El invernadero de cristal Capítulo 15 La Habitante de las Sombras #2
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Capítulo 15 La Habitante de las Sombras #2

La lluvia golpeó suavemente los cristales.

El viento recorrió los viejos muros de la mansión.

Y por primera vez desde que había llegado a Yorkshire, Arthur sintió que una parte fundamental de Blackwood Hall acababa de revelar su verdadero rostro.

No el de la mansión. No el de Lady Eleanor.

No el del misterio. Sino el de la persona alrededor de la cual giraban todos aquellos secretos.

Y mientras Edith lo observaba desde el otro extremo de la habitación, Arthur comprendió que la búsqueda había terminado.

Y que algo mucho más complicado acababa de comenzar.

Durante varios segundos ninguno habló. La lluvia golpeaba suavemente la ventana. El sonido parecía más lejano allí. Como si aquella habitación perteneciera a otra parte de la mansión. O a otro tiempo. Edith fue la primera en romper el silencio.

—Eres más alto de lo que imaginaba.

Arthur sonrió.

—Y tú pareces menos aterradora.

La muchacha soltó una breve carcajada.

—Eso es decepcionante.

—Lo siento.

—No importa. Supongo que tampoco pareces un explorador famoso.

—Nunca afirmé serlo.

—Tus notas sí.

Aquella respuesta lo hizo reír. Por primera vez desde que entró en la habitación, la tensión comenzó a desaparecer.

La mesa situada junto a Edith estaba cubierta de papeles.

Docenas de ellos. Quizá cientos. Muchos contenían dibujos.

Otros mostraban palabras sueltas. Mapas incompletos.

Esquemas de corredores. Flores. Animales.

Arthur reconoció inmediatamente varios de los dibujos encontrados durante los últimos meses.

—Entonces sí eran tuyos.

Edith siguió la dirección de su mirada.

—Casi todos.

—Los encontré por toda la casa.

—Lo sé.

—¿Lo sabías?

—Algunos desaparecían. Era fácil imaginar quién los recogía.

Arthur tomó uno de los papeles. Representaba al zorro. O al menos una versión del zorro. El dibujo parecía reciente. Mucho más simple que los anteriores. Con líneas inseguras. Desproporcionadas.

—Este no se parece a los otros —comentó.

Edith permaneció unos segundos en silencio. Después extendió la mano. Buscó el dibujo. Y lo acercó mucho al rostro. Demasiado. Tanto que Arthur lo notó inmediatamente. La muchacha observó el papel durante varios segundos.

—Lo hice hace unas semanas.

—Los antiguos son mejores.

Edith sonrió levemente.

—Lo sé.

Aquella respuesta resultó demasiado tranquila. Demasiado ensayada. Como si hubiera tenido aquella conversación muchas veces consigo misma.

—¿Por qué? —preguntó Arthur.

La muchacha dejó el dibujo sobre la mesa.

—Porque antes podía verlo mejor.

La respuesta llegó con absoluta naturalidad.

Sin tristeza. Sin dramatismo. Como quien habla de la lluvia.

Arthur guardó silencio. Y por primera vez observó ciertos detalles.

La forma en que Edith giraba la cabeza para enfocar.

La proximidad con que examinaba los papeles.

La manera en que seguía las líneas con los dedos.

Pequeñas cosas. Casi invisibles. Hasta que alguien las veía todas juntas.

—¿Desde cuándo? —preguntó finalmente.

—No lo sé exactamente. Hace años. Cada verano es un poco peor.

La lluvia continuó golpeando el cristal. Ninguno habló durante unos segundos.

—¿Por eso viene el doctor?

Edith asintió.

—Entre otras cosas.

—¿Puede ayudarte?

La muchacha tardó en responder.

—Lo intenta.

Aquella frase decía mucho más de lo que parecía. Arthur observó nuevamente los papeles. Los dibujos. Las notas. Los mapas. Y comprendió algo.

—Por eso escribes.

Edith sonrió.

—Por eso dibujo.

—¿Para practicar?

La muchacha negó lentamente.

—Para recordar.

Aquella respuesta quedó suspendida en el aire. Y de pronto todos los dibujos cobraron sentido. Los animales. Las flores. Los corredores. Las ventanas. Los árboles. No eran simples pasatiempos. Eran recuerdos. Intentos desesperados de conservar el mundo. Antes de que comenzara a desaparecer.

—Tengo miedo de olvidar los colores —dijo Edith.

La frase fue pronunciada con tanta tranquilidad que Arthur tardó unos segundos en comprender su significado. No parecía una confesión. Parecía un hecho. Como decir que el invierno estaba cerca. O que la lluvia caía.

—¿Olvidarlos? —preguntó.

—Algunos ya no los recuerdo bien. El azul todavía. El verde más o menos. Pero otros empiezan a mezclarse.

Arthur no encontró ninguna respuesta adecuada. Por primera vez desde que la conocía, se sintió completamente inútil. Entonces Edith volvió a sonreír.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa. La que ponen los adultos cuando creen que uno está roto.

Arthur bajó la vista. Y la muchacha soltó una pequeña risa.

—¿Ves?

—No estoy seguro de que puedas verla.

Edith lo señaló inmediatamente.

—Y ahí está el problema.

Arthur tardó un segundo en comprender. Después ambos comenzaron a reír.

La tensión desapareció por completo. Y por primera vez desde que había llegado a Blackwood Hall, Arthur dejó de hablar con un misterio.

Y empezó a hablar con una amiga. Muy lejos, en algún lugar de la mansión, un reloj anunció la hora.

La lluvia parecía disminuir lentamente. Y sin saberlo, los dos acababan de cambiar el curso de la historia.

Porque el secreto de Blackwood Hall ya tenía rostro. Y también tenía voz.