Capítulo 13 La Caseta del Jardinero
La llegada del doctor Pembroke alteró discretamente el ritmo habitual de Blackwood Hall.
No fue algo evidente. No hubo anuncios. Ni reuniones.
Ni conversaciones solemnes. Sin embargo, Arthur comenzó a percibir pequeños cambios.
Los criados caminaban con mayor rapidez.
La señorita Galloway parecía más atenta que de costumbre.
Y Lady Eleanor desaparecía durante largos períodos del día.
Como si se encontrara ocupada en asuntos que nadie más debía conocer.
Durante la mañana, el doctor examinó a Florence.
La consulta tuvo lugar en una pequeña sala iluminada por amplios ventanales.
Arthur esperaba una revisión extensa. Una larga conversación.
Algún diagnóstico preocupante. Nada de eso ocurrió.
Pembroke escuchó la respiración de la niña.
Tomó algunas notas. Realizó varias preguntas.
Y concluyó que el aire de Yorkshire parecía estar beneficiándola.
—Debe pasar más tiempo al aire libre —dijo finalmente—. Siempre que el clima lo permita.
Florence sonrió discretamente. Aquella respuesta era exactamente la que esperaba escuchar. Sin embargo, cuando abandonaron la sala, Arthur no pudo evitar una sensación extraña. La consulta había durado muy poco. Demasiado poco. Para alguien que había recorrido tantos kilómetros.
La sospecha aumentó durante la tarde. Mientras cruzaba una de las galerías superiores observó al médico caminando junto a Lady Eleanor.
Ambos parecían dirigirse hacia una zona poco utilizada de la mansión.
No hacia los dormitorios. Ni hacia las salas principales.
Sino hacia sectores próximos a los corredores prohibidos.
Arthur intentó seguirlos. Pero los perdió rápidamente. Aquello solo aumentó su curiosidad.
A la mañana siguiente se reunió nuevamente con Diana y Florence.
El objetivo era claro. Regresar a la caseta descubierta en el bosque.
La construcción parecía aún más abandonada bajo la luz gris del otoño.
El zorro reapareció durante parte del trayecto.
Observó a los niños desde una distancia prudente.
Después desapareció entre los arbustos. Como siempre.
La caseta permanecía silenciosa. Inmóvil.
Esperándolos exactamente igual que el día anterior.
Esta vez decidieron examinarla con mayor detenimiento.
Arthur recorrió lentamente el interior. Las paredes estaban cubiertas de humedad.
Varias estanterías se habían derrumbado.
Y gran parte de las herramientas se encontraban completamente inutilizadas por el paso del tiempo.
Fue Diana quien realizó el descubrimiento.
—Aquí hay algo raro.
La muchacha golpeó suavemente una zona del suelo.
El sonido resultó diferente. Más hueco. Los tres comenzaron a retirar restos de madera podrida.
Y poco a poco apareció una trampilla. No estaba cerrada.
Solo oculta. El esfuerzo necesario para abrirla fue considerable.
La madera se resistió. Las bisagras protestaron.
Y una nube de polvo escapó desde el interior.
Debajo existía una pequeña estancia subterránea.
No muy grande. Pero perfectamente construida.
Arthur descendió primero. La luz de la lámpara iluminó lentamente el lugar. Había cajas. Herramientas. Libros de registro. Planos enrollados. Y varios objetos cubiertos por décadas de polvo.
—Esto era un almacén —dijo Diana.
Arthur comenzó a revisar los documentos. Muchos estaban deteriorados. Otros resultaban ilegibles. Pero algunos conservaban suficiente información. Listados de plantas. Registros de mantenimiento. Pedidos de herramientas. Y entonces apareció un nombre. Moore .
Diana se aproximó inmediatamente.
—Ese era mi abuelo. O alguien de mi familia.
El apellido aparecía repetidamente. Asociado a tareas de jardinería. Mantenimiento. Y supervisión de terrenos. Aquello establecía por primera vez una conexión directa entre los Moore y el pasado de Blackwood Hall.
Florence continuó revisando documentos.
—Miren esto.
Arthur tomó la hoja. La tinta estaba parcialmente borrada. Pero una frase seguía siendo legible: "... reparaciones necesarias en la Casa de Cristal..."
Los tres intercambiaron una mirada. Por primera vez encontraban una referencia escrita. No un rumor. No una historia. No una leyenda. Un documento auténtico. La Casa de Cristal había existido. Y alguien había trabajado allí.
Continuaron buscando. Sin embargo, la mayor sorpresa aguardaba al fondo de una vieja caja metálica.
Arthur retiró varias herramientas oxidadas.
Después un cuaderno destruido por la humedad.
Y finalmente apareció el objeto. Una llave.
Grande. Pesada. Forjada en hierro oscuro.
Su diseño era antiguo. Muy diferente a las cerraduras modernas.
Durante unos segundos ninguno habló. Porque todos pensaron exactamente lo mismo.
—La primera llave —murmuró Florence.
Arthur sostuvo el objeto bajo la luz. La superficie aparecía cubierta por pequeños grabados.
Y aunque el tiempo había desgastado gran parte de ellos, todavía podían distinguirse ciertas formas.
Hojas. Flores. Y una pequeña figura semejante a un tallo.
No parecía una llave cualquiera. Parecía pertenecer a algo relacionado con jardines.
O plantas. O ambas cosas. Y por primera vez desde que llegaron a Yorkshire, Arthur tuvo la sensación de sostener una pieza real del misterio entre sus manos.
Durante el regreso a Blackwood Hall, Arthur no soltó la llave.
La llevaba dentro del bolsillo de su abrigo.
Y cada pocos minutos comprobaba instintivamente que continuara allí.
La sensación resultaba extraña. Hasta ese momento habían perseguido rumores.
Dibujos. Voces. Sombras. Ahora poseían algo real.
Algo que había pertenecido al pasado de la finca. Y quizá también al futuro.
Cuando atravesaron las puertas principales de la mansión, el cielo comenzaba a oscurecerse.
No por la hora. Por las nubes. Grandes masas grises avanzaban nuevamente desde los páramos.
El viento había comenzado a cambiar. Arthur lo notó inmediatamente.
Y recordó las tormentas de semanas atrás.
Aquella calma probablemente estaba llegando a su fin.
La tarde transcurrió con relativa normalidad.
Florence descansó. Diana regresó a la granja de su abuelo.
Y Arthur permaneció pensando en la llave.
Finalmente tomó una decisión. La biblioteca.
Si existía algún lugar dentro de Blackwood Hall donde una llave antigua pudiera tener utilidad, era aquel.
Esperó hasta que el movimiento en la mansión disminuyó.
Después recorrió los corredores ya conocidos.
La puerta olvidada continuaba allí. Oculta entre sombras. Como si nadie hubiera entrado en años.
La biblioteca lo recibió exactamente igual que la primera vez.
Polvo. Telarañas. Oscuridad. Y silencio.
Mucho silencio. Sin embargo, algo era diferente.
O quizá era él quien había cambiado. Porque ahora sabía qué buscar.
Comenzó a examinar escritorios. Armarios.
Estanterías. Muebles cubiertos por sábanas.
Y fue entonces cuando recordó el escritorio principal.
Aquel situado bajo el gran retrato. El escritorio del supuesto esposo de Lady Eleanor.
Arthur retiró cuidadosamente una capa de polvo.
Y descubrió algo. Una cerradura. Pequeña.
Disimulada entre molduras decorativas. Su corazón se aceleró.
Extrajo la llave. La observó. Y la introdujo lentamente.
No encajó. Pero estuvo cerca. Muy cerca.
Demasiado cerca para ser casualidad. La cerradura pertenecía claramente a la misma época.
Al mismo estilo. Quizá incluso al mismo fabricante.
La llave no abría aquel compartimento. Pero estaba relacionada. De eso ya no tenía dudas.
Continuó investigando. Y entonces descubrió un mecanismo oculto.
Una pieza de madera ligeramente desplazada.
Una pequeña diferencia casi invisible. Presionó.
Se escuchó un leve clic. Y un compartimento secreto se abrió lentamente dentro del escritorio.
Arthur permaneció inmóvil. Observando. Había encontrado algo.
El interior contenía apenas unos pocos objetos.
Un reloj detenido. Varias cartas deterioradas. Y una carpeta de cuero muy antigua.
La abrió cuidadosamente. Gran parte del contenido había sido dañado por la humedad.
Algunas hojas estaban pegadas entre sí. Otras resultaban ilegibles.
Sin embargo, una de ellas llamó inmediatamente su atención.
Era un dibujo infantil. Muy parecido a los que había encontrado recientemente.
La misma simplicidad. Las mismas líneas inseguras.
Las mismas flores. Pero este dibujo era mucho más antiguo. El papel amarillento lo demostraba.
Arthur lo desplegó con cuidado. Una esquina faltaba.
Parte de la hoja estaba rota. Y aun así consiguió distinguir algo.
Un nombre. O al menos una parte. "...DITH" .
Nada más. Las primeras letras habían desaparecido.
Pero la terminación permanecía allí. Perfectamente visible.
Arthur sintió un escalofrío. Recordó inmediatamente la voz.
Los dibujos. La niña oculta. Y por primera vez un nombre comenzó a tomar forma dentro de su mente.
No una certeza. Todavía no. Pero sí una posibilidad.
Guardó cuidadosamente el papel. Y entonces escuchó pasos.
Se apagó la lámpara casi por reflejo. La biblioteca quedó sumida en la oscuridad.
Arthur permaneció inmóvil. Escuchando. Los pasos atravesaron el corredor exterior.
Lentos. Regulares. Dos personas. Reconoció una de las voces.
Lady Eleanor. La otra pertenecía al doctor Pembroke.
No logró distinguir todas las palabras. Solo fragmentos.
—... no puede continuar mucho más tiempo...
—... todavía no...
—... los niños...
—... inevitable...
Después los pasos se alejaron. Y el silencio regresó.
Arthur esperó varios minutos antes de abandonar la biblioteca.
Cuando finalmente regresó al ala este, algo más llamó su atención.
Barnes. El criado enfermo. Se encontraba trasladando varios muebles junto a otros empleados. Una mesa. Dos cuadros. Un reloj.
Arthur observó la escena. Y por primera vez comprendió parte del misterio.
Aquellos desplazamientos constantes no eran imaginarios.
Ni sobrenaturales. Los criados realmente movían objetos.
Protegían algunas zonas de la humedad. Reorganizaban corredores.
Realizaban reparaciones. Eso explicaba muchas cosas.
No todas. Pero muchas. Y aquella explicación resultaba casi tranquilizadora.
Hasta que levantó la vista. Porque al final del corredor creyó ver algo.
Solo un instante. Una pequeña figura. Demasiado rápida para identificarla.
Que desapareció tras una esquina. Como si hubiera estado observándolo.
Arthur no intentó seguirla. Esta vez no.
Porque una nueva preocupación comenzaba a ocupar su mente.
Fuera de la mansión, el viento había aumentado.
Las primeras gotas golpearon los cristales.
Después llegaron más. Y más. Poco a poco el sonido se extendió por Blackwood Hall.
La lluvia había regresado. No con la violencia de las tormentas anteriores.
Pero sí con la suficiente fuerza para cubrir nuevamente los páramos bajo una cortina gris.
Arthur se aproximó a la ventana. Observó la oscuridad.
Las gotas resbalando sobre el cristal. Y la inmensa finca desapareciendo bajo la lluvia.
Entonces apoyó una mano sobre el bolsillo donde guardaba el dibujo.
"...DITH" . Ahora tenían una llave. Un nombre.
Y una lluvia que prometía mantenerlos encerrados durante algún tiempo.
La siguiente etapa del misterio tendría que desarrollarse dentro de Blackwood Hall.
Y por alguna razón, aquella idea le resultó mucho más inquietante que los páramos.