acarició distraídamente el borde del mapa.

—Los recuerdos son extraños. Algunos permanecen claros. Otros se vuelven borrosos.

Arthur comprendió inmediatamente el doble significado. No hablaba solo de la memoria. Hablaba también de la vista. Y quizá de ambas cosas al mismo tiempo. La lluvia golpeó nuevamente los cristales. Más fuerte que antes. No una tormenta. Pero sí un recordatorio de que el verano inglés seguía lejos.

—La biblioteca era su lugar favorito —dijo Edith de pronto.

Arthur levantó la cabeza.

—¿La biblioteca?

Ella asintió.

—Pasaba horas allí. A veces días enteros. Leyendo. Escribiendo. Dibujando planos absurdos.

La revelación hizo que Arthur recordara inmediatamente: el escritorio oculto, las cartas, los compartimentos secretos, los documentos relacionados con la Casa de Cristal.

—Encontré algunas de sus cosas —dijo.

Edith pareció interesarse inmediatamente.

—¿En serio?

Arthur describió parte de lo encontrado. Los compartimentos. Las cartas. Los papeles ocultos. Mientras hablaba, observó algo curioso. Por primera vez Edith parecía verdaderamente sorprendida.

—Pensé que Lady Eleanor había retirado todo —murmuró.

Arthur aprovechó la oportunidad.

—¿Ella era su esposa?

La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. El silencio fue inmediato. Florence observó a Edith. Diana también. Incluso la lluvia pareció alejarse. La muchacha permaneció inmóvil. Pensando. Después respondió.

—No exactamente.

La frase fue pronunciada con extrema cautela.

Arthur sintió un escalofrío. Porque aquella respuesta no negaba nada.

Pero tampoco confirmaba nada. Simplemente abría una puerta mucho más inquietante.

¿Quién era realmente Lady Eleanor? ¿Tía?

¿Madrastra? ¿Viuda? ¿Custodia? ¿Algo más?

Antes de que pudiera formular una nueva pregunta, Edith señaló uno de los mapas.

—Miren esto.

Su dedo se apoyó sobre una zona cercana a los antiguos jardines. Una parte de la finca que hoy aparecía cubierta por maleza y senderos abandonados.

—No recordaba esto —murmuró.

Arthur se inclinó. Diana también. Había una anotación casi borrada. Una frase. Escrita con una caligrafía distinta. Probablemente la de su padre. La tinta apenas sobrevivía. Pero todavía podía leerse.

"Donde termina el muro, comienza el cristal."

La habitación quedó en silencio. Afuera la lluvia volvió a intensificarse. Y por primera vez desde que comenzó la búsqueda, los cuatro comprendieron que quizá ya no estaban persiguiendo una leyenda. Quizá estaban siguiendo instrucciones. Y alguien las había dejado para ellos muchos años atrás.