Capítulo 11 Huellas Entre el Brezo
La mañana siguiente encontró a Arthur más cansado que de costumbre.
Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar aquella voz.
No la imaginada. No la sospechada. La voz real.
La que había pronunciado su nombre desde algún lugar oculto de Blackwood Hall.
Y cuanto más pensaba en ello, menos sentido encontraba.
La persona que se ocultaba dentro de la mansión sabía quién era.
Conocía su nombre. Quizá también conocía a Florence.
Y probablemente llevaba observándolos desde mucho antes de decidir hablar.
Aquella idea resultaba inquietante. Pero también despertaba una curiosidad imposible de ignorar.
Durante el desayuno apenas prestó atención a la conversación.
Lady Eleanor permanecía tan distante como siempre.
Los criados se movían silenciosamente alrededor de la mesa.
Y Florence parecía distraída observando la lluvia residual que aún descendía por algunos ventanales.
Solo cuando abandonaron el comedor pudo hablar libremente.
—No fue un sueño —dijo ella.
Arthur la observó.
—Lo sé.
—Yo también escuché la voz.
Aquello era importante. Porque eliminaba la posibilidad más sencilla. No estaba imaginando cosas. Florence había escuchado exactamente lo mismo.
—¿Crees que era la persona del dibujo?
—Sí.
—¿Y crees que está detrás de la puerta?
Arthur permaneció unos segundos en silencio.
—No lo sé. Pero ya no creo que estemos buscando fantasmas.
La niña pareció sentirse aliviada.
—Yo tampoco.
A media mañana abandonaron nuevamente la mansión.
El clima continuaba siendo frío. Sin embargo, los días de tormenta parecían haber quedado atrás.
Las nubes avanzaban lentamente sobre los páramos.
El viento transportaba hojas secas. Y las extensiones de brezo adquirían tonos rojizos propios del otoño.
Diana los esperaba cerca del viejo muro de piedra.
—Pensé que no vendrían.
—Pensamos que sí —respondió Florence.
La muchacha sonrió. Y poco después Arthur les contó lo sucedido la noche anterior. La reacción fue exactamente la contraria a la que habría esperado de cualquier adulto. Diana no se rió. No puso en duda la historia. Ni intentó buscar explicaciones absurdas. Simplemente escuchó.
—Entonces alguien respondió.
—Sí.
—Y conocía tu nombre.
—Sí.
Diana observó durante unos segundos la silueta de Blackwood Hall.
—Eso significa que lleva observándolos bastante tiempo.
Aquella conclusión era tan lógica como desagradable.
Ninguno añadió nada. Finalmente comenzaron a caminar.
Su objetivo inicial era regresar al viejo roble.
Arthur deseaba examinar nuevamente las marcas descubiertas el día anterior.
Quizá hubiera algo más. Quizá alguna conexión con el dibujo.
Quizá una pista que hubiera pasado por alto.
El árbol parecía aún más impresionante bajo la luz gris de la mañana.
Las cicatrices del tronco cubrían gran parte de la corteza.
Décadas de visitantes habían dejado allí su rastro.
Iniciales. Fechas. Símbolos. Marcas extrañas cuyo significado se había perdido hacía generaciones.
Mientras examinaban la superficie, Diana descubrió algo.
—Aquí.
Arthur se acercó. Entre varias inscripciones antiguas aparecía una serie de líneas parcialmente cubiertas por musgo. Parecían más recientes que las demás. No formaban palabras. Ni números. Más bien recordaban un pequeño dibujo. Una figura geométrica. Una especie de flecha.
—No estaba ayer —dijo Florence.
—Quizá no la vimos —respondió Arthur.
Pero tampoco estaba convencido. La marca parecía demasiado evidente.
Como si alguien la hubiera limpiado recientemente.
Mientras discutían aquello, un movimiento entre los arbustos llamó su atención.
El zorro. Había vuelto. Esta vez se encontraba mucho más cerca.
Tan cerca que podían distinguir perfectamente los detalles de su pelaje.
Y fue entonces cuando Arthur observó algo que antes no había notado.
El animal cojeaba. Era apenas perceptible. Una ligera irregularidad al caminar. Nada grave. Pero suficiente para alterar el movimiento.
—Está herido —murmuró Florence.
El zorro permaneció observándolos. Sin miedo. Sin agresividad. Simplemente atento. Después avanzó unos metros. Se detuvo. Y volvió a mirar hacia ellos.
—¿Está esperando? —preguntó Diana.
Ninguno respondió. La pregunta parecía absurda.
Y sin embargo todos estaban pensando exactamente lo mismo.
El animal reanudó la marcha. Lentamente.
Sin alejarse demasiado. Como si quisiera asegurarse de que seguían observándolo.
Entonces desapareció detrás de una elevación cubierta de brezo.
Durante varios segundos nadie habló. Finalmente Florence rompió el silencio.
—Voy detrás.
—Florence.
—Solo un poco.
La niña ya había comenzado a caminar. Arthur y Diana intercambiaron una mirada.
Y terminaron siguiéndola. El terreno descendía suavemente hacia una zona menos transitada de la finca.
Pronto descubrieron algo extraño. Un sendero.
No un camino oficial. No aparecía señalizado.
Y la vegetación casi había terminado por ocultarlo.
Sin embargo, seguía existiendo. Una estrecha línea serpenteante atravesando los matorrales.
—Nunca había visto esto —dijo Diana.
Aquello llamó inmediatamente la atención de Arthur.
—¿Ni siquiera tú?
—No. Y conozco bastante bien estos terrenos.
La revelación resultaba sorprendente. Comenzaron a seguir el sendero.
Las hojas húmedas crujían bajo sus botas.
Las ramas formaban túneles naturales sobre sus cabezas.
Y cuanto más avanzaban, más evidente resultaba que aquel camino había sido utilizado en algún momento.
Quizá hacía muchos años. Quizá más recientemente. Pero alguien había pasado por allí.
Entonces escucharon graznidos. Muchos. Demasiados.
Los cuervos. Otra vez. Los graznidos parecían provenir de todas partes.
Arthur levantó la vista. Decenas de cuervos revoloteaban sobre una pequeña depresión del terreno situada más adelante.
Algunos permanecían posados sobre postes inclinados.
Otros discutían ruidosamente entre sí. Y varios descendían una y otra vez hacia el suelo.
—¿Qué hacen? —preguntó Florence.
Diana entrecerró los ojos.
—Comiendo algo.
Continuaron avanzando. El olor llegó antes que la explicación.
No era desagradable. Pero sí extraño. Una mezcla de humedad, tierra removida y desperdicios.
La depresión resultó ser una especie de vertedero improvisado.
No un basurero formal. Más bien un lugar donde durante años se habían acumulado objetos inútiles procedentes de la mansión.
Cajas rotas. Muebles inservibles. Barriles agrietados.
Sacos vacíos. Restos de herramientas. Los cuervos habían destrozado varios paquetes.
Y el contenido aparecía disperso por todas partes.
—Qué lugar tan horrible —murmuró Florence.
Arthur observó el entorno. Sin embargo, algo llamó inmediatamente su atención. Algunos objetos parecían demasiado recientes. Se acercó. Entre restos de madera descubrió una cuchara metálica. No estaba oxidada. Ni cubierta de barro. Parecía haber sido utilizada hacía poco.
—Diana. Mira esto.
La muchacha la examinó.
—No debería estar aquí.
—¿Por qué?
—Porque alguien la usa.
Aquella respuesta produjo un silencio incómodo.
Continuaron buscando. Y entonces encontraron algo aún más extraño.
Una manta. Pequeña. Desgastada. Doblemente remendada.
No parecía pertenecer a ningún adulto. Arthur la sostuvo entre sus manos.
La tela todavía conservaba cierta flexibilidad. No llevaba años abandonada.
—Esto tampoco tiene sentido —dijo Florence.
Arthur estaba de acuerdo. Y cuanto más observaban, más anomalías encontraban.
Trozos de papel. Un botón. Una cinta azul para el cabello.
Pequeños restos de comida. Nada extraordinario por separado.
Pero juntos contaban una historia diferente.
La historia de alguien que vivía oculto.
O que al menos utilizaba aquel lugar regularmente. Fue Florence quien realizó la conexión.
—Los dibujos.
Arthur levantó la vista. La niña señalaba varios papeles dispersos entre los desperdicios.
Corrieron hacia ellos. La mayoría estaba demasiado deteriorada por la lluvia. Sin embargo, uno conservaba parte de su contenido. Un dibujo. Muy simple. Muy parecido al encontrado frente a la puerta reforzada. Y en él aparecía nuevamente el árbol. El mismo árbol. Las mismas ramas. Las mismas marcas.
Ninguno habló durante varios segundos. Porque la conclusión era evidente.
La persona que había dejado el dibujo en la mansión también había estado allí.
No se trataba de fantasmas. Ni de voces imaginarias.
Era una persona real. Que dibujaba. Que comía.
Que utilizaba mantas. Y que probablemente conocía la finca mejor que nadie.
—Creo que estamos empezando a encontrar sus huellas —dijo Diana.
Aquella frase resumía perfectamente la situación. Los cuervos continuaban revoloteando sobre ellos. Y por primera vez Arthur sintió cierto agradecimiento hacia aquellas aves. Sin pretenderlo, habían revelado algo importante. El misterio comenzaba a adquirir forma humana.
Continuaron siguiendo el sendero. Este se internaba cada vez más en una zona cubierta de vegetación.
Los árboles se volvieron más densos. Las ramas filtraban gran parte de la luz.
Y el ambiente adquirió una extraña quietud.
Fue entonces cuando Arthur vio algo brillar.
Entre raíces y musgo. Se arrodilló. Apartó varias hojas húmedas.
Y descubrió un fragmento de cristal. No era una botella.
Ni una ventana corriente. Era mucho más grueso.
Más antiguo. Sus bordes aparecían desgastados por el tiempo.
—¿Qué es? —preguntó Florence.
Arthur sostuvo el fragmento frente a la luz.
—No lo sé.
Diana observó el bosque.
—Quizá venga de la construcción de cristal.
Nadie respondió. Porque todos estaban pensando exactamente lo mismo. Era la primera evidencia física. La primera prueba real. Algo había existido allí. Algo construido con cristal. Y aquel bosque parecía ocultar sus restos.
Sin embargo, la exploración terminó poco después. Florence comenzó a caminar más despacio. Su respiración se volvió ligeramente irregular. Y el color desapareció gradualmente de sus mejillas. Arthur lo notó inmediatamente.
—Es suficiente por hoy.
—Estoy bien.
—No.
La niña intentó protestar. Pero incluso Diana estuvo de acuerdo.
Regresaron lentamente. El sendero desapareció tras ellos.
Los árboles volvieron a abrirse. Y finalmente la silueta de Blackwood Hall reapareció en la distancia.
Los cuervos seguían presentes. Algunos sobre los muros.
Otros sobre las ramas desnudas. Siempre observando. Siempre lejos.
Cuando el sol comenzó a descender, el grupo se separó. Diana regresó hacia la granja de su abuelo. Arthur y Florence emprendieron el camino hacia la mansión. Fue entonces cuando ocurrió. Un movimiento sobre una colina distante. Arthur se detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó Florence.
El muchacho no respondió inmediatamente.
Observaba el horizonte. Allí. Recortado contra el cielo gris del atardecer.
Avanzaba un carruaje. Oscuro. Elegante. Inconfundible.
Durante unos segundos permaneció visible sobre la elevación.
Y Arthur sintió un escalofrío. Porque reconoció aquella silueta.
Había visto ese carruaje antes. Mucho antes.
Durante su llegada a Yorkshire. El mismo vehículo.
El mismo perfil. El mismo aspecto. El carruaje que se había cruzado con ellos en el camino hacia Blackwood Hall.
El mismo cuya ventanilla había mostrado aquel rostro pálido observándolos bajo la lluvia.
—Arthur...
—Lo sé.
La figura continuó avanzando. Sin dirigirse a la mansión.
Sin dirigirse al pueblo. Simplemente atravesando los páramos.
Hasta desaparecer detrás de una colina. Como si nunca hubiera estado allí.
Los dos hermanos permanecieron inmóviles varios segundos.
Observando el lugar donde había desaparecido.
Y mientras el viento del otoño recorría nuevamente los brezos, Arthur tuvo la sensación de que acababan de contemplar otra pieza de un misterio mucho más grande de lo que había imaginado.