Capítulo 15 La Habitante de las Sombras
La lluvia continuó durante dos días más.
No cayó con violencia. No hubo truenos. Ni relámpagos.
Ni las ráfagas salvajes que habían sacudido Blackwood Hall durante las primeras tormentas.
Era una lluvia distinta. Constante. Paciente.
Como si hubiera decidido instalarse sobre los páramos durante una temporada.
Arthur comenzó a comprender por qué tantas habitaciones de la mansión parecían abandonadas.
La humedad se infiltraba por todas partes.
Las maderas crujían. Los tapices se oscurecían.
Y ciertos corredores adquirían un olor antiguo que recordaba a libros olvidados y piedra mojada.
La nota encontrada en la biblioteca permaneció escondida bajo su colchón durante toda una noche.
La leyó tantas veces que terminó memorizándola.
A la mañana siguiente regresó al mismo lugar.
La biblioteca estaba vacía. El retrato continuaba observando desde la pared.
Las estanterías permanecían inmóviles bajo capas de polvo.
Pero la nota había desaparecido. Y en su lugar había otra.
Mucho más pequeña. La letra parecía apresurada.
"El jardín no siempre estuvo cerrado."
Arthur leyó la frase varias veces. Después sonrió. Tomó una hoja. Y respondió.
"¿Lo conociste?"
Dejó el mensaje exactamente donde había encontrado el anterior. Luego abandonó la sala. No esperaba respuesta inmediata. Pero la obtuvo. Aquella misma tarde. Cuando regresó a la biblioteca descubrió que su papel ya no estaba. Y una nueva nota ocupaba su lugar.
"Lo recuerdo un poco."
Aquella respuesta provocó algo extraño. Por primera vez la persona que escribía dejaba de parecer una sombra.
Los dibujos. Las voces. Las risas. Todo comenzaba a transformarse lentamente en alguien real.
Alguien con recuerdos. Alguien con una vida.
Alguien que había visto cosas que él todavía no conocía.
Las notas continuaron durante el resto del día.
Pequeñas. Breves. Casi siempre escritas con rapidez.
Arthur descubrió que su misteriosa interlocutora parecía interesada por asuntos muy particulares.
Preguntó por Hong Kong. Por los barcos. Por el mar.
Por los mercados. Por los caballos orientales.
Por las tormentas tropicales. Incluso preguntó si los árboles crecían distintos al otro lado del mundo.
Arthur respondió como pudo. Y mientras lo hacía comenzó a notar algo.
Las preguntas parecían formuladas por alguien que llevaba muchísimo tiempo sin abandonar un mismo lugar.
Aquello no se parecía a la curiosidad. Se parecía al hambre.
Aquella noche mostró algunas de las notas a Florence. La niña las examinó cuidadosamente junto a la lámpara. Durante varios minutos no dijo nada. Después señaló una palabra.
—Mira aquí.
Arthur observó. No comprendió.
—¿Qué pasa?
—Esta letra. Y esta otra. —Florence acercó el papel—. Están demasiado separadas.
Arthur continuó sin entender.
—¿Y?
—Y aquí están demasiado juntas. —Le mostró otra línea. Después una tercera. Y una cuarta. Las irregularidades eran evidentes una vez que alguien las señalaba.
—Quizá escribe deprisa —dijo Arthur.
Florence negó lentamente con la cabeza.
—No lo creo. —La niña permaneció pensativa. Observando las hojas. Después añadió—: Es como si algunas veces pudiera ver el papel bien. Y otras veces no.
Aquella observación quedó suspendida entre ambos.
Arthur recordó inmediatamente los dibujos.
Los antiguos. Los recientes. Las diferencias.
Las proporciones extrañas. Las líneas torcidas.
Por primera vez comenzó a preguntarse si aquellos defectos tenían una explicación distinta a la edad de quien los había realizado.
La conversación quedó interrumpida cuando alguien llamó a la puerta. Era Barnes. El criado parecía cansado. Más delgado que semanas atrás. Y continuaba evitando mirar directamente a los ojos.
—Lady Eleanor desea ver al señor Arthur en el salón azul —dijo.
Arthur intercambió una rápida mirada con Florence. Aquello era inusual. Muy inusual. Lady Eleanor rara vez solicitaba su presencia. Y nunca de forma privada. Cuando Barnes se marchó, Florence habló inmediatamente.
—Ten cuidado.
Arthur sonrió.
—Solo es una conversación.
—Aquí nada es solo una conversación.
La frase quedó resonando en su cabeza mientras atravesaba los corredores de Blackwood Hall. Afuera la lluvia continuaba cayendo. Y en algún lugar de la mansión, oculto tras muros, puertas y secretos, una muchacha desconocida seguía escribiendo notas para él.
El Salón Azul era una de las pocas habitaciones de Blackwood Hall que conservaba cierto aspecto acogedor.
Las cortinas permanecían abiertas. El fuego ardía en la chimenea.
Y los muebles parecían utilizados con regularidad.
Lady Eleanor se encontraba junto a una ventana observando la lluvia.
No se volvió inmediatamente cuando Arthur entró.
Durante algunos segundos permaneció contemplando el paisaje invisible tras los cristales.
—Te estás acostumbrando a esta casa —dijo finalmente.
Arthur tardó un instante en responder.
—Supongo que sí.
—Eso puede ser una ventaja. O una desgracia.
La mujer se volvió lentamente. La luz gris del exterior resaltaba las líneas severas de su rostro. Sin embargo, aquella tarde parecía cansada. Más cansada de lo habitual.
—¿Sabe por qué quería verme? —preguntó Arthur.
—Porque haces preguntas.
—¿Y eso es malo?
—Depende de las preguntas.
Arthur guardó silencio. Lady Eleanor avanzó hasta una pequeña mesa. Tomó una carpeta. La abrió. Dentro había varios documentos. Cartas. Papeles antiguos. Arthur no alcanzó a leerlos.
—La curiosidad es una virtud cuando ayuda a comprender el mundo —dijo ella—. Y un defecto cuando destruye aquello que intenta comprender.
—No entiendo.
—Lo sé. —La respuesta fue inmediata. Y extrañamente sincera.
Durante unos segundos ninguno habló. Después Lady Eleanor cerró la carpeta.
—Mantente alejado de ciertas zonas de la mansión.
Arthur estuvo a punto de sonreír. Aquella advertencia llegaba demasiado tarde.
—¿Cuáles zonas?
—Las que todavía no conoces.
La mujer sostuvo su mirada. Y por primera vez Arthur tuvo la impresión de que no intentaba intimidarlo.
Parecía preocupada. Genuinamente preocupada.
Aquella sensación resultó mucho más inquietante.
La conversación terminó poco después. Sin amenazas.
Sin castigos. Sin explicaciones. Cuando Arthur abandonó el salón, la lluvia continuaba golpeando los ventanales.
Y las palabras de Lady Eleanor seguían resonando en su cabeza. Las que todavía no conoces .
Aquella misma noche encontró una nueva nota.
No estaba en la biblioteca. Lo cual ya era extraño.
La descubrió dentro de un libro. Un volumen de viajes marítimos que había tomado prestado días antes.
La hoja sobresalía apenas unos milímetros entre las páginas.
Como si hubiera sido colocada allí deliberadamente.
La letra era la misma. Pequeña. Irregular. Reconocible.
"Ven solo. No a la biblioteca. Mañana. Cuando suene la campana de las tres."
Arthur leyó el mensaje tres veces. Después cuatro. No aparecía firma alguna. No era necesaria. Sabía perfectamente quién la había escrito. Durmió poco aquella noche. Y cuando finalmente llegó la tarde siguiente, sintió una mezcla incómoda de curiosidad y nerviosismo.
La campana sonó exactamente a las tres. Arthur abandonó discretamente el ala este.
Siguió las indicaciones escritas en una segunda nota que había encontrado aquella mañana.
Escalera de servicio. Pasillo norte. Galería cerrada.
Puerta verde. Las instrucciones parecían absurdamente precisas.
Y aun así logró perderse dos veces. Blackwood Hall parecía disfrutar confundiendo a sus habitantes.
Finalmente llegó. La puerta verde permanecía entreabierta.
Más allá se extendía un corredor estrecho que Arthur nunca había visto.
No figuraba entre las rutas habituales de la mansión.
No parecía formar parte de ningún sector importante.
Era simplemente un espacio olvidado. Un lugar que nadie tenía motivos para visitar.
Avanzó lentamente. El silencio era absoluto.
Solo escuchaba la lluvia. Y el sonido distante del viento.
Al final del corredor apareció una habitación.
Pequeña. Iluminada por una única ventana.
Y allí estaba ella. No sentada. No escondida.
No detrás de una cortina. Simplemente de pie junto a una mesa cubierta de papeles.
Arthur se detuvo. La muchacha también. Durante varios segundos ninguno habló.
Toda la construcción del misterio. Todas las notas.
Todos los dibujos. Todas las preguntas. Parecieron comprimirse dentro de aquel instante.
La niña era algo mayor que él. Quizá un año. Quizá dos. Llevaba un vestido sencillo. Oscuro. Y el cabello recogido de forma descuidada. No parecía un fantasma. No parecía una aparición. No parecía una heredera legendaria. Parecía una persona. Y curiosamente eso la volvía más extraordinaria.
La muchacha inclinó ligeramente la cabeza. Como si intentara enfocarlo. Después entrecerró los ojos. Y habló.
—Entonces sí existes.
Arthur parpadeó. Aquella no era la frase que esperaba escuchar.
—Creo que sí —respondió.
La muchacha sonrió. Una sonrisa pequeña. Casi divertida.
—Tenía mis dudas.
—¿Después de todas las notas?
—Las notas demuestran que alguien responde. No que exista.
Arthur tardó unos segundos en procesar aquella lógica. Y entonces comprendió algo. Ella también había estado investigándolo. Ella también había construido una imagen imaginaria. Tan incierta como la suya.
—Soy Arthur —dijo finalmente.
—Lo sé.
—¿Y tú eres Edith?
La muchacha guardó silencio. Solo un instante. Después asintió.
—Sí. Soy Edith Blackwood.