El invernadero de cristal Capítulo 12 El Sendero de los Cristales
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Capítulo 12 El Sendero de los Cristales

La aparición del carruaje permaneció en la mente de Arthur durante toda la noche.

Cada vez que intentaba concentrarse en otra cosa, volvía a verlo avanzando sobre la colina.

Oscuro. Silencioso. Desapareciendo entre los páramos exactamente igual que durante el viaje hacia Blackwood Hall.

Aquello no podía ser una coincidencia. No después de tantos acontecimientos extraños.

No después de la voz. Del dibujo. De la puerta reforzada.

Y mucho menos después de los objetos encontrados junto al sendero oculto.

Cuando descendió al comedor a la mañana siguiente, descubrió inmediatamente que algo había cambiado.

Los criados parecían más activos de lo habitual.

Varias personas atravesaban los corredores transportando cajas.

Se escuchaban conversaciones apresuradas.

Incluso la señorita Galloway parecía más ocupada que de costumbre.

—¿Qué ocurre? —preguntó Florence.

La institutriz dudó brevemente.

—Esperamos una visita.

Arthur intercambió una mirada con su hermana. Ninguno dijo nada. Pero ambos pensaron exactamente lo mismo. El carruaje.

Poco después del desayuno abandonaron la mansión.

Diana los esperaba junto al muro de piedra.

El cielo permanecía cubierto por nubes bajas, aunque el día resultaba mucho más agradable que las semanas anteriores.

El viento soplaba suavemente sobre los brezos.

Y los árboles comenzaban a mostrar plenamente los colores del otoño.

—¿Volvemos al sendero? —preguntó Diana.

—Hasta el final —respondió Arthur.

—Si es que tiene final —añadió Florence.

Reanudaron la marcha. El viejo sendero oculto parecía aún más extraño a la luz del día.

Las ramas se cerraban sobre ellos formando pasajes naturales.

Las hojas húmedas amortiguaban sus pasos.

Y el silencio resultaba casi absoluto. Solo interrumpido ocasionalmente por el graznido distante de algún cuervo.

El zorro apareció nuevamente. Nadie se sorprendió esta vez.

Surgió entre los arbustos. Los observó unos segundos.

Y continuó avanzando con aquella característica cojera casi imperceptible.

—Empiezo a creer que realmente nos está guiando —dijo Florence.

—O que nosotros seguimos caminando por donde él camina —respondió Diana.

Aquella explicación parecía más razonable. Sin embargo, tampoco resultaba completamente satisfactoria. El animal desapareció nuevamente. Y ellos continuaron avanzando.

Poco después comenzaron a encontrar más fragmentos de cristal. Muchos más. Algunos apenas visibles entre el musgo. Otros atrapados entre raíces. Incluso varios incrustados en la tierra. Arthur recogió uno de los trozos. Era grueso. Mucho más grueso que el cristal de una ventana corriente.

—No puede venir de una casa normal —dijo.

—Entonces Crowther decía la verdad —respondió Diana.

Ninguno discutió aquella posibilidad. A cada paso parecía más probable.

El sendero continuó internándose en una zona del bosque donde los árboles crecían tan juntos que apenas permitían pasar la luz. Y fue allí donde Florence realizó un descubrimiento inesperado.

—¿Qué es esto?

Arthur se acercó. La niña señalaba una planta situada junto a un tronco caído. A primera vista parecía insignificante. Un pequeño grupo de hojas brillantes rodeando varias flores de color intenso. Sin embargo, Diana reaccionó inmediatamente.

—Eso no debería estar aquí.

Su tono fue tan serio que ambos la observaron.

—¿Por qué? —preguntó Arthur.

La muchacha se arrodilló. Examinó cuidadosamente la planta. Después negó lentamente con la cabeza.

—Porque esta especie no crece en Yorkshire.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Arthur observó las flores. Algo en ellas le resultaba vagamente familiar. Entonces recordó. Hong Kong. No exactamente aquellas flores. Pero sí otras muy parecidas. Plantas que prosperaban bajo el calor y la humedad. No en medio de un bosque frío del norte de Inglaterra.

—Quizá alguien la plantó —sugirió Florence.

—Entonces alguien la trajo desde muy lejos —respondió Diana. La muchacha permaneció pensativa varios segundos—. O proviene de algún lugar donde las condiciones son diferentes.

Arthur sintió que una idea comenzaba a formarse. Lentamente. Todavía incompleta. Pero presente. Un lugar protegido. Más cálido. Más adecuado para especies exóticas. Un lugar construido precisamente para albergar plantas imposibles. Ninguno pronunció la palabra. No hacía falta.

Continuaron caminando. Y mientras se alejaban, una pequeña figura oscura emergió silenciosamente entre los helechos cercanos.

Un gato negro. Delgado. De ojos brillantes.

Observó a los tres niños durante unos segundos.

Después comenzó a seguirlos. Manteniéndose siempre a distancia.

Siempre oculto. Sin que ninguno de ellos llegara a advertir su presencia.

Mientras tanto, mucho más atrás, sobre las alturas que dominaban la finca, varios cuervos observaban el bosque.

Como si aguardaran pacientemente el próximo descubrimiento.

El sendero continuó descendiendo. A medida que avanzaban, el bosque parecía volverse más antiguo.

Los árboles eran más gruesos. Las raíces más extensas.

Y el silencio más profundo. Incluso los cuervos parecían mantenerse a distancia.

Arthur comenzaba a pensar que aquel camino no conduciría a ninguna parte cuando Diana se detuvo repentinamente.

—Allí.

Los tres observaron en la dirección que señalaba.

Entre la vegetación aparecía una construcción.

O lo que quedaba de ella. La naturaleza había reclamado gran parte del lugar.

Las enredaderas cubrían las paredes. El musgo ocultaba las piedras.

Y varias ramas atravesaban el techo parcialmente derrumbado.

Sin embargo, todavía resultaba evidente que en otro tiempo había sido utilizada.

—¿Qué es? —preguntó Florence.

—Una caseta de herramientas. Quizá algo más —respondió Diana.

Se aproximaron lentamente. La puerta permanecía cerrada. Una gruesa capa de suciedad cubría la madera. Pero la cerradura seguía intacta. Arthur observó las bisagras.

—Alguien la construyó para que durara.

—Y duró —respondió Diana.

Mientras rodeaban la estructura descubrieron varios detalles interesantes.

Restos de bases metálicas. Tuberías oxidadas.

Y fragmentos de cristal mucho más grandes que los encontrados anteriormente.

Algunos conservaban todavía parte de su marco.

Aquello ya no parecía una coincidencia. Toda la zona había estado relacionada con alguna construcción importante.

Una construcción de cristal. Arthur estaba cada vez más convencido. Y entonces Florence descubrió algo.

—Aquí hay flores.

Los otros dos se acercaron. La niña señalaba una pequeña piedra plana situada junto a la caseta.

Sobre ella descansaba una flor fresca. No marchita.

No caída por casualidad. Depositada cuidadosamente.

Los tres guardaron silencio. Aquella flor era idéntica a la representada en los dibujos.

La misma forma. Los mismos pétalos. El mismo tallo delgado.

—Alguien estuvo aquí —dijo Arthur.

Nadie discutió aquella conclusión. La flor era demasiado reciente.

Demasiado evidente. Era casi un mensaje.

O una señal. O quizá ambas cosas. Permanecieron unos minutos más examinando el lugar.

Después decidieron regresar. El sol comenzaba a descender lentamente.

Y Florence mostraba nuevamente señales de cansancio.

La vuelta resultó más rápida. Cuando finalmente abandonaron el bosque y divisaron los terrenos abiertos de Blackwood Hall, descubrieron inmediatamente que algo ocurría en la mansión.

Un carruaje esperaba frente a la entrada principal.

El mismo carruaje. Arthur lo reconoció incluso antes de acercarse.

La misma estructura oscura. Las mismas ruedas.

El mismo diseño elegante y ligeramente anticuado.

El vehículo que había visto durante el viaje.

El mismo que había reaparecido sobre la colina el día anterior.

Esta vez, sin embargo, se encontraba allí. Real. Detenido frente a Blackwood Hall. Varios criados descargaban equipajes. La actividad alrededor de la entrada principal era inusual.

—Llegó —murmuró Arthur.

Florence observó el carruaje.

—Entonces sí venía aquí.

Mientras cruzaban los jardines, la puerta principal se abrió.

Y apareció el visitante. Era un hombre alto.

De cabello gris. Vestido con sobriedad. Llevaba un maletín de cuero oscuro en una mano.

Y conversaba con Lady Eleanor mientras descendía los escalones.

Arthur comprendió inmediatamente quién debía ser.

Un médico. No sabía por qué. Simplemente encajaba.

La forma de caminar. La forma de observar.

La tranquilidad de sus movimientos. Todo parecía confirmarlo.

—¿Quién es? —preguntó Florence.

—No lo sé. Pero creo que viene a verte.

La niña pareció incómoda. No respondió.

El visitante continuó hablando con Lady Eleanor.

Después desaparecieron juntos en el interior de la mansión.

La escena habría terminado allí de no ser por un detalle.

Un detalle pequeño. Pero suficiente para captar la atención de Arthur.

El médico no entregó inmediatamente su maletín.

Lo conservó consigo. Y mientras desaparecía tras las puertas de Blackwood Hall dirigió una breve mirada hacia una zona muy concreta de la propiedad.

No hacia los jardines. No hacia los establos.

No hacia los visitantes. Hacia una de las alas menos utilizadas de la mansión.

La misma dirección donde se encontraban los corredores prohibidos.

La misma dirección donde Arthur había escuchado risas. Y encontrado dibujos.

Aquello despertó una inquietud inmediata. Esa noche la sospecha creció todavía más. Durante la cena, Lady Eleanor informó finalmente a los niños.

—El doctor Pembroke permanecerá algunos días con nosotros.

Florence bajó la mirada. Arthur esperó.

—¿Por mí? —preguntó ella.

Lady Eleanor tardó un segundo en responder. Solo un segundo. Pero Arthur lo notó.

—También te examinará a ti —contestó finalmente.

También. La palabra quedó suspendida en la mesa.

Arthur sintió algo extraño. Algo apenas perceptible.

Pero suficiente. Porque si el doctor venía también por Florence...

Entonces había venido por alguien más. Y aquella posibilidad permaneció con él durante toda la noche.

Mucho después de que las lámparas se apagaran.

Mucho después de que los relojes anunciaran la medianoche.

Y mientras la oscuridad volvía a llenar los corredores de Blackwood Hall, una pregunta comenzó a repetirse lentamente en su mente.

Si el doctor no había recorrido cientos de kilómetros únicamente para visitar a Florence... ¿Quién era realmente su paciente?