El invernadero de cristal Capítulo 14 Las Notas Bajo la Lluvia
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Capítulo 14 Las Notas Bajo la Lluvia

La tormenta regresó durante la madrugada.

No con la violencia salvaje de las primeras semanas, pero sí con una persistencia capaz de transformar nuevamente Blackwood Hall en una isla de piedra rodeada por lluvia.

Cuando Arthur despertó, los cristales de su habitación estaban cubiertos por diminutas gotas que distorsionaban el paisaje exterior.

Los páramos habían desaparecido. Los jardines también.

Todo cuanto podía verse era una inmensa cortina gris moviéndose lentamente bajo el viento.

Florence permaneció varios minutos observando aquella escena.

—Parece que el mundo terminó detrás de la ventana.

Arthur sonrió.

—Eso mismo pensé cuando llegamos.

—Y ahora lo dices como si fuera algo normal.

—Quizá ya me estoy acostumbrando.

La niña lo observó con expresión divertida.

—Eso es preocupante.

Después del desayuno, la lluvia se intensificó todavía más.

Los senderos desaparecieron bajo el barro.

Las ramas golpeaban los ventanales. Y cualquier posibilidad de explorar los terrenos quedó descartada.

Por primera vez en varios días, los niños volvieron a sentirse prisioneros de la mansión.

Sin embargo, Arthur tenía asuntos más importantes que atender.

La llave. El dibujo. Y el nombre incompleto.

Durante toda la mañana aquellas tres cosas ocuparon sus pensamientos.

Finalmente decidió regresar a la biblioteca.

No esperaba encontrar respuestas inmediatas.

Pero era el único lugar donde las piezas comenzaban a encajar.

La mansión parecía especialmente silenciosa aquel día.

Muchos criados permanecían ocupados trasladando muebles y protegiendo sectores afectados por filtraciones.

Arthur observó cómo varias alfombras eran retiradas.

Algunos cuadros cubiertos. Y ciertos corredores cerrados temporalmente.

Aquello explicaba una parte considerable de los cambios que tanto lo habían confundido durante las primeras semanas.

Blackwood Hall era tan grande que parecía encontrarse en reparación permanente.

Aun así, seguían existiendo detalles imposibles de justificar. Y Arthur no pensaba olvidarlos.

La biblioteca permanecía tan oscura como siempre.

Las nubes robaban gran parte de la luz exterior.

Y las lámparas apenas conseguían iluminar algunos sectores.

El retrato seguía dominando la estancia.

Aquel hombre desconocido observando eternamente desde su marco.

Arthur volvió a examinar el escritorio. El compartimento oculto.

Las cartas. Los documentos. Esta vez revisó cada hoja con mayor cuidado. Buscando nombres. Fechas. Conexiones.

Al principio no encontró nada nuevo. Solo correspondencia relacionada con jardines. Proveedores. Arquitectos. Pedidos de plantas exóticas. Pero después apareció algo distinto. Una carta parcialmente destruida. Gran parte del texto era ilegible. Sin embargo, varias líneas habían sobrevivido.

"...la niña pregunta nuevamente..."

"...no comprende por qué..."

"...cuando sea mayor..."

"...Ed..."

El resto desaparecía entre manchas de humedad.

Arthur sintió un leve escalofrío. Aquello no era una prueba definitiva.

Pero comenzaba a parecer demasiado específico.

Guardó la hoja junto al dibujo. Después continuó revisando.

Y entonces descubrió algo que había pasado por alto durante todas sus visitas anteriores.

En el borde interior del compartimento existían pequeñas marcas.

No eran decorativas. Parecían arañazos. Muchos.

Decenas. Como si alguien hubiera abierto y cerrado aquel escondite infinidad de veces.

O como si hubiera buscado algo desesperadamente.

Arthur pasó los dedos sobre la madera. Y por primera vez tuvo la sensación de que aquella biblioteca no pertenecía únicamente al pasado.

Alguien más había estado allí. Mucho después de la muerte del propietario original.

Un trueno hizo temblar levemente los ventanales. La lluvia continuó golpeando los cristales. Y fue entonces cuando escuchó el ruido. Un leve roce. Muy cerca. Arthur levantó la cabeza. El sonido había provenido del otro extremo de la sala. Junto a una de las estanterías.

—¿Hola? —preguntó.

Nadie respondió. Solo el viento. Y la lluvia.

Permaneció inmóvil varios segundos. Escuchando.

Después avanzó lentamente. La lámpara proyectaba sombras irregulares sobre los muebles cubiertos.

Todo parecía normal. Hasta que llegó a la estantería.

Allí encontró algo. Un papel doblado. Pequeño. Blanco. Definitivamente reciente.

Arthur sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse. Tomó el papel. Lo abrió. Y encontró apenas una línea escrita con una letra pequeña e insegura.

"¿Por qué buscas la Casa de Cristal?"

Nada más. Ninguna firma. Ninguna explicación.

Ninguna amenaza. Solo aquella pregunta. Arthur permaneció inmóvil.

Observándola. Porque por primera vez desde que llegó a Blackwood Hall, el misterio acababa de dar el primer paso hacia él.

Y eso era mucho más inquietante que cualquier ruido escuchado durante la noche.

Arthur leyó la nota varias veces. Después una vez más.

La letra era diferente a la de cualquier adulto que hubiera visto en Blackwood Hall.

Pequeña. Irregular. Con ciertas letras inclinadas en direcciones distintas.

Como si hubiera sido escrita rápidamente. O por alguien sin demasiada práctica.

La pregunta parecía sencilla. Sin embargo, cuanto más la observaba, más difícil resultaba responderla. ¿Por qué buscaba la Casa de Cristal? Al principio habría dicho que por curiosidad. Después por el misterio. Ahora ya no estaba tan seguro.

Guardó cuidadosamente el papel. Y regresó a su habitación. La lluvia continuaba golpeando los ventanales. Florence permanecía sentada junto al fuego leyendo uno de los libros rescatados de la biblioteca principal. Al verlo entrar, levantó la vista.

—Encontraste algo.

No era una pregunta. Arthur sonrió.

—¿Tan evidente es?

—Muchísimo.

Le mostró la nota. La niña la leyó lentamente. Después volvió a hacerlo.

—Ella —murmuró.

Arthur no respondió. Porque estaba pensando exactamente lo mismo. Por primera vez no tenían un dibujo. Ni una voz. Ni una pista indirecta. Tenían comunicación.

—¿Qué vas a responder? —preguntó Florence.

—No lo sé.

—Si yo fuera ella, esperaría una respuesta.

Aquella observación resultó difícil de discutir.

Durante buena parte de la tarde Arthur pensó en ello.

Mientras escuchaba la lluvia. Mientras observaba a los criados desplazarse por los corredores.

Mientras veía cómo Barnes y otros empleados seguían trasladando muebles para protegerlos de la humedad.

Finalmente escribió una sola frase. Nada más.

No quería asustar a quien estuviera detrás de aquellas notas.

Ni parecía prudente formular demasiadas preguntas. Simplemente escribió:

"Porque creo que alguien intenta evitar que sea encontrada."

Doblando el papel cuidadosamente, regresó a la biblioteca.

La sala continuaba vacía. Silenciosa. Oscura.

Arthur dejó la nota exactamente donde había encontrado la anterior.

Después esperó. Cinco minutos. Diez. Quince.

Nada ocurrió. Finalmente decidió marcharse.

Y justo cuando alcanzaba la puerta escuchó voces en el corredor.

Reconoció una inmediatamente. Doctor Pembroke. La otra pertenecía a Lady Eleanor. Arthur se ocultó instintivamente detrás de una estantería. Las voces se aproximaron.

—La situación no puede prolongarse indefinidamente —decía el médico.

—Se ha prolongado durante años —respondió Lady Eleanor.

—Precisamente.

Hubo una pausa.

—Los niños ya están haciendo preguntas —añadió Pembroke.

Aquella frase hizo que Arthur contuviera la respiración.

—Eso era inevitable —contestó Eleanor.

—Y será peor.

Silencio. Luego la voz del médico sonó más baja. Más cansada.

—No podemos seguir fingiendo que no existe.

Arthur sintió un estremecimiento. No hacía falta decir de quién hablaban.

Durante varios segundos nadie habló. Finalmente los pasos se alejaron.

Y el silencio regresó. Aquella conversación no respondía ninguna pregunta.

Pero confirmaba algo importante. Los adultos conocían el secreto.

Y además estaban preocupados. Muy preocupados.

Aquella noche Arthur tomó una decisión. La segunda puerta.

La puerta reforzada seguía esperando. Y ahora poseía una llave.

Quizá no fuera la correcta. Pero debía intentarlo.

Esperó hasta que la mansión quedó en calma.

Después abandonó silenciosamente el ala este.

Los corredores aparecían casi desiertos.

La lluvia seguía golpeando los cristales.

El viento recorría las galerías produciendo pequeños silbidos.

Y durante unos segundos Blackwood Hall volvió a parecer el lugar inquietante que había conocido durante sus primeras semanas.

La primera puerta resultó fácil de encontrar.

La abrió. Después avanzó hasta la segunda.

La gran puerta reforzada. La cerradura permanecía exactamente igual.

Oscura. Antigua. Inmóvil. Arthur extrajo la llave.

La sostuvo frente a la lámpara. Y lentamente la introdujo.

No encajó. Intentó nuevamente. Nada. La llave era demasiado grande.

Demasiado diferente. Aquella no era la cerradura que buscaba.

Sin embargo, antes de retirarla, descubrió algo.

Grabado sobre el metal de la puerta. Muy cerca de la cerradura.

Había un símbolo. Pequeño. Casi invisible.

Una flor. Exactamente la misma flor que aparecía en los dibujos.

Exactamente la misma flor encontrada junto a la caseta.

Arthur permaneció observándola. Y comprendió que la llave sí estaba relacionada con el misterio. Simplemente no con aquella puerta.

Cuando regresó hacia sus habitaciones, una sensación extraña lo acompañó durante todo el trayecto.

Como si alguien lo estuviera observando.

Se volvió varias veces. No vio a nadie. Solo sombras.

Oscuridad. Y largos corredores vacíos. Sin embargo, en algún lugar de la mansión, otra persona permanecía despierta.

Y cuando Arthur regresó finalmente a su habitación, ignoraba que la nota que había dejado en la biblioteca ya no estaba allí.

Porque alguien la había recogido. Y esa misma noche, bajo la lluvia persistente de Blackwood Hall, una nueva respuesta comenzaba a escribirse.

No por una voz. No por un fantasma. Sino por una niña llamada Edith Blackwood.