Capítulo 16 Los Colores que Desaparecen
Arthur apenas durmió aquella noche. No por miedo.
Ni por los ruidos de la mansión. Ni siquiera por la lluvia que continuaba golpeando los ventanales.
Fue la conversación con Edith. La naturalidad con que había hablado de su vista.
La forma en que había mencionado el miedo a olvidar los colores.
Y sobre todo aquella sensación extraña que le había acompañado al abandonar la habitación.
Como si acabara de conocer a alguien que llevaba años esperando.
A la mañana siguiente despertó antes que Florence.
El temporal comenzaba finalmente a retirarse.
Las nubes seguían cubriendo gran parte del cielo, pero la lluvia había disminuido hasta convertirse en una llovizna dispersa.
Por primera vez en varios días la luz regresaba lentamente a los páramos.
Blackwood Hall parecía respirar de nuevo.
Florence estaba desayunando cuando Arthur entró al comedor.
La niña levantó la vista inmediatamente.
—La encontraste.
No era una pregunta. Arthur sonrió.
—Sí.
—¿Y?
—Existe.
—Eso ya lo sabíamos.
—Bueno... existe de verdad.
Florence dejó la cuchara sobre la mesa.
—Cuéntame todo.
Arthur dedicó gran parte del desayuno a relatar el encuentro. No todos los detalles. Algunos seguían perteneciendo a Edith. Pero sí los suficientes. La habitación. Las notas. Los dibujos. La conversación. Florence escuchó sin interrumpir. Solo cuando Arthur terminó hizo una pregunta.
—¿Está sola?
La respuesta tardó unos segundos en llegar.
—Creo que sí.
—Entonces debemos visitarla.
Arthur estuvo a punto de responder cuando comprendió que la idea le parecía completamente razonable. Porque Florence tenía razón. Durante meses habían buscado a aquella muchacha. Y ahora permanecía encerrada exactamente igual que antes. Solo que ya conocían su nombre.
Aquella reflexión lo acompañó durante toda la mañana.
Después del almuerzo decidió buscar a Diana.
La encontró ayudando a su abuelo junto a los establos.
El terreno continuaba húmedo. Los caballos permanecían inquietos.
Y varios cuervos observaban desde los postes de madera que delimitaban los cercados.
Diana supo inmediatamente que algo había ocurrido.
—La encontraste —dijo.
Arthur comenzó a preguntarse si todo el mundo en Yorkshire poseía algún tipo de don para adivinar pensamientos.
—Sí.
—Y tampoco dormiste.
—¿Tan evidente es?
—Muchísimo. —La muchacha sonrió.
Después escuchó atentamente toda la historia. Su expresión fue cambiando a medida que Arthur avanzaba. Sorpresa. Incredulidad. Curiosidad. Y finalmente preocupación.
—¿Años encerrada?
—Eso parece.
—Eso no es normal.
Arthur no respondió. Porque llevaba horas pensando exactamente lo mismo. Cuando terminó de hablar, Diana permaneció varios segundos observando el suelo.
—Quiero conocerla —dijo finalmente.
Aquella frase selló algo que hasta entonces no había existido. Por primera vez los tres compartían el mismo objetivo. No encontrar a Edith. Ayudarla.
La oportunidad llegó antes de lo esperado. Aquella misma tarde Arthur recibió una nueva nota. La encontró dentro de un libro que había dejado sobre la repisa de la chimenea.
"¿Tu hermana es tan curiosa como tú?"
Arthur sonrió involuntariamente. Tomó una hoja. Y respondió.
"Peor."
La respuesta llegó pocas horas después.
"Eso parece peligroso."
Durante el resto de la tarde intercambiaron varios mensajes.
Cada vez más relajados. Cada vez más naturales.
Arthur comenzó a descubrir facetas inesperadas de Edith.
Poseía sentido del humor. Era observadora.
Y sorprendentemente irónica para alguien que había pasado tantos años aislada. En cierto momento ella preguntó:
"¿Los cuervos siguen reuniéndose sobre el viejo roble?"
Arthur permaneció inmóvil. Porque jamás le había hablado de aquel árbol. El árbol marcado. El árbol de los cortes extraños. Uno de los primeros misterios encontrados en los terrenos de Blackwood Hall. Respondió inmediatamente.
"¿Cómo sabes eso?"
La contestación tardó más de lo habitual. Cuando llegó, apenas contenía tres palabras.
"Lo recuerdo."
Arthur volvió a leerlas. Lo recuerdo . Aquella respuesta parecía sencilla.
Sin embargo contenía algo importante. Por primera vez comprendió que Edith conocía partes de la propiedad que él jamás había visto.
Partes pertenecientes a una época anterior.
Antes del encierro. Antes de las habitaciones cerradas.
Antes de los secretos. Y quizá también antes del miedo.
Aquella noche encontró una última nota. Era la más breve de todas.
"¿Tu hermana quiere conocerme?"
Arthur observó la pregunta durante varios segundos. Después sonrió. Y escribió una única respuesta.
"Sí."
Al otro lado de Blackwood Hall, en una habitación oculta tras corredores olvidados, Edith Blackwood acababa de dar el primer paso para salir de la soledad que había gobernado gran parte de su vida. Y ninguno de ellos comprendía todavía cuánto cambiaría aquello el destino de la mansión.
La respuesta de Edith llegó al día siguiente.
No mediante una nota. Sino mediante una condición.
Arthur encontró el mensaje cuidadosamente doblado dentro de uno de los libros de la biblioteca.
La letra parecía más estable que en ocasiones anteriores.
Como si hubiera escrito despacio. Con especial cuidado.
"Solo Florence."
Arthur leyó aquellas dos palabras varias veces. Después regresó al ala este. Florence escuchó la propuesta con evidente entusiasmo.
—¿Quiere conocerme a mí primero?
—Eso parece.
—Me agrada.
—Ni siquiera la conoces.
—Precisamente.
Arthur comenzaba a sospechar que las amistades entre niñas seguían reglas completamente distintas a las del resto de la humanidad.
El encuentro fue organizado para aquella misma tarde.
La lluvia prácticamente había desaparecido.
Solo permanecían pequeñas gotas resbalando por los cristales de la mansión.
El cielo seguía gris. Pero comenzaban a aparecer algunas franjas de luz sobre los páramos.
Arthur acompañó a Florence hasta el corredor oculto. Después se detuvo.
—¿Y bien? —preguntó la niña.
—¿Y bien qué?
—¿Vas a quedarte vigilando?
—Podría.
—No vas a hacerlo.
Arthur observó la puerta. Después a su hermana. Finalmente sonrió.
—Tienes una hora.
—Dos.
—Una.
—Hora y media.
—Trato hecho.
Florence desapareció tras la puerta. Y Arthur permaneció varios segundos inmóvil antes de marcharse.
Durante la siguiente hora Arthur intentó distraerse.
No lo consiguió. Leyó. Abandonó la lectura.
Recorrió pasillos. Observó la lluvia. Intentó escribir.
Nada funcionó. Finalmente decidió salir brevemente a los jardines.
El aire olía a tierra húmeda. Las últimas gotas caían desde las ramas.
Y varios cuervos observaban desde las alturas del viejo roble marcado.
El árbol parecía todavía más extraño bajo la luz gris de la tarde.
Arthur estaba contemplándolo cuando escuchó un ruido.
Algo pequeño. Ligero. Moviéndose entre los arbustos.
Se volvió rápidamente. Y por primera vez lo vio con claridad.
El gato negro. No una sombra. No una silueta fugaz.
Un gato auténtico. Completamente negro. De pelaje brillante. Y extraordinariamente tranquilo.
El animal permaneció inmóvil durante unos segundos.
Observándolo. Arthur avanzó un paso. El gato no huyó.
Avanzó otro. Entonces descubrió algo. Alrededor del cuello llevaba una cinta descolorida.
La misma que Florence había mencionado semanas atrás.
La misma que algunos criados afirmaban haber visto cruzando corredores donde nadie recordaba haber dejado entrar animales.
—Así que existes de verdad —murmuró Arthur.
El gato parpadeó lentamente. Después comenzó a caminar.
No parecía asustado. Ni salvaje. Más bien parecía acostumbrado a las personas.
Como si hubiera convivido con ellas durante años.
Arthur intentó acercarse un poco más. El animal se detuvo.
Lo observó. Y luego desapareció tranquilamente entre unos setos.
Sin prisa. Sin miedo. Como quien conoce perfectamente el lugar donde vive.
Arthur permaneció observando el punto por donde había desaparecido.
Y por alguna razón recordó inmediatamente a Edith.
Aquella sensación no tenía explicación lógica.
Simplemente apareció. Porque tanto el gato como la muchacha compartían algo.
Ambos parecían pertenecer a una parte de Blackwood Hall que permanecía oculta para el resto del mundo.
Cuando finalmente regresó al interior de la mansión, todavía pensaba en ello.
Encontró a Florence sentada sobre un banco junto al corredor oculto.
La niña parecía contenta. Más de lo habitual.
Y al mismo tiempo extrañamente pensativa.
—¿Y? —preguntó Arthur.
Florence levantó la vista. Sonrió.
—Me gusta.
—Eso ya me lo dijiste.
—Pues sigue siendo cierto.
Arthur tomó asiento junto a ella. Esperó. Sabía que terminaría hablando. Siempre ocurría.
—Es diferente a como la imaginaba —dijo Florence finalmente.
—¿En qué sentido?
—Pensé que estaría enfadada. O triste. O asustada.
—¿Y no lo está?
Florence reflexionó unos segundos.
—Creo que está cansada.
Aquella respuesta sorprendió a Arthur.
—¿Cansada?
—De esperar. De no saber cosas. De que todos decidan por ella.
La respuesta sonaba demasiado adulta para una niña de su edad. Y precisamente por eso resultaba creíble. Arthur guardó silencio. Florence observó el corredor. Como si aún pudiera ver a Edith al otro lado.
—También hablamos de los dibujos —dijo.
—¿Qué te contó?
—Que los hacía para recordar.
Arthur sintió un leve estremecimiento. Era exactamente lo que Edith le había dicho.
—Y tiene miedo —añadió Florence.
—¿De quedarse ciega?
La niña negó lentamente.
—No. De olvidar.
Aquella palabra quedó suspendida entre ambos.
Olvidar. No perder. No sufrir. Olvidar. Arthur comprendió entonces que Edith llevaba años luchando contra algo que nadie más podía ver.
Y que probablemente nadie comprendía del todo.
Permanecieron unos minutos en silencio. Escuchando el sonido lejano de la mansión.
El crujido de las maderas. El viento. Los pasos de algún criado.
Entonces Florence pareció recordar algo.
—Ah. Y tiene un gato.
Arthur giró la cabeza inmediatamente.
—¿Qué?
—Un gato negro. Dice que aparece cuando quiere.
—¿Es suyo?
Florence se encogió de hombros.
—Según Edith, nadie es dueño de él. Pero siempre vuelve.
Arthur recordó la cinta. La tranquilidad del animal.
Y la sensación de familiaridad que había transmitido.
De pronto todo encajó. Aquel gato no era una pista.
No era un guardián. No era un espía. Era simplemente uno de los pocos amigos que Edith había conservado durante los años de encierro.
La tarde comenzaba a oscurecer cuando ambos regresaron al ala este.
Antes de separarse, Florence se volvió hacia él.
—Arthur.
—¿Sí?
—Quiere conocer a Diana.
Arthur sonrió. Aquello era inevitable. Tarde o temprano debía ocurrir. Porque Edith ya había conocido a Florence. Y Florence ya formaba parte de su mundo. Ahora faltaba el último paso. Completar el círculo.
Muy lejos, en una habitación escondida tras corredores olvidados, Edith Blackwood observaba una hoja de papel situada sobre su escritorio.
O intentaba observarla. La luz del atardecer comenzaba a desaparecer.
Las letras se volvían cada vez más difíciles de distinguir.
Y aun así continuó escribiendo. Lentamente.
Con cuidado. Como quien teme perder algo importante.
Fuera de la ventana, el cielo gris empezaba por fin a despejarse.
Y por primera vez en mucho tiempo, una tenue franja de luz apareció sobre los páramos de Yorkshire.
Sin que ninguno de ellos lo supiera, Blackwood Hall acababa de abandonar la etapa del secreto.
Y estaba entrando en la etapa de la verdad.